Continuación


 

Las avenidas junto al Río Sena son llamadas “quais”, y  la suma de todas ellas forma un largo boulevard dividido por los puentes que conectan a las dos riberas. Cuando el bote hubo terminado su tour, dejó a los pasajeros sobre “Quai des Agustins” y  la joven pareja caminó a lo largo de esta avenida hasta llegar al puente  Saint Michelle, el cual conecta al Barrio Latino con la Isla de la Ciudad.  Eran las cinco y media y poco a poco los colores del ocaso estaban empezando a pintar el horizonte. Terri y Candy estaban mirando al río mientras se reclinaban sobre el barandal de piedra del puente. A unos metros de ellos un organillero tocaba su instrumento mientras su pequeña hija jugaba cerca de él con una pelota.

Candy observaba fijamente el cielo cuando sintió que la gran pelota roja de la niñita le golpeaba las piernas. La joven se dio la vuelta para mirar lo que había pasado y se encontró con un par de ojos negros imposiblemente grandes que la veían con cándida curiosidad. Candy se puso en cuclillas  tomando entre sus manos la pelota que rebotaba a sus pies.

La joven extendió su brazo hacia la criatura para darle la pelota y no pudo refrenar el impulso natural de tocar las suaves mejillas de la pequeña. Los grandes ojos de la niña la observaban con asombrada admiración, como si ella fuese una visión de otro mundo. Con la ingenua confianza que solamente los niños pequeños tienen, la chiquita jaló uno de los rizos rubios de Candy y sonrió brillantemente cuando se dio cuenta de que los bucles se enroscaban de nuevo cuando los soltaba. De esa forma Candy comprendió que la niña estaba maravillada con su cabello, el cual le parecía especialmente gracioso. Ambas, niña y joven, rieron ante su mutuo descubrimiento. Candy se puso de pie mientras miraba cómo la niñita se alejaba tomada de la mano de su padre. Antes de que desapareciera por completo tras la curva del puente, la pequeña se volvió y agitó su mano en señal de despedida. La rubia respondió el gesto agitando su mano y sonriendo.
Terri solamente respondió con una ligera sonrisa y continuó mirando al horizonte. Ambos  permanecieron en silencio por largo rato al tiempo que la puesta de sol continuaba pintando su cotidiana obra maestras. No obstante, la aparente clama en la cara del joven era solamente una máscara para ocultar sus agitados pensamientos. Había una pregunta que le dolía en el corazón y él sabía que el tiempo se le estaba agotando . . . si iba a formular aquella pregunta, debía hacerlo ya.
Una vez más ambos se quedaron en silencio. La mujer, lamentándose por su falta de coraje; el hombre, empezando a sentir que finalmente había sido derrotado por el médico francés.

Fue entonces que los últimos rayos del sol se mezclaron con las primeras luces centelleantes de la estrella de la tarde. Las almas de Candy y Terri fueron cautivadas por aquel mágico momento. Sus miradas se perdieron en la superficie azul del río, el cual parecía encontrarse con el fondo azul del cielo en un punto lejano en el horizonte. Era el color más antiguo de la creación, pintado por el artista supremo en tonalidades iridiscentes sobre el paisaje parisino.

En un sólo suspiro, una vasta colección de imágenes entrañables se desplegaron en la mente de Terri. Vio de nuevo el Queen Mary en la noche brumosa y la luz de dos verdes esmeraldas mirándolo con una bondad que nunca antes él había visto en un extraño. Recordó cada encuentro furtivo que él conscientemente solía buscar durante su época colegial. Vivió de nuevo los momentos de aquel vibrante verano y sintió de nuevo el dulce calor del abrazo de Candy. Experimentó la añoranza, las repetidas separaciones, el sentimiento de pérdida total y el inmenso dolor de los remordimientos. Probó una vez más el sabor agridulce del reencuentro en una noche nevada, el despertar en aquel cuarto de hospital, el éxtasis de cada día compartido al lado de la mujer con cuya alma él se encontraba conectado por un lazo mágico. Y luego, se dio cuenta de que estaba a punto de perderla, esta vez para siempre . . . a menos que probara utilizar el último recurso: la verdad . . . pero una vez más un terrible nudo en la garganta no le dejaba hablar.

