Continuación
Las avenidas junto al Río Sena son llamadas “quais”, y la suma de todas ellas forma un largo boulevard dividido por los puentes que conectan a las dos riberas. Cuando el bote hubo terminado su tour, dejó a los pasajeros sobre “Quai des Agustins” y la joven pareja caminó a lo largo de esta avenida hasta llegar al puente Saint Michelle, el cual conecta al Barrio Latino con la Isla de la Ciudad. Eran las cinco y media y poco a poco los colores del ocaso estaban empezando a pintar el horizonte. Terri y Candy estaban mirando al río mientras se reclinaban sobre el barandal de piedra del puente. A unos metros de ellos un organillero tocaba su instrumento mientras su pequeña hija jugaba cerca de él con una pelota.
Candy observaba fijamente el cielo cuando sintió que la gran pelota roja de la niñita le golpeaba las piernas. La joven se dio la vuelta para mirar lo que había pasado y se encontró con un par de ojos negros imposiblemente grandes que la veían con cándida curiosidad. Candy se puso en cuclillas tomando entre sus manos la pelota que rebotaba a sus pies.
Oui – respondió la niñita
que debía de tener apenas tres o cuatro años.
Giannina . . . . dijo la niña
con sílabas sorprendentemente bien articuladas.
¡Giannina, Giannina!
– llamó el hombre del organillo y la niña inmediatamente corrió hacia su
padre.
¿Si, Terri? – respondió ella.
Me siento un poco avergonzado porque dejé el hospital sin ver a Bonnot por última vez. Me temo que no pude agradecerle como se debe – comentó él con naturalidad . . . - ¡Bueno! Finalmente había mencionado el nombre de su rival . . .de ahí en adelante solamente la suerte podría decidir.
Yves no está ya en París – replicó Candy con tristeza – Fue enviado al Norte y el mismo día que tú dejaste el hospital él se fue de la ciudad.
¿En serio?- preguntó Terri abrumado con la noticia – Y . . . supongo que no estás muy contenta con eso . . .
Las últimas palabras se hundieron en los oídos de Candy con lentas ondas. Comprendió que la pregunta de Terri estaba inquiriendo por más de lo que estaba él quería dejar ver . . . Pero . . .¿Cómo se suponía que ella debía contestar a semejante cuestión?
Pues no es que me haga muy feliz saber que un amigo está arriesgando su vida en el Frente – dijo ella finalmente sin saber si había escogido las palabras correctas.
Supongo que . . .lo extrañarás – se atrevió él a preguntar.
Bueno . . .- dudó ella un
poco – si . . .- y luego se quedó muda. La joven se regañó a si misma por
no ser capaz de terminar la frase como lo había pensado: “No tanto como te
extrañaré a ti, Terri”. Pero de algún modo las palabras no acudieron a su
garganta.
Fue entonces que los últimos rayos del sol se mezclaron con las primeras luces centelleantes de la estrella de la tarde. Las almas de Candy y Terri fueron cautivadas por aquel mágico momento. Sus miradas se perdieron en la superficie azul del río, el cual parecía encontrarse con el fondo azul del cielo en un punto lejano en el horizonte. Era el color más antiguo de la creación, pintado por el artista supremo en tonalidades iridiscentes sobre el paisaje parisino.
Sí, es increíblemente
hermoso – respondió él en voz alta y un segundo después ambos estaban mirándose
el uno al otro con ojos perplejos. No dijeron nada, pero comprendieron en
aquel instante que acababan de experimentar otra vez, por la tercera ocasión
en sus vidas, el misterioso lazo que los unían con una fuerza inmortal.
Ambos se miraron el uno al otro sin ser capaces de articular palabra. Los ruidos de los transeúntes se perdían con el golpeteo de sus corazones. Candy sintió que una pesada presión en su cuerpo invadía sus sienes y la hacía sentirse mareada. Terri, por su parte, estaba paralizado como si estuviera en uno de sus sueños. Antes que él pudiera evitarlo, una lágrima solitaria rodó por su mejilla y milagrosamente, como si la sensación fresca de su humedad lo hubiese despertado, finalmente acopió fuerzas y abrió sus labios.
