Historias para destapar el excusado

 



 

Ninguno

Roberto Remes

Decía mi abuelo que Todo por servir se acaba, y acaba por no servir, y eso fue lo que le sucedió a mi coche, así que me dije Ha llegado el momento de cambiarlo, y bueno, la búsqueda no fue fácil, la evaluación de las opciones tampoco, los créditos, el autofinanciamiento, los colores, el equipamiento, los intereses, el enganche, las mensualidades, los otros gastos personales, todo había que pensarlo y meditarlo muy bien, y estuve entonces visitando una y otra agencia, desde las más económicas hasta las más caras, las cinco tradicionales que llevan toda la vida en México, y las que van llegando, Volkswagen, Ford, Chrysler, General Motors, Nissan, Mercedes, Be Eme Doble U, Honda, Peugeot, Ferrari, Porsche, Rover, Maseratti, Volvo, Audi, hasta que me llené de papeles, folletos, proyectos de contrato, calcomanías, tarjetas de presentación, evaluaciones financieras, solicitudes de crédito y ganas para decidirme por un coche, pero nada que me decidía, yo sólo pensaba y repensaba el asunto, caminaba sobre la alfombra, arrugaba las sábanas, daba vueltas a la manzana, le ponía un letrero a mi coche viejo de Se vende, y luego se lo borraba, llenaba una solicitud y la arrugaba, la estiraba y la rompía, todo por la desesperación de no decidirme por un modelo, unos porque no me alcanzaba, otros porque no quería comprometerme más de cuatro años a pagarlo, y otros más porque me parecía que eran demasiado modestos, o con un motor muy pequeño, o con el claxon muy agudo. Todos los fines de semana era lo mismo, visitar una concesionaria y otra, recibir sonrisas y cortesías no merecidas, repetir ciertas frases, Con la siguiente quincena le doy el enganche, Ya viene el aguinaldo, Hábleme dentro de dos meses, Todavía no me decido, pero lo único que tenía decidido era seguir pensando qué modelo comprar, dos puertas, cuatro, cinco, automático, estándar, con aire acondicionado, sin aire, con vidrios eléctricos, con asientos de piel, con caja de discos compactos, a un año, a dos, a tres, a cuatro, o quizá de contado, pero yo seguía sin decidirme, no sé si porque fuera yo indeciso, o porque no había pensado muy bien las cosas, pero creo yo que porque ningún automóvil me convencía, siempre algún detalle fallaba, la atención de los vendedores a veces, los asientos de atrás, la aceleración, el tamaño de la cajuela, no sé, miles de detalles que siempre le encontraba a los coches, a veces incluso por la forma en que se reclinaba el asiento o porque la llave de la puerta giraba hacia la izquierda y no hacia la derecha que es como yo estaba acostumbrado a abrir mi viejo coche, y sí, hasta se lo llegué a decir a un vendedor, y él mismo puso cara de No comprendo, Ningún coche de los que he visto me mata, así se lo dije y él seguía asegurando que el modelo que me acababa de presentar con todo detenimiento corría a la velocidad que yo quisiera, frenaba cuando yo se lo pidiera, me acariciaba si fuera necesario, me cantaba las canciones que yo le pidiera y me dejaba a la temperatura que se le requiriera, pero yo insistí, Ningún coche de los que he visto me mata, y en efecto, ninguno me convencía a tal grado que yo estuviera dispuesto a sacrificar mi vida cotidiana para pagar las mensualidades que me permitieran tener el auto de mis sueños, Ningún coche me mata fui repitiendo en mi mente cuando me despedí del vendedor, eché un último vistazo al motor de vehículo que había visto, como si ello sirviera para asegurarme de que tenía un buen motor, Ningún coche me mata me dije cuando abrí la puerta, y seguí pensando en ello mientras veía otros automóviles estacionados del otro lado de la avenida que estaba yo cruzando, sin fijarme que venía otro coche directo hacia mí, ya sin posibilidad de frenar y dispuesto a comprobar lo que yo iba pensando. Ningún coche me mata, y en efecto, me atropellaron pero no morí, y aquí estoy. Eso sí, ya no puedo caminar y ahora tengo que restringir más mis gustos a la disponibilidad de vehículos que yo sí pueda manejar, o sea, automáticos.

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