Ambos se miraron el uno al otro sin ser capaces de articular palabra. Los ruidos de los transeúntes se perdían con el golpeteo de sus corazones. Candy sintió que una pesada presión en su cuerpo invadía sus sienes y la hacía sentirse mareada. Terri, por su parte, estaba paralizado como si estuviera en uno de sus sueños. Antes que él pudiera evitarlo, una lágrima solitaria rodó por su mejilla y milagrosamente, como si la sensación fresca de su humedad lo hubiese despertado, finalmente acopió fuerzas y abrió sus labios.


Al primer sonido de su voz las lágrimas de Candy se liberaron de la prisión de sus ojos y la joven volvió la cara, buscando un punto imaginario en la nada del agua. Su rostro estaba convulsionado por las profundas emociones que se revolvían en sus entrañas.
Ella se volvió de nuevo para mirarlo y esta vez sus ojos color de esmeralda no pudieron escapar a la mirada azul del joven. Sin embargo, la joven no pudo emitir palabra. Ella se quedó inmóvil por segundos interminables y él sintió que la muerte trepaba por su corazón. Candy bajó la cabeza y Terri sintió que el mismo infierno se abría bajo sus pies, pero esa sensación sólo duró por un instante hasta que él vio cómo la joven, con la cabeza aún colgando sobre su pecho extendía su brazo derecho hacia él abriendo la palma de su mano. Entonces, ella levantó el rostro lleno de lágrimas y sin poder pronunciar sonido alguno sus labios se abrieron para pronunciar dos simples palabras que ella había repetido una y otra vez durante los meses que él había pasado en el hospital, cada vez que ella lo ayudaba a levantarse, pero ahora esas palabras cobraban nuevo significado.
El joven caminó lentamente hacia ella, aún sin creer el significado del gesto de Candy. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella lo recibió cálidamente descansando su cabeza sobre el pecho del joven, mientras las manos de él encontraban su lugar en la cintura de la chica en un tierno abrazo. No hablaron por algunos minutos, saboreando silenciosamente su cercanía mientras sus cuerpos se ajustaban lentamente al dulce calor de aquel abrazo.

Al primer contacto, la joven pudo sentir claramente cómo un furioso rubor cubría sus mejillas al tiempo que el hombre la encerraba en su abrazo. No obstante, poco a poco el bochorno inicial se rindió ante otros sentimientos, más íntimos y profundos. Al fin, después de años de añoranza su corazón encontraba el camino de regreso a casa. Para Candice White, su hogar estaba justo ahí, en los brazos del hombre que amaba y solamente le tomó unos cuantos minutos el entenderlo.

La muchacha creyó en ese momento que podía pasar siglos de aquella forma, unida al cuerpo de Terri mientras las manos de él corrían lentamente por su espalda y sus cabellos, y su aliento de canela aromaba el aire, calentando sus mejillas y  cuello. Dejó escapar un suspiro y en aquel instante se dio cuenta de que ella no le había dicho al joven lo que tenía en su corazón.

La joven sonrió suavemente, muy conmovida ante su petición. Ella nunca había dicho las palabras  “te amo” a ningún hombre, aunque había estado enamorada más de una vez. Candy cerró los ojos para darse valor, pero una vez más el siempre presente rubor apareció haciendo las cosas aún más difíciles.
Para ambos el mundo entero parecía haber desaparecido para dejar solamente la sensación de los brazos de él sosteniéndola, estrujando su cuerpo contra el de él, sus manos suavemente aferradas al cuello del joven,  el rostro de él sepultado entre los rizos rubios, la calidez de sus cuerpos, los latidos de sus corazones, las lágrimas rodando en silencio, lavanda y rosas confundiéndose en el aire, dos voces repitiendo en un murmullo: te amo.

