El Siglo XVIII

En la primera mitad del siglo XVIII, el culteranismo, que había llegado al apogeo en la anterior centuria, alcanzó su plena decadencia. Ante la corrupción general del gusto, la poesía había en realidad desaparecido; el gongorismo, cada vez más fosco y degenerado, caminaba hacia su completa extinción.

1. La reacción clásica.- La reacción contra el culteranismo se inició mediando aquel siglo por dos causas que ocurrieron a producir semejante efecto: el esfuerzo de los jesuítas, quienes tendían a restaurar el gusto clásico en cuanto tiene de armonía, proporción y claridad, no sólo enseñando y adoctrinando en sus colegios, sino traduciendo e imitando a los grandes poetas latinos; y la influencia de los neoclásicos españoles que com los Borbones habían trasplantado a la península el gusto francés: así Luzán, el inflexible preseptista; P. Islas, prosista gallardo y suelto; Nicolás Fernández de Moratín, atildado poeta; como después Cadalso, fino y comprensivo espíritu, los fabulistas Iriarte y Samaniego, y el bucólico Meléndez Valdés.

Mas, amantes de los extremos, si en la imitación gongorina habíamos sobre pasado a los peninsulares; al reaccionar contra el gongorismo caímos extremo opuesto: el prosaísmo. A los culteranos estrafalarios e indescifrables, sucedieron los chabacanos poetas prosaicos; al execeso de galas poéticas, la ausencia total de ellas; a la obscuridad, la espesa vulgaridad. No fué sino hasta las postimerías del siglo XVIII y albores del XIX cuando se encontró el apetecido equilibrio en la persona de un obscuro franciscano, genuino poeta neoclásico: Navarrete.

2. Fray José manuel Martínez Navarrete (1768-1809) es el más destacado representante de la indicada escuela. Adviértase en buena parte de su obra la imitación de Meléndez Valdés, el poeta español más popular y gustado en aquellos tiempos. No obstante, por su cultura latina, por lo familiarizado que estaba con la antigua poesía castellana, y sobre todo, por ser poeta nato, de rica sensibilidad y naturales dones para versificar, su personalidad literaria hállase muy por encima de la de un mero imitador. Por incinseros -ya que constituían simple artificio retórico en el candoroso fraile- los versos eróticos de Navarrete son, de su obra, lo que menos vale. Sus mejores poemas son los que reflejan su ternura contemplativa ante la naturaleza y los de carácter moral y sagrado. Aunque de inspiración algo intermitente y desigual, y no ajeno, a veces, al prosaísmo, hay que notar en él la espontaneidad, la frescura, la delicadeza, el don de lo pintoresco; y su poesía es -con la de Sor Juana Inés de la Cruz, bien que muy por abajo de ésta- lo mejor que produjo nuestra lírica en la era colonial.

Los Humanistas

Tierra de grandes humanistas ha sido México, y, si alguna tradición literaria pudiera señalársele, ella es la clásica.

El latín se cultivaba en la Nueva España tanto como el castellano desde el siglo XVI; en latín se redactaban epigramas laudatorios, inscripciones y dísticos que ornaban monumentos, túmulos y arcos triunfales; absorbió el latín, casi por entero, la literatura didáctica; y del latín, no ya como lengua muerta, sino viva actual, se valíar para aprender, para enseñar y para comunicarse entre si los doctos.

No es extraño, púes, que en ese idioma floreciese una importante rama de la literatura nuestra. Perteneció ésta, por entero, a los jesuítas, qienes reaccionando contra la decadencia literarria imperante hasta la primera mitad de siglo XVII, llevaron a cabo el movimiento humanístico más importante que registra la cultura de América.

Tres grandes humanistas representan en la Nueva España la poesía de expresión latina; y los tres produjeron, en este respecto, sus obras más esclarecidas expulsión, y donde lejos de la patria encontraron la muerte y ahora reposan sus cenizas.

