Historias para destapar el excusado

 



 

En qué te fijas

Roberto Remes

La persecución fue muy difícil, los carabineros habían copado las calles más cercanas a la moneda, los ojos nos dolían, estábamos cansados, tristes pero también con coraje, Pinochet se había burlado otra vez de nosotros, y sin embargo allí estábamos lo mismo socialistas que conservadores, eso sí, todos antipinochetistas, huyendo de la policía, huyendo quién sabe por qué, si ya sabíamos el procedimiento desde que terminó la dictadura, los carabineros endurecidos sólo durante la manifestación, pero suaves horas más tarde, deteniendo a algunos, como nos detuvieron a Patricio y a mí, y luego soltándonos sin ningún cargo en contra.

Huimos de la policía sin éxito, nos cercaron, tuvimos tres policías cerca de nosotros y otros cinco cubriendo los distintos puntos de huida o amenazándonos con rifles que disparan balas de goma, así que nada podíamos hacer, nos agarraron, nos metieron en la patrulla y dos desconocidos, Patricio y yo, terminamos pasando la noche juntos, quejándonos de la falta de democracia en Chile, desconfiando del nuevo gobierno, por su moderación ante la burla de Pinochet, inválido en Londres, levantado en Santiago, echando la silla de ruedas hacia atrás, hijo de puta, como siempre hijo de puta, y nosotros encerrados por haber tratado de protestar frente a La Moneda, la Meca de la represión.

Patricio resultó ser un muchacho sencillo que había dejado materias pendientes en la universidad por haberse metido a la política, primero como representante de su escuela y más tarde como líder de su barrio, en las afueras de Santiago, por donde yo ni siquiera me atrevería a entrar. Yo le caí bien a pesar de que primero me atacaba por considerarme burgués, y es que tal vez lo soy, pero defiendo mis ideas en las calles, igual que él, y eso nos da el mismo lugar en la lucha contra los militares que siguen guiando buena parte de los destinos de Chile, el mismo Chile de las balas de goma, de los carabineros, de los gases lacrimógenos, de los escudos, ayer, en el setenta y tres, y hoy, con la esperanza de que el gobierno socialista subsista los cinco años para los que fue elegido, con el temor de que se repita el mismo drama de Salvador Allende.

Conforme fue avanzando la noche fuimos intimando más, lloramos, reímos, oíamos el silencio de las cárceles contemporáneas, nada que ver con las torturas pinochetistas, y así fue como me platicó de que su novia estaba embarazada, que pronto se irían a vivir juntos. Me habló maravillas de ella y hasta nos lamentamos de no haber tenido una botella de vino al lado nuestro para seguir contándonos nuestras historias acompañados del alcohol. Por momentos nos callábamos y tratábamos de dormir, pero era imposible, para ambos era nuestra primer noche en la cárcel, para mí la última, para él no lo sé, pero las paredes eran frías, imposible dormir así, no porque su temperatura fuera baja, sino porque eran frías, sí, frías, carentes de cariño, carentes de esperanza, incapaces de albergar un sentimiento humano, frías aunque pudieran hacer estallar el mercurio de un termómetro, tal vez tan frías como el corazón del exdictador.

Yo le conté que mi padre tiene una empresa y que yo jamás he trabajado en la vida, aunque siempre me ha interesado la actividad política, Eres un burgués, me reprochó, Un burgués de mierda, añadió, y yo me abstuve de frenar sus insultos porque sabía que no significaban nada para mí, que nací teniéndolo todo, y que supongo moriré así. Después dije algo de lo que me arrepentí. Patricio me preguntó qué era lo que me interesaba más de las mujeres, No sé, no sabría decirte, y él me dio su opinión, Para mí lo más importante son los ojos, porque de ellos emana el punto de vista de una persona, si es socialista se puede ver en los ojos, si es represor tiene mirada de odio, si es delincuente, si es pobre o rico, por eso lo que más me gusta observar en una mujer son sus ojos. Lo decía convencido, incluso añadió, Mi novia tiene los ojos de una gran luchadora social. Yo me quedé pensando y traté de recuperar en mi mente la mirada de las novias que he tenido, pero me costó trabajo identificar en ellas una vocación o un punto de vista social, así que finalmente respondí, Para mí lo más importante en una mujer es la prosapia, Y eso qué es, preguntó él, y luego anticipó una posible respuesta, El clítoris. Yo le respondí que no, pero me percaté de que hablar de la prosapia con un socialista era algo ofensivo así que evadí la respuesta. Después de eso nos quedamos callados como una hora, algo alcanzamos a cabecear pero sin dormir, y empezó a amanecer, nos dieron de desayunar, y de repente, cuando no lo esperábamos, comenzaron a abrir algunas puertas metálicas, se oía el ruido cada vez más fuerte, hasta que llegaron a nuestra celda y nos gritaron Ya pueden irse. Salimos y cada quién tomó su rumbo. Nunca más lo he vuelto a ver.


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