Hiciste lo correcto – habló ella finalmente
¡No! – negó él categóricamente con la cabeza – El tiempo me enseñó que estaba equivocado. He aprendido de la manera más dura que no era moral traicionar mis sentimientos por ti.
¡Pero ella te necesitaba! ¡Ella te necesitaba! – repetía la rubia entre sollozos.
Sí, pero yo no podía darle lo que ella necesitaba de mi, porque ya te lo había dado a ti desde la primera vez que posé mis ojos en ti ¿No ves que yo solamente sé ser tuyo? No tiene caso negarlo por más tiempo. Nunca, nunca pude sobreponerme a nuestro rompimiento, Candy. Estás grabada en mi corazón, tu recuerdo corre por mis venas y pulsa en mi corazón. Eres sólo tú la única que he amado siempre . . .aún si nunca supe cómo demostrártelo verdaderamente.
¡Terri! – jadeó ella creyendo que su alma se salía por la boca.
Candy, no tienes idea de cómo traté de amar a Susana, pero cada vez que yo miraba a mi corazón solamente podía sentir mi amor por ti aquí adentro. No hay espacio para otro amor que no sea este amor tuyo. No era correcto pretender que yo podría ser un buen esposo para ella cuando mi alma ya se había desposado con la tuya desde la aurora de los tiempos. Yo debí haber entendido esto y cuando aún era tiempo, romper esa mentira y luchar por el amor que tú y yo compartíamos entonces. He sido un verdadero idiota y durante los últimos días tampoco me he comportado muy inteligentemente. En lugar de decirte lo que tengo justo aquí – dijo él tocándose el pecho – actué como un retrasado mental, lleno de celos y orgullo – terminó inclinando la cabeza avergonzado.
Terri, por favor, no sigas – rogó ella – si fue un error separarnos, entonces tomo parte de esa responsabilidad también, porque yo fui quien decidió dejar Nueva York aquella misma noche. Si esa decisión mía solamente te trajo dolor, entonces yo soy quien merece cargar con la culpa – admitió - si esta separación te hizo sufrir en lugar de ayudarte a sentirte mejor . . .¡Entonces yo te lastimé y lo lamento amargamente!- concluyó ella con la más triste expresión en su rostro.
No es así, no es así, Candy
– se apresuró él a decir levantando sus ojos – Yo fui quien primero te
ocultó lo que estaba pasando . . .Te iba a contar todo, pero simplemente no
reuní el coraje para explicártelo ante de que te enteraras de todo por ti
misma . . . y después, yo fui quien empeoró las cosas dándole mi palabra de
matrimonio a una mujer que no podía amar. Fui yo quien traicionó nuestro
amor, fui yo quien te abandonó . . . ¡Ay, Candy! Sé bien que las
palabras nunca son suficientes para compensar por el dolor causado, pero
necesito pedir tu perdón . . . ¿Podrías . . podrías alguna vez
perdonarme, Candy? – preguntó él con una mirada vehemente.
¡Candy!- dijo exclamó él asombrado , y luego con renovado valor, se acercó a la joven unos cuantos pasos – Candy, la otra noche en el hospital, vi tu despedida con Yves y estaba seguro de que te había perdido para siempre. De hecho, aún en este momento, acepto que no soy rival para un hombre quien nunca te ha lastimado como yo lo hice . . . yo . . . tiemblo de miedo al pensar que él pueda ya tener ese lugar especial en tu corazón . . . lugar que una vez fue mío y que no supe cómo conservar . . .Ayer, estaba convencido de que ya había sido exiliado de tu corazón para siempre, aún así algo dentro de mi me dijo que tenía que tratar una vez más diciéndote toda la verdad acerca de mis sentimientos por ti . . . Sé que no soy merecedor, sé que no debería estar diciéndote estas palabras, pero . . . si . . tú me perdonas . . .¿Podrías soportar esta confesión mía? Sé que lo nuestro está acabado . . .pero, a pesar de mis muchas fallas yo también te amo . . .ahora y siempre . . .
