Alemania, la clave de la situación internacional[1]
El objeto de estas líneas es indicar
el sesgo, siquiera a grandes rasgos, que toma actualmente la situación política
mundial debido a las contradicciones complicadas y agudizadas por la grave
crisis comercial, industrial y financiera. Las consideraciones rápidamente
bosquejadas más adelante están lejos de abarcar todos los países y todos los
problemas, y serán posteriormente el objeto de un estudio colectivo y serio.
1. La revolución española
ha creado las premisas políticas generales para la lucha directa del
proletariado por el poder. Las tradiciones sindicalistas del proletariado
español se han revelado inmediatamente como uno de los principales obstáculos
en el desarrollo de la revolución. Los acontecimientos han cogido desprevenida
a la Internacional Comunista. El partido comunista, totalmente impotente al
principio de la revolución, ha adoptado una posición errónea en todas las
cuestiones fundamentales. La experiencia española ha mostrado -recordémoslo-
que la dirección actual de la Internacional Comunista es un terrible instrumento
de desorganización de la conciencia revolucionaria de los obreros de
vanguardia. El retraso extraordinario de la vanguardia proletaria con respecto
al desarrollo de los acontecimientos, la dispersión en el nivel político de las
luchas heroicas de las masas obreras, la asistencia mutua que se prestan de
hecho el anarcosindicalismo y la socialdemocracia, son los principales factores
políticos que han permitido a la burguesía republicana aliada a la
socialdemocracia poner en pie un aparato represivo y, golpeando sucesivamente a
las masas sublevadas, concentrar un poder político importante en las manos del
gobierno.
Este ejemplo muestra que el fascismo no es en absoluto el único medio
de que dispone la burguesía para luchar contra las masas revolucionarias. El
régimen que existe hoy en España corresponde esencialmente al concepto de kerenskismo, es decir, el último (o
«penúltimo») gobierno de «izquierda» que la burguesía puede sacar a escena en
su lucha contra la revolución. Un gobierno de este tipo no significa
necesariamente debilidad y postración. En ausencia de un potente partido
revolucionario del proletariado, la combinación de seudorreformas, frases de
izquierda, gestos todavía más de izquierda y medidas de represión puede rendir
a la burguesía más servicios reales que el fascismo.
Es inútil decir que la
revolución española no ha terminado aún. No ha cubierto todavía sus tareas más
elementales (cuestiones agraria, nacional, religiosa) y está lejos de haber
agotado los recursos revolucionarios de las masas populares. La revolución
burguesa no podrá dar nada más de lo que ha dado hasta el presente. Desde el
punto de vista de la revolución proletaria, la situación actual de España puede
ser calificada de prerrevolucionaria. Es bastante probable que el próximo desarrollo
de la revolución española se prolongue más o menos. Con ello, el curso de la
historia abre un nuevo crédito al comunismo español.
2. La situación en Inglaterra puede igualmente ser
calificada, no sin razón, de prerrevolucionaria, con la única condición de
admitir que entre una situación prerrevolucionaria y una situación directamente
revolucionaria puede mediar un período de varios años, con flujos y reflujos
parciales. La situación económica de Inglaterra ha alcanzado un grado de
extrema gravedad. Pero la superestructura política de este país
ultraconservador va considerablemente retrasada con respecto a los cambios que
han tenido lugar en el nivel de la base económica. Antes de lanzar nuevas
formas y métodos políticos, todas las clases de la nación inglesa tratan
todavía de hurgar en los viejos desvanes, de volver a las viejas costumbres del
abuelo y la abuela, etc. El hecho es que, en Inglaterra, no existen de ninguna
forma, a pesar del terrible declive nacional, ni un partido revolucionario importante,
ni su antípoda, el partido fascista. Esto es lo que ha permitido a la burguesía
movilizar a la mayoría del pueblo bajo la bandera «nacional», es decir, bajo la
consigna más vacía que existe. En la actual situación prerrevolucionaria, el
conservadurismo archiobtuso ha adquirido una preponderancia política
gigantesca. Con toda probabilidad hará falta más de un mes, tal vez más de un
año, para que la superestructura política llegue a estar de acuerdo con la
situación económica e internacional real del país.
No hay ninguna razón para pensar
que el hundimiento del bloque «nacional»
-y tal hundimiento es inevitable a más o menos corto plazo- provocará
inmediatamente, bien la revolución proletaria (no puede haber, evidentemente,
otra revolución en Inglaterra), bien el triunfo del «fascismo». Por el
contrario, es mucho más probable que, en
la vía hacia el desenlace revolucionario, Inglaterra conozca un largo período
de demagogia radical democrática, social y pacifista, al estilo de Lloyd,
George y del Labour Party. El desarrollo histórico de Inglaterra ofrecerá
todavía, sin duda alguna, un respiro importante al comunismo británico para que se transforme en un auténtico
partido del proletariado, cuando ya el desenlace se anuncie como muy próximo.
