Historias para destapar el excusado

 






 

Roberto Remes

El paisaje que se veía desde el camión no era muy bonito, pero digamos que yo era afortunado porque iba meditando, no sólo sobre las casas de cartón y lámina que marcaban en el camino, sobre las piedras que iba pisando y moliendo el autobús, los lodazales, las coladeras destapadas, los montones de basura, los perros y los pobres pepenando comida entre los desperdicios, el olor a inmundicia, sino que por momentos me aislaba de ese mundo descompuesto y componía el mío, soñaba con adquisiciones materiales, y también soñaba con tantas cosas a la vez, que nunca podría recordar todo lo que pasó por mi mente esa tarde porque con los ojos perdidos en los paisajes de barrios bajos fui viendo, digamos, el aleph, el principio y el fin, el todo, y mis ideas se desenvolvieron como si hubieran estado guardadas por años, aunque ese desenvolvimiento fuera quizá común en mí cada vez que yo transitara perdido en un autobús urbano.

Recuerdo que me subí al camión en la estación Potrero del metro, luego de una larga espera en la que estuve entretenido contando el tiempo que transcurría entre un tren y otro, así como los segundos que le tomaban desde que entraba el primer vagón en la estación hasta que salía el último, pero como no anoté mis cuentas ya no recuerdo cuál es el intervalo que hay entre dos trenes de nueve vagones color naranja. Al subir al autobús me distraje con un recorte de periódico que estaba tirado en el piso en el que se alcanzaba a ver media fotografía de una mujer desnuda, y tanto me olvidé de dónde estaba que el chofer me tuvo que decir Son tres pesos sesenta, y con toda la pena recordé que debía pagarle y a cambio recibir un boleto que me permitió sumar los dígitos que componían el folio, creo que eran veinticuatro y no veintiuno como dicen que si uno consigue un boleto cuyos números suman veintiuno se lo da a una muchacha y la muchacha le tiene que dar un beso, pero como no era el caso, sólo conté y sumé, y me guardé el boleto para tirarlo en la noche, cuando sacara las cosas de los bolsillos del pantalón.

De algunos tramos de la ruta que seguía el autobús hacia Ecatepec y Villa de las Flores no recuerdo absolutamente nada porque iba absorto con los pensamientos que iniciaron su viaje en un montón de tierra con una llanta encima, cubriendo un enorme bache que el chofer del camión ya conocía porque no tuvo problemas para evitarlo, no así otros coches, y fue por eso que algún vecino de la zona en la que estaba el hoyo terminó por taparlo, creyendo que así lo hacía más visible y por lo tanto menos peligroso, pero lo que yo me fui pensando era que con esa llanta quien cayera en la trama podría tener un accidente mucho mayor que si no existiera más que el bache medio tapado con tierra, porque los autos cambian de carril y no siempre se tiene la mejor visibilidad para descubrir hoyos o llantas a medio camino, y pensando así visualicé en la mente un siniestro en el que un coche quedaba atrapado en la rueda y con ella patinaba unos metros y luego se metía en alguna de las tiendas del lugar, quizá la tienda del mismo que había tenido la estúpida ocurrencia de poner el neumático encima del hoyo. Cuando terminé de imaginar el percance me di cuenta de que el camión iba lleno, incluso con algunos pasajeros colgados de la puerta, y un señor que no se había bañado en una semana estaba sentado a mi lado, en el asiento del pasillo, puesto que yo iba en el de la ventana, y desde donde pude ver que ya andábamos por Ciudad Azteca y por la calle caminaba una muchacha que me gustó, cruzamos nuestras miradas y luego el camión la dejó atrás pero me fui acordando de su rostro hasta que se deshizo en mi cerebro, pero me vinieron a la memoria muchos otros rostros femeninos que me han gustado y con los que alguna vez me miré aunque luego no supiera más de ellos, como una muchacha que estaba en la fiesta de la escuela a la que iba, y me acordé de que todos nos resguardamos porque empezó a llover, pero ella quedó en un lugar en donde no había nadie más, sólo su cara mirando hacia la lluvia, su pelo cubriendo parte del rostro y la lluvia delante y detrás de ella, tan imposible como traspasar una barrera de agua, tan imposible como un cuerpo en medio de mis recuerdos. El movimiento constante del camión, entre los desniveles de la calle, no me dejó otra alternativa que empezar a pretender a esa muchacha con la mente, y así me imaginé cruzando el agua y llegando hasta esa isla donde se hallaba para decirle Tenía ganas de mojarme un poco, y de allí obtendría su nombre, su teléfono y luego la frecuentaría hasta besarla, penetrarla con la lengua, desabrocharle los botones de la blusa tiempo después y luego esculcar dentro de su cuerpo antes de adueñarme de él y al final preguntar Te casas conmigo, porque lo único que recordaba yo en la mente era la perfección de un rostro tan lejano como la lluvia quería que fuera, y con esa perfección yo nada más podía ansiar que la dueña de ese rostro fuera mía, eternamente mía, Te casas conmigo, pensé, murmuré y dije, porque mi incontrolable cerebro no se conformó con la sola imaginación, sino que ordenó a mis labios que movieran la boca como si dijeran Te casas conmigo, y no contento con sentir que los labios se movían en silencio, hizo que de mi garganta saliera mi voz y dijera, sin que mi instinto de discreción pudiera controlarlo, Te casas conmigo. De pronto escuché un Sí femenino que me dejó helado y me hizo percatarme de que mi voz había salido sin que yo quisiera que sucediera, pero llegué a creer que era la chica de la lluvia quien había dicho que sí, no me atrevía a voltear, dudé incluso de qué tanto había dicho yo en voz alta, quizá habría estado describiendo cada uno de los momentos desde el Tenía ganas de mojarme un poco, hasta la forma en que la había desnudado con la mente, me puse muy nervioso, el cuello estaba tenso y así estuvo un rato mientras me fui relajando y mi mente encontró rincones racionales y se dio cuenta, y todo yo me di cuenta finalmente, de que era imposible que la chica de la lluvia estuviera sentada a mi lado y que además supiera que yo estaba pensando en ella cuando dije Te casas conmigo, y luego la voz que había dicho Sí con anterioridad repitió la misma sílaba, y entonces volteé y miré a una gorda, pocos años mayor que yo, que me decía, Acepto casarme contigo, Aquí me bajo respondí, con desesperación, Compermiso, añadí sin separar las dos palabras, Tú no te vas a ningún lado, ahora me cumples, respondió, y yo sólo hacía un gran esfuerzo por salir de mi asiento, en donde me tenía arrinconado, trataba de saltar pero entonces ella me manoseaba, Ahora me cumples seguía diciéndome en voz fuerte para que lo oyera todo el camión, y yo nada más gritaba cada vez más fuerte Compermiso, compermiso, hasta que ella gritó Cómo que me pides que me case contigo y luego te arrepientes, maricón, ahora me cumples. En eso se desocupó el lugar de atrás, salté hacia allí y le pedí permiso de pasar a la persona que venía a un lado, en el asiento del pasillo, quien sí me dejó pasar pero nada más se me quedó viendo en señal de desaprobación, mientras la gorda seguía reclamando Ahora me cumples, y cuando alcancé a bajar del camión me gritó Maricón, para que las personas que había en esa calle, desconocida para mí, la escucharan. Después de eso, tuve que esperar cuarenta minutos para que pasara el siguiente camión.


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