Terri . . .yo . . . – fue todo lo que ella pudo decir mientras las palabras del hombre continuaban llenando sus oídos, llevándola a una tierra de sueños mágicos.
No, no digas nada todavía .
. .- rogó él – estoy abriéndote mi corazón pero no espero que mi amor
sea correspondido. Si me dices ahora que Yves ha ganado tu cariño lo entenderé
absolutamente . . .Sin embargo, si aún tienes dudas sobre tus sentimientos,
entonces, Candy, por favor dime qué quieres que yo haga para ganar tu amor .
. .Haré cualquier cosa que tú quieras . . . ¿Podría . . . si lo intento .
. ..si llego a ser un mejor hombre . . . podría alguna vez aspirar a tenerte
de nuevo? ¿Podría creer que todavía puedo recuperarte a pesar del amor de
Yves por ti?
Al primer contacto, la joven pudo sentir claramente cómo un furioso rubor cubría sus mejillas al tiempo que el hombre la encerraba en su abrazo. No obstante, poco a poco el bochorno inicial se rindió ante otros sentimientos, más íntimos y profundos. Al fin, después de años de añoranza su corazón encontraba el camino de regreso a casa. Para Candice White, su hogar estaba justo ahí, en los brazos del hombre que amaba y solamente le tomó unos cuantos minutos el entenderlo.
La muchacha creyó en ese momento que podía pasar siglos de aquella forma, unida al cuerpo de Terri mientras las manos de él corrían lentamente por su espalda y sus cabellos, y su aliento de canela aromaba el aire, calentando sus mejillas y cuello. Dejó escapar un suspiro y en aquel instante se dio cuenta de que ella no le había dicho al joven lo que tenía en su corazón.
¿Ummm? – masculló él desde el placentero trance de su ensueño.
Creo que me hiciste una pregunta que aún no he contestado- continuó ella murmurando.
Ya se la respuesta . . . aunque a penas si puedo creerlo – replicó el musitando al oído de ella.
Pero este tipo de cosas deben de ser dichas – insistió ella.
Entonces, hazlo de este
modo – dijo él tomando el rostro de la chica en una de sus manos con el
gesto más tierno, ayudándola para que ella pudiera verle a los ojos. Él
miro al interior de las dos esmeraldas que habían plagado sus sueños desde
su adolescencia, pero antes de ahogarse en ellas inclinó la cabeza hasta que
los labios de la joven estuvieron cerca de su oído – Simplemente susúrrame
las palabras al oído para que sólo yo las escuche – le pidió él.
El joven apretó el abrazo mientras su cabeza se retiraba lentamente y su mejilla acariciaba la de Candy, aspirando hondamente la fragancia de la chica. Él tomó el rostro de ella en su mano derecha y levantó su mentón de modo que pudieran verse a los ojos. Candy sintió que todo su cuerpo se estremecían bajo la profunda mirada de Terri, pero por una razón desconocida ella sostuvo el encuentro de sus ojos, ahogándose en las pupilas azules del joven. Él no dijo palabra pero ella comprendió que iba a besarla ahí mismo, y también supo que esa ocasión no se resistiría. Ella había deseado un beso de los labios de él por tan largo tiempo que no podía ya negarlo. Cuando el alma ha confesado sus secretos, la piel tiene que seguir esa confesión.