Eso no implica en absoluto que pueda continuar perdiendo su tiempo en
experiencias peligrosas y en zigzags centristas. En la actual situación
mundial, el tiempo es la más preciosa de las materias primas.
3. Francia, a la que los sabios de la Internacional Comunista habían situado, hace
un año y medio o dos, «en primera fila del ascenso revolucionario», aparece de
hecho como el país más conservador de Europa y puede ser que también del mundo
entero. La solidez relativa del régimen capitalista francés se explica, en gran
medida, por su carácter atrasado. La crisis se ha manifestado menos
violentamente que en los demás países. En el terreno financiero, París tiende
incluso a igualar a Nueva York. La «prosperidad» financiera actual de la
burguesía francesa encuentra su causa inmediata en el saqueo organizado en
Versalles. Pero la paz de Versalles disimula la amenaza principal para todo el
régimen de la república francesa. Existe una contradicción flagrante, que
conducirá inevitablemente a una explosión, entre la cifra de la población, las
fuerzas productivas y la renta nacional francesas, por una parte, y su lugar a
escala internacional, por otra. Para mantener su efímera hegemonía, Francia,
tan «nacional» como radicalsocialista, está obligada a apoyarse en las fuerzas
más reaccionarias del mundo entero, en las formas de explotación más arcaicas,
en la inmunda camarilla rumana, en el régimen corrompido de Pi1sudski, en la
dictadura de la junta militar en Yugoslavia; está obligada a defender la
partición de la nación alemana (Alemania y Austria) y el corredor polaco en
Prusia oriental, a ayudar a la intervención japonesa en Manchuria, a excitar a
la camarilla militar japonesa contra la URSS, a aparecer como el enemigo
principal del movimiento de liberación de los pueblos coloniales, etc. La
contradicción entre el papel de segundo plano de Francia en la economía mundial
y sus privilegios y sus pretensiones monstruosas en política mundial aparecerá
cada día más claramente, acumulará los peligros, conmoverá su estabilidad
interior, suscitará la inquietud y el descontento de las masas populares y
provocará cambios políticos cada vez más profundos. Estos procesos aparecerán
verdaderamente en las próximas elecciones legislativas.
Pero, por el otro lado, todo
permite suponer que, en ausencia de acontecimientos importantes fuera del país
(la victoria de la revolución en Alemania o, al contrario, la victoria del
fascismo), las relaciones interiores en la misma Francia evolucionarán de un
modo relativamente «armonioso». lo que permitirá al comunismo beneficiarse de
un período importante de preparación para reforzarse hasta la aparición de una
situación prerrevolucionaria y revolucionaria.
4. En los Estados Unidos, que es el país capitalista más poderoso, la crisis
actual ha puesto al desnudo con una violencia asombrosa contradicciones
sociales aterradoras. Los Estados Unidos han pasado sin transición de un
período de prosperidad inaudita, que produjo
estupefacción en el mundo entero por un fuego de artificio de millones y miles de
millones de dólares, al paro de millones de personas, a un período de miseria
biológica espantosa para los trabajadores. Una sacudida social tan importante
no puede dejar de marcar la evolución política
del país. Hoy resulta todavía
difícil, al menos desde lejos, determinar cuál puede ser la importancia de la
radicalización de las masas obreras americanas. Se puede suponer que las masas
mismas se han visto hasta tal punto sorprendidas por la crisis coyuntural
catastrófica, hasta tal punto aplastadas y aturdidas por el paro o por el miedo
al paro, que no han logrado todavía sacar las conclusiones políticas más
elementales del infortunio que se ha abatido sobre ellas, Pero las conclusiones
serán sacadas. La crisis económica gigantesca, que ha tomado el aspecto de una
crisis social, se transformará inevitablemente en una crisis de la conciencia
política de la clase obrera americana. Es totalmente posible que la
radicalización revolucionaria de amplias capas obreras se produzca no cuando la
coyuntura esté en el punto más bajo, sino, al contrario, cuando se dirija hacia
una recuperación y un nuevo ascenso. De una forma u otra, la crisis actual
abrirá una nueva era en la vida del proletariado y el pueblo americano en su
conjunto. Podemos esperar serios trastornos y arreglos de cuentas en el seno de
los partidos dirigentes, nuevas tentativas de crear un tercer partido, etc. El
movimiento sindical, desde los primeros síntomas de cambio de la coyuntura,
sentirá vivamente la necesidad de arrancarse el torniquete de la burocracia corrompida
de la AFL. Simultáneamente, el comunismo verá abrirse ante él inmensas
posibilidades.
