Historias para destapar el excusado

 



 

Señor Directorio

Roberto Remes

Dos años de su vida dedicó el filósofo Samaniego a aprenderse el directorio telefónico. Gozaba de buena memoria, es cierto, pero todo tenía su límite, así que se ponía a leer todas las mañanas a partir de las cinco, y lograba aprenderse unas diez hojas antes de su desayuno, a las siete de la mañana, y mientras tomaba unos sorbos de café trataba de recordar cada uno de los números que había estudiado, para así confirmar que se había aprendido todos y cada uno de ellos, aunque claro, siempre tenía algún error, siempre había una dirección que se aprendía en forma incompleta, un noventa y seis que en su memoria aparecía como sesenta y nueve, o una Ileana que en sus recuerdos resultaba ser Liliana, pero en general lograba una buena efectividad y el repaso le servía para cerciorarse de que no estuviera olvidando ninguno de los datos aprendidos. Luego de esa actividad se ponía a escribir en su computadora los números que se había memorizado, pero sin nombres, direcciones ni ningún otro dato, para así poder correr un programa que le hiciera preguntas sobre los números y él lo contestaría en la misma máquina y luego verificaría que estuvieran bien sus respuestas, esto lo hacía desde el cuarto para las ocho hasta las ocho treinta, y entre cinco y cinco treinta de la tarde se dedicaba a repasar los teléfonos ya aprendidos. Esto le permitía una evaluación permanente de lo que iba pasando a su archivo mental.

A partir de las ocho treinta de la mañana y hasta las doce, se dedicaba a memorizar otras veinticinco páginas del directorio, y luego las repasaba de doce a una, mientras bebía su tequila del día, y acabando estas acciones, el repaso y la ingestión del tequila, salía a dar una vuelta en su deportivo y trataba de fijarse en todos los números telefónicos que veía en la calle, ya sea en los anuncios que cuelgan de los postes, la propaganda de los camiones de reparto y los vehículos utilitarios, las indicaciones en todos los comercios de las avenidas por las que manejaba a gran velocidad, y hasta los escasos letreros de Se vende que mostraban algunos coches marcados con el signo de pesos. Las primeras semanas no se encontró ningún número conocido pero conforme iba avanzando en la memorización del directorio telefónico estaba en condiciones de decir a quién pertenecía el teléfono, en qué dirección se hallaba oficialmente, y a veces en qué página estaban los datos.

A las dos de la tarde regresaba el maestro Samaniego a su trabajo de memorización y no comía sino hasta las cuatro treinta, para aprovechar ciento cincuenta minutos muy útiles para memorizar veinte páginas más, aproximadamente. Después de su repaso cotidiano, de cinco a cinco treinta del postmeridiano, el filosofó Samaniego seguía haciendo esfuerzos para aprenderse unas veinte o veinticinco páginas más, hasta llegar a unas ochenta páginas diario, lo cual le daba un promedio de dos mil cuatrocientas páginas al mes y diez mil cada cuatro meses, que es el total de páginas con que cuenta el directorio telefónico en sus dos tomos.

Cuando pasaban las nueve de la noche, el filósofo Samaniego enlistaba el resto de las entradas del directorio que había memorizado durante el día, lo cual le permitía también hacer un repaso mental sobre nombre y dirección de los dueños de las líneas telefónicas. Después de las once de la noche, el gran maestro caía rendido de sueño y, según contaba su mucama, mientras dormía se ponía a recitar nombres, direcciones y números telefónicos, al principio enunciaba los que estaban en la A y al cabo de algunos meses ya recitaba las últimas letras del alfabeto. Dicen incluso que en una ocasión, cuando iba por la Erre, mencionó mi nombre, mi dirección, mi teléfono y mi correo electrónico, lo cual les pareció sorprendente, porque los correos electrónicos no se incluyen en el directorio, así que el filósofo Samaniego también tenía la posibilidad de cruzar datos, y de hecho, no fue la única vez que lo hizo, porque en una ocasión enfermó de bronquitis y tuvo temperaturas de más de cuarenta grados y por la noche estuvo no sólo recitando el directorio telefónico, sino que cuando conocía alguna de las casas daba la descripción. Es decir, si de repente mencionaba los datos de una persona que vivía en el número dos mil quinientos veinticinco de la calle de Uruapan y el maestro conocía bien esa calle, entonces añadía Casa verde tres niveles puerta de madera cochera grande perro que ladra mucho, y datos así. Cuenta su mucama que estuvo toda la noche dando descripciones de las casas de personas a las que no conocía, y que aún antes de despertar hizo el comentario de que el dueño de una casa debía ser una persona muy neurótica, porque la combinación de colores que utilizó en nada favorecía la pasividad.