Lentamente él inclinó el rostro acortando la distancia hasta que su piel pudo sentir la cálida brisa del aliento de ella. Entonces, cerró los ojos y permaneció inmóvil durante un rato. Terri estaba tan embriagado con ella que tenía miedo de que se esfumase si se atrevía a tocar sus labios. Sin embargo, la naturaleza fue más fuerte que sus miedos y pronto venció el último vestigio de duda. Finalmente el joven concluyó la larga jornada que había empezado una mañana de otoño, cuando dejó Londres, al momento en que sus labios se encontraron con los de ella después de años de añoranza y dolorosa separación.
Candy recibió la caricia asombrada por la ternura desplegada por el primer contacto del joven. Breves besos llovían sobre sus labios con un ligero acento húmedo. El joven apenas rozaba la suave piel de su boca como si ella estuviese hecha de espuma y porcelana delicada. Una serie de pequeños choques eléctricos comenzó a invadir ambos cuerpos mientras la sensitiva piel de sus labios se acariciaba mutuamente. Por una razón que él no pudo entender, Terri se sentía como un niño tímido perdido en los encantos de Candy pero no lo suficientemente atrevido como para verter en ella toda la pasión reprimida en el fondo de su corazón.
De repente, ella se sorprendió
a su misma respondiendo a las caricias del joven y a la suave calidez del abrazo
el cual comenzaba a aumentar su intensidad. Antes de que ella se pudiera dar
plena cuenta de ello, el beso de él se volvió más urgente y ella le respondió,
movida por un instinto femenino que ignoraba poseer. Sin saberlo, ella abrió su
boca y él inmediatamente reaccionó besándola ya no como el adolescente que
alguna vez le robara un beso, sino como el hombre que la había deseado por años.
Él reclamó la boca de ella para explorarla libremente en un arrebato íntimamente
profundo. Ella no opuso resistencia aún cuando la última gota de aire con la
que contaba se había desvanecido mucho tiempo antes. Candy comprendió que él
la estaba tomando con un solo beso y con ese gesto apasionado le hacía
saber que había regresado para reclamar su alma y cuerpo. La joven supo
entonces que ella había nacido para ese momento dorado. Ella había sido creada
como mujer sólo para amar al hombre que entonces la besaba.
Un beso, cuando es dado con amor verdadero, es la chispa que enciende los
incontrolables torrentes de la pasión. Corrientes de energía eléctrica
corriendo a través del cuerpo, conectando la piel con la mente y el alma,
parecen despertar en nuestras venas la instigante fuerza de la naturaleza. Eso
fue lo que pasó con los cuerpos de Candy y Terri en ese momento en que se
entregaron el uno al otro en aquel prolongado beso. De repente Candy dejó de
ser una niña para convertirse en mujer, y como mujer comprendió que las
ruedas de la pasión estaban ya girando en su interior y no se detendrían hasta
que pudieran calmar su mutua sed en un íntimo abrazo.
Terri, por su parte, no podía pensar mucho, totalmente perdido en la lisonjera sensación de su exploración en el cuerpo de Candy ¡Qué increíble dicha de sus labios sobre los de ella, saboreando la aromada esencia de su boca humedecida, probando su perfume de fresas, aún el mismo desde aquella tarde en que la había besado por primera vez! ¡Qué inmenso placer de cada uno de sus montes y valles estrujados contra sus músculos! ¡Que dulce sensación de la piel trémula de la joven bajo sus besos que siguieron un rastro húmedo sobre la sedosa mejilla de la muchacha hasta la cremosa hendidura de su cuello! Él percibió complacido cómo la respiración de la joven empezaba a hacerse irregular, clara señal de cómo él la estaba afectando con sus caricias. Nunca en toda la vida del joven actor había él disfrutado de una sensación tan poderosamente placentera. Era una clase de embriaguez aún más profunda e increíblemente más fuerte que aquella que el licor puede ofrecer.
