El rompecabezas alemán [1]
La situación política en
Alemania no sólo es difícil, sino instructiva. Igual que una fractura
compuesta, una ruptura en la vida de una nación surca todos los tejidos.
Raramente se ha manifestado la interrelación de clases y partidos ‑‑de
la anatomía social y la fisiología política‑ tan cabalmente como en la
Alemania contemporánea. La crisis social está despojando las convenciones y
exponiendo la realidad.
Quienes están hoy en el poder
podían haber parecido fantasmas no hace mucho. ¿No fue abolido el dominio de la
monarquía y la aristocracia en 1918? Sin embargo, aparentemente la revolución
de Noviembre no realizó una labor enteramente suficiente. Los junkers alemanes
no piensan en absoluto como fantasmas. Por el contrario, los junkers están
haciendo un fantasma de la república alemana.
Los gobernantes actuales están
«por encima de los partidos». No sorprende; representan una minoría que
disminuye. Su inspiración y su apoyo directo provienen del DNP (Partido
Nacional Alemán), asociación jerárquica de propietarios bajo sus dirigentes
tradicionales, los junkers, la única clase que solía dar órdenes en Alemania. A
los barones les gustaría borrar los últimos dieciocho años de historia europea
para comenzarlo todo de nuevo. Esa gente tiene carácter.
No puede decirse lo mismo de los
dirigentes de la burguesía alemana propiamente dicha. La historia política del
Tercer Estado alemán no es estimulante; su colapso parlamentario carece de
gloria. La decadencia del liberalismo británico, capaz aún hoy de recoger
millones de votos, apenas puede compararse con el anonadamiento de los partidos
tradicionales de la burguesía alemana.
De los demócratas y nacional‑liberales,
que una vez tuvieron a la mayoría del pueblo tras ellos, sólo quedan unos
funcionarios desacreditados, sin tuerzas ni futuro.
Apartándose de los viejos
partidos, o despertando a la vida política por vez primera, las abigarradas
masas de la pequeña burguesía se agrupan alrededor de la svástica. Por primera
vez en toda la historia, las clases medias ‑los artesanos, los tenderos,
las «profesiones liberales», los dependientes, funcionarios y campesinos‑,
todos esos estratos divididos por tradición e intereses se han unido en una
cruzada más extraña, más fantástica y disonante que las cruzadas campesinas de
la Edad Media.
La pequeña burguesía francesa
sigue jugando un papel prominente gracias al conservadurismo económico de su
país. Este estrato, por supuesto, es incapaz de llevar a cabo una política
independiente. Obliga sin embargo a la política oficial de los círculos
capitalistas a adaptarse si no a sus intereses, sí al menos a sus prejuicios.
El Partido Radical comúnmente en el poder es una expresión directa de esta
adaptación.
A causa del desarrollo febril
del capitalismo alemán, que arrojó despiadadamente al abismo a las clases
medías, la burguesía alemana nunca fue capaz de asumir una posición en la vida
política similar a la de sus viejos primos franceses. La era de sacudidas
iniciada en 1914 trajo inconmensurablemente mayor ruina a las clases medias
alemanas que a las francesas. El franco perdió cuatro quintas partes de su
valor; el valor del viejo marco cayó hasta casi desaparecer. La actual crisis
agrícola e industrial no es ni mucho menos tan extensa al oeste del Rhin como
al este. En esta ocasión también el descontento de la pequeña burguesía
francesa ha sido contenido en sus antiguos cauces, llevando a Herriot al poder.
En Alemania fue diferente. Aquí, la desesperación de la pequeña burguesía tuvo
que llegar a irritarlos, levantando a Hitler y su partido a extremos
vertiginosos.