Cabe señalar que el directorio telefónico tiene cuatro columnas por página y un promedio de cien registros por columna, o cuatrocientos por página, y para el caso del maestro Samaniego esto da lugar a los novecientos sesenta mil números telefónicos memorizados al mes. Sin embargo, es evidente que la mejor memoria humana no tiene oportunidad de acumular tal cantidad de datos, así que a menudo el filósofo Samaniego suspendía su rutina de trabajo por una semana y volvía a los datos ya memorizados y los leía hasta dos veces. Conforme la parte que ya había aprendido crecía, estas interrupciones se volvían más frecuentes, la primera después de mes y medio de trabajo, pero las últimas lo obligaban a tener que trabajar en la memorización una semana y otra en el repaso.

Cuando, al cabo de once meses de intenso trabajo, el filósofo Samaniego terminó de aprenderse el directorio telefónico, ocurrió una terrible tragedia que sumió al maestro en una profunda depresión. Llegó el nuevo directorio telefónico, con datos modificados y añadidos, y con quinientas cuarenta y tres páginas nuevas. Su mucama lo encontró tirado en la regadera, desnudo, ensangrentado porque se había cortado las venas. Por fortuna pudieron salvarle la vida, aunque lo mantuvieron sedado una semana y con antidepresivos durante un par de meses. Ese tiempo fue suficiente para que, a falta de repaso, el gran filósofo olvidara parte de los registros que mejor sabía y casi todos los que tenía menos de quince días de haber aprendido cuando llegaron los dos tomos de la siguiente edición del directorio.