Candy jadeó brevemente con voz
enronquecida cuando sintió las caricias de Terri sobre su cuello mientras
nuevas sensaciones invadían su cuerpo. Pero su gemido espontáneo hizo
reaccionar a Terri. Pronto el joven volvió en sí y se dio cuenta de que aún
se encontraban en medio de la vía pública y que él estaba arrastrando a ambos
hacia la orilla de un precipicio del cual ya no habría retorno si no se detenía
inmediatamente.

Él retiró sus labios del cuello de la joven muy lentamente, dejando reticentemente aquella laguna de nácar que lo seducía con su sabor. Luego hundió el rostro en los rizos de la chica y le murmuró al oído.
Habían salido del puente y caminaban ya por la avenida en completo silencio. De repente, las palabras parecían innecesarias entre ellos. El callado rumor del Sena corriendo en su impasible curso y el ruido de la ciudad se perdían en la abrumadora música de sus sentimientos. Él soltó la mano de ella para colocar su brazo alrededor de los hombros de la joven. Ella instintivamente rodeó la cintura de él y de ese modo continuaron caminando por largo rato.
Pero finalmente, el reloj de la catedral sonó las seis de la tarde y de algún modo las campanadas los hicieron regresar de la tierra de sueños que habían compartido por un tiempo que no pudieron contar. Era ese misterioso momento del día en el cual no se pude decir si el sol se acaba de poner o está a punto de levantarse.
Sí – replicó él -. Pero te escribiré todos los días y cuando esta guerra acabe . .
¡Shh! – dijo ella
posando su dedo índice sobre los labios del joven – Terri, esta guerra me
ha enseñado que no podemos contar con nada que no sea el hoy . . .- y luego
ella se detuvo mientras una sombra oscura cruzaba sus bellas facciones – no
me prometas nada ahora, sólo Dios sabe lo que tendremos que enfrentar cuando
te hayas marchado.
¡Terri! – abrió ella la boca con estupefacción, sin poder emitir más palabras.
Candice White – continuó él mirándola a los ojos con adoración mientras sostenía sus manos con gesto nervioso – me has confesado que aún me amas ¿Podría acaso inferir de tus palabras que aceptarías mi palabra de matrimonio? ¿Me considerarías para ese honor?
¡Ay Terri! – dijo ella suspirando mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas - ¡ Si, sí, mil veces , sí! Dios sabe que ser tu esposa ha sido siempre mi sueño más preciado ... Pero no estoy segura si deberíamos estar hablando de esto ahora, cuando nuestro futuro es tan incierto. Tengo miedo Terri, tengo miedo del destino, el cual siempre ha sido adverso a nuestro amor. Si algo te pasara en el frente yo . . . yo
No sigas, por favor – dijo
él sin poder resistir más mientras silenciaba las palabras de ella con
nuevos y ardientes besos, enardecido por el significado implícito en las
palabras de la joven – no digas más – masculló entre un beso y otro –
Yo voy a estar bien . . . pero ahora . . . esta confesión amorosa tuya . . es
demasiado . . .para mi . . . no puedo soportar . . . tanta . . . felicidad.
Candy abrió sus ojos de par en par, sin estar completamente segura de haber
entendido bien lo que él le había dicho.
Tú ya sabes eso – replicó la joven.
Pero quiero oírlo de tus labios – pidió él con su deslumbrante sonrisa.
Entonces, la respuesta es sí, acepto casarme contigo hoy, si ese milagro es posible.
Lo es – insistió él –
Ahora, dame otro beso, que he languidecido de hambre por tus labios durante
mucho tiempo y ahora no me sacio de ellos.
El carruaje se detuvo en
el número 35 de la calle de Fontaine. El Molino Rojo estaba justo a un par de
cuadras de aquella casa elegante y antigua de estilo neoclásico donde el taxi
los había dejado. Estaban en el corazón de Montmartre, centro de la vida
nocturna en la ribera derecha. El joven se apeó del carruaje y en lugar de
ayudar a la muchacha tomándola de la mano, la asió de la cintura, levantándola
hasta que ella estuvo de pie en la calle mientras que él la abrazaba con fuerza.
