Historias para destapar el excusado

 



 

Qué pereza

Roberto Remes

Me da pereza imaginar a esos asesinos que desuellan a sus víctimas. El otro día leí un artículo sobre uno que se mantuvo escondido durante tres días en un clóset del departamento de un matrimonio joven y que estaba esperando encontrar a la mujer sola para violarla, matarla y luego quitarle la piel sólo por el placer de hacerlo, pero resulta que coincidió con tres días en los que la pareja salió y entró del lugar sin separarse, así que el tipo tuvo que esperar hasta el tercer día, salió de su rincón, con hambre, con ganas de ir al baño, entumido, con tedio, sacó un cuchillo que llevaba escondido en su calcetín, y mató al esposo de la mujer a la cual desnudó, golpeó, violó, mató y luego desolló con tal paciencia que la policía sólo encontró tres pedazos de piel, es decir, no hizo demasiados cortes, como si después fuera a vender el pellejo para hacer algún saco, una chamarra, o mínimamente un bolso, pero no, el tipo nada más quería descubrir cómo se veía una persona sin piel, y bueno, dicen que no era la primera vez que lo hacía, pero como que se le olvidaba cómo se veía una mujer desollada y repetía su hazaña, claro que después despellejó al esposo de esa mujer. En serio, me da pereza imaginar a esos tipos que atacan los cuerpos de sus víctima con tal paciencia que nunca sienten asco por verlos con los ojos perdidos, tendidos en el suelo, sin tensión muscular, sin color o quizá un poco morados, todavía con algo de terror plasmado en el rostro, desnudos casi siempre, o con la ropa que después los asesinos habrán de quitar, con la paciencia que a mí me sorprende, perdón por la expresión, pero me dan hueva, no alcanzo a comprender cómo es posible que puedan permanecer por horas frente a un muerto quitándole hasta el último resquicio de cuero. En serio, me da mucha pereza imaginar que alguien pueda estar escuchando una conversación, en el rincón de un clóset, durante horas y horas y planeando en silencio cómo atacar a su víctima, cómo encajarle un cuchillo, estrangularla, despojarla de sus ropas, despojarse de las suyas propias, tratar de excitarse entre las prisas de un estupro que está a punto de consumado, y luego escuchar el esfuerzo de una boca tapada por llorar, para finalmente interrumpir el temblor de la mujer mediante el bloqueo de la traquea por algunos minutos, hacer los primeros cortes, levantar la piel con cuidado, acomodarla, limpiarla de sangre, quizá tenderla a secar, o a admirarla. O bueno, puede que mirar la piel tendida al sol no me dé tanta pereza, puede que sí me dé cierta satisfacción, Señor juez, pero lo demás, aguardar, saltar, matar al marido, desnudar a la mujer, violarla, matarla, desollarla, desollarlo, acomodar la piel, limpiar la sangre y tender a secar el pellejo, no Señor juez, le juro que me da a mí mucha pereza, yo no pude haberlo hecho, créame y ya déjeme volver a mi casa, porque el hecho de que la Policía me haya encontrado en el tendedero, sentado y mirando cómo se secaba la piel no significa que yo fuera quien la puso allí, ni mucho menos quien la quitó de los que antes la portaban, eso me daría mucha pereza, Señor juez, se lo juro. ¿Ya me puedo ir, Señor juez?


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