1. El P. Diego José Abad (1727-1779), cuya vida se consagró por entero al estudio y a la enseñanza, debe su renombre de gran humanista, a su poema latino titulado De Deo, que es en su primera parte una Suma Teológica en hexámetros, y, en la segunda, una "cristiada" o vida de crisrto. Dedicado a la juventud mexicana, se publicó en Cesena en 1780. No completamente puro, por la abundancia de neologismos, sobresale, sin embargo, por la riqueza de pensamientos y doctrina, por la efusión lírica, por el vuelo constante del espíritu hacia las regiones más altas de la contemplación, por la suavidad y gracia de algunas descripciones, y por cierta concisión sentenciosa y grave del estilo

2. Considérase al P. Francisco Javier Alegre (1729-1788) como el primer latinista mexicano. Como prosista latino, equiparábase a los más grandes del Renacimiento español. Como poeta su versión de la Iliada es uno de los monumentos de la poesía latina de colegio. Compuso en versos latinos una linda égogla: Nysus. Tradujo al castellano algunas sátiras y epístolas de Horacio, y, magistralmente, los tres primeros cantos del Arte Poética, de Boileau. Su Historia de la provincia de la Compáñia de Jesús de Nueva España es la más hermosa crónica religiosa de cuantas aquí se escribieron.

3. Al P. Rafael Landívar (1731-1793), aunque por haber nacido en la antigua Guatemala (que entonces pertenicía al Virreinato de la Nueva España) no pueda en rigor reputársele mexicano; por su espíritu y por sus versos, tanto como por haber vivido y enseñado aquí, contribuyendo al desarrollo de las letras patrias, en buena parte tenemos que considerarle nuestro. Por su genio descriptivo, de haber escrito en castellano, ocuparía en aquel género el primer lugar entre todos los poetas de América. Su obra única es la Rusticatio Mexicana, vasto poema escrito en hexámetros latinos, que es una admirable pintura de la naturaleza y de la vida del campo americano, y que, por su inspiración tan nueva, y por la riqueza de sus descripciones, coloca a Landivar entre los más grandes cultivadores de la poesía neolatina. La edición completa y definitiva se publicó en Bolonia en 1782. Versiones integrales de la Rusticatio al castellano no las hemos visto sino hasta nuestros días; son los dos mejores la del P. Federico Escobedo, en verso, con el nombre de Geórgicas Mexicanas, y la del doctor don Octaviano Valdéz, en prosa, intitulada Por los campos de México


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El Siglo XIX

Primer Período:

La era de Independencia

A lo largo de tres siglos de coloniaje la sociedad mexicana se había ido integrando. Entre las dos razas que la conquista puso frente a frente: el español y el indio, había surgido un nuevo núcleo étnico: el mestizo, producto del cruzamiento de ambas. Y, junto a éste, otro núcleo se multiplicaba y crecía: el criollo, o sea el hijo de españoles establecidos en la Nueva Espana. Todos estos elementos, mezclándose, formaban un nuevo organismo humano que tendría a constituirse con vida libre y propia.

Aspiraciones visibles a ello se había hecho sentir de tiempo atrás. Diversas causas contribuirían a despertar en la masa social el espíritu de independencia, en la segunda mitad del siglo XVIII, o sea durante el reinado de Carlo III: la creación del ejército colonial, que puso en manos de los mexicanos el instrumento necesario de la libertad: las armas; el aumento de las rentas reales, que genero en ello descontento y protesta; la ayuda dispensada por España -en su secular lucha contra Inglaterra- a la emancipación de las colonias inglesas, que les hizo ver la posibilidad y legitimidad de que realizaran ellos mismos la suya propia. Graves sucesos exteriores acaecidos al alborear del siglo XIX, robustecierón el anhelo de emancipación, desencadenando el movimiento insurgente; entre éstos y muy principalmente, la revolución misma de independencia de España que, por un lado -y con el motín Aranjuez- afirmó la soberanía popular contra el poder absoluto de los reyes; y, por otro,en la lucha contra la invación napoleonica, erigió, junto al de la soberanía popular, el principio de la nacionalidad frente a frente del yugo extranjero.

El 16 de septiembre de 1810 da el libertador Hidalgo el grito de independencia en Dolores. Tras de cuarenta y gloriosa lucha, queda ésta consumada en 1821.