Finalmente decidió comenzar su labor titánica que no fue más fácil que el año anterior, porque si bien ya tenía memorizada la mitad del directorio, las páginas no coincidían con las del año anterior, y al maestro de pronto le entraba una terrible obsesión por saber no sólo nombre, dirección y teléfono, sino también la página exacta en que se hallaba cada registro. Por fortuna encontró cómo estimularse en su esfuerzo por memorizar todos los números de la ciudad, pues un día, por casualidad, se acercó al cuarto de su mucama mientras ella veía la televisión, y fue así como descubrió que existe un sorteo llamado Melate, que juega los miércoles y los domingos, cuyas probabilidades de ganarlo son bajísimas, una en siete millones cincuenta y nueve mil cincuenta y dos. El maestro se sorprendió cuando hizo su cálculo, porque coincidentemente el directorio telefónico que estaba memorizando tenía tres millones quinientas veintinueve mil quinientas veintiséis entradas, o sea, justo la mitad, con lo cual se dio cuenta de que había el doble de probabilidades de que al ver una persona en la calle quien la viera adivinara su teléfono, y casi las mismas probabilidades de adivinar el teléfono de dos personas. Es más, era más probable adivinar el número de dos personas que atinarle al Melate dado que al adivinar el teléfono de la primera, las opciones para el segundo intento eran tres millones quinientas veintinueve mil quinientas veinticinco entradas. El maestro se puso muy contento porque se dio cuenta de que si se aprendía todos los registros del directorio telefónico tendría más probabilidad de adivinar el teléfono de muchas personas en la calle, pero el sólo hecho de que adivinara el número de tres personas ya era menos probable que atinarle al Melate, con lo cual se convertía en un fuerte candidato a llevarse los millones que se sortean cada miércoles y domingo. Al cabo de ocho meses el maestro tenía la impresión de que había concluido su labor, y era tiempo de dedicarse al trabajo de campo. Salió a la calle, miró a una mujer caminando, trató de adivinar su número telefónico, pero fue entonces que se dio cuenta de que necesitaría un dato adicional, ya sea la dirección o el nombre, así que se acercó y le preguntó cómo se llamaba, pero ella, al ver su larga barba cana, pensó que se trataba de un viejo libidinoso que la quería llevar a la cama, así que huyó. El filósofo hizo su siguiente intento con un hombre para que no ocurriera lo mismo, pero éste pensó que se trataba de algún secuestrador o algo así, entonces proporcionó un nombre falso que tenía el inconveniente de estar incluido mil ciento veintisiete veces en la sección blanca, Juan González, con lo cual, aún cuando el maestro mencionara los mil ciento veintisiete teléfonos no atinaría al número de esa persona. El maestro pensó que una opción sería preguntarle a algún niño, quien no tendría la malicia para cambiar su nombre ni el temor para huir, sólo que en los dos primeros intentos se dio cuenta de que esa operación era un fracaso, porque ninguno de los dos niños que le dio su nombre estaba incluido en el directorio, pues los niños no suelen tener la propiedad de las líneas. Cuando pensaba la mejor manera de acertar un teléfono, vio que un hombre sacaba un manojo de llaves de su saco y abría una puerta, la que tenía por número quinientos veinticinco de la calle Cuauhtémoc. El filósofo Samaniego se entusiasmó, tomó su teléfono celular y marcó el número que según su memoria coincidía con el número quinientos veinticinco de la calle Cuauhtémoc, luego preguntó por el dueño de la línea y le dijeron que allí no vivía, preguntó que si no acababa de entrar allí un hombre con un traje azul marino, y le dijeron que no y que estaba equivocado. En eso el gran filósofo recordó que en la ciudad existen setenta y tres calles con el nombre de Cuauhtémoc, aunque por fortuna el directorio telefónico menciona el código postal en cada una de las entradas, así que tan pronto como don Samaniego identificó el código de la zona también halló el número. El teléfono estaba a nombre de una mujer, tal vez la esposa del hombre que había visto entrar, tal vez la madre puesto que se trataba de un hombre joven, o tal vez una antigua inquilina. De cualquier manera, el filósofo volvió a coger su pequeño teléfono y marcó. Cuando le contestó un hombre, preguntó, Es usted un señor joven que va vestido con traje azul que entró al número quinientos veinticinco de la calle Cuauhtémoc con código postal uno siete nueve tres dos, Sí, respondió el que estaba del otro lado del teléfono. El filósofo se alegró sobremanera y concluyó que ahora necesitaba adivinar otro teléfono más para igualar las probabilidades del Melate y uno adicional para que fuera más probable ganar el sorteo. El siguiente intento lo quiso hacer del lado opuesto de la ciudad, así que tardó dos horas en recorrerla por completo, luego vio a una mujer entrar en su casa, pensó en el número telefónico que correspondía a la dirección, y esta vez el teléfono estaba a nombre de una persona de sexo masculino, pero de cualquier manera Samaniego marcó, y cuando una mujer le contestó, él la cuestionó, Está usted vestida de rojo, ella se sintió ofendida, pensó que la estaría albureando y colgó. Luego de un segundo intento el filósofo logró adivinar el teléfono de una segunda persona. Sólo faltaba una más, para lo cual escogió un área céntrica, a la que llegó en una hora y pocos minutos más. El intento fue exitoso a la primera, así que el maestro Samaniego se dispuso a llenar sus boletas del Melate.

