Historias para destapar el excusado

 






 

La muerte del filósofo Samaniego

Roberto Remes

Anotación correspondiente al día de la muerte del filósofo Samaniego:

Me acabo de enterar del terrible accidente que ocurrió esta mañana al explotar el gasoducto que va de Pachucalco a la Sagrada Bertaña. Son de esas tragedias en las que uno no sabe a quién culpar o si sentirse culpable, pero en mi caso de alguna manera me siento parte porque oí la explosión aunque no la vi, sí me sobresalté, pero no pasó a mayores y luego me olvidé de lo que había sucedido, hasta que escuché comentarios aislados que hablaban de los albergues, de los bomberos, de los posibles culpables, y de que el gobierno nunca hace nada para evitar este tipo de siniestros.

Poco a poco me di cuenta de que el ruido que yo escuché había sido precisamente la explosión del gasoducto de Pachucalco a la Sagrada Bertaña, como esas ocasiones en las que uno nunca relaciona un hecho con el otro, y que a la vez son el opuesto de otras veces en las que uno quiere encontrar la explicación de lo que vio, oyó o sintió, en noticias que nada tienen que ver con lo vivido por uno mismo. Aún después de que dijeron que había reventado el gasoducto por una fuga de gas me quedé sin relacionar el estallido que oí con el accidente del ducto, a pesar de que había ocurrido muy cerca de donde yo andaba cuando sucedió la explosión que yo escuché.

La tragedia del gasoducto de Pachucalco ha sido una de las más duras desde que volaron las alcantarillas en el Sector Reforma de Guadalajara, y se compara con otras tragedias similares que han ocurrido en países en los que la infraestructura para transportar combustible es muy amplia y su mantenimiento muy débil. Lo que se produjo fue algo similar a lo que ha acontecido en otras ocasiones en el mundo, con una pequeña fuga de combustible gaseoso, luego una fuga creciente y al final un chispazo que trae por consecuencia una bola de fuego en un área realmente grande, quizá un kilómetro cuadrado, y en cosa de segundos arrasa con pastizales, pero también a veces con casas, y desde luego con la persona que sin darse cuenta hizo que el gas se encendiera.

Según han ido narrando las noticias en las últimas horas, la cifra de muertos podría sobrepasar los ciento cincuenta y los heridos aproximarse al millar. A veces esos números son fáciles de pronunciar pero es una inmensa masa de dolor que viven decenas, quizá centenas de familias, todo porque en algún momento comenzó a picarse la tubería, luego se abrió y el gas se fugó de una manera sucesivamente más grande hasta que todo voló e hízose el sol terrenal en unos segundos. Aún así, digo con toda tranquilidad, sin que ello reste el dolor, que han muerto ciento cincuenta personas y se hirieron, unos más y otros menos, mil personas. Me pregunto por qué uno puede decir las cosas sin derramar una lágrima. Así lo hice en cuanto escuché la nota sobre el siniestro. Donde sí me puse a llorar, sin embargo, fue cuando escuché que entre los muertos se hallaba, según establecían las primeras investigaciones, el filósofo Samaniego.

Yo desayuné con el filósofo Samaniego esta mañana, es decir, no unas horas sino incluso unos minutos antes del accidente. Recuerdo que fue una plática muy rica porque el maestro me estuvo exponiendo sus nuevas teorías acerca de la lluvia, y de hecho estuve reflexionando sobre ellas todo el camino hacia mi despacho, en especial sobre la primera, porque cuando menos en una de ellas tiene toda la razón y ha hecho una revelación sorprendente. El filósofo Samaniego me dijo, con un mollete en la mano, que estaba a punto de postular las tres teorías generales sobre la lluvia y las formuló de esta manera:

TEORÍA GENERAL SOBRE LA LLUVIA NÚMERO UNO: Si lloviera más, llovería mejor, que de alguna manera se puede plantear de otras dos formas, Si lloviera más, yo vería mejor, y Si yo viera más llovería mejor, para así redundar en Si yo viera más, yo vería mejor.

TEORÍA GENERAL SOBRE LA LLUVIA NÚMERO DOS: No por mucho correr debajo de la lluvia, te mojas menos, porque siempre hay gotas cayendo en todos los puntos que has de pasar, y por lo tanto siempre tienes que pasar por donde cae una gota y tenderás a recibir el mismo número de gotas igual si caminas que si corres.

TEORÍA GENERAL SOBRE LA LLUVIA NÚMERO TRES: En ausencia de la lluvia, cualquier gas puede ocupar su lugar.

El filósofo Samaniego me expuso que había llegado a la primera de sus teorías por un evento meramente fortuito, un día de lluvia, por supuesto. Él iba manejando su mismo coche de siempre, un deportivo de dos plazas, por alguna autopista cercana a la ciudad, y en eso empezó a perder visibilidad por las gotas que caían sobre su parabrisas. Al encender los limpiadores, el agua se distribuía sobre el cristal, pero no lograba la transparencia necesaria para tener una buena visibilidad, pero en eso arreció y sí logró que el agua limpiara perfectamente bien su vidrio delantero. Su reflexión fue que el parabrisas ideal no tiene lluvia encima, pero el segundo mejor parabrisas es aquél que, estando en buenas condiciones el equipo limpiaparabrisas, recibe una lluvia torrencial, y en tercer lugar estaría un vidrio que apenas recibe unas gotas. Si lloviera más, yo vería mejor, o Si lloviera más llovería mejor, fueron sus conclusiones absolutas, pero luego se dio cuenta de que existían dos posibles combinaciones que no había considerado así que las añadió a sus reflexiones hasta que concluyó que cada una de las cuatro formas de expresar la frase eran a la vez una sola y muy profunda.