Todo el presente período, pues lo ocupa la epopeya insurgente, y todo, así en el orden social como en el cultural, hállase por aquélla condicionado. Al principio, e influída por el neoclasicismo, la poesía era bucólica. Fúndase una sociedad literaria al estilo de las europeas del mismo género: la Arcadia mexicana. Los poetas cantan a fingidas pastoras: se habla de rebeldes y caramillo, y abundan las Cloris y las Amarillis. Mas no podrá ser la literatura ajena al movimiento emancipador: antes bien marca éste en ella hondos rasgos. Si durante la era colonial había patrimonio de doctos, elaboración de gabinete, sin contacto con el alma popular, su fisonomía y carácter sufren a poco modificaciones profundas. Al calor de la lucha nace la literatura política. Como medio de propaganda en pro o en contra de la causa insurgente, menudean los folletos. Se desarrolla y sigue nuevos rumbos la prensa. Conociendo principios, en las cortes de Cadíz, nuestra oratoria parlamentaria. En la literatura propiamente dicha, despierta el sentimiento nacionalista, el cual se hace notar en la lírica y culmina con la aparición de la primera novela.

Si en la era de independencia se crea la nacionalidad; con el surgir de ésta, las letras muestran un consecuente e incontenible impulso: nacionalizarse.

La poesía

1. Los tiempos son de lucha. Más que el canto, impelen a la acción. Al sonar el grito de Independencia, la lírica, blanda y bucólica, enmudece. Cuando de nuevo, aunque bébilmente, se haga oír, será burlesca y satírica al través del epigrama y la fabula. Mas, a medida del desarrollo de la epopeya insurgente, la poesía se transformará. Vuélvese entonces heroica. Inspirada en los sucesos que a la sazón se registran, está literalmente influída, en cuanto a la forma, por Quintana, Cienfuegos y Gallego, los grandes bardos españoles que por la misma época, en su país, elevaban sus cantos, inspirados por la contienda contra el dominio napoleónico. Apunta, además, en la poesía de estos tiempos, el primer intento de colorido nacionalismo en la pintura de tipos, lenguaje y costumbres.

Inflamada en ardor bélico, la lírica mexicana exalta a la libertad y a la patria.

2. Los poetas de la Independencia.- Cuatro figuras características se destacan en el presente período: Don Anastasio María de Ochoa y Acuna (1783-1833), distinguido humanista, traductor de Ovidio, y, como poeta, más que en la poesía seria, popular en la festiva por su sabroso y pintoresco mexicanismo; el ilustre patricio don Andrés Quintana Roo (1787-1851), cuyos versos, por manera exclusiva consagró a la patria, son de secilla y severa elegancia; don Francisco Manuel Sánchez de Tagle (1782.1847), que, neoclásico e imitador de Navarrete en sus principios, adopta después, por obra de los acontecimientos políticos, el tono grandilocuente, y llega en su postrimería casi a ser un romántico; y, en fin. don Francisco Ortega (1793-1849), el mayor poeta cívico de la época, atildado, mesurado, un tanto frío, y, entre sus conteporáneos, el de mayor dominio en la técnica del verso.


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El Romanticismo

Segundo Período

Singularízase este período por la aparición de una nueva modalidad literaria: el romanticismo.

Si, en realidad, romántico, por oposición al clásico, quiere significar lo que va contra lo tradicional y a ello se opone por espíritu de rebeldía ansioso de instaurar nuevas formas; ninguna época de nuestra vida nacional ha sido, como ésta, romántica.

La pugna entre tradición y renovación informa toda la historia política de estos tiempos. Con la guerra de independencia, México se había emancipado de España; le faltaba emanciparse del régimen colonial que, en la organización social, y, sobre todo, en el mantenimiento de privilegios, persistía. Un grupo de obstina en conservar dicho régimen: el de los conservadores. Otro se esfuerza por abolirlo: el de los puros o liberales. Y esta pugna dura medio siglo. Tras de un imperio efímero -el de Iturbide- se establece la república. En torno a la república, aquellas dos tendencias se ponen y combaten bajo los antagónicos principios de centralismo y federalismo. La época es, sin duda, la más turbulenta de nuestra historia. Guerra civil incesante. Pronunciamientos, sublevaciones, "planes", vertiginosa sucesión de hombres en el poder. Dos invasiones extranjeras; un nuevo ensayo de imperio. Tras de cruenta brega, al desenlazarse, con la tragedia de Queretaro, la guerra que se llamó de la segunda independencia, y ser restaurada la República en 1867, algo se había ganado y tan rudo batallar no había sido en vano. México se había emancipado de las normas del coloniaje y adquirido su unidad nacional.

