Historias para destapar el excusado

 






 

Morirán todas las tardes con un Cohiba en la mano

Roberto Remes

Qué te puede decir la imagen de un hombre esperando que termine el ocaso, en el rellano, fumando un puro, perpetuando un vaivén interminable de su cuerpo hacia atrás y adelante, la copa de coñac en la mano, el Casio marcando con exactitud las seis de la tarde con doce minutos, la reverberación del último sorbo, el humo de la última aspirada a su Cohiba corto, la soledad de todas las tardes como esa, la victoria del intento del olvido sobre la perdición de la depresión, la victoria del alcohol sobre las lágrimas, la victoria de los deseos reprimidos por la mañana sobre la puta que no contrató ese día, la victoria del olor a tabaco sobre el olor a nada, sobre el daño recibido y el daño causado, el sonido lejano de Cesaria Evora, Foi onte qui nha amor, Nascê feliz pa bô, Ma hoje sem piedade, Bô despadaça ess nha mundo, el pantalón arrugado en la entre pierna, los tenis viejos, el abrigo de piel desgastado, las marcas blancas que hacen suponer que alguna vez la piel de ternera fue suave, ningún anillo en la mano, tal vez empeñado, tal vez perdido en algún rincón, tal vez arrojado a un río, pero la imagen sólo muestra una mano desnuda, un alma desnuda, un hombre fumando puro, bebiendo como todas las tardes, un sol que se oculta, un olvido inminente, unas ojeras, una satisfactoria perdición, una sonrisa, unos dientes sucios, limados por los años, que quizá desaparezcan con la tristeza y sean substituidos por porcelanas porque quien los porta no tiene por quién cuidarse, Buenas tardes dice con dificultad la voz ronca y seca de quien sostiene la copa con un líquido espeso, transparente y café, coñac, sin duda, coñac, como todas las tardes, Cohiba, como todas las tardes, canas despeinadas, el sol enorme, rojo, plano abajo, redondo arriba, triste y ansioso como todas las tardes, millones de años repitiendo con monotonía su muerte diaria, eyaculando olvidos, los olvidos de hombre que no me puede decir nada más que Buenas tardes mientras yo bajo a jugar con mis amigos, sin reparar cuántas veces patearé el balón, cuántas golpearé al gordo, al pelón, a Arturo, a Ambriz, a Gonzalito, cuántas veces me burlaré de la impecable Teresa que nos mira jugar todas las tardes, ansiando quizá que crezcamos para que le hagamos el amor, o no, ansiando que crezcamos quién sabe para qué, sin pensar siquiera que algún día creceremos, encaneceremos y tendremos que olvidar a alguien, en el entrepiso de una escalera, con un Cohiba en la mano, con un coñac en la otra, con la satisfacción inconforme de quien mese su cuerpo en la borrachera perenne del alcohólico que no tiene por quién vivir ni por quién morir, sino sólo por quien alcolizarse, todas las tardes, en el rellano por el que tengo que pasar para jugar con mis amigos, mientras el sol se mete, mientras los últimos que jugarán están concluyendo sus tareas escolares, mientras las lágrimas son parte del olvido, están perdidas entre el coñac, o quizá están diluidas en él. Qué se puede decir de su imagen cuando lo que dicen de él es todo y es nada a la vez, es lo que nadie quiere vivir, pero es también lo que nadie cree vivir, es el olor a tabaco quemado, es la ceniza larga que no alcanza a desprenderse del puro, es la maceta con un cerillo quemado, es la mirada perdida de un hombre que no se da cuanta de que hacia donde apunta su vista es hacia donde mis amigos y yo jugaremos esta tarde, como jugamos todas las tardes, y que así como siente el aire sobre su cabello crespo y mal cuidado, así sentiremos nosotros el aire que nos impulsará a luchar por un gol para vencer al que nos haya tocado como rival, aunque seguramente a él no lo impulsará a luchar nada, no lo llevará a dejar la copa de coñac, a apagar el Cohiba, a arreglarse, a mirar hacia el sol que cada vez pierde más tamaño en su parte inferior y a decir Todo queda atrás, porque nada queda atrás, porque nada puede decirse de ese hombre sino que tiene su pasado adelante y su futuro perdido, tan perdido como su mirada, tan perdido como el humo que se va a cada fumada, como la ceniza que se agranda sin que él haga un esfuerzo por tirarla en alguna maceta sino que ésta volará en cualquier momento cuando sea incapaz de resistir sus más de dos centímetros, o quizá cuando el tabaco quemado no resista los recuerdos que lo tienen perdido. Qué se puede decir de él, que vive solo, que abre la puerta todas las tardes, que sube el volumen de la música, hoy Cesaria Evora, mañana cualquier otra mujer, pero siempre una mujer, que enciende un nuevo Cohiba, que nunca le quita la cinta naranja con blanco y puntos negros sobre la parte blanca y el letrero austero de COHIBA, pero el olor delicioso para unos, abominable para otros, del puro quemado, de los recuerdos incinerados a cada aspiración de un hombre que aspiraba a la fidelidad, a la felicidad, a la tranquilidad, y que sólo obtuvo recuerdos que se han quedado quién sabe donde, pero no en ese Cohiba, no en esa copa de coñac Martell Ve Ese O Pe, ni en ese Casio que avanza con lentitud, porque dicen que lo que vivió fue increíble, que no sólo él se quedó sorprendido, arrepentido y a la vez vejado, infiel y cornudo, con la lengua mordida, con la angustia escondida a cada trago de alcohol. Qué te dice la imagen de un hombre del que se dice que un día cogió la sección de clasificados de un periódico, buscó la página de masajes, seleccionó a una acompañante para ejecutivos, marcó y poco después oyó que el celular de su esposa sonaba, y cuando escuchó que alguien contestaba reconoció la voz de la mujer con la que había dormido casi cuatro mil noches, a través de la bocina y a través de las paredes, Quiero un servicio para mañana, preguntó, y a través de la bocina y a través de las paredes escuchó Son dos mil trescientos pesos, se tiene que ubicar en un hotel céntrico y de allí me llama, así que entonces al día siguiente salió el hombre que todas las tardes veo con el cabello despeinado, un Cohiba en la mano derecha, un Casio y una copa de coñac en la izquierda, una mirada clavada en donde poco después habré de jugar, en el mismo rellano, en la misma escalera de la tristeza de un hombre solo y olvidado y de un niño como yo, que todas las tardes come, cumple sus deberes escolares, corre a jugar con sus amigos, y encuentra el olvido de un hombre con el cabello cano y despeinado, un Cohiba, una nube de humo, un Casio, una copa, arrugas en los ojos. Qué te dice la imagen de un hombre del que se dice que salió de su casa, llegó a un hotel céntrico, marcó el mismo celular que había marcado, pero sin reparar si en su hogar estaría llamando el número al que marcaba, y volvió a oír una voz igual a la de su esposa, Estoy en el Hotel de los Que Morirán Todas las Tardes con un Cohiba en la Mano, en la habitación Doscientos tres, Enseguida voy para allá, escuchó que le decía una voz igual a la de su esposa, cuarenta y tres minutos antes de que ella golpeara la puerta de la habitación Doscientos tres del Hotel de los Que Morirán Todas las Tardes con un Cohiba en la Mano y se desmayara al descubrir que quien abría la puerta era su esposo, el mismo hombre que veo morir todas las tardes con un Cohiba en la mano.


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