Historias para destapar el excusado

 



 

Estúpidamente perdida

Roberto Remes

Ese sábado por la noche mi vida cambió por completo. Asistí a la boda de dos buenos amigos, para la cual me preparé con varios días de anticipación, desde que planee mi recorrido por las calles cercanas al templo de San Tiburcio de No Sé Qué, donde se efectuaría el enlace religioso, el encuentro de personajes conocidos y desconocidos, y el hecho fortuito que desviaría mi rumbo.

Por la mañana visité algunas tiendas, con la finalidad de estrenar corbata, camisa y calcetines, tal como solía hacer siempre que se casaba un buen amigo o una buena amiga. Creo que escogí una combinación adecuada, camisa blanca, corbata verde con un poco de negro, de manera tal que el verde era lo que más sobresalía, y combinaba muy bien con el traje gris, porque tenía algunas líneas en un color entre verde y azul, y la prueba de que era un buen equilibrio de colores estuvo en que al llegar a la iglesia me sonrió una muchacha muy hermosa, cuyo nombre nunca supe, pero aquí hemos de llamar Gala, simplemente para ponerle un nombre, y podernos referir a ella de una manera más breve, en vez de repetir que fue la morena que me sonrió al arribar al lugar.

De las lecturas de la misa no me acuerdo muy bien, porque no suelo poner mucha atención, tal vez porque soy un poco distraído, porque soy medio hereje, o más probablemente porque Gala se sentó en la banca de adelante, hacia el lado izquierdo y no dejábamos de intercambiar sonrisas y miradas, como una manera de presagiarnos mutuamente de lo que viniere después, aunque las cosas no fueron como imaginábamos ni mucho menos como hubiéramos querido.

El templo era muy austero, con algunas cursilerías que nunca faltan en las iglesias que parecen de pueblo, y la música fue también sencilla, dos guitarras, un pandero, un acordeón y acaso cinco o seis cantantes, que no recuerdo qué cantaban, sólo recuerdo que no cantaban bien y que en ocasiones carecían de coordinación.

Los novios estaban muy atentos a las indicaciones del sacerdote, un poco nerviosos por el momento que vivían, sin voltear hacia atrás, ansiosos de que la ceremonia terminara para irse a festejar, tan ansiosos como los niños que corrían de un lado a otro, quizá más de uno gritaba o lloraba, yo sólo intercambiaba miradas con Gala, y también experimentaba el deseo de que terminara no sólo el acto religioso, sino además el trayecto hacia el salón de fiestas, los saludos, la comida y el vino, para sacar a bailar a Gala, para poderla mirar más de cerca y para sentir su cuerpo pegado al mío.

Cuando la misa terminó salieron los novios antes que todos, como se acostumbra, luego los padres, las madrinas, los padrinos, la gente aventó arroz, y ya marchamos los demás y nos formamos en las colas de los abrazos. Yo primero busqué la del novio, donde me pisó una señora que nunca había visto, y luego la de la novia, teniendo que soportar incluso el desorden con el que los invitados se acercan a abrazar a los recién casados, sin seguir una cola única para cada cónyuge, sino aglutinándose al lado izquierdo, al derecho, atrás, y los más pacientes al frente, como yo, que tuve que esperar una vuelta completa de la novia para que finalmente me viera, nos abrazáramos y yo le deseara mucha suerte en su naciente matrimonio. Después de que felicité a la novia me quedé observando cómo familiares y amigos trataban de acercársele, cómo alguno casi la tira, cómo otro le pisó el vestido, y en general todas las danzas que más de una vez hemos visto al término de una boda.