No podían menos que reflejarse en las letras las vicisitudes políticas. Son políticos los literarios. Luchan en la tribuna y en la prensa. En ardientes páginas escribe los primeros libros de historia conteporánea. Creeríase, en fin, que la politica, en fuerza de influir en las letras, condicionan y demarcan aún a las escuelas literarias; y que clásicos y románticos, que las formaban, así como se oponían en política representando a los dos bandos rivales, batallarían al par, enconadamente, en el palenque literario.

En realidad no fué así. Ambas tendencias artísicas convinieron pacíficamente, y hasta, quienes las sustentaban, se reunían con amistosa complacencia en el único centro literario de entonces: la Academia de Letrán. No fué como reación contra el clasicismo, en el sentido propiamente retórico, como el romanticismo penetró y se difundió en México; sino, antes bien, como "estado sentimental" que, en un momento dado, hizo presa del mundo. En este sentido, lo romántico no se define; se percibe. Tenemos idea de lo que es un "paisaje romántico", una "actitud romántica", un "amor romántico". Y entendido en tal forma, el romanticismo no sólo entró en nuestra literatura, sino en nuestro ambiente, en nuetras costumbres. Encontraba campo propicio para desarrollarse, y así es como ahora hablamos de "un México romántico".

En poesía, y por obra de un desbordamiento de imaginación y sensibilidad, acentuó el elemento lírico y subjetivo que, llevaría a nuestras letras a su mayor esplendor.

La Poesía

Clásicos y románticos -según antes hemos dicho- reflejan en la poesía de este turbulento período las dos tendencias sociales que en la acción política pugnan y combaten. Representan los clásicos la tradicionalista y conservadora: la renovadora o revolucionaria, los primeros románticos. Distínguense los clásicos por su cultura y pulcritud; son exelentes humanistas, y, lejos de continuar la artificiosa corriente del seudoclasicismo, remóntanse a las más puras fuentes españolas del siglo XVI. Se caracterizan los románticos por su inquietud, por su espontaneidad, por su rebeldía; en ellos apuntan una nueva sensibilidad.

1. Don José Joaquín Pesado (1801-1860) se distingue como poeta por su hondo sentimiento cristiano y su afiliación clásica. Cultivó casi con igual fortuna, todos los géneros. La cuerda amorosa, la cuerda moral, la descriptiva, están en su lira; bien que se destaque en esta última por haber impreso a su poesía de tal carácter un delicioso mexicanismo, pintando escenas, costumbres y paisajes de su nativa región veracruzana. Introdujo el género indigena en la poesía mexicana con la colección de poemas intitulada Los Aztecas, entre las cuales figuranun lindo romance: La Princesa de Culhuacan. Son notables, por la majestad que encierran, sus poesías sagradas. No fué extraño a la poesía épica, como lo demuestran sus poemas inconclusos Moisés y La Revelación; y buena parte de su obra la ocupan traducciones, imitaciones y práfrasis, entre las cuales se destacan sus versos de Horacio y de Torcuato Tasso, y las de los Salmos y El Cantar de los Cantares.

2. Comparte con Pesado el puesto de sostenedor y renovador de la poesía clásica en México don Manual Carpio (1791-1860). Predominaba en él la inspiración religiosa. Atraíale el panorama de la Historia, y, con particular influjo, el oriente. De aquí que la mayor parte de las composiciones del poeta sea de carácter bíblico, sagrado e histórico: La Pitoniza de Endor, la Anunciación, La cena de Baltazar, Napoleón en el Mar Rojo; a ella siguen en importancia y en número, las descriptivas, género en el cual tenían extraordinaria facilidad: México, el Popocatépetl. Su estilo era claro y limpio, aunque a menudo flojo y prosaico; su versificación, fácil y variada.

