Historias para destapar el excusado

 






 

Entumismada

Cinco días con el sueño débil, despertando en la noche, deambulando por la casa, subiendo y bajando escaleras, moviendo cosas en la cocina, ensuciando trastes pero no lavándolos, mirando el desorden en la sala, en el patio, en la recámara, en cada rincón, y todo por los nervios, por el ansia de una llamada que no llega, por el teléfono que no vibra, que no suena, que no levanta el ánimo, que no devuelve la calma, que no refresca el cuerpo, ni los nervios, ni enjuaga las manos sudorosas, ni estira las sábanas arrugadas por tanta vuelta en espera del sueño, o del rin–rin con la noticia, la confirmación de la noticia, o su negación tal vez, y sin embargo sentir sólo el silencio, o el falso silencio, por los ruidos de las casas vecinas, los gallos lejanos, los perros cercanos, los motores de los coches, una alarma, un golpeteo en una de las paredes colindantes, un helicóptero, los cristales vibrando, voces por la calle, silencio en casa, el teléfono quieto, suaves pisadas en espera de la llamada, angustia, deambulares, desorden, histeria, y luego la búsqueda de la calma, la respiración profunda, andar más rápido, subir y bajar escaleras, cinco, diez, quince veces, más sudor pero también algo de cansancio, sin olvidar las ociosidades, como poner una silla en medio del camino y brincarla, luego dos sillas, tomar vuelo y saltar tres sillas, pero el teléfono que no dice nada, ni respirar siquiera, ni una suave campanita, no el fuerte rin–rin, sólo una suave campanita, pero nada, más deambulares, sudor en las manos, buscando leer un libro sin lograr concentración, poniendo algo de música sin llegar a apreciarla, más silencio dentro de la casa pero más ruido fuera de ella, la aspiradora de la vecina del sur, la música del vecino del norte, gritos en el patio del vecino de atrás, la flauta del afilador, el discreto teléfono que no dice nada, las manos que no se secan, la danza invocando a los dioses que generan las llamadas con las buenas noticias, pero qué baile, quizá como rayuela, quizá como conchero, quizá sólo bailar, o el cuerpo imitando escenas atléticas, levantando los brazos, abriendo piernas y cerrándolas, para cansarse pronto, para interrogarse por el silencio sepulcral del invento de Bell, y claro, buscar un culpable, una libreta telefónica extraviada, un caos en el cableado de la ciudad, un satélite fuera de control, un recado no dado, una buena noticia postergada, qué hacer, nada que hacer, ni salir, hay que esperar, definitivamente no, salir no, imposible, esperar y esperar, caminar de un lado a otro, pero dentro de la casa, mirar el teléfono, seguir la espera, mirar los botones, el cable enredado sobre sus propios círculos, la bocina roja, igual que el cuerpo del teléfono, no los botones, blancos con números negros, pero en silencio al cabo, cómo provocar la llamada, cómo invitar a la persona indicada a tomar el teléfono y marcar, todo transformado en un instante gracias a una llamada, menos deambulares y más meditación, calma en medio del desorden, pero no, el desorden construido poco a poco en los últimos días y la llamada ausente, el culpable hallado, claro, el desorden culpable, así que ahora manos a la obra, lavando, aspirando, recogiendo, acomodando, trapeando, limpiando, y al final viendo la obra terminada, la satisfacción de lograr la paz, el orden, el silencio, mirando el teléfono, buscando un efecto inmediato que no llega, un sonido penetrante en el oído, rin–rin, pero nada, así que otra vez caminando de un lado a otro, subiendo y bajando escaleras, el cansancio que inhibe los nervios, el sudor que ha empapado la ropa, el baño como ínterin en la espera, el agua helada para darle energía al cuerpo, correr desnuda para