En el nacionalsocialismo todo es
tan contradictorio y caótico como en una pesadilla. El partido de Hitler se
llama a sí mismo socialista; sin embargo, lleva una lucha terrorista contra
todas las organizaciones socialistas. Se Rama a si mismo partido obrero; sin
embargo, sus filas abarcan a todas las clases excepto al proletariado. Arroja
sus dardos relampagueantes a las cabezas de los capitalistas; sin embargo, es
apoyado por ellos. Se inclina ante las tradiciones germánicas; sin embargo,
aspira al cesarismo, una institución enteramente latina. Con sus miradas
vueltas hacia Federico II, Hitler imita los gestos de Mussolini... con un
bigote a lo Charlie Chaplin. El mundo entero se ha derrumbado en las cabezas de
la pequeña burguesía, que ha perdido completamente su equilibrio. Esta clase se
está desgañitando tan estruendosamente por la desesperación, el miedo y el
rencor, que está ensordecida y pierde el sentido de sus palabras y de sus
gestos.
La abrumadora mayoría de los
obreros sigue a los socialdemócratas y a los comunistas. El primer partido tuvo
su época heroica antes de la guerra; el segundo deriva su origen directamente
de la revolución de Octubre en Rusia. Los esfuerzos de los nacionalsocialistas
por abrir paso entre «el frente marxista» no han conseguido todavía ningún
resultado tangible. Aproximadamente 14.000.000 de votos pequeñoburgueses forman
contra los votos de aproximadamente 13.000.000 de obreros hostiles.
Solamente el Partido del Centro
oscurece los claros contornos de clase en los agrupamientos políticos alemanes.
Dentro de los limites del campo católico, campesinos, industriales, elementos
pequeñoburgueses y obreros están todavía amalgamados. Tendríamos que regresar a
través de toda la historia alemana para explicar por qué el vínculo religioso
ha podido resistir las fuerzas centrífugas de la nueva época. El ejemplo del
Centro demuestra que las relaciones políticas no pueden ser completamente
definidas con precisión matemática. El pasado empuja al presente y altera sus
configuraciones. La tendencia general del proceso, no obstante, no es confusa.
Es, a su manera, simbólico el que von Papen y su más estrecho colaborador
Bracht hayan abandonado el ala derecha del Centro para llevar a cabo un
programa político cuyo desarrollo debe conducir a la desintegración de este
partido. Con una posterior intensificación de la crisis social en Alemania, el
Centro no podrá resistir la presión desde fuera y desde dentro y su corteza
clerical reventará. Lo inmediato al último acto del drama alemán será
representado entre las partes componentes del Centro.
En el sentido formal, hoy, en
los últimos días de agosto, Alemania se cuenta todavía entre las repúblicas
parlamentarías. Pero hace pocas semanas, el ministro del Interior, von Gayl,
convirtió la conmemoración de la Constitución de Weimar en un velatorio del
parlamentarismo. Mucho más importante que este estatuto formal es el hecho de
que las dos alas extremas del Reichstag, que representan a la mayoría de los
votantes, contemplen la democracia como definitivamente quebrada. Los
nacionalsocialistas quieren sustituirla por una dictadura fascista según el modelo
italiano. Los comunistas aspiran a una dictadura de soviets. Los partidos
burgueses, que han intentado administrar los asuntos de la clase capitalista
mediante cauces parlamentarios durante los pasados catorce años, han perdido a
todos sus electores. La socialdemocracia, que obligó al movimiento obrero a
entrar en el marco del juego parlamentario, no sólo ha dejado escapar de las
manos el poder que le confirió la revolución de Noviembre, no sólo ha perdido
millones de votos que han ido a parar a los comunistas, sino que incluso corre
el peligro de perder su estatuto legal como partido.
¿No es de sí misma evidente la
conclusión de que, enfrentado con dificultades y tareas demasiado vastas para
el, el régimen democrático está perdiendo el control? También en las relaciones
entre estados, cuando asuntos de importancia secundaria están implicados, las
reglas y usos del protocolo son más o menos observados. Pero cuando entran en
conflicto intereses vitales, los rifles y cañones ocupan el centro del escenario
en lugar de las cláusulas pactadas. Las dificultades internas y externas de la
e nación alemana han avivado la lucha de clases hasta el punto en que nadie
puede ni quiere subordinarse a las convenciones parlamentarias. Algunos pueden
lamentarlo, increpar amargamente a los partidos extremistas por su inclinación
a la violencia, esperar un futuro mejor. Pero los hechos son los hechos. Los
hilos de la democracia no pueden soportar un voltaje demasiado alto. Tales son,
sin embargo, los voltajes de nuestra época.