Permanecieron abrazados por largo rato. Demasiado sobrecogidos por el sonido de mil cerrojos que repentinamente se abrían en el corazón de ambos cuando finalmente encontraron en los brazos del otro la llave perdida de sus almas. Al contacto de su mutuo calor, una serie de pequeñas explosiones empezaron a desatarse en sus cuerpos, y antes de que pudieran comprender la naturaleza de aquel misterio, un torrente de viejas y nuevas ansias comenzó a reclamar satisfacción y Terri fue el primero en dejarse llevar por el encantamiento de la cercanía física.

El joven apretó el abrazo mientras su cabeza se retiraba lentamente y su mejilla acariciaba la de Candy, aspirando hondamente la fragancia de la chica. Él tomó el rostro de ella en su mano derecha y levantó su mentón de modo que pudieran verse a los ojos. Candy sintió que todo su cuerpo se estremecían bajo la profunda mirada de Terri, pero por una razón desconocida ella sostuvo el encuentro de sus ojos, ahogándose en las pupilas azules del joven. Él no dijo palabra pero ella comprendió que iba a besarla ahí mismo, y también supo que esa ocasión no se resistiría. Ella había deseado un beso de los labios de él por tan largo tiempo que no podía ya negarlo. Cuando el alma ha confesado sus secretos, la piel tiene que seguir esa confesión.

Lentamente él inclinó el rostro acortando la distancia hasta que su piel pudo sentir la cálida brisa del aliento de ella. Entonces, cerró los ojos y permaneció inmóvil durante un rato. Terri estaba tan embriagado con ella que tenía miedo de que se esfumase si se atrevía a tocar sus labios. Sin embargo, la naturaleza fue más fuerte que sus miedos y pronto venció el último vestigio de duda. Finalmente el joven concluyó la larga jornada que había empezado una mañana de otoño, cuando dejó Londres, al momento en que sus labios se encontraron con los de ella después de años de añoranza y dolorosa separación.

Candy recibió la caricia asombrada por la ternura desplegada por el primer contacto del joven. Breves besos llovían sobre sus labios con un ligero acento húmedo. El joven apenas rozaba la suave piel de su boca como si ella estuviese hecha de espuma y porcelana delicada. Una serie de pequeños choques eléctricos comenzó a invadir ambos cuerpos mientras la sensitiva piel de sus labios se acariciaba mutuamente. Por una razón que él no pudo entender, Terri se sentía como un niño tímido perdido en los encantos de Candy pero no lo suficientemente atrevido como para verter en ella toda la pasión reprimida en el fondo de su corazón.

De repente, ella se sorprendió a su misma respondiendo a las caricias del joven y a la suave calidez del abrazo el cual comenzaba a aumentar su intensidad. Antes de que ella se pudiera dar plena cuenta de ello, el beso de él se volvió más urgente y ella le respondió, movida por un instinto femenino que ignoraba poseer. Sin saberlo, ella abrió su boca y él inmediatamente reaccionó besándola ya no como el adolescente que alguna vez le robara un beso, sino como el hombre que la había deseado por años. Él reclamó la boca de ella para explorarla libremente en un arrebato íntimamente profundo. Ella no opuso resistencia aún cuando la última gota de aire con la que contaba se había desvanecido mucho tiempo antes. Candy comprendió que él la estaba tomando con un solo beso  y con ese gesto apasionado le hacía saber que había regresado para reclamar su alma y cuerpo. La joven supo entonces que ella había nacido para ese momento dorado. Ella había sido creada como mujer sólo para amar al hombre que entonces la besaba.
Un beso, cuando es dado con amor verdadero, es la chispa que enciende los incontrolables torrentes de la pasión. Corrientes de energía eléctrica corriendo a través del cuerpo, conectando la piel con la mente y el alma, parecen despertar en nuestras venas la instigante fuerza de la naturaleza. Eso fue lo que pasó con los cuerpos de Candy y Terri en ese momento en que se entregaron el uno al otro en aquel prolongado beso. De repente Candy dejó de ser una niña para convertirse en mujer, y  como mujer comprendió que las ruedas de la pasión estaban ya girando en su interior y no se detendrían hasta que pudieran calmar su mutua sed en un íntimo abrazo.

