Historias para destapar el excusado

 






 

La solución

Roberto Remes

Las deudas lo agobiaban, la hipoteca, el coche, la falta de clientes, la mitad de los electrodomésticos empeñados, y los ingresos seguían sin alcanzar, su empresa sin dar utilidades, pleitos con sus socios, y no había solución, los abogados lo acosaban, citatorios en juzgados cuando él tenía citas con sus pocos clientes, y su esposa se había regresado al hogar materno, con todo y los niños, pero eso sí, debía pagar puntual y mensualmente la colegiatura de los dos, como si no hubiera escuelas públicas para los tiempos difíciles, y los intereses montados sobre los intereses, más el gas, la luz, y quién hacía tantas llamadas si vivía él solo, y la maldita tarjeta de crédito cancelada por adeudos vencidos. Solitario en casa, desesperado, añorando a los hijos, debía tomar una decisión drástica, robar un banco, secuestrar un millonario, quitarse la vida, al menos cerrar la constructora, pero hacer algo. Tomó un papel blanco y una pluma, se apoyó en una revista y empezó a escribir sobre la mesa del comedor, en tinta azul, con los ojos húmedos, dirigiéndose a nadie, a sí mismo tal vez, a su esposa, a sus socios, a sus amigos, a sus acreedores, al mundo que le era agreste, con una letanía de explicaciones, justificaciones, argumentos y redargumentos sobre la teoría de la puerta falsa, y sobre la conveniencia de salir por ella cuando no hay otra salida, cuando las deudas agobian, cuando hay soledad, cuando se vive enajenado, con el alma empeñada en el Monte de Piedad, deseando que los niños no se enteren, que alguien les oculte la verdad e invente que su padre se ha caído de las escaleras, cualquier accidente, para que no crezcan con la misma frialdad hacia la muerte, o con la imagen de un hombre débil, incapaz de enfrentar siquiera al espejo. Acabó de llenar los dos lados y tomó otra hoja en la que dejaba instrucciones sobre los bienes que le quedaban, la manera en que informarían a sus padres la noticia, qué pasaría con la empresa, qué hacer con sus cenizas, pensó en pedir que las tiraran al mar pero le pareció exagerado considerando las molestias que causaría su fallecimiento, deseó que alguien las echara por el excusado pero terminó indicando que las utilizaran como abono en su planta preferida, una azalea que florecía hermosa cada primavera, y concluyó describiendo la forma en que solicitaba que lo vistieran después de la obligatoria autopsia que el Ministerio Público realiza a los suicidas. Dobló las dos hojas, las metió en un sobre blanco en el que anotó al frente "Ustedes sabrán perdonarme, pero yo ya no puedo más", y luego babeó la lengüeta y la pegó deseando que su esposa leyera la carta antes de que la confiscaran las autoridades.

Con el sobre en la mano el hombre permaneció sentado unos minutos, mirando en silencio la pared de enfrente, el retrato de su boda al centro, los de sus hijos a cada lado, una lágrima escurriendo, el rostro impávido, la mente imaginando la forma en que amarraría la cuerda en el barandal de las escaleras, el tipo de nudo que debía emplear, sin saber cómo preparar uno corredizo, y tratando de pensar en dónde estaban los mecates que tenía guardados, y luego recordó que con ellos ató la tele en su caja, el estéreo, el microondas y otros objetos, antes de llevarlos a empeñar, así que reparó en la conveniencia de utilizar otro método, pero no tenía pistola ni había muchas pastillas, la regadera era muy angosta como para cortarse las venas y permanecer allí hasta que se desangrara, sin la ayuda del agua porque no había tina, y entonces se acordó de la cuerda del tendedero, fue a la azotea y desamarró el plástico verde con el que fabricaría su horca. Como si se tratara de una obligación, el hombre caminó con firmeza hacia las escaleras interiores, las subió y amarró la cuerda, preparó el nudo varias veces hasta que logró hacerlo corredizo, tensó el plástico para asegurarse de que no se soltara, y como notó que había quedado un poco largo lo acortó para que sus pies no llegaran al piso cuando se aventara desde uno de los peldaños altos. Dejó por unos momentos la cuerda y regresó al comedor por la carta, se la metió en una de las bolsas de la chaqueta, luego dudó y la dejó sobre el piso en la entrada de la casa, subió hasta el séptimo escalón, inclinó la cabeza, la introdujo en la horca y soltó el llanto. Un segundo después comenzó a temblar muy fuerte, la casa se cimbraba, crujía, así que aprovechó el momento para lanzarse y menguar la agonía. El aire comenzó a faltarle, pero no alcanzó a expirar porque el barandal se desprendió, y cuando cayó al suelo la tierra seguía moviéndose, las vigas rechinando, los focos llendo y viniendo, las cortinas desplomándose, los cristales rompiéndose, el yeso botando por todos lados, el balaustre rompiéndole la clavícula y la impresión haciendo que perdiera el conocimiento.

Cuando el fallido suicida despertó su cuerpo estaba adolorido, cubierto de polvo blanco, inclinado pero protegido por una cueva de cascajo y varillas retorcidas, enredado en la cuerda de plástico verde que le hubiera quitado la vida si tan sólo se hubiera intentado ahorcar un minuto antes, o quizá ni eso, treinta segundos hubieran sido suficientes, la diferencia entre la vida y la muerte en media vuelta de la manecilla más delgada de su reloj Tag Heuer que permanecía en una de las bodegas de la casa de empeño.

Sólo eso me faltaba, murmuró frustrado, cuando en realidad el temblor había sido una bendición para él, no tanto o no sólo porque le había salvado la vida, que en realidad ya no apreciaba mucho, sino porque le brindó una serie de oportunidades que no hubiera tenido de otra forma, pues la carta nadie la vio, porque se perdió en medio de los escombros que retiró un bulldozer y depositó en un camión que más tarde los echaría en los basureros de Santa Catarina, la hipoteca de la casa quedó pagada mediante la indemnización que aportó el seguro, y hasta le dieron algo de dinero que él utilizó para saldar el crédito del automóvil, y como capital de trabajo en su constructora, que ahora tenía innumerables contratos para reparar los grandes daños que provocó el terremoto, lo cual ayudó a que los socios tuvieran mejores relaciones, y lo mejor de todo fue que se hizo de una casa más grande, con jardín, en una colonia exclusiva, gracias a que su suegra murió del susto mientras él fallaba en el intento de suicidarse, y le heredó el inmueble a su esposa, con quien se reconcilió durante el entierro. No hizo falta desempeñar más que su reloj, porque el resto de los bienes pignorados tenían sustitutos en el nuevo hogar familiar, así que vendió las boletas a un coyote y rescató su querido Tag Heuer sin pagar intereses, aprovechando los programas de apoyo que instrumentó el Monte de Piedad como respuesta a la tragedia.


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