Historias para destapar el excusado

 






 

Un animal peligroso

Roberto Remes

Vengo llegando de la funeraria, en donde estaban velando a mi esposo y a uno de mis hijos, y estoy aterrorizada de lo que un pequeño error puede hacer con nuestras vidas, con la vida de cualquiera, para hacer de un momento de goce una tragedia, de unas vacaciones la nada y de tres vidas unidas un momento de soledad. No sé por qué escribo lo que escribo, pues llegué, cerré la puerta de la casa, caminé hacia el sillón de la sala y me desplomé a llorar, sin control, abrazando uno de los cojines y así permanecí por horas, creo que dormí durante un rato y cuando desperté ya era de noche. Me tengo que ir en este momento a la ceremonia religiosa a depositar las cenizas pero no sé por qué me siento a escribir en vez de tomar un vaso de agua y salir hacia la iglesia, donde seguramente me están esperando mis cuñados y mi suegra con los restos cremados del hombre con el que conviví durante ocho años día y noche, con el hombre con el que debo haber dormido cerca de tres mil noches, y que de repente falleció durante unas vacaciones, igual que mi hijo, cuyas cenizas estarán desde hoy en la misma urna. Pareciera mentira, traer a un niño en el vientre durante ocho meses y tres semanas, alimentarlo, verlo crecer, regañarlo y consentirlo, abrazarlo, y un día, sin esperar otra cosa, tener que acudir al consulado en busca de apoyo para traer su cuerpo y el de mi marido porque un accidente, del que no sé si sentirme culpable, terminó con sus vidas.

La historia comienza hace semana y media cuando salimos rumbo al aeropuerto y tomamos un avión hacia Los Ángeles, donde permanecimos unos días, nos fuimos a Disneylandia, y tanto Raúl como yo nos divertimos como enanos, o sea, como nuestro hijo, y nos subíamos a los mismos juegos que él, nos cansábamos al mismo ritmo que él y disfrutábamos del viaje que tanto nos había entusiasmado desde que lo comenzamos a planear. Pero quién sabe por qué la felicidad nunca es eterna y nunca hay oportunidad de vivirla plenamente porque siempre surgen nimiedades que nos hacen cambiar de un estado de euforia a una depresión o a momentos de terquedad, indisposición u ofuscación. Así, por ejemplo, hace cinco noches Raúl y yo nos peleamos porque yo quería ir a bailar y él no, y además decía que era una irresponsabilidad dejar al niño solo y que tampoco pretendía pagar lo que cobraba el hotel por cuidarlo mientras nosotros nos divertíamos porque prefería que gastáramos ese dinero en el niño o en nuestra convivencia con él, en vez de despilfarrarlo bebiendo y danzando entre una bola de gringos que no saben llevar el ritmo, porque en todo caso México era preferible para bailar y Estados Unidos era preferible para divertirnos en Disneylandia, y tanto me echó rollo con eso que terminé por dejarlo hablando solo y me dormí, al día siguiente me fui a desayunar con el niño, pero no con Raúl, y sin embargo, sin que nadie se pidiera disculpas ni dijera nada al respecto, acabamos como si nada hubiera pasado la noche anterior luego de que nos subimos a la Venganza de Moctezuma.

Hace tres días fuimos al Zoológico de San Diego y todos estábamos tan contentos que nunca imaginamos que dos de nosotros, Raúl y Raulito, iban a morir ese día y que yo iba a quedarme sola y desesperada sin saber qué hacer y sin poder dormir durante tres noches, una vez por los trámites legales y otra en espera de que todo se resolviera para poder volver a México, además de la noche de ayer en que me quedé en vela en la funeraria, dormitando a veces, pero casi siempre con los ojos mirando los dos ataúdes y reflexionando la parte de culpa que yo tuve en el accidente del zoológico.

Mi papá me decía esta mañana que no debía yo sentirme culpable, que las cosas por algo suceden, pero no puedo dejar de arrepentirme de haber insistido, por un lado, en que fuéramos al zoológico, cuando Raúl pretendía ir de compras y cuando el niño no sabía si deseaba acompañar a su papá o ir al parque de los animales, y por otro, una vez que nos pusimos de acuerdo en ir al zoo en la mañana y al mall en la tarde, fui yo quien se puso terca en que buscáramos a los hazardos aún cuando no estaban a la vista de nosotros.

