Historias para destapar el excusado

 



 

Por qué me casé

Roberto Remes

Yo nunca negué que me gustaran las adolescentes, así como siempre negué que hubiera estado dispuesto a ligarme a alguna aprovechando que yo tenía mayor experiencia, que mi trato con las mujeres me daba cierto conocimiento para que si yo un día llegaba con una chiquilla de catorce años y le decía que desde que la vi mi corazón me había dicho que ella era la mujer que tanto había buscado, después de insistencias ella hubiera estado convencida de que así era porque la inmadurez tiene mucho que ver con las experiencias vividas y no vividas y que lo más probable es que una adolescente así nunca antes se hubiera encontrado con un hombre que le dijera Eres la mujer que he estado buscando siempre, y en cambio una un poco mayor, no sé, tan sólo de veinte años, difícilmente me habría creído una frase como Qué bueno es saber que existas, aún cuando yo la dijera con todo mi corazón, como de hecho alguna vez lo dije sin que en realidad hubiera yo llegado a ser correspondido.

Un día encontré la manera de satisfacer mis fantasías sexuales, que yo de ninguna manera considero pedófilas porque nunca he sentido deseos de tener relaciones con una mujer que no tenga absolutamente nada de pecho, eso sin menosprecio de los pechos a medio crecer que son los que más me gustan y que se están terminando de desarrollar en la que hoy es mi esposa. Así es, como tú puedes imaginarte por lo que acabo de decir me casé, perdón que no te haya invitado, pero sí, me casé hace unos meses, pero bueno, lo importante es por qué me casé y cómo hice para lograrlo, porque desde luego no hubiera sido nada fácil que yo, con mi frente amplia, llegara un día a la casa de una pareja unos diez años mayor que yo a decirles que pedía la mano de su hija porque no sólo me hubieran dicho que no, sino que hasta habrían podido llamar a la policía para denunciar algún delito sexual que yo no estaba dispuesto a cometer, aún cuando hubiera estado deseoso de hacerlo.

Todo comenzó una mañana en que yo visitaba un centro comercial y me iba deteniendo en cada aparador, sin intenciones de comprar, sólo de mirar, mirar zapatos, mirar corbatas, mirar trajes, mirar lo mismo ropa para mujer que para hombre, juguetes que pianos, revistas que discos, y desde luego dejar correr la vista hacia las adolescentes que fueran pasando por los corredores observando ventanas como yo lo hacía, y ansiando comprar lo que no necesitara comprar como yo lo ansiaba. Mientras estaba en uno de los pasillos de una tienda de discos, escogiendo quizá algún compacto, pero más probablemente pensando en que lo compraría en otro momento, dos muchachas se pusieron a platicar cerca de mí, sin que yo en un principio pudiera oír más que el timbre pueril de sus voces pero no entender ninguna de las frases que pronunciaban porque la música de la tienda me lo impedía y porque no estaban tan cerca como para seguir con fidelidad la conversación. Con discreción las miraba, bonitas ambas, ninguna mayor de quince años, tal vez trece la menor, y catorce, hoy lo sé, la otra, con quien me casé. Recuerdo que no me atrevía a permanecer segundos contemplándolas porque pese a mi gusto por las adolescentes soy discreto y no me gusta que quienes están a mi alrededor me descubran flirteando con una menor porque en esos casos siempre se piensa que uno es un verdadero depravado, un asaltacunas, un Humbert Humbert dispuesto a todo, cuando en realidad yo me resignaba a fantasear, a mirar con discreción y a buscar algún acercamiento para escuchar la conversación, las voces tiernas, las risas tontas, o el tono de preocupación con el que la mayor de las dos se expresaba, Tengo que abortar, no sé cómo le voy a hacer pero tengo que abortar, logré oír que decía ella cuando calló la música que estábamos escuchando, y fue entonces que sentí mayor curiosidad y seguí revisando los discos pero moviéndome poco a poco hacia la izquierda, que era donde estaba el par de muchachas, Pero y si te pasa algo, le decía su amiga, y entonces me empecé a preocupar porque la muchacha se decidiera a provocarse el legrado utilizando algún método casero y peligroso.

Pude haberme ido de allí con la conversación en la cabeza, con sus imágenes impregnadas en los ojos, con mis deseos amarrados como siempre, y con mi fantasías a cuestas, pero no me aguanté las ganas de ofrecerle ayuda a la que estaba embarazada, primero se resistió, negó estar preñada, luego me sonrió y dijo Muchas gracias doctor cuando le entregué mi tarjeta, y yo me quedé con la idea de que no llamaría. Pero llamó.

Sonó el teléfono en el consultorio cuando no estaba mi asistente y me preguntaba que si podía pasar a verme en ese momento, Donde estás, le pregunté, En la esquina, me respondió, así que no tardó en estar conmigo, quizá cuatro minutos, tiempo suficiente para que yo tuviera una loca idea, Quién es el padre, cuestioné cuando comenzamos a platicar, Un chavo que conocí en una fiesta y nunca más volví a ver, respondió, y yo me sorprendí de que una chica de catorce años pudiera ir a una fiesta en la que tuviera relaciones en un baño o en un cuarto sin que se enteraran los demás o sin que estuviera algún adulto para impedirlo, pero en el fondo sabía que todo puede suceder en un mundo en el que los jóvenes se liberan cada vez más pronto, como si la vida fuera tan corta como antaño, o quizá como si hubiera muchas vidas a lo largo de cada vida, En ese caso yo seré el padre, respondí, Pero si yo vine a que me ayudara a abortar, Pero yo soy dentista, Y no conoce algún doctor que me ayude a abortar, No lo sé, pero puedes decir que yo soy el padre, Pero mi papá lo va a matar, Tanto así no creo, aunque sí es posible que intente meterme a la cárcel, y en tal caso diríamos la verdad. La chica se quedó azorada, Te casas conmigo, añadí, Como usted diga, respondió.

Nos casamos hace tres meses y desde entonces vivimos juntos, me empiezo a ganar a sus padres, aunque los comentarios pueriles que con frecuencia hace ella me empiezan a desesperar, lo mismo que sus eternas llamadas telefónicas en las que sólo repite frases como No inventes y Qué oso, y lo que es más sorprendente es que aunque aún no ha sido mi mujer, las adolescentes empiezan a dejar de ser mi fantasía, incluida ella, quien duerme en el cuarto de al lado.


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