El notable «Calendario de Gotha»
[2]
tuvo dificultades en una ocasión para definir el sistema político de Rusia, que
combinaba la representación popular y un zar autocrático. Caracterizar el
actual sistema alemán sería probablemente aún más difícil si intentara basarse
en categorías legales. Volviendo a la historia, sin embargo, podemos ofrecer
ayuda a los «Calendarios de Gotha» de todos los países. Alemania está siendo
gobernada actualmente según el sistema bonapartista.
El rasgo principal de la
fisonomía política alemana lo produce el hecho de que el fascismo ha logrado
movilizar a las clases medias contra los obreros. Dos poderosos campos se
entrelazan en irreconciliable conflicto. Ninguno de los bandos puede vencer por
medios parlamentarios. Ninguno aceptaría voluntariamente una decisión
desfavorable para él. Semejante escisión de la sociedad prefigura una guerra
civil. La amenaza de guerra civil crea en la clase dominante la necesidad de un
árbitro y caudillo, de un César. lisa es precisamente la función del
bonapartismo.
Todo régimen pretende estar por
encima de las clases, salvaguardando los intereses del conjunto. Pero los
efectos de las fuerzas sociales no pueden determinarse tan fácilmente como los
del terreno de la mecánica. El gobierno mismo es de carne y hueso. Es
inseparable de ciertas clases y de sus intereses. En épocas tranquilas, el
parlamento democrático parece ser el mejor instrumento para reconciliar las
fuerzas en conflicto. Pero cuando las fuerzas fundamentales viran en ángulos de
180 grados, tirando en direcciones opuestas, entonces aparece la oportunidad de
una dictadura bonapartista.
A diferencia de una monarquía
legítima, en que la persona del gobernante sólo represente un eslabón en una
cadena dinástica, la forma bonapartista es inseparable de una personalidad que
se abre camino ya sea mediante el talento, ya sea mediante la suerte. Semejante
cuadro, sin embargo, corresponde escasamente a la figura plomiza del junker del
Este del Elba y mariscal de campo Hohenzollern. Ciertamente, Hindenburg no es
ningún Napoleón, ni Posen es Córcega. Pero una consideración meramente personal
e incluso estética de esta cuestión seria completamente inadecuada y sería, de
hecho, un entretenimiento. Aun cuando, como dicen los franceses, hace falta un
conejo para hacer estofado de conejo, no es de ningún modo indispensable un
Bonaparte para el bonapartismo. La existencia de dos campos irreconciliables
basta. El papel del árbitro todopoderoso puede ser ocupado por una camarilla en
vez de por una persona.
Recordemos que Francia no sólo
ha conocido a Napoleón I, el verdadero, sino también al falso, Napoleón III. El
tío y el supuesto sobrino tuvieron en común el papel de árbitro que señala sus
decisiones con la punta de la espada. Napoleón I tuvo su propia espada, y
Europa todavía conserva los vestigios de sus cisuras. La sola sombra de la
espada de su supuesto tío bastó para empujar a Napoleón III al trono.
En Alemania, el bonapartismo
toma una forma escrupulosamente alemana. Pero no debemos detenernos en los
matices de las diferencias nacionales. En la traducción se pierden muchos
rasgos distintivos del original. Aun cuando en muchas esferas de la creación
humana los alemanes han proporcionado los más elevados modelos, en política,
igual que en la escultura, han superado
escasamente el nivel de la imitación mediocre. No entraré, sin embargo, en las
razones históricas de ello. Baste decir que es así. Posen no es Córcega,
Hindenburg no es Napoleón.
No hay ninguna huella de
aventurismo en la figura conservadora del el presidente. El Hindenburg de
ochenta años no perseguía nada en la política. En su lugar, otros lo perseguían
y encontraron a Hindenburg. Y no fueron
hacia él por casualidad. Toda esta gente son del mismo viejo fondo prusiano,
aristocrático‑conservador, de Postdam, al Este del Elba. Incluso si
Hindenburg presta su nombre como cobertura para los actos de otros, no se
dejará apartar de la huella que le dejaron las tradiciones de su casta.
