Historias para destapar el excusado

 



 

Me tienes en tus manos

Roberto Remes

Después de esa llamada telefónica, mi conclusión obvia fue: “por fin encontré a Gala”. La conversación había durado más de una hora y, por el momento de la madrugada, me causó tal conmoción mental que tardé varios días en recuperarme. Nunca hubiera pensado que ella, hermosa, alta, atractiva, con quien todas las mañanas intercambiaba un “buenos días” y una sonrisa, me llamara algún día y me dijera:

—Me tienes en tus manos.

¿La tenía en mis manos? ¿Realmente la tenía en mis manos? Si no me lo hubiera dicho, jamás me hubiera atrevido a nada y tampoco hubiera pensado que la tenía en mis manos. Pero esa noche nos entendimos mejor que nunca. Platicamos de tantas cosas que realmente creí que la tenía en mis manos. Ella estaba ebria, razón más para pensar así.

—Ya sabes que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad —me dijo

—¿Estás borracha? —pregunté azorado porque no había notado los efectos del alcohol en su voz.

—Sí.

—¿Sola?

—Sí

—¿Por qué te emborrachas sola?

—Por ti.

En ese momento no podía yo dudar que era Gala. Realmente era Gala. Cuando nos comenzamos a ver fuera de nuestra esfera de convivencia cotidiana lo fui comprobando. Cuando recorrí sus dos pechos, primero el izquierdo y luego el derecho, cuando los mordí, cuando los junté, cuando los besé, cuando me acomodé sobre ella, cuando le acomodé mis dientes sobre su cuello, cuando la escuché gemir, cuando me enterró sus uñas sobre mi espalda, cuando me desplomé sobre su frente … me desgañité en silencio.

—Por fin te encontré, Gala, por fin te encontré.

Nadie me decía que no. No podía ser otra cosa, Gala estaba allí, reteniendo una parte de mi cuerpo. Yo la contemplaba, desnuda, perfecta, su rostro, sus cabellos ya despeinados, su triángulo, su sabor amargo. Es Gala, sabe a Gala, me oye, la escucho, la siento Gala, es Gala.

Me acostumbré a ella, soñaba con ella, sudaba a ella, nadie lo sabía, tal vez sospechaban. Nadie pensaría que había encontrado a Gala, nadie, nadie, salvo yo ¿y Gala?

¿Llegaría pronto el día en que los dos saltaríamos, desnudos, sin collares, sin anillos, sin nada, unidos, libres, sólo rodeados del aire y de nosotros mismos? Yo planeaba que así fuera, así iba ser, pero la cita se posponía, no siempre había oportunidad, me fui cansando, agotando, desesperando, desesperanzando, y así, desesperanzado, acerté:

—No, ella no es Gala. Gala no puede ser casada.


Esta página ha sido visitada

veces, desde el 23 de abril de 2000.

REGRESAR A LA PÁGINA DE ROBERTO REMES


Mi nueva novela ya viene en camino

Cambia Network. Pincha aqui!
Cambia Network - Intercambio de Banners


This page hosted by Get your own Free Home Page