Terri, por su parte, no podía pensar mucho, totalmente perdido en la lisonjera sensación de su exploración en el cuerpo de Candy ¡Qué increíble dicha de sus labios sobre los de ella, saboreando la aromada esencia de su boca humedecida, probando su perfume de fresas, aún el  mismo desde aquella tarde en que la había besado por primera vez! ¡Qué inmenso placer de cada uno de sus montes y valles estrujados contra sus músculos! ¡Que dulce sensación de la piel trémula de la joven bajo sus besos que siguieron un rastro húmedo sobre la sedosa mejilla de la muchacha hasta la cremosa hendidura de su cuello! Él percibió complacido cómo la respiración de la joven empezaba a hacerse irregular, clara señal de cómo él la estaba afectando con sus caricias. Nunca en toda la vida del joven actor había él disfrutado de una sensación tan poderosamente placentera. Era una clase de embriaguez aún más profunda e increíblemente más fuerte que aquella que el licor puede ofrecer.

Candy jadeó brevemente con voz enronquecida cuando sintió las caricias de Terri sobre su cuello mientras nuevas sensaciones invadían su cuerpo. Pero su gemido espontáneo hizo reaccionar a Terri. Pronto el joven volvió en sí y se dio cuenta de que aún se encontraban en medio de la vía pública y que él estaba arrastrando a ambos hacia la orilla de un precipicio del cual ya no habría retorno si no se detenía inmediatamente.
 
 

 

Él retiró sus labios del cuello de la joven muy lentamente, dejando reticentemente aquella laguna de nácar que lo seducía con su sabor. Luego hundió el rostro en los rizos de la chica y le murmuró al oído.


La rubia se movió hasta que pudo ver de frente al joven. Cuando sus ojos pudieron encontrarse había una dulce sonrisa de comprensión en el rostro de ella que admiró a Terri con su madurez.

Terri miró a la joven agradecido al tiempo que deshacía el abrazo. Tomando la mano de Candy en la suya, comenzó a caminar lentamente. La joven lo siguió encantada con el gozo increíble de caminar de la mano con el hombre que amaba. Ninguno de los dos sentía el pavimento bajo sus pies.

Habían salido del puente y caminaban ya por la avenida en completo silencio. De repente, las palabras parecían innecesarias entre ellos. El callado rumor del Sena corriendo en su impasible curso y el ruido de la ciudad se perdían en la abrumadora música de sus sentimientos. Él soltó la mano de ella para colocar su brazo alrededor de los hombros de la joven. Ella instintivamente rodeó la cintura de él y de ese modo continuaron caminando por largo rato.

Pero finalmente, el reloj de la catedral sonó las seis de la tarde y de algún modo las campanadas los hicieron regresar de la tierra de sueños que habían compartido por un tiempo que no pudieron contar. Era ese misterioso momento del día en el cual no se pude decir si el sol se acaba de poner o está a punto de levantarse.


Las palabras de Terri se hundieron en los oídos de Candy trayendo un nuevo sabor amargo a aquel momento que hasta entonces había sido perfecto.
Terri observó como los ojos de ella se nublaban ante la perspectiva de los nuevos peligros que él tendría que enfrentar tan pronto como hubiese regresado a la línea de fuego. El joven sintió que el corazón se le encogía ante el rostro preocupado de la joven y en su mente él empezó a buscar desesperadamente por una respuesta para afrontar aquel nuevo dilema que tenían enfrente. Terri estrujó la mano de Candy en la suya y luego la condujo a una banca cercana donde ambos se sentaron. Luego él ya no pudo decir más, bebiendo una vez más la esencia de la boca femenina en un profundo beso. Candy lo recibió gustosa. Nada  podía ser mejor en este mundo que su cercanía.  Ambos permanecieron sellados a los labios del otro por algún rato mientras Venus iluminaba el horizonte sobre el río Sena. Cuando se separaron para tomar aire Terri levantó el mentón de la chica y reposó su frente sobre la frente de ella.


Candy abrió sus ojos de par en par, sin estar completamente segura de haber entendido bien lo que él le había dicho.


