Bajamos la carpa y enrollamos las bolsas de dormir. Toda la infraestructura campamentista fue nuevamente cargada al camión, mientras que los viajantes subimos al colectivo para comenzamos lo que sería una larga jornada de viaje. Debido al mal tiempo de la víspera, se había decidido un cambio de ruta. El retorno sería vía El Soberbio, una localidad ubicada sobre el margen del Río Uruguay, aguas abajo de Moconá. A medida que nos acercábamos, empezamos a ver extensiones de cultivos, donde la selva, que una vez había crecido allí, había dejado de existir para siempre. Los lugareños cultivan un pasto, llamado citronella, que se utiliza para elaborar esencias que perfuman todo tipo de productos de uso doméstico: desinfectantes de baño, espirales contra mosquitos, etc. Sumado a esto, vimos numerosos aserraderos donde pudimos constatar camiones cargados con troncos de arboles nativos. Y también extensas áreas de plantaciones de pino. ¿Qué podemos hacer para frenar ese paulatino avance de la frontera colonizadora?
Una breve siesta en el micro no fue suficiente para recuperar el desfasaje causado por los extenuantes días en Moconá. Pero ya nos acercábamos a San Pedro, para visitar uno de los últimos relictos que queda de Pino Paraná, es decir, los sorprendentes Araucarias. Aterra pensar que ese magro y ralo bosque, o mejor dicho, ese abierto descampado salpicado aquí y allá de algunos ejemplares, es todo lo que queda de esta variedad selvática de Araucarias en la Argentina. [Ver Nota de Incendio en La Nación]. Pero era suficiente para albergar las dos especies de aves que fuimos especialmente a buscar ahí: el Coludito de los Pinos, y el Loro Vinoso, que se halla en muy serio peligro de extinción. Recorriendo el parque durante un par de horas, tuvimos la suerte de observar a ambas especies. Aprendimos que estas aves se encuentran allí por que sus vidas dependen de estos árboles.
Pronto cayó la noche, y comenzamos
el tramo que faltaba. Destino: Iguazú
Llegamos al camping “Americano”, cerca de Puerto Iguazú, pasadas las
11 de la noche. Todos a trabajar, bajando carpas, comida y valijas. Facundo
a cocinar. Los demás a poner su carpa. Determiné el mejor lugar,
si bien presentaba un leve declive. Pero subestimé el grado de inclinación.
Como ubiqué la cabeza de la carpa en la zona más alta, Nicolás
y yo pasamos esa noche ascendiendo, una y otra vez, la misma cuesta para así
poder mantener nuestras piernas extendidas. Aún así, en dos de
las 3 noches, Nicolás se despertó con frío, con sus piernas
asomando por fuera de la carpa hasta pasando las rodillas. Hasta hoy no hemos
podido resolver cual ha sido el enigmático artificio sonámbulo
que utilizó para terminar en esa posición.

Luego recorrimos con mi familia un
camino de tierra colorada, donde observamos una enorme mariposa "Morpho", y
donde mis hijas encontraron lo que para nosotros era una gigantesca hormiga,
muerta. Haciendo el trayecto de vuelta, Carolina detectó la presencia
de dos o tres monos Caí, que observamos dificultosamente entre las ramas.
Era la primera vez que estaba ante primates libres en su hábitat natural,
lo cual me conmovió. A partir de Darwin, estos son nuestros primos, pero,
al ir destruyendo su hábitat, ¡que difícil le estamos haciendo
las cosas! Parece que mientras más lejos nos mantenemos, mejor será
para ellos.
Luego, retornamos al camping.
En el medio de esa noche oí las voces de dos lechuzas Alilicucu Común. Si bien no desperté a mi hijo, era para mi un momento significativo, por que al oír esas voces estaba amortizando el esfuerzo que significaba acampar, en lugar de dormir cómodamente en una cama. Además de ser más costoso, al dormir en la habitación uno no tiene la posibilidad de escuchar los sonidos nocturnos. No obstante hecho el planteo a mi mujer de este convincente argumento antes del viaje, pudo demostrarme que este razonamiento no era del todo correcto: si hubiésemos dormido todos en carpa, nos habría faltado la interesante oportunidad de conocer una pequeña rana que habitaba el inodoro del bungalow!

