Historias para destapar el excusado

 






 

La gran presentación

Roberto Remes

Xicoténcatl González durmió muy poco anoche por terminar de preparar su presentación de este día, y si le robó horas a su sueño no fue porque la falta de planeación lo llevara a dejar para el último momento la elaboración de los documentos y diapositivas que desde una semana antes sabía que habría de exponer. No, en realidad se vio involucrado en un bomberazo porque dentro de las previsiones que hizo no contemplo algunos eventos fortuitos que suelen ocurrir cuando menos conviene que ocurran, como puede ser una computadora contaminada por un virus ultra–dañino, o una simple falla del sistema operativo Windows noventa y ocho que terminara por afectar la cuarta parte del disco duro, obviamente la parte en la que Xico tenía salvada su presentación, de la cual no quedó absolutamente nada después de dar formato al disco.

Las labores que desempeñó hasta muy entrada la madrugada son conocidas de todos aquellos que alguna vez hemos pasados por lo que se denomina bomberazo, que es recuperar de la memoria mental parte de la información que había sido plasmada en la primera versión del archivo computacional en otro momento, consultar algunos datos fuente, mejorar un poco la presentación pero dejar los gráficos hechos a medias, tomar de tres a cinco tasas de café, acudir al baño cada hora para compensar el cansancio, la falta de concentración, la desesperación, el frío en los pies, y en algún momento hay que desabrochar por completo la corbata, enrollarla, abrir la camisa, en otros casos, la mayoría quizá, los más abominables para mí, encender un cigarrillo, que fue lo que hizo Xicoténcatl tras golpear el monitor de la computadora un par de veces porque el programa empezó a trabajar con lentitud, como si amenazara inhibir el sistema, o al menos la aplicación, Se ha producido un error en el módulo be hache cuarenta y tres hache a i cinco, si el problema persiste contacte al fabricante, esperaba leer, pero no, salvó, luego cerró el programa, reinició el ordenador y el procesamiento volvió a la normalidad, no así la productividad, la tentación de dejarlo todo para el día siguiente, la oficina vacía, los pasos del vigilante a lo lejos, unos claxonazos perdidos entre la noche, la preocupación porque todo estuviera a tiempo, pero también el sueño, así que por un momento se colocó la corbata sobre los ojos, se quitó los zapatos y puso los pies sobre el escritorio y se recargó en el sillón, comenzó a aislarse de las presiones laborales, se fue relajando, empezó a dormirse, quizá alcanzó a hacerlo, pero en eso sonó el teléfono, Todavía te falta mucho, amor, preguntó su esposa con voz somnolienta, Sí, respondió él en el mismo tono, Me quedé dormida en la sala esperándote, No sé a qué hora acabe, así que mejor duérmete.

Después de la llamada de su esposa no tuvo más que dedicarse a terminar el trabajo, y ya por ahí de las tres de la mañana comenzó a imprimir. Conforme salían las hojas resaltaban los errores, de dedo, de ortografía, de formato, así que empezó a reimprimir páginas aisladas, pero cuando se dio cuenta de que la numeración se movía, de que todo se afectaba tuvo que volver a imprimir el trabajo completo, y su letargo se contagiaba en la hache pe, que parecía trabajar más lenta que nunca, en la que se atoraron más papeles que de costumbre, y en la que en algún momento apareció el amenazador letrero de tóner bajo, pero bastó con una simple agitada para que Xicoténcatl no volviera a sufrir por la inminente falta del polvo negro.