Hindenburg no es una personalidad, sino una institución. Es lo que fue durante
la guerra. «La estrategia de Hindenburg» era la estrategia de gente con nombres
completamente diferentes. Este procedimiento fue trasladado a la política.
Ludendorff y sus ayudantes han sido relevados por hombres nuevos. Pero los
métodos siguen siendo los mismos.
Conservadores, nacionalistas,
monárquicos, todos los enemigos de la revolución de Noviembre colocaron a
Hindenburg en el puesto de Reichspräsident la primera vez en 1925. No
sólo los obreros, sino también los partidos de la burguesía votaron contra el
mariscal Hohenzollern. Pero Hindenburg ganó. Fue apoyado por las masas de la
pequeña burguesía desplazándose hacia Hitler. Como presidente, Hindenburg no ha
hecho nada. Pero tampoco ha deshecho nada. Sus enemigos fomentaron la idea de
que la fidelidad de las tropas de Hindenburg le habían hecho un defensor de la
Constitución de Weimar. Siete años después, rechazado en toda la línea por la
reacción, los partidos puramente parlamentarios decidieron poner al mariscal en
su moneda.
Dando sus votos al jefe militar
monárquico, la socialdemocracia y los demócratas católicos le liberaron de toda
obligación hacia la ahora impotente república. Elegido en 1925 por los
reaccionarios, Hindenburg no se apartó de la Constitución. Elegido en 1932 con
los votos de la izquierda, Hindenburg adoptó el punto de vista derechista sobre
las cuestiones constitucionales. No hay nada misterioso tras esta paradoja.
Solo ante su «conciencia» y la «voluntad del pueblo» ‑‑dos
tribunales infalibles- Hindenburg tenía que convertirse inevitablemente en el
paladín de los círculos a los que había
servido fielmente a lo largo de toda su vida. La política del presidente es la política de la aristocracia
terrateniente, de los barones industriales y de los príncipes banqueros, de las
religiones católica romana, luterana y ‑la última pero no la menor‑
hebrea.
Al escoger a von Papen ‑en
quien nadie en todo el país había pensado el día anterior‑ como jefe de
gobierno, el personal político de Hindenburg cortó abruptamente los hilos
mediante los que la elección había unido al presidente con los partidos
democráticos. El bonapartismo alemán careció en su primer estadio del picante
del aventurismo. Por su carrera durante la guerra y su ascenso mágico al poder,
von Papen lo resarció en cierta medida. Por lo que respecta a sus otras dotes ‑fuera
de su conocimiento de lenguas y sus impecables maneras‑ las opiniones de
diferentes tendencias parecen coincidir en que de ahora en adelante los historiadores
no podrán seguir describiendo a Michaelis como el más descolorido e
insignificante canciller del Reich alemán.
Pero ¿dónde está la espada del
bonapartismo? Hindenburg sólo conservó su bastón de mariscal, un juguete para
ancianos. Tras su no muy inspirada experiencia en la guerra, Papen volvió a la
vida civil. La espada, no obstante, apareció en la persona del general
Schleicher. Él es precisamente el hombre que debe contemplarse ahora como el
centro de la combinación bonapartista. Y esto no es un accidente. Al elevarse
por encima de los partidos y el parlamento, el gobierno se ha reducido a un
aparato burocrático. La parte más efectiva de este aparato es
incuestionablemente la Reichswehr. No es sorprendente, pues, que Schleicher
apareciera después de Hindenburg y Papen. Hay muchos rumores en los periódicos
de que desde el retiro en sus cuarteles, el general preparó cuidadosamente el
escenario de los acontecimientos. Puede ser. Mucho más importante, sin embargo,
es el hecho de que el curso general de los acontecimientos preparase el
escenario para un general.
El autor está alejado del teatro de los
acontecimientos, por una considerable distancia además. Esto le hace difícil
seguir los giros y virajes diarios. Sin embargo, me gustaría pensar que estas
condiciones geográficas desfavorables no pueden impedirme explicar la relación
fundamental de fuerzas, que, en último análisis, determina el curso general de
los acontecimientos.