Don Samaniego llegó a la agencia de pronósticos y pidió una ficha, sólo que al tratar de llenarla se dio cuenta de que no era lo mismo escoger seis números entre cuarenta y cuatro que ocho veces un número entre diez. El filósofo miraba fijamente los números, se angustiaba, se ponía nervioso, los que estaban en la agencia lo miraron aterrados, nunca habían visto a un hombre transformarse tan rápido, debilitarse, ponerse nervioso, perder el rostro ufano de esas personas que están convencidas de lo que harán, como si al entrar a ese lugar el maestro hubiera estado convencido de que ganaría el sorteo y al encontrarse con la realidad se diera cuenta, como se dio, de que había perdido dos años de su vida tratando de memorizar el directorio telefónico, o mejor dicho, memorizándolo, de pe a pa, de la A a la Z, sabiendo algo de cada uno de los propietarios de las líneas telefónicas, su nombre completo, su dirección, su código postal, y a veces hasta las características de sus casas, y desde luego imaginando sus vidas, metiéndose en ellas a través de la mente, invadiendo su intimidad discretamente, perder el tiempo en ello, dos años, y en un solo instante perderlo todo al mirar una boleta para la loto, por la incapacidad de traducir sus cálculos probabilísticos hacia el mundo real. Así permaneció el filósofo Samaniego por segundos, por minutos, por horas, la gente no entendía qué le pasaba, cada vez más personas se acomodaban a su alrededor, lo invitaban a salir de su mutis, a despertar, pero él no se movía, parecía un adorno más en la agencia que no sólo vendía billetes de lotería y registraba boletas para el Melate, sino también algunos dulces, pero como cada vez más gente se acercaba al gran maestro, pronto el dueño fue saqueado, de bolsita en bolsita, de dulce en dulce, así que se vio en la necesidad de sacar al filósofo cargando y cerrar la tienda por unas horas, fue su peor tarde a pesar de que el premio era uno de los más jugosos que se hayan registrado en la historia del Melate. Pero bueno, Samaniego se quedó afuera, llamaron a la Cruz Roja y no supieron qué hacer con él, pasaron las horas y él seguía parado, perdido, con la vista fija sobre su hojita del Melate, la gente lo vio al pasar mientras hubo luz de día, los malandrines le robaron su reloj, su cartera, las llaves de su deportivo, y si no se lo llevaron fue porque no supieron dónde lo tenía estacionado, pronto la boleta voló y esto dio pie a que le robaran su saco de casimir, su cinturón, y si no lo dejaron desnudo por completo fue porque le comenzaron a tener miedo, su mirada perdida, la sensación de angustia, el respirar tenue, Samaniego los hizo temer que se tratara de un monstruo o de un extraterrestre, que de repente despertara y los atacara, los mordiera, que sintiera hambre y tratara de comérselos, y ni siquiera imaginaron que hubiera bastado, como bastó, pronunciar cualquier nombre del directorio telefónico para que el filósofo despertara, pero nadie lo hizo esa noche, nadie lo hizo durante la mañana, el dueño de la agencia de pronósticos lo miraba con desesperación porque temía perder más clientes y que lo volvieran a saquear los curiosos, se asomaba a cada rato, dudaba de abrir o no su local, tocaba al maestro, lo zarandeaba, lo mojaba, le soplaba, pero él no respondía, hasta que ya por la tarde, casi llorando porque no había atendido ningún cliente, el hombre de la agencia se acercó a Samaniego, y le imploró, con un nudo en la garganta, Señor, soy hombre de bien, vivo de mi trabajo, no tengo ahorros, aquí en la trastienda tiene su pobre casa, pero por favor despierte que no he podido vender nada desde que usted está aquí, necesito alimentar a mi familia, llevar a mis hijos a la escuela, despierte por favor y yo le prometo que encontrará en mí a un amigo, sí señor, yo, Raymundo Carver, se lo promete. De inmediato el maestro reaccionó y le respondió José Raymundo Carver Pérez, Calle ciento ochenta y nueve número trece local be, Colonia Jardines de la Amnesia, Código Postal diecinueve ocho siete seis, De Efe, Teléfono Veintiuno ochenta y tres cuarenta y uno sesenta y seis, y antes de que el hombre de la agencia pudiera responder algo, el filósofo Samaniego empezó a caminar con lentitud repitiendo como estribillo José Raymundo Carver Pérez, Calle ciento ochenta y nueve número trece, una y otra vez, sin parar, hasta que se sintió cansado y se quedó dormido en una banca de un parque cercano, roncó como nunca, y a partir de esas fechas mendigó por meses y meses, repitiendo teléfonos por las calles, recordando quiénes eran los dueños de las líneas cada vez que miraba un número telefónico anotado en algún lugar. Durante varios días no comió, pero luego comenzó a retorcerse del dolor que le provocaban sus propios jugos gástricos, así que pidió comida y la gente le daba comida.