¡Terri, ya deja! – le regañó ella al tiempo que él insistía en besarle la mejilla y las sienes, pero como la joven se reía alegremente el hombre no puso atención a sus débiles quejas.¿Por qué debería hacerlo? – le retó él con una sonrisa endiablada mientras le besaba el lóbulo de la oreja.
Porque ya hemos llegado a la casa ¿No vas a tocar a la puerta para ver si hay alguien? – preguntó ella tratando de soportar las cosquillas que él le causaba en la oreja.
Está bien – se rindió él ante el sentido común de la joven – pero ni siquiera pienses que me voy a detener después – insinuó él y ella se puso roja como un betabel.
El joven tocó a la puerta con pulso firme. No pasó mucho tiempo antes de que
alguien desde el interior de la casa respondiera con una suave voz masculina y
los cerrojos de la puerta empezaran a abrirse. Un hombre de mediana edad les
abrió, y una vez que la joven pareja hubo explicado la razón de su visita el
sirviente la invitó a pasar.
Ambos se sentaron en la sala
decorada con gusto sobrio, mientras el joven tomaba las mano de la chica. Un
minuto después un hombre alto aparecía en la habitación.
Padre Graubner. Gracias por recibirnos en su casa – dijo Terri poniéndose de pie cuando el sacerdote entró al cuarto.Es un placer verles a ambos – dijo el hombre con una pregunta en el rostro – pero esta no es mi casa. Soy sólo un huésped. Esta es la casa del Obispo Benoit, quien está a cargo de la Basílica del Sagrado Corazón, no muy lejos de aquí.
Ya veo, la hermosa iglesia blanca sobre una colina, donde hay que subir mil escalones antes de llegar al atrio – comentó Candy cuando el sacerdote la saludaba.
Bueno, mi joven dama, – se rió sofocadamente el sacerdote ante la acotación de la chica – hay solamente 237 escalones, pero ha dicho usted lo justo, porque para un hombre con un corazón débil como el mío, esos escalones parecen realmente ser 1000. Pero tomen asiento mis amigos ¿Les gustaría tomar algo?
Una anciana trajo algo de vino para el cura y té para la pareja, y una vez que
Graubner fue dejado a solas con los jóvenes, Terri explicó el verdadero motivo
de su visita. Conforme el muchacho hablaba, el sacerdote giraba sus ojos oscuros
viendo a ratos la radiante expresión del joven y luego el sonrojado rostro de
la chica para después volver a mirar al actor. La verdad es que un hombre como
Graubner, quien tenía tanta experiencia y conocía tan bien la naturaleza
humana, no necesitaba ninguna explicación, bastaba con mirar a la pareja y
estar consciente de los tiempos que se vivían entonces para comprender lo que
estaba pasando. Pero Graubner dejó a Terri terminar su historia. Luego, con una
expresión muy grave respondió:
Querido amigo – dijo dirigiéndose al joven aristócrata - ¿Te das cuenta de lo que ustedes dos me están pidiendo hacer? Sabes bien que hacer algo así sería ir en contra de las leyes militares y, nosotros los sacerdotes tenemos órdenes estrictas de respetar esas disposiciones.Lo entendemos, padre – replicó Terri – pero usted también sabe que el amor es una autoridad superior.
¿Me estás pidiendo que desobedezca a mis superiores?- preguntó Graubner con el ceño fruncido.
No exactamente, padre – se aventuró Candy a decir – Le estamos pidiendo que se olvide de sus órdenes por unos cuantos minutos. . . . Estoy segura de que nadie lo notaría- concluyó ella con una sonrisa que hubiese derretido al hierro.
El hombre, sin poder ya ocultar cuán divertido se hallaba con la situación, se
rió estruendosamente por un buen rato ante el comentario de la joven., mientras
la pareja se miraba entre sí, confundida por el súbito cambio de humor en el
sacerdote.