En el pasado, América ha
conocido ya en varias ocasiones explosiones violentas de movimientos de masas
revolucionarios o semirrevolucionarios. Estos movimientos volvían a caer
rápidamente cada vez, bien porque América entraba en un nuevo periodo de
ascenso económico impetuoso, bien porque esos movimientos se caracterizaban por
el empirismo grosero y la impotencia teórica. Estos dos fenómenos pertenecen
ahora al pasado. Un nuevo ascenso económico (no podemos excluirlo de antemano)
deberá apoyarse no sobre un «equilibrio» interior, sino sobre el actual caos
económico mundial. El capitalismo americano entrará en una fase de imperialismo monstruoso, de carrera
armamentista, de injerencia en los asuntos del mundo entero, de sacudidas
militares y de conflictos. Por otra parte, las masas radicalizadas del
proletariado americano encuentran en el comunismo -o, para ser más exactos,
encontrarán si se desarrolla una política correcta- no ya la vieja mezcla de
empirismo, misticismo y charlatanería, sino una doctrina fundamentada
científicamente y que está a la altura de los acontecimientos. Estos cambios
radicales permiten prever con certidumbre que la crisis revolucionaria en el
proletariado americano, crisis inevitable y relativamente próxima, no será ya
simplemente una llamarada, sino el comienzo de un verdadero incendio
revolucionario. El comunismo americano puede marchar con seguridad hacia su
glorioso porvenir.
5. La aventura zarista en
Manchuria ha estado en el origen de la guerra ruso-japonesa, y la guerra estuvo
en el origen de la revolución de 1905. Actualmente, la aventura japonesa en
Manchuria puede llevar a la revolución en el Japón.
A principios del siglo, el
régimen feudal y militar servía todavía satisfactoriamente a los intereses del
joven capitalismo japonés. Pero durante el primer cuarto del siglo xx, el
desarrollo capitalista ha provocado una extraordinaria desagregación de las
viejas formas sociales y políticas. El Japón, después de esta época, se ha
embarcado ya varias veces en el camino de la revolución. Pero faltaba una clase
revolucionaria potente, capaz de hacer frente a las tareas nacidas del
desarrollo. La aventura de Manchuria puede acelerar el derrumbamiento
revolucionario del régimen japonés.
La China actual, por muy
debilitada que esté por las camarillas del Kuomintang, es profundamente
distinta de la China que Japón, siguiendo a las potencias europeas, había
violado en el pasado. China no está capacitada para rechazar inmediatamente el
cuerpo expedicionario japonés, pero la conciencia nacional y la actividad del
pueblo chino han crecido considerablemente: centenares de miles, millones de
chinos han hecho el aprendizaje de las armas. Van a improvisar armas cada vez
más nuevas. Los japoneses se sentirán sitiados. Los ferrocarriles servirán
mucho más para objetivos militares que para objetivos económicos. Habrá que
enviar cada vez más tropas. Cobrando mayor amplitud, la expedición a Manchuria
agotará el organismo económico del Japón, reforzará el descontento interior,
agravará las contradicciones y acelerará por este medio la crisis
revolucionaria.
6. En China, la necesidad de defenderse contra la intervención
imperialista tendrá también serias consecuencias políticas en el interior del
país. El régimen del Kuomintang ha surgido del movimiento nacional
revolucionario de las masas, al que ha utilizado en su provecho y que después
ha sido estrangulado por los militaristas burgueses (con el concurso de la burocracia
stalinista). Es precisamente por esta razón por lo que el régimen actual,
vacilante y minado por sus contradicciones, es incapaz de toda iniciativa
militar revolucionaria. La necesidad de defenderse contra los invasores
japoneses se volverá cada vez más contra el régimen del Kuomintang y alimentará
un estado de espíritu revolucionario entre las masas. En estas condiciones, la
vanguardia proletaria puede recuperar la ocasión tan trágicamente perdida en
1924-1927.
7. Los acontecimientos actuales
en Manchuria prueban especialmente la
total ingenuidad de los señores que exigían de la Unión Soviética el simple
retorno a China del ferrocarril de China oriental. Eso significaría
entregárselo deliberadamente al Japón, en cuyas manos se convertiría en un
instrumento de primera importancia tanto contra China como contra la URSS. Lo que retenía hasta el momento a las
camarillas militares de Japón de intervenir en Manchuria, y lo que puede
mantenerlas hoy dentro de los límites de la prudencia, es precisamente el hecho
de que el ferrocarril de China oriental sea propiedad de los soviets.
8. La aventura de Japón en
Manchuria ¿no comporta el riesgo de desembocar en una guerra contra la URSS?
Evidentemente, esto no está excluido, por muy prudente y razonable que sea la política
del gobierno soviético. Manifiestamente, las contradicciones internas del Japón feudal y capitalista han hecho
perder el equilibrio a su gobierno. Los instigadores (Francia) no han
faltado. Y la experiencia histórica del zarismo en el Extremo Oriente nos ha
enseñado de lo que es capaz una monarquía militar burocrática que ha perdido su
equilibrio.
La lucha que se desata en el
Extremo Oriente no es una lucha por los ferrocarriles; es el destino de toda
China lo que está en juego. En esta lucha histórica gigantesca, el gobierno
soviético no puede permanecer neutral; no puede tener la misma actitud con
respecto a China que con respecto a Japón. Debe alinearse entera y totalmente
al lado del pueblo chino. Sólo el apoyo indestructible del gobierno soviético a
la lucha de liberación de los pueblos oprimidos puede proteger eficazmente a la
Unión Soviética de los ataques provenientes del Este, de parte del Japón, de
Inglaterra, de Francia y de los Estados Unidos.