Una gran sonrisa apareció en el rostro de Terri.

 

El carruaje se detuvo en el número 35 de la calle de Fontaine. El Molino Rojo estaba justo a un par de cuadras de aquella casa elegante y antigua de estilo neoclásico donde el taxi los había dejado. Estaban en el corazón de Montmartre, centro de la vida nocturna en la ribera derecha. El joven se apeó del carruaje y en lugar de ayudar a la muchacha tomándola de la mano, la asió de la cintura, levantándola hasta que ella estuvo de pie en la calle mientras que él la abrazaba con fuerza.
 

¡Terri, ya deja! – le regañó ella al tiempo que él insistía en besarle la mejilla y las sienes, pero como la joven se reía alegremente el hombre no puso atención a sus débiles quejas.

¿Por qué debería hacerlo? – le retó él con una sonrisa endiablada mientras le besaba el lóbulo de la oreja.

Porque ya hemos llegado a la casa ¿No vas a tocar a la puerta para ver si hay alguien? – preguntó ella tratando de soportar las cosquillas que él le causaba en la oreja.

Está bien – se rindió él ante el sentido común de la joven – pero ni siquiera pienses que me voy a detener después – insinuó él y ella se puso roja como un betabel.


El joven tocó a la puerta con pulso firme. No pasó mucho tiempo antes de que alguien desde el interior de la casa respondiera con una suave voz masculina y los cerrojos de la puerta empezaran a abrirse. Un hombre de mediana edad les abrió, y una vez que la joven pareja hubo explicado la razón de su visita el sirviente la invitó a pasar.

Ambos se sentaron en la sala decorada con gusto sobrio, mientras el joven tomaba las mano de la chica. Un minuto después un hombre alto aparecía en la habitación.
 

Padre Graubner. Gracias por recibirnos en su casa – dijo Terri poniéndose de pie cuando el sacerdote entró al cuarto.

Es un placer verles a ambos – dijo el hombre con una pregunta en el rostro – pero esta no es mi casa. Soy sólo un huésped. Esta es la casa del Obispo Benoit, quien está a cargo de la Basílica del Sagrado Corazón, no muy lejos de aquí.

Ya veo, la hermosa iglesia blanca sobre una colina, donde hay que subir mil escalones antes de llegar al atrio – comentó Candy cuando el sacerdote la saludaba.

Bueno, mi joven dama, – se rió sofocadamente el sacerdote ante la acotación de la chica – hay solamente 237 escalones, pero ha dicho usted  lo justo, porque para un hombre con un corazón débil como el mío, esos escalones parecen realmente ser 1000. Pero tomen asiento mis amigos ¿Les gustaría tomar algo?


Una anciana trajo algo de vino para el cura y té para la pareja, y una vez que Graubner fue dejado a solas con los jóvenes, Terri explicó el verdadero motivo de su visita. Conforme el muchacho hablaba, el sacerdote giraba sus ojos oscuros viendo a ratos la radiante expresión del joven y luego el sonrojado rostro de la chica para después volver a mirar al actor. La verdad es que un hombre como Graubner, quien tenía tanta experiencia y conocía tan bien la naturaleza humana, no necesitaba ninguna explicación, bastaba con mirar a la pareja y estar consciente de los tiempos que se vivían entonces para comprender lo que estaba pasando. Pero Graubner dejó a Terri terminar su historia. Luego, con una expresión muy grave respondió:
 

Querido amigo – dijo dirigiéndose al joven aristócrata - ¿Te das cuenta de lo que ustedes dos me están pidiendo hacer? Sabes bien que hacer algo así sería ir en contra de las leyes militares y, nosotros los sacerdotes tenemos órdenes estrictas de respetar esas disposiciones.

Lo entendemos, padre – replicó Terri – pero usted también sabe que el amor es una autoridad superior.

¿Me estás pidiendo que desobedezca a mis superiores?- preguntó Graubner con el ceño fruncido.