Antes que otra cosa debo aclarar que en ese zoológico hay una zona en la que los animales permanecen sueltos por considerarse que no existe mucho riesgo ni para que los visitantes los vean, ni para que ellos se ataquen entre sí, y bueno, pues así pudimos ver a los animales típicos de esos parques en libertad, las jirafas, los elefantes, los hipopótamos, entre otros. Claro, nos aclararon que no debíamos acercarnos mucho, en especial a las fieras, y que no debíamos bajarnos del coche, sin embargo sí podíamos ir con las ventanas abiertas, y como hacía mucho calor preferimos estar con los vidrios abajo del auto que habíamos rentado, en vez de prender el aire acondicionado, cuyo ruido nos hubiera alejado del ambiente de sabana africana en el que estábamos. Durante buena parte del recorrido llevábamos una fila de coches adelante por lo que no había ninguna confusión para seguir andando, sin embargo, por la lentitud en que nosotros íbamos, algunos otros vehículos nos rebasaron y nos fuimos quedando más o menos solos, aunque todavía veíamos otros coches en el camino. De repente llegamos a una bifurcación en la que habíamos observado que los demás automóviles habían tomado el camino derecho y mi esposo lo iba a tomar, pero yo insistí en que nos fuéramos por la izquierda después de leer un letrero que anunciaba, por esa ruta, la proximidad de los hazardos, Cómo son los hazardos, preguntó Raulito a su papá, pero él no sabía nada ni yo tampoco, y el niño insistió en que quería conocer a los hazardos, así que terminamos lléndonos por la ruta izquierda, a pesar de que estaba vacía. Avanzamos los primeros metros, no sé, doscientos, trescientos, con lentitud, en busca de hazardos y nada, seguimos un poco más y solamente veíamos unas panteras pequeñas que pasaban muy cerca del coche, mucho más cerca que los otros animales, pero supusimos que era parte del ambiente del parque y que sería seguro. A decir verdad, lo único que nos preocupaba era que los animales nos rayaran el coche, porque ya teníamos antecedentes de lo difícil que se pone la gente de los negocios de alquiler de automóviles cuando encuentran un rayón. Serán estos los hazardos, pregunté yo, porque veía tan chicas las panteras que me pareció que a esa variedad se le llamaba así, Supongo que sí, dijo Raúl, y añadió Dónde viste que aquí estaban los hazardos, A la entrada de la desviación, había un letrero que decía Hazard, y bueno, yo supongo que en español se dirá hazardos, aunque no estoy muy segura.

Me di cuenta de que me había equivocado con los hazardos cuando Raúl me volteó a ver con ojos de pistola y cuando, con desesperación, empezó a dar la vuelta y Gritó cierren sus vidrios, pero el niño no podía cerrar el suyo así que en vez de ayudarle Raúl aceleró para salir de la zona lo más pronto posible, pero como era terracería y nosotros llevábamos un compacto no podíamos correr, y el cambio de velocidad alertó a las rápidas panteras y nos comenzaron a perseguir, una saltó sobre mi ventana y se resbaló porque ya estaba cerrada, pero otra, y es por eso que me remuerde la conciencia lo que sucedió, saltó sobre la de Raulito y se prendió de su cuello, entonces mi esposo frenó para ayudarlo pero ya no podía hacer nada, y el frenar ayudó a que la pantera sacara al niño del coche, y cuando Raúl se bajó para tratar de ahuyentarlas lo atacaron a él, lo tiraron y también lo agarraron del cuello, como hacen esas fieras con los venados y otros animales para comérselos. Yo no sabía si bajar o no bajar, estaba aterrorizada, y no había a quien pedir ayuda, y yo sentía que si no me bajaba y me encerraba en el coche era como dejarlos morir solos, pero si me bajaba me iban a matar también a mí, así que lo único que atiné a hacer fue tocar el claxon, y eso espantó a las fieras, pero ya era demasiado tarde. Me pude bajar porque huyeron lejos las panteras, pero cuando me acerqué a Raúl y a Raulito ya nada podía hacerse, los asfixiaron con las mordidas en el cuello y hasta les alcanzaron a arrancar algo de piel, ya estaban muertos.

Lo demás fueron trámites, espera y sufrimiento. Después del accidente no tardaron en llegar algunos vehículos de asistencia que nos habían visto, por circuito cerrado, tomar el camino equivocado, donde decía Hazard, y ellos se encargaron de atenderme y de recoger los cuerpos e iniciar los trámites. Apenas ayer llegamos a México. Y ahora tengo que ir a depositar las cenizas, no sé si ir, tengo ganas de que me mate una pantera.

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