La forma que tome la ayuda del gobierno
soviético a la lucha del pueblo chino en el próximo período dependerá de las
circunstancias históricas concretas. Pero habría sido tan estúpido entregar por
las buenas el ferrocarril de China oriental al Japón como subordinar toda la
política en Extremo Oriente al problema del ferrocarril de China oriental. Todo
demuestra que la conducta de la camarilla militar japonesa tiene en torno a
este punto un carácter claramente provocador. El gobierno francés se encuentra
directamente en el origen de esta provocación, que intenta atar las manos de la
Unión Soviética en Oriente. El gobierno soviético no debe mostrar sino más
reserva y perspicacia.
Las condiciones fundamentales de
Oriente: inmensos territorios, masas innumerables, atraso económico, confieren a
todo este proceso un carácter lento, dilatado, serpenteante. Ningún peligro
inmediato o grave, proveniente del Extremo Oriente, amenaza en todo caso la
existencia de la Unión Soviética. En un futuro inmediato van a producirse
importantes acontecimientos en Europa. Si bien Europa ofrece grandes
posibilidades, presenta también peligros muy amenazadores. Por el momento, sólo
Japón tiene las manos atadas en el Extremo Oriente. Es necesario que la Unión
Soviética conserve las manos libres.
9. La situación de Alemania destaca claramente sobre el
fondo político mundial que, sin embargo, está lejos de ser pacífico. Las
contradicciones económicas y políticas se han agudizado de forma inaudita. El
desenlace está próximo. Ha sonado la hora en que la situación prerrevolucionaria
debe convertirse en revolucionaria o en contrarrevolucionaria. El giro que tome
el desenlace de la crisis alemana determinará para muchos años no solamente el
destino de Alemania (lo que ya es mucho), sino también el destino de Europa y
del mundo entero.
La construcción del socialismo
en la URSS, el curso de la revolución española, la evolución de una situación
prerrevolucionaria en Inglaterra, el porvenir del imperialismo francés, la
suerte del movimiento revolucionario en la India y en China, todo esto nos
lleva directamente a la pregunta: ¿quién vencerá en Alemania en el curso de los
próximos meses, el comunismo o el fascismo?
10. Después de las elecciones al
Reichstag de septiembre del año pasado
la dirección del partido comunista alemán afirmaba que el fascismo había
alcanzado su punto culminante y que iba a derrumbarse rápidamente, dejando el
campo libre a la revolución proletaria. La Oposición Comunista de Izquierda
(los bolcheviques-leninistas) se burlaba entonces de este optimismo irreflexivo.
El fascismo es el producto de dos factores: una crisis social aguda, por una
parte, y la debilidad revolucionaria del proletariado alemán, por otra. La
debilidad del proletariado, a su vez, se descompone en dos elementos: el papel
histórico particular de las socialdemocracia, ese representante siempre
poderoso del capital en las filas del proletariado, y la incapacidad de la
dirección centrista del partido comunista para agrupar a los obreros bajo la
bandera de la revolución.
El factor subjetivo es para
nosotros el partido comunista, ya que la socialdemocracia constituye un
obstáculo objetivo que hay que apartar. Efectivamente el fascismo volaría en
pedazos si el partido comunista fuese capaz de unir a la clase obrera,
transformándola así, en un potente imán revolucionario para el conjunto de las
masas oprimidas del pueblo. Pero las carencias políticas del partido comunista
no han hecho sino aumentar desde las elecciones de septiembre: las frases
vacías sobre el «socialfascismo», los coqueteos con el chovinismo, imitación
del verdadero fascismo, para competir con este último en su propio terreno, la
aventura criminal del «referéndum rojo», todo esto impide al partido
convertirse en el dirigente del proletariado y el pueblo. En estos últimos
meses, no ha reunido tras de su bandera más que a los elementos a los que la
formidable crisis empujaba casi a la fuerza a sus filas. La socialdemocracia, a
pesar de las condiciones políticas desastrosas para ella, ha conservado,
gracias a la ayuda del partido comunista, a la mayoría de sus partidarios, y
aguanta por el momento con pérdidas realmente importantes pero, a pesar de
ello, secundarias. En cuanto al fascismo, ha dado desde septiembre del año
pasado un nuevo y gigantesco salto adelante, no importa lo que puedan decir
Thaelmann, Remmele y los otros, confirmando las previsiones de los
bolcheviques-leninistas. La dirección de la Internacional Comunista no ha
sabido preverlo ni evitarlo. No hace más que registrar las derrotas. Sus
resoluciones y otros documentos no son, ¡ay! mas que la fotografía del trasero
del proceso histórico.