No exactamente, padre – se aventuró Candy a decir – Le estamos pidiendo que se olvide de sus órdenes por unos cuantos minutos. . . . Estoy segura de que nadie lo notaría- concluyó ella con una sonrisa que hubiese derretido al hierro.


El hombre, sin poder ya ocultar cuán divertido se hallaba con la situación, se rió estruendosamente por un buen rato ante el comentario de la joven., mientras la pareja se miraba entre sí, confundida por el súbito cambio de humor en el sacerdote.
 

Um Himmels Willen! – exclamó  Graubner doblando el cuerpo por la risa – Yo . .yo...comprendo ahora por qué los dos están tan enamorados el uno del otro. Son ustedes una pareja de rebeldes ¿Alguna vez observan las reglas, hijos míos? – preguntó el cura entre risotadas – Pero ...bueno.. Jesucristo fue también un rebelde . . .así que Dios los bendice a todos ellos.

¿Quiere usted decir que acepta?- preguntó Candy sorprendida.

¡Por supuesto que acepto, hija!- replicó el sacerdote con una sonrisa – De hecho, les pude haber ahorrado toda esa explicación, sabía ya la razón de su visita desde el momento en que miré sus caras.

Entonces usted se estaba divirtiendo con nosotros – comentó el joven con una sonrisa maliciosa – Y nunca pensó en negarnos el favor ....Usted hubiese sido un buen actor, padre.

No pude evitarlo – respondió el hombre – Pero, querido Terrence, sabes bien que a mi no me importan mucho las órdenes de mis superiores cuando están en contra de mis principios ¿Tienen ustedes idea de cuántas de estas bodas he realizado desde que empezó la guerra? . . . ¡Yo ya he perdido la cuenta! – concluyó el sacerdote y la pareja se rió ante las diabluras del cura.
 

 

El Obispo Benoit estaba en Roma visitando al Papa, así que Erhart Graubner tenía la casa para a su completa disposición por todo el tiempo que la necesitara. Se trataba de una casona confortable con una capilla privada. En aquel lugar íntimo y callado, adornado con elegantes columnas jónicas, parquet estilo Versalles en el piso, dos discretos floreros de cristal con narcisos blancos sobre el altar y un crucifijo de plata como el único icono religioso sobre las paredes azul cielo, Candice y Terrence contrajeron matrimonio la noche del primero de septiembre de 1918.

Estaban a miles y miles de kilómetros de su país natal, ninguno de sus amigos o parientes estuvo presente, no hubo tiempo para comprar un lujoso vestido de novia, el novio no portaba un frac, no hubo padrinos ni damas, o música o pastel y los anillos habían sido usados por otra pareja 25 años antes. Sin embargo, el joven aristócrata y su novia parecían no notar todas aquellas irregularidades en absoluto. Había una única verdad que les importaba, que el mismo destino que los había forzado a separarse había reparado su error permitiéndoles reencontrarse en medio del vórtice de la guerra y el amor había hecho el resto. Cualquier otra consideración más allá de este hecho era innecesaria.

A pesar de las inconveniencias, Graubner nunca vio, en todos sus años como sacerdote, otra novia más hermosa ni otro novio más deslumbrante que aquellos enfrente de él en esa noche. La joven rubia estaba bañada por la suave luz de los candelabros, la cual hacía centellear sus cabellos dorados y sus profundos ojos verdes en incontables chispas y el joven a su lado, aún demasiado abrumado por la inesperada bendición, no hallaba otro lugar para concentrar su atención que en aquella ninfa  blanca que  estaba desposando.

La ceremonia fue breve y más bien informal, pero quedaría grabada en el corazón de los amantes por el resto de sus vidas. Cada gesto, cada palabra, cada silencio y mirada que compartieron en ese instante mientras pronunciaban sus votos jamás se olvidaría aunque vivieran cien años . . . y aún cuando la muerte los separase.
 

Yo Candice White Andley, prometo amarte, Terrence Greum Grandchester, seas pobre o rico, en enfermedad o salud, por el resto de mi vida y hasta que la muerte nos separe – dijo ella mientras las lágrimas cubrían sus mejillas sonrosadas y él tuvo que hacer un gran esfuerzo para no abrazarla en ese momento. Sin embargo, tuvo las fuerzas para esperar un momento más mientras él pronunciaba sus votos.