Esa era la última noche del safari. La comida fue un delicioso pollo al carbón, y luego hubo una guitarreada utilizando un sonoro instrumento gentilmente cedido por la señora de Juan Carlos Chébez. El excelente instrumentista y cantor, cuyo nombre no recuerdo, tocó muchas hermosas y delicadas canciones folklóricas, acompañado a dúo por Caro, quien con su bella y afinada voz nos dejó asombrados de tan insospechado don.

Cruzamos la ruta, y pronto nos encontrábamos en Güirá Ogá. Este lote de selva de 22 ha es donde vive Jorge Anfuso con su familia, volcados a la recuperación de aves heridas y, en un futuro, a encarar la cría de especies en peligro de extinción, en especial las aves rapaces. Jorge tiene experiencia en el tema, habiendo dedicado parte de su vida a volar halcones en los aeropuertos, con la finalidad de dispersar las bandadas de pájaros que constituyen una amenaza a los aviones durante el despegue.
Durante la primera hora nos internamos por un difícil sendero de la selva. Tan lento era el avance entre las cañas de Tacuarembó que finalmente decidimos volver. El denso follaje dificultaba la observación de aves. Pero, apenas comenzada la vuelta, el fino oído de nuestro guía detectó la presencia del Yeruvá. Comenzó entonces una prolongada sesión de grabación y reproducción, que se coronó con el avistaje cercano de una pareja de esta hermosísima y rara especie. Con la finalidad de realizar rápidamente una acuarela de esta especie, me adelanté al grupo. Tras terminar el cuadro, no encontré a la comitiva, pero me crucé con Enrique, poseedor de un gran conocimiento y experiencia. Nos apostamos al costado de un lindísimo arroyo mientras oímos las voces de muchas aves, invisibles por la tupida vegetación. Los sonoros gritos de los carpinteros se confirmaban por el maquetreo de sus picos contra los troncos y ramas. Intenté sin éxito atraerlos golpeando una caña con un palo. También había dos rapaces, un Taguató y un Halcón Montés Chico, solamente detectables por su voz, pero muy próximos a nuestro paradero, quienes mantenían un duelo telefónico para resolver un conflicto de potestad por ese sector de selva. En el arroyo, los colores y reflexiones en el agua eran muy hermosas. La luz del sol atravesaba la vegetación de cañas y producía curiosas manchas de sombra marrón y verde oliva en el soleado ocre. Finalmente fuimos recompensados con la llegada de un Arañero Ribereño, que parecía utilizar el arroyo como autopista para sus excursiones, recorriendo inquietamente los márgenes mientras emitía continuamente su agudo “chip”. Vimos dos, o tal vez tres, a muy corta distancia, gracias a la inmovilidad de sus fascinados espectadores.
El objetivo de Güirá Ogá es rescatar aves en peligro de extinción. Muchas de estas especies se pueden encontrar hoy en hogares de la zona, confinadas a jaulas desde donde cumplen el entretenido rol de mascota. Desde su soledad no tienen posibilidad de reproducirse y continuar la especie, y muchos dueños no saben del valor biológico que allí retienen. Una de las actividades de Jorge es recorrer las casas en donde ha oído de la existencia de ejemplares de especies amenazadas de extinción. Esta tarea, como otras que realiza, le insume tiempo y esfuerzo. Quice dejar una pequeña ofrenda a la persona que había volcado toda su energía y entusiasmo a llevar adelante tan encomiable tarea, y pensé en pintar una acuarela de alguna parte del lugar. Si salía bien, se la regalaría. Como motivo elegí el “Eco-shop”, un rústico ranchito con techo de paja que parece surgir de la selva, en donde se venden libros, remeras y artesanías sobre flora y fauna misionera.