11. Ha sonado la hora de la
decisión. Sin embargo, la dirección de la Internacional Comunista no quiere o,
más exactamente, teme darse cuenta del verdadero carácter de la situación
mundial actual. El presidium de la Internacional Comunista no se cansa de
publicar hojas de agitación vacías. El partido dirigente de la Internacional
Comunista, el Partido Comunista de la Unión Soviética, no ha tomado ninguna
posición. Se diría que «los jefes del proletariado mundial» se han tragado la
lengua. Se refugian en el silencio. Se preparan para emboscarse y confían así
en esperar a que pasen los acontecimientos. Han sustituido la política de
Lenin... por la política del avestruz. Nos acercamos a uno de los momentos más
cruciales de la historia: la Internacional
Comunista ha cometido ya una serie de errores graves pero «parciales»
que han conmovido y barrido las fuerzas acumuladas durante sus cinco primeros
años de existencia; hoy se arriesga a cometer un error fundamental y fatal que
puede eliminarla del mapa político como factor revolucionario para todo un
período histórico.
¡Que los ciegos y los cobardes
no se den cuenta! ¡Que los calumniadores y los periodistas a sueldo de los
stalinistas nos acusen de colusión con la contrarrevolución! Todos saben que la
contrarrevolución no es lo que refuerza el imperialismo mundial, sino lo que
estorba la digestión del funcionario comunista. La calumnia no asusta a los
bolcheviques-leninistas, no les detiene en el cumplimiento de su deber
revolucionario. No hay que dejar pasar nada en silencio, no hay que disimular
nada. Hay que decir a los obreros de vanguardia con voz alta y clara: después
del «tercer período» de aventurismo y fanfarronadas, he aquí el «cuarto período»,
de pánico y capitulación.
12. Si se traduce en lenguaje
claro el silencio de los dirigentes actuales del Partido Comunista de la Unión
Soviética, significa: «Dejadnos tranquilos».
Las dificultades económicas y sociales no allanadas se acentúan. La desmoralización
del aparato, consecuencia inevitable de un régimen plebiscitario, ha tomado
dimensiones amenazantes. Las relaciones políticas, fundamentalmente las
relaciones dentro del partido y las relaciones entre el aparato desmoralizado y
las masas dispersas, están tensas hasta estallar. Toda la sabiduría del
burócrata consiste en esperar y en hacer que las cosas se prolonguen por más
tiempo. La situación en Alemania está manifiestamente preñada de
trastornos, en los que el aparato stalinista se fija antes que en ninguna otra
cosa. «¡Dejadnos en paz! Dejadnos zafarnos de nuestras contradicciones
internas, que están tan exacerbadas. Allá abajo... ya veremos.» Éste es el
estado de animo de las esferas dirigentes de la fracción stalinista. Esto es lo
que esconde el silencio escandaloso de los «jefes», en el momento en que su
deber revolucionario más elemental exigía de ellos que se pronunciasen de forma
clara y precisa.
13. No hay nada de sorprendente
en que el silencio miedoso de la dirección moscovita haya provocado el pánico
de los dirigentes berlineses. Hoy, cuando hay que prepararse para conducir a
las masas hacia combates decisivos, la dirección del partido comunista alemán
manifiesta su desarraigo, tergiversa y se escurre con frases vacías. Esta gente
no tiene la costumbre de afrontar sus responsabilidades. Hoy, suenan con
demostrar, poco importa cómo, que el «marxismo-leninismo» exige rechazar el
combate.
No parece que, sobre este punto,
hayan encontrado ya una teoría acabada. Pero está en el aire. Se transmite de
boca en boca, y transpira en los artículos y en los discursos. El sentido de
esta teoría es el siguiente: el fascismo crece de forma irresistible; su victoria es en todo caso inevitable, será
mejor retirarse prudentemente y dejar al fascismo tomar el poder y
comprometerse. Y entonces -¡oh,
entonces!- apareceremos nosotros.
La postración y el derrotismo
han sucedido al aventurismo y la ligereza, conforme a las leyes de la
psicología política. La victoria de los fascistas, que se declaraba impensable
hace un año, es considerada ya hoy como
segura. Un Kuusinen cualquiera, aconsejado entre bastidores por un Radek
cualquiera, prepara para Stalin una
fórmula estratégica genial: retirarse en el momento oportuno, retirar las
tropas revolucionarias de la línea de fuego, tender una trampa a los fascistas
en forma de... poder gubernamental.
Si esta teoría fuese
definitivamente adoptada por el partido comunista alemán y determinase su curso
político en los próximos meses, seria por parte de la Internacional Comunista
una traición de una amplitud histórica igual al menos a la de la
socialdemocracia el 4 de agosto de
1914, con consecuencias todavía más espantosas.
El deber de la Oposición de
Izquierda es hacer sonar la alarma: la dirección de la Internacional Comunista
lleva al proletariado alemán hacia una catástrofe gigantesca: la capitulación
en medio del pánico ante el fascismo.