Yo, Terrence Greum Grandchester, prometo amarte, Candice White Andley, seas rica o pobre, en enfermedad o salud, por el resto de mi vida y hasta que la muerte nos separe – respondió él sabiendo que aquellas eran las líneas más importantes que diría en toda su vida.


La joven miró a Terri comprendiendo que desde ese momento todos sus proyectos, esperanzas, morada, nombre y su vida completa estarían ligados e invadidos por aquél noble arrogante que alguna vez ella había conocido en Inglaterra. Él, quien se había convertido en su ocaso y aurora, estaba finalmente unido a ella de un modo que ningún otro ser humano podría estarlo. Candy sintió entonces que la gran aventura de su vida había realmente comenzado.
 

Entonces, en nombre de la Santa Madre Iglesia yo los declaro marido y mujer – dijo el sacerdote y la pareja no le dio tiempo para decir más porque el novio no esperó por su autorización para besar a la novia. Pero el padre Graubner no se quejó.


Besando a su esposa por primera vez, Terrence se sintió liberado de la pesada carga que se cernía sobre sus hombros, la cual había llevado sobre de sí por largos años. Al fin, con la mujer que amaba en sus brazos, había encontrado su verdadero hogar y su alma podía descansar.
 
 

 

Durante tiempos de guerra es común que la gente pobre se vuelva indigente y aquellos que alguna vez fueron ricos desciendan algunos pasos en la escala social, y algunas veces enfrenten diversos problemas económicos que los llevan a la bancarrota.  Ese había sido el caso de la Sra. Guibert. Su esposo, un rico hombre de negocios, había muerto 15 años antes de que la guerra estallara y sin él para administrar su riqueza, la fortuna del los Guibert había disminuido dramáticamente después de 1914. Así que la Sra. Guibert, quien era una matrona optimista, había decidido usar su casona como hotel para ganarse los francos que la herencia de su esposo no podía ya proveer.

La casa de los Guibert había sido construida en el siglo XVII y tenía un estilo prerrevolucionario con vigas de roble en el techo y gruesos muros de piedra. La residencia se encontraba en el corazón del Barrio Latino, justo en la calle Monsieur Le Prince, no muy lejos del Jardín de Luxemburgo. El lugar era escrupulosamente limpio, confortable y encantador. Terri lo había escogido por azar el día en que había dejado el hospital. Nunca imaginó que aquel sería el lugar en que él y su esposa pasarían su noche de bodas.

Cuando uno de los huéspedes entró en la casa seguido de una joven rubia, la señora Guibert, quien estaba como de costumbre en la recepción, no hizo ningún comentario. Después de ser hostelera por cerca de cuatro años durante época de guerra, la dama estaba acostumbrada a esas escenas y las tomaba como lo que eran, la cosa más natural del mundo. No obstante, cuando la mujer sintió la peculiar aura que rodeaba a aquella pareja en especial, no pudo evitar un suspiro al tiempo que recordaba los días de su primera juventud en que ella misma había estado locamente enamorada como la joven que entonces subía las escaleras luciendo un primoroso rubor coloreando sus blancas mejillas.
 

Santa Madre, haz que esta noche sea hermosa para ella – se dijo la mujer al tiempo que se persignaba.



Como el verano

Entre mi boca revienta un beso maduro ya para
Tus labios,
Como una roja fruta amorosa,
Plena de mieles y anhelos sabios.

Entre mis dedos una caricia se enreda ansiosa,
Presta a brotar,
Como capullo núbil de seda maravillosa.
Que mis deseos habrán de hilar.

¡Oh amado! Prueba la ardiente fruta desconocida,
coge en mi mano
la seda ansiosa de mi emoción,
siega en mi cuerpo –campo de vida-
la rubia espiga de la pasión.

Bebe en mi sangre sol de verano . . .
¡Hoy tengo el alma de la estación!
 

Esperanza Zambrano



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