Historias para destapar el excusado

 






 

Exprés a Picacho*

Roberto Remes

Conocí a Gala en un autobús, en la ruta del metro Chapultepec a Picacho, esa ruta que yo tomaba con poca frecuencia, pero que no me era del todo extraña, porque al menos una vez al mes, quizá una vez cada tres semanas, incluso cada quincena, abordaba yo ese autobús, o algún otro del mismo derrotero, las más de las veces lo hacía a la altura del metro San Antonio, o del metro Barranca del Muerto, que es la terminal de la línea 7, quiero decir, la terminal temporal, porque está proyectado que esa línea llegue hasta San Jerónimo, pero ese día, el día en que conocí a Gala, yo abordé, no recuerdo por qué razón, ni tampoco a qué hora, en el metro Chapultepec, en la terminal norte de la ruta, y eso me dio la oportunidad de irme sentado desde el principio del recorrido, pues a pesar de que no viajaban muchos pasajeros tampoco había asientos vacíos todo el tiempo, como lo pudo constatar Gala, porque al subir, en Tacubaya, no tuvo más que acomodarse en el área que está frente a la puerta de salida, al centro del camión, como algunos de los modelos Masa que tenía Ruta 100 por aquellos días, mientras que yo iba cómodamente sentado en la última fila, esa fila que está un poco más levantada que las demás porque debajo va el eje trasero de la unidad, y desde allí contemplé a Gala, sus piernas, su falda corta que dejaba imaginar lo que yo quisiera, recargada sobre la ventana, blusa blanca, la mirada extraviada en las avenidas que pasábamos, registrando los vehículos mal estacionados, un taxi recogiendo un pasajero a dos metros de la banqueta, las avenidas con número par, la dos, la cuatro, la seis, hasta llegar a la veintidós, el hotel Cid, el Flamingos, luego el metro San Antonio, a veces giraba su rostro hacia el frente del camión, otras hacia atrás, desde donde yo la besaba con la mirada, esperando que se desocupara un asiento junto a mí, para tenerla a mi lado, preguntarle qué hora es, qué tráfico, mira qué sucio está este camión, luego su vista regresaba hacia la calle, el Superama de Avenida Revolución, las taquerías de Barranca del Muerto, el Instituto Nacional Indigenista, el edificio que por aquel entonces era de Celanesse Mexicana y que hoy ocupa la Secretaría de Medio Ambiente, así nos acercábamos a San Ángel y Gala era incapaz de presagiar que junto a mí se desocuparía un asiento, pues seguía mirando hacia la calle, luego volteaba un poco hacia mí, se percataba de que la observaba, se olvidaba, contemplaba la bolsa llena de verduras al lado de una señora que cargaba a un bebé, el joven que iba cabeceando, la chiquilla que no soltaba la mano de un hombre viejo, probablemente su abuelo, quizá su padre, porque así sucede a veces, las familias siguen procreando aunque hayan pasado sus mejores años, y se levantó el señor que estaba a mi lado, sólo un lugar desocupado en todo el camión, Gala miraba, sin meditar se aproximó a mí, o para ser exactos, hacia el asiento de al lado, mientras yo la veía acercarse, tratar de afianzar su mano derecha en los tubos del camión, con la izquierda sostener un cuaderno, con los pies equilibrar sus movimientos, porque el autobús se balanceaba de un lado a otro, buscando evadir los coches estacionados en doble y triple fila frente al mercado de San Ángel, pasando encima de un bache, frenando intempestivamente ante el cambio de luz del semáforo, en el instante en el que yo miraba la manera en que los glúteos de Gala se acomodaban en el asiento azul que estaba a mi izquierda, tras de que dijera compermiso, sí, compermiso y no con permiso, porque ya nadie dice con permiso, decimos compermiso, y eso fue lo que oí decir a Gala, compermiso, aparentemente la única palabra que me diría en esos diez minutos que estaríamos juntos, sólo aparentemente, porque la realidad fue otra, pues desde que el autobús dio vuelta a Río de la Magdalena iba yo pensando en cómo hacerle la plática, qué preguntarle, qué decirle, qué callarle, hasta que tomamos el pequeño tramo que nos conduce al Pedregal, esa calle llamada Fraternidad, pero que se vuelve el símbolo opuesto, por los congestionamientos y mentadas que allí se generan, al salir del cine, al entrar a los dos supermercados, con el sitio de taxis, con la vuelta de autobuses, con la necesidad de todos los automovilistas por virar, y desde Fraternidad vi el puente que pasa rumbo a Ciudad Universitaria, donde empieza el Paseo del Pedregal, le pregunté a Gala, ese es el Periférico, no sé, me respondió, no conozco bien por aquí, añadió, yo tampoco, yo voy hacia el Colegio de México y tú, hacia la Universidad Pedagógica Nacional, ah, vaya, está a un lado, así que nos bajaremos juntos y no nos perderemos, y si nos perdemos nos perderemos juntos, una pequeña risa de ambos, risa que tratamos de disimular, quizá por discreción, quizá por la idea de aprovechar al máximo esos tres kilómetros que mediaban entre el primer puente y el verdadero Periférico, donde mencionamos los motivos de nuestras visitas, yo voy a la biblioteca porque estoy haciendo una investigación, Gala respondió que iba a buscar a un maestro, yo vengo seguido al Colegio de México, cada dos o tres semanas, a lo mucho una vez al mes, dije, al bajarnos le pedí su teléfono, y ella rió porque se dio cuenta de que yo no sólo sabía perfectamente dónde estaba el Periférico, sino también la curvatura de sus pechos, que yo miraba mientras ella anotaba en un papelito su número telefónico, el papelito que nos podría acercar más que el autobús, el papelito que horas más tarde miraría yo inmóvil, observando la forma de sus números, la perfección del cinco inicial, la redondez del ocho, como si el busto de Gala hubiera girado y se hubiera estampado a escala, el uno perfectamente recto, el siete sin ninguna raya que atravesara la diagonal como yo lo hago, lo miré pero no me atreví a marcar, pasaron los días y yo veía al amanecer el mismo papel blanco con cuadros azules, el mismo papel mal recortado, el mismo papel que me escuchaba decir hoy sí te voy a llamar, hoy nos vamos a poner de acuerdo para ir al cine, para poner mi mano derecha sobre tu pierna izquierda, para abrazarte, para besarte, para buscar no sé qué entre tus pezones, para tomarte de la cintura y acomodarte sobre mí, el mismo papel que me tenía con nerviosismo todos los días, todos los meses, siempre a punto de marcar, cerca del teléfono, cerca de los botones que miraba con impaciencia, con temor, con timidez, extrañando los teléfonos de disco, porque ver girar los números me habría relajado un poco, tal vez hipnotizado, y no hubiera esperado tanto tiempo para llamarle a Gala, cuando ya no se acordara de mí, cuando hubiera olvidado el detalle del falso Periférico, y pasaron así los años, y yo dejé de ver su papelito todos los días, lo perdí, lo encontré, lo volví a extraviar, lo volví a hallar, entonces ya sin temor, sin nada qué perder, marqué, pregunté por Gala a una voz masculina, poco amable, con prisa, número equivocado, dijo la voz, y colgó.


* Este cuento pertenece al libro Instrucciones para vivir sin gala

Esta página ha sido visitada

veces, desde el 22 de diciembre de 1999.

REGRESAR A LA PÁGINA DE ROBERTO REMES


Mi nueva novela ya viene en camino

Cambia Network. Pincha aqui!
Cambia Network - Intercambio de Banners


This page hosted by Get your own Free Home Page