Pronto el maestro Samaniego comenzó a darse cuenta de su condición de mendigo, pero no se sentía en condiciones de regresar a su casa, creemos nosotros, quienes lo quisimos y buscamos, por vergüenza, ya que para nadie es reconfortante, al menos eso supongo, dedicar dos años de la vida a aprenderse en directorio telefónico y luego no poder aplicar esos conocimientos de una manera práctica. Sin embargo, su condición de limosnero le ayudó a encontrar utilidad a todos los registros que había metido en su mente. La gente comenzó a conocerlo como el Señor Directorio, y él se sentaba en las escaleras del metro a recitar las páginas de la sección blanca, que fue la que memorizó, o bien a responder las preguntas de la gente, Cuál es el teléfono de Salma Hayek, Dónde vive Luis Miguel, A quién pertenece el teléfono cincuenta y seis sesenta y ocho once once. Después de algunos meses se hizo famoso, la gente lo buscaba para preguntarle los datos de los amigos que no veían desde hacía tiempo, para verificar si sus datos eran los correctos, o simplemente para pasar el rato. Le dejaban algunas monedas y se iban. A pesar de su condición de mendigo buscaba la manera de volver a vivir su vida como cuando vivía en su casa, así que se echaba su tequila antes de la comida, sin importarle que en la vía pública está prohibido consumir bebidas alcohólicas. Lo que más extrañaba eran sus paseos en el automóvil deportivo, pero para volver a hacerlos necesitaba regresar a su casa, a donde lo llevaron después de que fue encontrado abandonado y desvalijado luego de la desaparición del maestro, y para que volviera a su hogar debía recordar dónde vivía, pero no podía hacerlo porque no recordaba ni su nombre, lo olvidó por vergüenza, y sólo decía que no había encontrado ninguna persona con el nombre de Señor Directorio en toda la sección blanca. En algún momento estuvo tentado a aprenderse la sección amarilla pero declinó hacerlo porque ya no tenía su computadora a la mano, que bien le hubiera ayudado a repasar. Si el maestro hubiera, tan solo, recordado cómo se llamaba quizá habría dicho su dirección y teléfono y alguien podría haber llamado para decirnos, a sus discípulos y colaboradores, que todos los días recitaba números telefónicos a la entrada del metro Calamares. Pero no, tuvieron que pasar varios meses para que me llegara la fama del Señor Directorio y yo mismo fuera a comprobar, cuando ya estaba considerando que el filósofo Samaniego había muerto, que mi maestro aún estaba vivo y que poco a poco podría volver recibir sus enseñanzas. Pocas veces en la vida me he sentido tan contento como ésa, cuando lo encontré vestido con un saco roto y unos pantalones sucios y desgastados, en el momento en el que decía el número telefónico del presidente de la República.

Su incorporación al mundo de los cuerdos no fue nada fácil. El mismo día en que lo volví a ver me lo llevé a su casa, entre su mucama y yo lo bañamos, y cuando lo metimos en la cama a dormir se quedó mirando mi reloj japonés, que marcaba el día once del mes once, justo a las once horas con doce minutos, No hay ningún teléfono que empiece con uno, dijo, y entonces me di cuenta de que sería muy complicado que el maestro volviera a ser la misma persona de antes. Tuve la terrible idea de quitar todos los números había a la vista en su recámara, ya fuera de la pasta de un libro indicando el número de alguna colección, o los relojes y el mismo aparato telefónico. El maestro durmió bien, aunque por momentos sí soltó datos aislados del directorio telefónico, pero la mañana siguiente comenzó a buscar números por todos lados, abría los libros y se quedaba mirando los números de las páginas, aventó la televisión hacia el suelo sólo para ver el número de serie, luego pegó de alaridos porque necesitaba ver más números, en concreto algún número telefónico, y empezó a recitar la letra A del directorio en forma rítmica, se golpeaba contra la pared y gritaba un nombre con su respectiva dirección y teléfono, se volvía a golpear y continuaba con el siguiente registro. Cuando llegamos a detenerlo ya estaba sangrando de la frente. Fue terrible calmarlo. Su mucama y yo lo agarrábamos pero su fuerza nos tumbaba. Estaba como poseído. La solución la descubrimos hasta después de unos veinte minutos, y fue precisamente darle un directorio telefónico. Lo tomó como si fuera un niño con su juguete, se sentó en el suelo, estuvo acariciando las hojas, pasándolas suavemente, tocando la tinta para ver si se sentía algo realzada, aunque era lisa, luego estuvo observando los números, sólo los números, tapaba el nombre y la dirección y veía los números, así se puso a recitar los datos correspondientes a cada teléfono. Fue difícil pero tuve que tomar la determinación de internarlo en un manicomio un rato, para ello hube de localizar a algún familiar, lo cual me fue muy difícil puesto que nadie decía recordarlo, y él mismo jamás había hablado de su familia, como si no hubiera existido, pero al cabo de un par de semanas localicé a un sobrino quien, al contestar el teléfono, me dijo Hágale como quiera yo ni lo conozco, y bueno, confirmé que mi maestro no tenía contacto con nadie de su familia, a tal grado de que ni su sobrino lo conociera. Después de que lo internamos tardó tres años en olvidar todas las entradas del directorio. Al salir ya no recordaba ningún número, ni el suyo, ni el mío, ni los de emergencia de la ciudad, con todo y que son apenas de tres dígitos.


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