3. Entre los poetas clásicos más depurados hay que colocar a Ignacio Ramírrez (1818.1879), más comúnmente conocido por su seudónimo de El Nigromante. Destacábase como profundo humanista. Arrebatado por las contiendas políticas de su época, derramando a manos llenas su cultura, sus ideas, su originalidad, en una vasta obra casi toda, hoy, dispersa -discursos, artículos históricos y literarios, cuestiones políticas y sociales, diálogos polémicos- de lo cual sólo mínima parte se ha coleccionado, tubo fuerza, no obstante, su musa, para fugitiva y pasajeramente aislarlo en el tumulto. Si como prosista es mordaz, impetuoso, pasional; era como poeta un clásico limpio y pulido; a veces un tanto frío. En ocaciones movíale la inspiración filosófica, o inflamaba su estro la pasión política; pero más amenudo cantó a la mujer y se inspiró en ella. De su magistral dominio de la forma son ejemplo sus sonetos Al Amor, A Sol, A mi musa, y los magníficos tercetos Por los muertos y Por los desgraciados.

4. Como clasicodebemos incluir también a don José María Roa Bárcena (1827-1908), que poéticamente se enlaza con Pesado, y, en parte sigue su misma huella. Sin ser muy elevado su estro sí puede considerársele como un poeta limpio, correcto, castizo. Siendo muy abundante su obra en verso. Así original como de preciosas versiones de Horacio.

Virgilio, Schiller, Byron; no lo es menos la que dejó en prosa. Sus cuentos, entre los que cabe señalar Noche al razo, Lanchitas, El rey y el bufón, se recomienda por naturaleza de estilo y la pureza y primor del lenguaje. Entre libros de historia que compuso sobre salen sus Recuerdos de la invasión norteamericana.

Los Primeros Romanticos

Entre los poetas que iniciarón el movimiento romántico en México, encuéntranse Fernando Calderón, Ignacio Rodríguez Galván y Guillermo Prieto. Las actividades literarrias de los dos primeros, sin embargo, se ejersen tanto en la lírica como en el teatro.

5. Romántico, más por lo teatral y lo exterior que por el sentimiento, fué Guillermo Prieto (1818-1897). Su variada labor en las letras extiéndese por todo el siglo, al través de turbulentos períodos. Político, tribuno, periodista, su voz y su acción se hacen sentir en lo más diversos campos. Carente de preparación literaria, y aun de gusto y sensibilidad artística, tenía en cambio -y prodigiosamente- la vena popular y festiva. Su poesía de la primera época es grandielocuente y sonora, con no poco artificial y retórico. Fue, por exelencia, durante la revolución de reforma, el poeta nacional, inflamado y satírico. Fué ante todo, un poeta popular. La originalidad de su poesía de la madurez estriba en lo pintoresco y folklórico. Destaca su colorido mexicanisimo en aquellas obras en que se aplica a evocar la gesta de los héroes de Independencia, o a pintar tipos y costumbres; esto es, en El Romancero Nacional y en la Musa Callejera.

De su abundante obra como prosista señalemos las Memorias de mis tiempos, En que pinta al México de la primera mitad del siglo; sus crónicas de viajero: Viajes de Orden Suprema, Viajes a los Estados Unidos; en fin, sus cuadros de costumbres, apenas coleccionados.

6. Siéndolo en ambos aspectos a la vez, en Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842) el poeta lírico supera, con mucho, al dramático.

Como lírico, no es la suya, romántica una posición artificiosa. El romanticismo encarnó en él; era una actitud concecuente, una expresión natural de su espíritu lacerado. Sus cantos son vehementes, desesperados; más que la dulce queja encuentra en ellos cabida la imprecación; el manso llanto convirtiéndose allí en sollozo amargo, y todo lo señorea torvo pesimismo. Los temas habituales de Rodríguez Galván son el amor, la gloria, la patria, la fe. Su inspiración poderosa se desborda y eleva. Mencionemos entre sus composiciones más características la intitulada A una flor, El angel caído, Eva ante el cadáver de Abel, y sobre todo, la Profecía de Guatimoc.

No obstante, las cualidades de Rodríguez Galván como lírico, no resaltanen el poeta dramático. Loable es en su teatro el empeño nacionalista, que le hizo al tablado asuntos exclusivamente mexicanos; pero todo es allí delirante, y, en fuerza de acumular tintas negras, el dramaturgo consigue efecto contrario al de conmover. Redúcese la producción escenica de Rodríguez Galván a un boceto drámatico: La Capilla, y los dramas: Munoz, Visitador de México y El privado del Virrey. Las tres obras son de tema colonial y datan de 1837 a 1842.


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