Para salir de la iglesia había que bajar algunos escalones, de los cuales estaba yo consciente; es decir, estaba consciente de su existencia, más no de su distancia, porque en ese momento yo veía cómo un pequeño niño, elegantemente vestido con pantalón corto y corbata de moño, trataba de abrazar a la novia, sin que ella se percatara todavía de su presencia y menos aún de su infantil porte. Cuando por fin la novia se agachó para cargar al chiquillo, giré y traté de bajar los escalones, sólo que no pisé bien, y entonces rodé y rodé y traté de detenerme con la pierna izquierda, en parte para frenar mis vueltas interminables, quizá para evitar tirar a otras personas que venían bajando, o para dejar de ver cómo el paisaje giraba sin control, pero por fin me detuve, con la pierna izquierda, en efecto, o mejor dicho, con lo que quedaba, porque me la fracturé, y no fue una fractura sencilla, más bien diría que fue una grave fractura, o para ser exactos fue una fractura expuesta, así que sentí un dolor inmenso, veía cómo una parte del hueso salía del pantalón, que también se rompió, y escurría abundante sangre, y todos los invitados, si no la mayoría, se aglutinaban a mi alrededor, gritando más de lo que yo estaba dispuesto a gritar, a pesar de que sentía más dolor que ellos, a pesar de que no podía creer la escena, o tal vez porque no la creía, porque me parecía increíble que unos momentos antes viera al niño esperar un abrazo de la novia, y ahora yaciera en el suelo, inmóvil, sin capacidad para articular palabra alguna, sin capacidad para pensar en Gala, sin capacidad para reconocer tan sólo uno de los muchos rostros que me rodeaban, que me parecían de extranjeros, o quizá de extraterrestres, y sin darme cuenta de cómo pasaba el tiempo porque llegó una ambulancia y me trasladó a un hospital que yo no conocía por dentro, pero que luego me enteré de que era uno de los más famosos de la ciudad, no necesariamente de los mejores, al menos no en materia de tratamiento de fracturas, pero sí uno de los más conocidos, donde atendieron mi pierna malherida, mi pobre pierna, ya para entonces frustrada por no haber bailado con Gala.

No sé cuántas horas pasé inconsciente en el hospital, pero sí fueron muchas más de las que tocó la Sonora González durante la fiesta, ni sé quién me acompañó al nosocomio, porque cuando desperté ya estaban allí algunos familiares, pero ninguno de los invitados a la boda. Durante la operación permanecí dormido, o más bien sondormido, no porque me aplicaran anestesia total, sino porque los calmantes que me inyectaron fueron suficientes para que me sumiera en un profundo sueño, que me hiciera perderme del patético espectáculo que significó abrir la piel, acomodar el hueso, colocar una placa que lo mantuviera firme, cerrar, dar unas cuarenta puntadas, antes de vendar y acomodar en alto la pierna inútil.

Las indicaciones del doctor hablaban de cuidados muy estrictos para los siguientes meses, y se involucraban con mi agenda del siguiente año, porque no me libraría del yeso, las vendas y las muletas en las próximas seis lunas, y porque necesitaba hasta un año más para rehabilitación, dependiendo de cómo respondiera. La sola idea de imaginar todos los sacrificios que implicaba mi incapacidad física hizo que olvidara por completo de preguntar qué le habían hecho a mi corbata, mi camisa y mis calcetines nuevos, que no se rompieron durante el accidente, y por supuesto tampoco pensé en cómo habría estado la pachanga, a quién le habría caído el ramo, quiénes fueron los primeros en emborracharse y con quién bailó Gala. Sólo pensé en lo que me esperaba y me deprimí, a pesar de que en realidad no sabía lo que me esperaba, sólo lo imaginaba, pero lo que imaginaba no era tan grave como lo que vendría después.

Los dolores de los siguientes días fueron intensos, con todo y las fuertes dosis de calmantes, y sin considerar que algunas pastillas me hicieron pedazos el estómago, me causaron mareos y me bajaron la presión, ya de por sí baja por mi estado de ánimo, que no se levantaba aunque me hubieran contratado el canal de Playboy, aunque me hubieran regalado más de veinte discos compactos entre todos los amigos y familiares que me visitaron por aquellos días, aunque me hubiera leído más de diez libros en tan sólo dos semanas, al cabo de las cuales el doctor dijo que sería necesario intervenir otra vez, porque la herida no marchaba bien y existía posibilidad de infección, lo cual era falso, pues de la posibilidad ya había pasado al hecho real.