Um Himmels Willen! – exclamó Graubner doblando el cuerpo por la risa – Yo . .yo...comprendo ahora por qué los dos están tan enamorados el uno del otro. Son ustedes una pareja de rebeldes ¿Alguna vez observan las reglas, hijos míos? – preguntó el cura entre risotadas – Pero ...bueno.. Jesucristo fue también un rebelde . . .así que Dios los bendice a todos ellos.¿Quiere usted decir que acepta?- preguntó Candy sorprendida.
¡Por supuesto que acepto, hija!- replicó el sacerdote con una sonrisa – De hecho, les pude haber ahorrado toda esa explicación, sabía ya la razón de su visita desde el momento en que miré sus caras.
Entonces usted se estaba divirtiendo con nosotros – comentó el joven con una sonrisa maliciosa – Y nunca pensó en negarnos el favor ....Usted hubiese sido un buen actor, padre.
No pude evitarlo – respondió el hombre – Pero, querido Terrence, sabes bien que a mi no me importan mucho las órdenes de mis superiores cuando están en contra de mis principios ¿Tienen ustedes idea de cuántas de estas bodas he realizado desde que empezó la guerra? . . . ¡Yo ya he perdido la cuenta! – concluyó el sacerdote y la pareja se rió ante las diabluras del cura.
El Obispo Benoit estaba en Roma visitando al Papa, así que Erhart Graubner tenía la casa para a su completa disposición por todo el tiempo que la necesitara. Se trataba de una casona confortable con una capilla privada. En aquel lugar íntimo y callado, adornado con elegantes columnas jónicas, parquet estilo Versalles en el piso, dos discretos floreros de cristal con narcisos blancos sobre el altar y un crucifijo de plata como el único icono religioso sobre las paredes azul cielo, Candice y Terrence contrajeron matrimonio la noche del primero de septiembre de 1918.
Estaban a miles y miles de kilómetros de su país natal, ninguno de sus amigos o parientes estuvo presente, no hubo tiempo para comprar un lujoso vestido de novia, el novio no portaba un frac, no hubo padrinos ni damas, o música o pastel y los anillos habían sido usados por otra pareja 25 años antes. Sin embargo, el joven aristócrata y su novia parecían no notar todas aquellas irregularidades en absoluto. Había una única verdad que les importaba, que el mismo destino que los había forzado a separarse había reparado su error permitiéndoles reencontrarse en medio del vórtice de la guerra y el amor había hecho el resto. Cualquier otra consideración más allá de este hecho era innecesaria.
A pesar de las inconveniencias, Graubner nunca vio, en todos sus años como sacerdote, otra novia más hermosa ni otro novio más deslumbrante que aquellos enfrente de él en esa noche. La joven rubia estaba bañada por la suave luz de los candelabros, la cual hacía centellear sus cabellos dorados y sus profundos ojos verdes en incontables chispas y el joven a su lado, aún demasiado abrumado por la inesperada bendición, no hallaba otro lugar para concentrar su atención que en aquella ninfa blanca que estaba desposando.
La ceremonia fue breve y más
bien informal, pero quedaría grabada en el corazón de los amantes por el resto
de sus vidas. Cada gesto, cada palabra, cada silencio y mirada que compartieron
en ese instante mientras pronunciaban sus votos jamás se olvidaría aunque
vivieran cien años . . . y aún cuando la muerte los separase.
Yo Candice White Andley, prometo amarte, Terrence Greum Grandchester, seas pobre o rico, en enfermedad o salud, por el resto de mi vida y hasta que la muerte nos separe – dijo ella mientras las lágrimas cubrían sus mejillas sonrosadas y él tuvo que hacer un gran esfuerzo para no abrazarla en ese momento. Sin embargo, tuvo las fuerzas para esperar un momento más mientras él pronunciaba sus votos.Yo, Terrence Greum Grandchester, prometo amarte, Candice White Andley, seas rica o pobre, en enfermedad o salud, por el resto de mi vida y hasta que la muerte nos separe – respondió él sabiendo que aquellas eran las líneas más importantes que diría en toda su vida.
