Historias para destapar el excusado

 



 

La batalla de los unicornios

Roberto Remes

Los dos unicornios han luchado y uno de ellos ha perdido, el blanco, el blanco que se creía capaz de vencer al negro no sólo por ser blanco, sino por saberse acompañado de un largo cuerno blanco que lo había siempre guiado por rumbos obscuros, iluminándole, y por rumbos claros, alimentándole de luz, de helio, de vida, pero sin embargo ha perdido la batalla, se ha dejado envenenar por el unicornio negro, ponzoñoso, con su largo cuerno afilado y negro, portador de un largo ducto que lleva el veneno desde el depósito del odio hasta la punta de combate. El unicornio negro ha aprendido a ganar porque con sólo tocar a sus enemigos, a sus posibles enemigos, enferma, mata sin matar, llena de odio incluso a los unicornios de colores claros, azules, blancos, transparentes, amarillos, ámbares.

El escenario de la batalla ha sido la casa del unicornio negro, hasta donde llegó el blanco sin saberlo, creyendo incluso que sería el reino de la equidad, pero la equidad no puede reinar cuando manda el unicornio negro, cuando los que confían en él mueren por inocentes y los que desconfían de él mueren por dejarse envenenar de odio, de resentimiento, de deseos de venganza, pero sobre todo del deseo impotente de triunfar en una batalla que está más que perdida, porque no es posible envenenar con su propio veneno al unicornio negro, pues sabido es que es resistente a su ponzoña, como muchos otros animales lo son a la suya propia, razón más para que el unicornio blanco se muestre indefenso en un mundo que le es ajeno, como ajeno le había sido el odio, el odio del unicornio negro y tantos otros odios, y sin embargo se dejó envenenar, y cada vez que soñaba con la derrota del unicornio negro se veía derrotado por la misma ponzoña que era impotente para envenenarlo, para vencerlo, y en la que sólo crecía el deseo de derrotarlo, pero sin la capacidad de hacerlo, y claro, claro está, el unicornio negro sabía que el blanco sufría su derrota y veía crecer su odio. Mientras más pensara el unicornio blanco en cómo vencer al negro, más batallas le ofrecía para que éste ganara y para que el blanco, más envenenado, viera su derrota día tras día.

La solución para el unicornio blanco estaba en la humildad de su derrota, en la humildad de decir no te puedo vencer, Sabe que sé que no te puedo vencer, Sabe que sé que nadie puede ni debe confiar en ti, Sabe que sé que te ufanas de tus victorias verdaderas y de tus victorias falsas, y que incluso quienes confían en ti debieran desconfiar de ti, Sabe que sé que te alimentas de mi propio odio hacia ti, Sabe que sé que esta batalla la he perdido pero que mientras más capaz me crea de vencerte más importante seré como víctima tuya y más gozarás entonces tus victorias, Y entonces tus victorias serán perennes porque siempre lucharé con más odio, con esa animadversión con la que tú me alimentas cada vez que te encuentro, que te oigo, que te siento cerca, Y entonces sólo huyendo podré vencerte, porque te habré sacado de mí y habré dejado mi odio hacia ti fuera de mí, tu presencia lejos de mi mente.

El unicornio negro sintió su victoria absoluta. La tenía de alguna forma. Su rencor, y aquél que alimentaba a sus víctimas, le habían dado la oportunidad de ver huir al unicornio blanco, el placer de mirarlo alejarse de su pobre territorio. Pero también el unicornio blanco pudo recobrar el sentido de la victoria, porque a los pocos días fue borrando sus recuerdos del unicornio negro, fue mitigando su odio hasta que desapareció y fue disolviendo el veneno con nuevos aires, fue olvidándose de su derrota y desde luego fue perdiendo el deseo de ver a un unicornio negro doblado, vencido, humillado, pues acaso en esas ansias olvidadas de destrozar a su enemigo estaría su victoria. Cómo. Quién lo sabe. Eso no importa, pues sólo bastaba con que el unicornio blanco dejara de alimentarse del odio del unicornio negro para que pudiera sentirse victorioso, la derrota del negro era lo de menos cuando existía un cuerno levantado en señal de alegría por haber sacado de sí el veneno que había recibido de quien se alimentaba de ver en él animadversiones impotentes.

La derrota del enemigo es lo de menos, supo el unicornio blanco, cuando descubrió que el olvido de su odio valía más, mucho más, que su odio triunfante sobre su odiado enemigo. Para el unicornio blanco la victoria dejó de significar la derrota del unicornio negro cuando logró borrarlo de su mente, puesto que sólo importaba ya el triunfo del blanco, y lo que pasara con el negro era intrascendente, ganara o perdiera, sufriera o se ufanara. El unicornio blanco sólo podía vencer si vencía a su odio, lo de más era lo de menos.


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