14. La llegada al poder de los
«nacionalsocialistas» significará sobre todo el exterminio de la élite del
proletariado alemán, la destrucción de sus organizaciones y la pérdida de
confianza en sus propias fuerzas y en su porvenir. Como las contradicciones y
los antagonismos han alcanzado en Alemania un grado extremo de gravedad, el
trabajo infernal del fascismo italiano aparecerá como una experiencia realmente
pálida y casi humanitaria en comparación con los crímenes de los que será capaz
el nacionalsocialismo alemán. ¿Retroceder? dicen ustedes, profetas ayer del
«tercer periodo». Los jefes y las instituciones pueden batirse en retirada. Las
personas aisladas pueden esconderse. Pero la clase obrera no sabrá adónde
retroceder ni en dónde esconderse del poder fascista. En efecto, si se admite
como posible lo monstruoso e increíble, es decir, que el partído se retire
efectivamente de la lucha y entregue así al proletariado a su enemigo mortal,
esto no puede significar más que una cosa: estallarán luchas salvajes no antes de la llegada de los fascistas al
poder, sino después, es decir, en condiciones
cien veces más favorables al fascismo que hoy. La lucha del proletariado,
traicionado por su propia dirección, cogido de improviso, desorientado y
desesperado, contra el régimen fascista se transformará en una serie de
convulsiones terribles, sangrientas e irreparables. Diez sublevaciones
proletarias, diez derrotas sucesivas debilitarían y agotarían menos a la clase
obrera alemana que su retroceso hoy ante el fascismo, cuando la cuestión de
saber quién va a ser el amo en Alemania no está todavía resuelta.
15. El fascismo no está todavía
en el poder. El camino del poder no está
abierto todavía para él. Los jefes fascistas tienen todavía miedo de
arriesgarse al golpe: comprenden que la apuesta es difícil, y que va en ella su
cabeza. En estas condiciones, sólo un estado de ánimo capitulacionista en las
altas instancias comunistas puede simplificarles y facilitarles la tarea de
forma inesperada.
Hoy, incluso los círculos
influyentes de la burguesía dudan de la
experiencia fascista, porque no desean ni una sublevación ni una larga y
terrible guerra civil; la política capitulacionista del comunismo
oficial, que abre la vía del poder al fascismo, provoca el riesgo de hacer
inclinarse del lado del fascismo a las clases medias, a las capas todavía
vacilantes de la pequeña burguesía e incluso a sectores enteros del
proletariado.
Está claro que, un día u otro, el fascismo triunfante caerá víctima de las
contradicciones objetivas y de su propia inconsistencia. Pero, en un futuro más
inmediato, en los próximos diez o veinte años, la victoria del fascismo en
Alemania provocaría una ruptura en la herencia revolucionaria, el naufragio de
la Internacional Comunista, el triunfo del imperialismo mundial en sus formas
odiosas y sangrientas.
16. La victoria del fascismo implicaría
forzosamente una guerra contra la URSS.
Sería una verdadera estupidez
pensar que, una vez en el poder, los nacionalsocialistas alemanes se lanzarían
primero a una guerra contra Francia o contra Polonia. Durante todo el primer
período de su dominación, la guerra civil contra el proletariado alemán atará
las manos al fascismo en su política exterior. Hitler tendrá tanta necesidad de
Pi1sudski como Pi1sudski de Hitler. Se convertirán los dos en instrumentos de
Francia. La burguesía francesa teme ahora la llegada al poder de los fascistas
alemanes como un salto a lo desconocido; pero el día de la victoria de Hitler,
la reacción francesa, tanto «nacional» como radical-socialista, apostará
enteramente por el fascismo alemán.
Ningún gobierno «normal», parlamentario
burgués, puede arriesgarse actualmente a una guerra contra la URSS: esta
empresa estaría preñada de inmensas complicaciones interiores. Pero si Hitler
llega al poder, si aplasta en un primer momento a la vanguardia de los obreros
alemanes, si dispersa y desmoraliza para años al proletariado en su conjunto,
el gobierno fascista será el único gobierno capaz de emprender una guerra
contra la URSS. No es preciso decir que formará un frente común con Polonia,
Rumania, los otros estados limítrofes y con Japón en Extremo Oriente. En esta
empresa, el gobierno de Hitler aparecerá como el simple ejecutante del capital
mundial. Clemenceau, Millerand, Lloyd George, Wilson, no podían emprender una
guerra directamente contra la Unión Soviética, pero han podido apoyar durante
tres años a los ejércitos de Kolchak, Denikin y Wrangel. En caso de victoria,
Hitler se convertiría en el superWrangel de la burguesía mundial.
Es inútil, e incluso imposible,
intentar hoy adivinar cuál sería el final de este duelo gigantesco. Peto es
evidente que si la guerra de la burguesía mundial contra los soviets estallase
después de la llegada de los fascistas al poder en Alemania, esto implicaría
para la URSS un aislamiento terrible y una lucha a muerte en las más penosas y
peligrosas condiciones. El aplastamiento del proletariado alemán por los
fascistas comportaría ya, al menos en un cincuenta por cien, el aplastamiento
de la república soviética.