La infección había destruido buena porción del tejido carnoso de la pierna izquierda, así que tendrían que injertar algo de piel proveniente de otra parte del cuerpo, los glúteos, junto con ciertas sustancias regeneradoras de tejido que facilitarían la recuperación y qué sé yo, nada que en realidad funcionara porque la infección no cedía y no cedió y ahora el riesgo era que se extendiera hacia el muslo, o más aún, que contaminara mi sistema circulatorio y paralizara al corazón. Es decir, no había remedio para mi pierna izquierda. Tal vez fue por la gravedad del accidente, aunque más probablemente por descuidos durante la primera operación, pero el hecho es que perdí algunos kilos en cuestión de minutos, durante una cirugía que a su término me sumió en un estado de indiferencia que yo no conocía. La depresión de los primeros días se acabó. Me hallaba en un letargo que me hacía perder por completo la concentración, incluso cuando me hablaban al oído, cuando me agitaban una mano frente a los ojos, cuando me soplaban a la cara o cuando me daban una sopa bien caliente. En ningún momento lloré, sólo veía con extrañeza la situación en que me encontraba, así, incompleto.

Poco a poco me fui adaptando a la nueva vida. Tenía que seguir adelante. Me ayudó el saber que la boda estuvo muy bien, que todos bailaron hasta las cuatro de la mañana, que se cooperaron para que la orquesta siguiera tocando más tiempo, que mis amigos terminaron desayunando menudo, que estuvieron preocupados por mí, pero que me recordaron con mucho cariño, que Artemisa se quedó con el ramo, que a Sergio lo paró una patrulla y le tuvo que dar como cuatrocientos de mordida porque iba un poco tomado, que Arturo se ligó a una chava, se la llevó a un hotel y luego al menudo, que los novios se fueron de luna de miel a Huatulco, que cuando regresaron les perdieron las maletas en el aeropuerto, pero que finalmente las encontraron dos días después, y hasta se las llevaron a su nuevo hogar. A pesar de mi propia tragedia, me di cuenta de que detrás de todo eso hubo quienes durante mis instantes de dolor tuvieron momentos de intensa felicidad, y eso fue lo que más me ayudó a salir adelante.

Aprendí a andar con muletas y a hacer mi vida normal. Me pesaba un poco no haber conocido a Gala ese día, pero me reconfortaba la felicidad del nuevo matrimonio y con el paso de los meses me di cuenta de que las dos piernas eran una especie de excedente del que había disfrutado durante varios años, pero ahora podía, y debía, ser feliz con una sola. No volví a deprimirme por eso, y si alguna vez estuve cerca de hacerlo, sólo recordaba que mi pierna murió en combate, festejando una unión, y “que lo que Dios une, no lo separe el hombre”.

Meses después fui a la casa del matrimonio, ellos pasaron por mí porque si bien ahora manejaba un automóvil automático, prefería que alguien me recogiera, pues eso me daba mayor seguridad. Me invitaron a cenar y les hice énfasis en que a pesar de que me gustaría tener las dos piernas, lo importante era que mi pierna sacrificada fuera un pilar para lo que ellos estaban construyendo, que no hubiera sido lo mismo perderla por borracho, por peleonero o al huir tras haberle hecho daño a alguien. Mi pierna la perdí, aseguré, durante la siembra, y eso me reconfortaba.

Cuando sí me doblé, cuando me eché a llorar por la falta de mi pierna, cuando me derrumbé, cuando me di cuenta de que todo había sido en balde, cuando me percaté de que no debí caerme, que no debí haberme detenido a los abrazos, que ni siquiera debí acudir a aquella boda, fue el día en que me enteré de que uno de los cónyuges, pocos años después, engañó a su pareja. Lloré y lloré, no por el matrimonio fracasado, sino por mi pierna, estúpidamente perdida.


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