La joven miró a Terri comprendiendo que desde ese momento todos sus proyectos,
esperanzas, morada, nombre y su vida completa estarían ligados e invadidos por
aquél noble arrogante que alguna vez ella había conocido en Inglaterra. Él,
quien se había convertido en su ocaso y aurora, estaba finalmente unido a ella
de un modo que ningún otro ser humano podría estarlo. Candy sintió entonces
que la gran aventura de su vida había realmente comenzado.
Entonces, en nombre de la Santa Madre Iglesia yo los declaro marido y mujer – dijo el sacerdote y la pareja no le dio tiempo para decir más porque el novio no esperó por su autorización para besar a la novia. Pero el padre Graubner no se quejó.
Besando a su esposa por primera vez, Terrence se sintió liberado de la pesada
carga que se cernía sobre sus hombros, la cual había llevado sobre de sí por
largos años. Al fin, con la mujer que amaba en sus brazos, había encontrado su
verdadero hogar y su alma podía descansar.
Durante tiempos de guerra es común que la gente pobre se vuelva indigente y aquellos que alguna vez fueron ricos desciendan algunos pasos en la escala social, y algunas veces enfrenten diversos problemas económicos que los llevan a la bancarrota. Ese había sido el caso de la Sra. Guibert. Su esposo, un rico hombre de negocios, había muerto 15 años antes de que la guerra estallara y sin él para administrar su riqueza, la fortuna del los Guibert había disminuido dramáticamente después de 1914. Así que la Sra. Guibert, quien era una matrona optimista, había decidido usar su casona como hotel para ganarse los francos que la herencia de su esposo no podía ya proveer.
La casa de los Guibert había sido construida en el siglo XVII y tenía un estilo prerrevolucionario con vigas de roble en el techo y gruesos muros de piedra. La residencia se encontraba en el corazón del Barrio Latino, justo en la calle Monsieur Le Prince, no muy lejos del Jardín de Luxemburgo. El lugar era escrupulosamente limpio, confortable y encantador. Terri lo había escogido por azar el día en que había dejado el hospital. Nunca imaginó que aquel sería el lugar en que él y su esposa pasarían su noche de bodas.
Cuando uno de los huéspedes
entró en la casa seguido de una joven rubia, la señora Guibert, quien estaba
como de costumbre en la recepción, no hizo ningún comentario. Después de ser
hostelera por cerca de cuatro años durante época de guerra, la dama estaba
acostumbrada a esas escenas y las tomaba como lo que eran, la cosa más natural
del mundo. No obstante, cuando la mujer sintió la peculiar aura que rodeaba a
aquella pareja en especial, no pudo evitar un suspiro al tiempo que recordaba
los días de su primera juventud en que ella misma había estado locamente
enamorada como la joven que entonces subía las escaleras luciendo un primoroso
rubor coloreando sus blancas mejillas.
Santa Madre, haz que esta noche sea hermosa para ella – se dijo la mujer al tiempo que se persignaba.
![]()
Como el verano
Entre mi boca
revienta un beso maduro ya para
Tus labios,
Como una roja fruta amorosa,
Plena de mieles y anhelos sabios.
Entre mis dedos
una caricia se enreda ansiosa,
Presta a brotar,
Como capullo núbil de seda maravillosa.
Que mis deseos habrán de hilar.
¡Oh amado!
Prueba la ardiente fruta desconocida,
coge en mi mano
la seda ansiosa de mi emoción,
siega en mi cuerpo –campo de vida-
la rubia espiga de la pasión.
Bebe en mi sangre
sol de verano . . .
¡Hoy tengo el alma de la estación!
Esperanza Zambrano