17. Pero, antes de que la cuestión
sea trasladada a los campos de batalla europeos, debe resolverse en Alemania.
Es por esto por lo que afirmamos que la clave de la situación está en Alemania.
¿En manos de quién? Por el momento, todavía en manos del partido comunista. Todavía no la ha dejado escapar. Pero
todavía puede perderla, y su dirección le empuja por ese camino.
Todos los que predican un
«repliegue estratégico», es decir, la capitulación, todos los que toleran
semejante propaganda son traidores. Los propagandistas de la retirada ante los
fascistas deben ser considerados como agentes inconscientes del enemigo en las
filas del proletariado. El deber revolucionario elemental del partido comunista
alemán le obliga a decir: el fascismo no puede llegar al poder más que por
medio de una guerra civil a muerte, despiadada y destructora. Los obreros
comunistas deben comprender esto sobre todo. Los obreros socialdemócratas, sin
partido, el proletariado en su conjunto debe comprenderlo. El Ejército Rojo
debe comprenderlo por adelantado.
18. La lucha, ¿es desesperada?
En 1923, Brandler exageró terriblemente la fuerza del fascismo y, con ello,
trataba de justificar la capitulación.
El movimiento obrero mundial ha sufrido las consecuencias de esta estrategia
hasta el momento actual. La capitulación histórica del partido comunista alemán
y de la Internacional Comunista en 1923 está en el origen del crecimiento del
fascismo. El fascismo alemán representa hoy una fuerza política infinitamente
más poderosa que hace ocho años. Hemos puesto en guardia sin descanso contra
una subestimación del peligro fascista, y no seremos nosotros quienes neguemos
ahora ese peligro. Es por esto por lo que podemos y debemos decirles a los
obreros revolucionarios alemanes: vuestros jefes caen de un extremo al otro.
Por el momento, la fuerza
principal de los fascistas se limita a su número. En efecto, recogen numerosos
votos en las elecciones. Pero la papeleta del voto no es decisiva en la lucha
de clases. El ejército principal del fascismo está siempre constituido por la
pequeña burguesía y las nuevas capas medias: los pequeños artesanos y
comerciantes de las ciudades, los funcionarios, los empleados, el personal
técnico, la intelectualidad, los campesinos arruinados. Sobre la balanza de la
estadística electoral, 1.000 votos fascistas pesan tanto como 1.000 votos
comunistas. Pero sobre los platillos de la balanza de la lucha revolucionaria,
1.000 obreros de una gran empresa representan una fuerza mucho más grande que
la de 1.000 funcionarios, empleados de ministerios, con sus mujeres y sus
suegras. La masa fundamental de los fascistas está compuesta de polvareda
humana.
En la revolución rusa, los
socialistas revolucionarios eran el partido de los grandes números. En los
primeros tiempos, todos aquellos que no eran burgueses conscientes u obreros
conscientes votaban por ellos. Incluso en la Asamblea Constituyente, es decir,
después de la revolución de Octubre, los socialistas revolucionarios tenían
todavía la mayoría. También se consideraban como un gran partido nacional. De
hecho, no eran más que un gran cero nacional.
No tenemos la intención de poner
un signo de igualdad entre los socialistas
revolucionarios rusos y los nacionalsocialistas alemanes. Pero tienen
indiscutiblemente rasgos comunes, esenciales para aclarar nuestro problema. Los
socialistas revolucionarios eran el partido de las esperanzas populares
confusas. Los nacionalsocialistas son el partido de la desesperación nacional.
La pequeña burguesía pasa muy fácilmente de la esperanza a la desesperación,
arrastrando tras de sí a una parte del proletariado. La masa principal de los
nacionalsocialistas, como la de los socialistas revolucionarios, es polvareda
humana.
19. Cediendo al pánico, nuestros
mezquinos estrategas olvidan lo principal: la superioridad social y combativa
del proletariado. Sus fuerzas no están gastadas. No solamente es capaz de
luchar, sino también de vencer. Las discusiones sobre el descorazonamiento que,
según se dice, reina en las empresas, reflejan generalmente el
descorazonamiento de los observadores mismos, es decir, de los funcionarios
desconcertados del partido, Pero hay que tener en consideración el hecho de que
los obreros no pueden dejar de sentirse turbados por la compleja situación y la
confusión reinante en la cumbre. Los obreros saben que una gran lucha exige una
dirección firme. No les asustan ni la fuerza de los fascistas ni la necesidad
de una lucha difícil. Lo que les inquieta es la falta de firmeza y la
inestabilidad de la dirección, sus vacilaciones en el momento crucial. Cuando el
partido eleve su voz con seguridad, firmeza y claridad, no habrá más huellas de
abatimiento ni de descorazonamiento en las fábricas.
20. Es indiscutible que los
fascistas disponen de cuadros formados para el combate y de destacamentos de
choque experimentados. No hay que tomarlo a la ligera: los «oficiales» juegan
un gran papel incluso en el ejército de la guerra civil. Pero no son los
oficiales, sino los soldados quienes deciden la suerte de la batalla. Y los
soldados del ejército proletario son infinitamente superiores, más seguros y
mas dueños de si mismos que los soldados del ejército de Hitler.