secarlo, como si la fuerza lograda por la ducha pudiera escapar entre los pelitos de la toalla, y luego vestir de blanco para atraer la energía, haciendo esfuerzos telepáticos por el sonar telefónico, pero el teléfono en silencio, cinco días en silencio, acrecentando la angustia, viendo pasar las horas en el reloj, y las sombras por la ventana, impaciencia inútil, la noche que llega, la conclusión que invade la mente, Mañana, sí, seguramente mañana, entonces dormir, o buscar dormir, para dar vueltas sobre la cama, las sábanas otra vez arrugadas, el sueño lejos, muy lejos, tal vez del otro lado del mundo, pero quizá del otro lado del teléfono, del cable del teléfono, de ese callado aparato que se resiste a sonar, rin–rin, sólo rin–rin, pero no a las dos de la mañana, ni a las tres y media, ni a las cinco, Mañana, sí, seguramente mañana, la conclusión en la madrugada insomne, en el amanecer insomne, en los ojos insomnes, otro día, otro baño con agua helada, la decisión final, concluyente, tajante, ayunar y meditar para oír que el teléfono suene, y así llamar al teléfono con la mente, nada más poderoso que la mente, como la fe del tamaño de un grano de mostaza, y ahora sí mover montañas, y ahora no por la fe ausente, sólo meditando quizá, no, quizá no, seguro, meditar y ayunar, nada más, haciendo la flor de loto, la pierna izquierda montada sobre la rodilla derecha, y el pie derecho sobre la rodilla izquierda, enderezando el cuerpo, concentrándose, respirando hondo, una y otra vez, la sangre que irriga con fuerza al cerebro, más y más fuerza, el esfuerzo de todo el cuerpo para atraer la llamada, para visualizar a una persona que coge el teléfono, que mira una tarjeta, que marca siete números, que espera, pero nada, sigue la espera, más silencio, más esfuerzo para lograr la concentración, un hombre silbando por la calle, un niño llorando en una casa vecina, los gallos a lo lejos, motores que pasan veloces, un avión, todos los ruidos del mundo menos el rin–rin, y las horas que pasan, con el cuerpo en la misma posición, flor de loto, las manos con las palmas hacia arriba, uniendo sólo al dedo índice con el pulgar, los otros tres libres, aún respirando profundo, pronunciando una sílaba todo el tiempo, Omm, sin desayuno ni comida, Omm, ni siquiera levantarse por agua, Omm, ayuno total, Omm, y el teléfono silencioso un rato más, Omm, la mente ensimismada, Omm, el cuerpo entumido, Omm, el ruido largamente esperado, rin–rin, el silencio sepulcral de cinco segundos, rin–rin, y la mente concentrada, rin–rin, oyendo la llamada a lo lejos, rin–rin, regresando con dificultad, rin–rin, a punto de abrir los ojos, rin–rin, y otros cinco segundos de silencio, rin–rin, los ojos abiertos y mirando el teléfono, rin–rin, la desesperación por no poder reaccionar, rin–rin, el primer esfuerzo por mover una de las piernas, rin–rin, el dolor, rin–rin, el silencio otra vez, los cinco segundos que pasan, el sexto segundo, el séptimo, pero más silencio, el regreso completo desde el mundo de la meditación, con terror, la nueva espera, los instantes eternos, la tranquilidad recuperada por el teléfono sonando, rin–rin, las piernas aún trenzadas, rin–rin, el dolor del cuerpo entumido por tantas horas en flor de loto, rin–rin, las extremidades que no responden, rin–rin, el dolor al mover la derecha, rin–rin, por fin estirada, rin–rin, la izquierda que tarda en reaccionar, rin–rin, el cuerpo que con dificultad se levanta, rin–rin, el esfuerzo por alcanzar el teléfono, rin–rin, la caída, rin–rin, estirándose hacia la mesa, rin–rin, el teléfono al suelo, la mano tomando la bocina e inútilmente preguntando Diga, por ser un sonido largo la única respuesta.

Roberto Remes, 1999.

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