Historias para destapar el excusado

 






 

Débil equilibrio

Roberto Remes

Qué difíciles son los procesos judiciales, pero bueno, por fin me redujeron la pena que me habían incrementado, sin que yo lo mereciera porque en realidad yo no estuve involucrado en los hechos, salvo porque fui yo el único que salió del lugar en donde ese caón perdió el equilibrio, pero es que digo, he de reconocerlo, las cosas apuntaban a que yo lo hubiera aventado al vacío, pero no fue así, se cayó solito porque no pudo hacer contrapeso luego de que en un esfuerzo por ver un poco mejor o por descubrir quién era yo, no supo cómo mantenerse en donde estaba. Bueno, quizá también ayudó que el pobre se espantara cuando le hablé, porque él pensó que estaba solo.

Yo había entrado a la cárcel por robo, en una de esas casualidades que uno no se espera, porque si bien no puedo negar que sí robé, tampoco puedo negar que la suerte no me acompañó el día en que llevaba una camiseta que hurté al meterme a una casa después de que se me rasgó la que yo traía, entonces tomé la primera que encontré y resultó ser una que tenía la cara impresa de uno de los asaltados, quien meses más tarde se topó conmigo en un centro comercial y después gritó, Él me asaltó, Él me asaltó, Policía, Él me asaltó, Auxilio, y bueno, pues qué más evidencia que la playera con su foto, y así fue como vine a dar al reclusorio poniente.

Cuando me metieron al tambo empezaron a cargarme un montón de asaltos de los cuales creo que sólo uno o dos, además del de la playera, había cometido yo, pero bueno, lo que pasa es que para resolver los robos a veces se inventan culpables o les pasan la factura de más delitos a algún detenido, así que me tocó ser chivo expiatorio en algunos casos. Total que ya llevaba yo un rato en la cárcel, como dos años, y ya me faltaban unos dos años más para poder entrar a la preliberación, y en eso ocurrió el accidente que me amplió la pena, ahora por homicidio, pero como les decía, yo no he matado a nadie, sólo que agarré al güey infraganti y, cómo decirlo, perdió el equilibro, o se asustó, y se murió.

La vida en la cárcel, como todos saben, es dura, pero uno se va acostumbrando, y luego las mujeres vienen de visita, yo no sé, tal vez porque sienten que su hombre es muy rudo si está en el reclusorio, así que mujeres casi nunca faltan, y a veces, dicen, se pelean dos novias afuera por entrar a ver a los presidiarios, pero sólo una puede pasar. Los días de visita conyugal son siempre de muchas broncas porque a menudo no hay lugar suficiente para todos, y cualquier día va uno a hacer colas aquí en la cárcel, si aquí todo se consigue con lana o a madrazos, pero por fortuna soy bueno para los madrazos.

Un día en que estaba yo con una chava, ella arriba y yo abajo, que es como más me gusta, empecé a sentir que me espiaban, volteé nervioso hacia todos lados, pero no vi a nadie, aunque me quedé con el gusanito, así que la siguiente vez que me vi con esa chava estuve más atento hasta que me di cuenta de que había una manera de espiar desde el techo, porque no todo está cubierto con concreto, sino una parte con concreto y otra con lámina, y hay huecos grandes por los que se puede ver la escena, sólo que, por seguridad, para no perder el control sobre los reos, o que éstos puedan tomar láminas de cinc y romperlas para hacer navajas, pusieron los techos altos, así que no siempre se ve bien, entonces algunos pueden requerir binoculares, como el tipo que se cayó.

Cuando confirmé que, en efecto, alguien me estaba espiando, decidí que la siguiente semana yo buscaría saber quién lo hacía. No fue nada fácil porque los gendarmes cuidan muy bien el área de visita conyugal, porque saben que así se pueden echar algunas viejas de vez en vez. Era imposible que yo simulara estar con una chava y de allí brincara hacia las láminas de cinc, porque, en efecto, estaban muy altas como para, además de todo, quitarlas y descubrir quién era el espía. Se me ocurrió que podría hacer un trueque con alguno de los guardias, de tal manera que yo le conseguía alguna mujer a cambio de que él me dejara espiar, y hasta le dije que a mí me divertía más ver, que hacerlo. Recuerdo que sólo logré que me dijera Pinche depravado, pero no quiso dejarme pasar a la parte de atrás, y hasta desperdicié un fin de semana en que lo pude haber hecho bien suave.

Como obviamente tenía muchas ganas, la siguiente semana no pude resistirme, me madreé a un tipo que ya estaba listo para pasar a la visita conyugal cuando me dijeron que una chava había ido a buscarme, y ya que iba caminando hacia la zona de los cuartos vi que estaba abierta la azotehuela de atrás, así que simulé que daba la vuelta en una esquina, pero luego aproveché una distracción del policía para meterme a la azotehuela y esperar al que espiaba. Lo que hice fue aguardar escondido detrás de un tinaco. Cuando se oyeron unos pasos seguí agazapado a la espera de que algo sucediera, y sí sucedió, alguien trepó hacia la parte de arriba pero no pude ver quién era, porque me mantuve escondido detrás del tinaco. Al cabo de un rato en que había algo de silencio, claro que algunos quejidos se escuchaban porque estaba justo atrás de los cuartos de visita conyugal, salí y trepé hacia la azotea, y por andar cuidando el silencio casi me caigo y pego un grito, pero ni me caí ni grité, no sé si decir que por fortuna o por desgracia porque al subirme descubrí que en efecto, había un tipo con los pantalones bajados, la mano derecha entre sus piernas, una revista en el piso y unos binoculares en la mano izquierda que le permitían ver mejor la escena que ocurría al interior de uno de los cuartos. Vi al tipo pero no la cara porque estaba inclinado hacia fuera, en el borde de la parte en la que el techo es de cemento y justo en donde empieza el cinc, escuché que gemía un poco, así que le pregunté con mi voz normal, que dicen que es un poco sonora, Qué haces puto, y entonces él trató de voltear, pero su codo izquierdo, que estaba apoyado sobre la rodilla, se resbaló y los binoculares golpearon su nariz, así que entre que se cuidaba de mí, ocultaba que estaba semidesnudo y haciendo cochinadas, perdió el equilibrio, gritó, movió las láminas, abrió un gran hueco en el techo, trató de agarrarse, para luego caer encima de la pareja, rebotar hacia el suelo y desnucarse con los catalejos aún en la mano, antes de que cayera la revista encima de él.

Cuando pasó el accidente yo me bajé lo más rápido que pude del techo, pero ya se había armado el relajo, y cuando iba a salir de la azotehuela ya unos gendarmes me estaban deteniendo y me llevaron al apando pero me sacaron a las pocas horas porque tenía que declarar. Al hacerlo me di cuenta de quién había muerto. Dicen que todos salieron de los cuartos al escucharse el ruido de las láminas y el del cuerpo que cayó sobre la pareja que de inmediato gritó asustada y adolorida. Los policías abrieron la puerta a patadas, la chava apenas si pudo cubrirse y empezar a llorar del dolor, cuando ya un celador estaba exclamando, asustado, en tono de interrogación y de sorpresa, Señor director, se encuentra bien.

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