Después de la toma del poder, el
fascismo encontrará fácilmente a sus soldados. Con la ayuda del aparato del
estado se puede formar un ejército a partir de los hijos de la burguesía, los
intelectuales, los empleados de oficinas, los obreros desmoralizados, los
lumpenproletarios, etc. El fascismo italiano es un buen ejemplo. De todos
modos, hay que hacer la precisión de que la milicia fascista italiana no ha probado
todavía su valor militar en una escala histórica seria. Por el momento, el
fascismo alemán no está todavía en el poder. Tiene que conquistarlo
enfrentándose al proletariado. ¿Es posible que el partido comunista utilice en
este combate cuadros inferiores a los del fascismo? ¿Y se puede admitir
siquiera por un instante que los obreros alemanes, que detentan los poderosos
medios de producción y de transporte, que, por sus condiciones de trabajo,
forman el ejército del hierro, del carbón, del ferrocarril, de la electricidad,
no probarán en el momento decisivo su inmensa superioridad sobre la polvareda
humana de Hitler?
La idea que se hace el partido o
la clase de la correlación de fuerzas en
el país es un elemento importante de su propia fuerza. En toda guerra, el enemigo intenta imponer una imagen exagerada de
sus fuerzas. Este era uno de los secretos de la estrategia de Napoleón. Hitler,
en todo caso, miente tan bien como Napoleón. Pero sus fanfarronadas no se
convierten en un factor militar más que a
partir del momento en que los comunistas se las creen. Hoy es importante
sobre todo apreciar las fuerzas de manera realista. ¿Con quién pueden contar
los nacionalsocialistas en las fábricas, en los ferrocarriles, en el ejército,
cuántos oficiales organizados y armados tienen? Un análisis preciso de la
composición social de los dos campos, el recuento permanente y atento de las
fuerzas, estas son las fuentes infalibles del optimismo revolucionario.
La fuerza de los
nacíonalsocialistas en la actualidad no reside tanto en su propio ejercito como
en la división que reina en el seno del ejército de su enemigo mortal. Son
precisamente la realidad y el crecimiento del peligro fascistas su carácter
inminente, la conciencia de la necesidad de apartar cueste lo que cueste este
peligro, lo que empuja a los obreros a unirse para defenderse. La concentración
de las fuerzas proletarias se hará tanto más rápidamente y con mayor éxito
cuanto más sólido sea el pivote de este proceso, es decir, el partido
comunista. La clave de la situación está ahora en sus manos. ¡Ay de él si la
deja escapar!
En estos últimos años, los
funcionarios de la Internacional Comunista gritaban a propósito de todo, y a
veces por razones realmente fútiles, que un peligro militar amenazaba
directamente a la URSS. Hoy en día, este peligro se está volviendo de todo
punto real y concreto. Todo obrero revolucionario debe considerar como un
axioma la afirmación siguiente: el intento de los fascistas de apoderarse del
poder en Alemania debe traer consigo una movilización del Ejército Rojo. Para
el estado proletario, se tratará de la autodefensa revolucionaría en el pleno
sentido del término. Alemania no es solamente Alemania. Es el corazón de
Europa. Hitler no es solamente Hitler. Puede convertirse en un superWrangel.
Pero el Ejército Rojo no es solamente el Ejército Rojo. Puede convertirse en el
instrumento de la revolución proletaria mundial.
La obra ¡Contra el comunismo
nacional! del autor de estas líneas, ha encontrado algunas aprobaciones equívocas
por parte de la prensa socialdemócrata y democrática. Sería no sólo extraño
sino paradójico que, en el momento en que el fascismo alemán ha utilizado con
tanto éxito los errores más groseros del comunismo alemán, los socialdemócratas
no intentasen utilizar la crítica franca y violenta de estos errores.
Es innecesario decir que la
burocracia stalinista de Moscú y de Berlín se ha apoderado de los artículos de
la prensa socialdemócrata y democrática consagrados a nuestro folleto como de
un verdadero regalo del cielo: por fin tienen la «prueba» de nuestro frente
único con la socialdemocracia y la burguesía. Estos individuos que han hecho la
revolución china cogidos de la mano de Chiang Kai-chek, la huelga general en
Inglaterra con Purcell, Citrine y Cook -¡aquí no se trata de artículos, sino de
gigantescos acontecimientos históricos!- se ven obligados a limitarse con
gritos de alegría a los incidentes de una polémica de prensa. Sin embargo, no tememos una confrontación ni
siquiera en este terreno. Hay que razonar y no emitir ladridos, analizar y no
agobiar con injurias.
Por
un frente único obrero contra el fascismo
[1] Escrito el 26 de noviembre de 1931, fue publicado por primera vez en el Biulleten Oppozitsii, nº 25-26, noviembre-diciembre de 1931.