Historias para destapar el excusado

 






 

Una relación que no funcionaba

Roberto Remes

Tardé en darme cuenta, pero ahora sí, debo reconocerlo, estoy convencido de que la nuestra era una relación que no funcionaba, que éramos muy distintos, pero sobre todo que cuando uno buscaba al otro, éste terminaba por rehusar a aquél para que luego sus papeles se invirtieran, una y otra vez.

No nos conocimos en un lugar muy romántico, al contrario, nuestro primer encuentro estuvo marcado por lo grotesco, porque nuestros ojos se cruzaron cuando los dos miramos, al mismo tiempo, una cucaracha que paseaba por una de las mesas de trabajo de la salchichonería a la que habíamos acudido. Nuestro primer impulso fue hablar del tema, del asco que nos dio, y del mutuo rechazo hacia la comida que recién habíamos pedido que nos cortaran y que de todas maneras tuvimos que pagar, cada quien la suya, porque la dependienta amenazó con llamar a la policía si no lo hacíamos, porque habíamos hecho cortar en rebanadas algunas carnes frías que, desde luego, ni ella ni yo nos comimos. Cada quien las tiró en su respectivo basurero. Esa vez fue la única en que coincidimos en todo y hasta nos intercambiamos teléfonos.

Los siguientes días yo dudé en llamarla y hasta terminé, por asco, por tirar el papelito donde había anotado su teléfono. De hecho, lo tiré junto cono el salami que había comprado el día en que la conocí, porque el papelito era la nota engrapada sobre la bolsa que lo contenía. Ella, sin embargo, tardó un día más en animarse a echar en la basura sus trescientos gramos de jamón, así que pudo marcar el número que había anotado en su respectivo comprobante. Esa fue nuestra primera gran diferencia. La segunda fue cuando anotó mi teléfono en su agenda, porque yo ni siquiera tenía su teléfono y tampoco sentía interés por pedírselo, a pesar de que ella comenzó a llamarme con cierta regularidad buscando una cita que, tercera gran diferencia, me negaba yo a concederle.

Nos volvimos a ver, por casualidad, en el borlote que se armó a unas cuantas cuadras de nuestras respectivas casas, luego de que un hombre en bicicleta, que se dedicaba a vender tacos de canasta, fue atropellado sobre la avenida que divide la colonia en la que vive ella, de la mía. Había un regadero de tacos y de sangre en el piso. Ella volteó asqueada y a mí me surgió un inesperado antojo de tacos que no sacié más que con el refresco que debía acompañarlos, y que yo le invité para que se le calmara un poco el asco. Creo que accedió no porque quisiera tomarse un refresco conmigo, sino porque ni siquiera se atrevía a abrir la boca de tan mal que se sentía.

Ya en los refrescos le pedí su teléfono otra vez, y a partir de entonces fui yo quien la buscó y ella quien me rechazó, y creo que fue por las fechas en que yo anoté su número en mi agenda cuando la asaltaron en un microbús y le quitaron la bolsa con todo y directorio. Pese a mis llamadas se resistió a que saliéramos juntos, y si llegamos a ir al cine fue no tanto porque nos pusiéramos de acuerdo, sino porque ella estaba formada en la cola de la taquilla mientras yo huía, en bicicleta, de una anciana iracunda, porque había atropellado y matado a su perro, así que al descubrir una persona conocida en la fila de la taquilla opté por pedirle que comprara un boleto para mí, y así fue como entramos juntos. Pasamos a la sala pero en eso ella se arrepintió de haberse sentado conmigo así que se levantó y dijo ahorita vengo, pero en un buen rato no regresó, y después me comentó que había ido a ver otra película a una de las salas de junto, de terror por cierto, pero como le dio mucho asco el monstruo que presentaban se regresó a mi lado.

Después de la película nos fuimos juntos, cargando mi bicicleta entre los dos, porque la anciana se tomó la molestia de romperme las llantas y doblar los rayos con su bastón, que finalmente se rompió y quedó atorado en una de las ruedas. Llegamos sudando y de mal humor no a su casa, sino a la mía porque como me estaba ayudando con la bicicleta teníamos que dejarla primero donde yo vivo, y después la tenía que acompañar yo a su casa, pero me sentía tan cansado que me olvidé de todo y le dije Ahorita bajo, pero ya no bajé, me quedé dormido, y eso fue lo que mi mamá le comentó después de una hora en la que ella estuvo esperando en la sala de la casa. A partir de entonces el turno de perseguir fue de ella.

El primer beso nos lo dimos también por casualidad muy cerca de nuestros barrios luego de que se volteó un camión lleno de reses, algunas de las cuales se alcanzaron a escapar, pero otras quedaron muy lastimadas. Toda la gente estaba dando muchos rodeos para poder atravesar la avenida, y en medio de esos rodeos nos topamos de frente porque un camión nos impidió ver que nos estábamos acercando, y fue así como ella, que volteaba hacia abajo, de repente levantó la cara y se topo con mi boca. Después de eso quise resistirme pero fue ella quien tomó la iniciativa de que nos siguiéramos besando.

La relación estuvo llena de conflictos, ella era la que me buscaba, yo la trataba muy mal y de vez en cuando íbamos a fiestas sin que yo estuviera contento de acompañarla, aunque debo reconocer que sí tenía ganas de acostarme con ella, y bueno, como que ella también quería pero nunca nos podíamos poner de acuerdo de cuándo y en donde. Un día, por fin, parecía que los dos estábamos dispuestos a irnos a meter a un hotel, pero en eso se me atravesó un perro, muy parecido, por cierto, al de la viejita que deshizo las llantas de mi bici, sólo que un poco más obscuro, por eso fue que no lo vi. Yo iba manejando el carro de mi papá, muy campante y todo, y ella iba recargada en mi hombro y sobándome entre las piernas, pero bueno, en eso que se me atraviesa el animal, pensé en frenar, pero terminé acelerando. Ella se dio claramente cuenta de que no hice nada por evitar matar el animal, y empezó con una perorata de que era yo un asesino, un desalmado, un no sé qué, y que no me quería ver nunca más, etcétera y etcétera. Por más que hice méritos para disculparme no accedió, hasta que me fastidié, y bueno, ahora me estoy volviendo fanático de atropellar perros. Ya llevo tres. Creo que por eso estoy convencido de que nunca regresaremos.

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