Tengo la impresión de que al morir, el filósofo Samaniego tenía ya muy avanzadas sus teorías y sus escritos, porque me mencionó la posibilidad de editar, en los próximos seis meses, un libro que sintetizara sus investigaciones sobre la lluvia. Es decir, el maestro no me alcanzó a exponer, quizá por falta de tiempo, quizá por carencia de las palabras adecuadas, todo lo que había detrás de esas cuatro frases, y a la vez una sola Si (y)lloviera más (y)llovería mejor. Debo reconocer que me dejó pensando, y que fue ésta la tesis que más estuve masticando los minutos posteriores a nuestro encuentro. En su momento tendré que ponerme de acuerdo con alguno de sus familiares, no sé con quién porque el filósofo Samaniego no era casado y no tuvo descendencia, para poder revisar sus manuscritos y saber qué tan avanzadas llevaba sus reflexiones.

En cuanto a la segunda teoría debo presumir que no me costó mucho trabajo comprenderla y que por sí sola explica todo, y no sólo explica lo que expresa la teoría misma, sino lo que todos hemos sufrido al descender del auto y correr hacia el techo más cercano, o al cruzar una calle. Aún así, tal vez porque el filósofo Samaniego no confió mucho en mi capacidad de abstracción, o simple y llanamente porque tenía ganas de explicarme sus teorías, realizó una descripción que más o menos era como expondré enseguida.

El maestro me decía que en una lluvia moderada, que no superara los cincuenta milímetros de precipitación en una hora, caería una gota en un punto dado cada segundo, pero considerando que nuestro cuerpo, independientemente de la corpulencia, ocupa en un instante cualquiera al menos cien puntos en los que pueda caer una gota, al estar en un punto determinado, obligadamente recibiríamos cierto número de gotas, sin importar que nuestra presencia en ese punto fuese de una décima de segundo o de hasta un segundo. El filósofo me dijo, Correr no sirve de nada, hijo, mientras no te quedes en un lugar el tiempo necesario para que caigan allí dos gotas, porque siempre te estará cayendo alguna en algún punto, la lluvia moja aunque tú te muevas. Claro está que quien camina muy lento recibirá dos gotas o más en cada lugar, digamos cada centímetro cuadrado en el que esté. En la medida que la lluvia arrecie podría justificarse el correr para no mojarse, pero en cierto punto esto es absurdo, porque una lluvia muy intensa, digamos por encima de los ciento cincuenta milímetros de precipitación por hora, implica por sí empaparse aunque el recorrido sea de unos cinco metros, porque la lluvia estará presente casi en todos los puntos que pasemos, o sea, equivaldrá a pasar debajo de una regadera abierta.

La tercera teoría ya no me la pudo explicar el maestro, pero me sorprendió que la incluyera junto con las otras dos, porque con franqueza debo decir que me pareció irrelevante, Qué es eso de que en ausencia de la lluvia cualquier gas puede ocupar su lugar, me dije después de que me despedí del filósofo Samaniego, mientras miraba cómo se subía a su deportivo color blanco y colocaba su larga barba cana por fuera del cinturón de seguridad.

En cuanto el filósofo Samaniego encendió su auto, yo hice lo propio con el mío y manejé un trecho detrás de él, hasta que cada quién siguió su rumbo. Mientras lo seguía iba yo masticando su primera teoría, y al mismo tiempo lo veía brincar los topes, sin bajar ni un ápice la velocidad, y de hecho cada vez que pasaba un tope o un bache salían chispas de su coche. Después de que lo dejé de ver, pasaron algunos minutos y se escuchó el estruendo de la explosión. Me pregunto si no habrá sido un chispazo de su coche el que hizo estallar el gas que se había fugado del gasoducto de Pachucalco a la Sagrada Bertaña.

En fin, pues, que recordaré siempre a mi maestro, y quizá una de las imágenes que más tenga presente sea él en su coche, con su barba blanca, brincando encima de un tope y sacando chispas de la suspensión. Lo extrañaré.

Acotación escrita dos días después de la muerte del filósofo Samaniego:

Vengo llegando del entierro del gran maestro. Mientras se realizaba la ceremonia empezó a llover, sin embargo estábamos debajo de una carpa, así que durante ese lapso los pocos asistentes no nos mojamos, aunque sí cuando corrimos hacia los coches. En los segundos que mediaron desde que salí de la carpa hasta que llegué a mi auto me di cuenta de la profundidad del pensamiento del filósofo Samaniego, desde el hecho de que mi instinto me hizo correr, a pesar de que me hubiera mojado igual si sólo hubiera caminado rápido. Creo que me costará trabajo asimilar su pensamiento y ajustar la velocidad de mis pasos a la intensidad de la lluvia, y quizá entrenar el procedimiento que implica meter la llave al coche y abrirlo, porque en esos instantes recibí más de tres gotas en cada punto, pues al quedarme en un punto fijo, las gotas que recibo son, digamos, las mismas, pero ene número de veces.

En el entierro tuve la oportunidad de conocer a un sobrino lejano del maestro, su único heredero, y dado que no se trataba de un familiar cercano me tomé el atrevimiento de pedirle que me dejara revisar las últimas investigaciones del filósofo Samaniego. Me contestó que probablemente sí accediera, pero que primero deseaba conocer qué había dejado el maestro. Yo sólo debo esperar unos días para tener su respuesta, espero muy pronto acceder a las investigaciones del gran filósofo Samaniego.

Esta página ha sido visitada

veces, desde el 5 de noviembre de 1999.

REGRESAR A LA PÁGINA DE ROBERTO REMES


Mi nueva novela ya viene en camino

Cambia Network. Pincha aqui!
Cambia Network - Intercambio de Banners


This page hosted by Get your own Free Home Page