La hija de Anfuso me ayudó a instalarme, y empecé. Me cautivó la paz del lugar, y el silencio de la selva, solo interrumpido por el escalofriante y repetido “ping” de un Pájaro Campana, una rareza, que Jorge había recuperado, y que estaba aún enjaulado. Avancé bien con el cuadro, pero pronto mi tranquilidad fue interrumpida por un extraño visitante: Totó. Es éste un Mono Carayá, que fue decomisado de algún contrabando, y puesto en manos de Jorge. Junto a su similar amiguito menor, Totó anda por todas las instalaciones creyendose dueño. Y parece que yo era parte de las instalaciones. Cuando vio mi tarrito de agua, vino a tomar de ahí. Era agua donde yo enjuagaba el pincel y tuve que impedir que la tome por que seguramente es algo tóxico. Luego saltó a mis faldas - donde estaba apoyado mi block - y manchó el papel del cuadro con la tierra roja. Tuve que poner la jarra en el piso y levantar el block de papel en el aire. Luego atacó mi tableta de pinturas, que tuve que levantar con la otra mano. Ya parecía Cristo en la cruz. Luego vino su amiguito y tuve que poner mi pié sobre el jarrón para que no tome. Luego se colgó del trapo que pendía de una de mis manos extendidas. Finalmente abandoné mi silla y corrí al Eco-Shop con mis cosas. Me siguieron. Abandoné el cuadro como estaba y se lo regalé espontáneamente a Jorge, que justo pasaba por el lugar. Algún día me encantaría ver cómo salió!
Volví al camping. Me enteré que el resto del grupo, junto a Nicolás, había partido a Puerto Iguazú para visitar el "Jardín de Picaflores", una casa de familia en el pueblo cuyo jardín es muy visitado por numerosas especies de picaflores. ¿Por qué se congregaban ahí? Por la presencia de "comederos" con néctar artificial. En este safari habíamos visto hasta ahora solo tres especies de picaflor, así que esto era una oportunidad más que interesante. Por suerte Nicolás pudo observar varias especies inusuales y hermosas, revoloteando a muy corta distancia. Volvió encantado de tan curioso espectáculo.
Ese día mi hija menor se sentía muy enferma, con una fuerte descompostura. Se había quedado adentro toda la mañana, acompañada por mi esposa y mi otra hija. La menor estaba en la cama toda tapada, inmóvil. No tenía buen aspecto. Era una pena y lamenté que la nena no podría venir a Güirá Ogá esa tarde. Para no molestarla, conté a mi esposa en voz muy baja las aventuras de la mañana. Que vimos el Yeruvá y el Arañero Ribereño, que pinté un cuadro... y que un mono se me había saltado encima... Ni bién dije eso, mi hija resucitó de entre las sábanas y se sentó brúscamente en la cama, y, con cara de halcón miró fijamente unos instantes, y luego dijo, en el tono más severo y autoritario que conozco: “¡Yo voy a ir!”.
Así es cómo, por última vez en este safari, los cinco salimos del camping para visitar Güirá Ogá. Por su puesto mis chicos tuvieron la esperada oportunidad de conocer a Totó. Jorge nos mostró los animales que tiene en cautiverio, incluyendo algunos cedidos por un instituto que aparentemente cerró sus puertas. Ahí vimos en cautiverio diversos loros casi extintos y fabulosas rapaces selváticas, cuya observación en el medio natural es muy inusual: un Aguila Crestuda Negra, una Crestuda Real y un Aguila Viuda. La mayoría de estos rarísimos animales fueron tratados para salvarlos de serias heridas infligidas por chacareros, intentando proteger a sus gallinas al ser atacadas. Jorge nos contó de las dificultades que deben ser superadas antes que una de estas aves se encuentre lista para ser re-introducida, es decir, liberada. En cada recinto Jorge tenía una interesante historia que contar, y así se acercaba el fin del día.
De repente noté que el sol estaba muy bajo. Poco tiempo quedaba ya para disfrutar la verde maraña de la selva. En pocos minutos más ya no podría advertir el color rojo del camino. ¡Había llegado el momento de comenzar a despedirme de Misiones! Entonces pasó una de esas curiosidades. Subiendo el tronco de uno de los tantos arboles que bordeaba el estacionamiento apareció el gran Trepador Garganta Blanca. Lo conocía bien, por ser la primera especie que había visto en Misiones, hace casi 7 días, al llegar a Salto Encantado. Era como si nuestro primer amigo alado hubiera volado hasta Iguazú especialmente para despedirnos. Y así fue también la última especie que vimos.
Se hizo la noche, y ya estábamos cómodamente instalados en el micro, volviendo a casa.

Así, en total, la lista oficial contenía 203 especies de aves. En nuestro caso, Nicolás y yo sumamos casi 140, de las cuales 96 fueron nuevas. Será probablemente la primera y última vez que, en una salida, junte tantas especies nuevas de aves autóctonas argentinas.
Y cómo dicen, queda comprobado que 100 ojos ven más que 4.
Nuestra lista de aves
se adjunta en el Apéndice 1.
FIN PARTE II
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