Después de dejar todos los documentos listos y la presentación guardada en un disquete, además del disco duro, se regresó a su casa y todavía en el camino tuvo que pararse a cargar gasolina, como si el tanque del auto no hubiera tenido otro momento distinto para empezar a utilizar la reserva. Xicoténcatl llegó a su hogar cerca de las cinco de la mañana, por lo cual sólo durmió menos de dos horas, tenso, invadiendo el espacio de la cama que correspondía a su esposa, quien sólo trataba de empujarlo y de recuperar parte del sarape, mientras él soñaba que hacía su presentación desde la cornisa del edificio donde trabajaba, vestido de gris, algo así como un plomero, pero él no alcanzaba a percibir muy bien las imágenes, luego comenzaba a llover y quienes debían escuchar su exposición cerraban las ventanas, entonces él tenía que gritar muy fuerte, y en eso sonó, en el mundo real, la alarma del despertador, para recordarle que todo era un sueño y para hacerle desear que en algún momento continuaran sus pensamientos oníricos y así él pudiera saber qué pasaba, pero nada pasaba porque ya no podía soñar, era tiempo de levantarse, de bañarse, de ponerse sus calzoncillos, de escoger su mejor traje, una camisa clara y una corbata que combinara de una manera conservadora, era tiempo de vestirse y de bajar a desayunar, de besar a su esposa y a su hija, de beber con prisa su jugo, era tiempo de mirar sus quesadillas, de meter entre el queso una rebanada de aguacate, de servir un poco de salsa, de sentir cómo ésta escurría hacia la corbata, de mirar la corbata, de lamentarse de verla manchada, de terminar repentinamente de desayunar, era tiempo de limpiarse las manos con una servilleta de papel, de levantarse de la silla, de quitarse la corbata, de correr hacia la recámara en busca de otra, de anudársela, de observar la nueva combinación en el espejo, de echarse loción, de empezar a apurar a su niña para llevarla a la escuela, de despedirse de su esposa, de manejar hacia la primaria, de ver entrar a la pequeña en el colegio, era tiempo de tomar la ruta hacia la oficina otra vez e involucrarse en la tensión previa a su presentación más importante del trimestre.

Al llegar a su trabajo, Xicoténcatl saludó a pocas personas y se dirigió hacia la sala de juntas a verificar todo, los papeles que debía colocar en cada uno de los lugares de los directivos, el funcionamiento del cañón, la iluminación ideal, la operación del archivo de presentación, sus movimientos, el funcionamiento del rayo láser. Faltaban todavía algunos minutos para que llegara el momento esperado, más de quince y menos de veinte, era un buen tiempo para ir al baño, para sentarse en un excusado y desahogar algunas de las tensiones que lo habían mantenido casi sin dormir la última noche, y así lo hizo Xico, caminó hacia el letrero de Caballeros, abrió la puerta, se introdujo en uno de los pequeños cubículos, se sentó, hizo algo de esfuerzo y luego comenzó a relajarse. Pero claro. Todo fue momentáneo. No había papel. La rueda estaba vacía. Él no tenía pañuelos desechables, ni nada que le permitiera terminar la operación. Sólo poseía un reloj que avanzaba con insistencia hacia el diez en la manecilla corta y hacia el doce en la larga, la hora de su junta, de su presentación para la que tanto había trabajado, sólo quedaba esperar que alguien llegara al sanitario, un personaje salvador, un ángel cargado de papel higiénico, pero nadie arribaba, Xicoténcatl González esperaba con impaciencia, miraba el segundero dar las últimas vueltas antes de que la desesperación fuera plena, de que abriera la puerta del cubículo para confirmar que la secadora de manos era eléctrica y que por lo tanto no podría tomar ningún papel del lado de lavabo, para después caminar en cuclillas, con los pantalones abajo, con la puerta de salida mal cerrada, aventarla para que nadie lo viera buscar en los demás cuartos de baño unos pequeños pedazos de papel que sí encontraría, pero en el justo momento en el que alguien entrara en el sanitario mientras otra persona más, un mujer por cierto, directora además, pasaría por el pasillo y por casualidad miraría hacia dentro y descubriría que el hombre que habría de hacer una pésima exposición minutos después, por un extremo ataque de nervios, estaba en cuclillas, semidesnudo, buscando quién sabe qué entre las puertas de los excusados.

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