| Por: Fer |
Octubre de 1.998
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AMANECER
Más de una hora ha pasado desde que una aguja tapara la otra en lo más alto de la esfera. Las últimas estrellas, testigos mudos
de nuestra presencia, se apagan en el cielo antes de que el sol se atreva a decirnos que ya es otro día.
Detengo el ruido del motor que intranquilizaba a los habitantes de quien sabe que lugar, perdido tras tres curvas a la izquierda
lejos de las últimas luces de la ciudad. Quizás un basurero, quizás una escombrera, no importa. Intento reclinarme en el asiento,
me peleo con el cinturón y consigo liberarme de su abrazo. Juego con la rueda del volumen dejando casi muda la melodía que
nos acompaño hasta nuestro escondite.
Giro la cabeza y me sonríes. Casi oímos nuestras respiraciones, todavía nuestros sentidos no se acostumbran a la tranquilidad
del entorno. Nuestras pupilas se dilatan, huyendo de las últimas luces que las atacaron; nuestros oídos, antenas dolidas de la
música elevada, se agudizan en busca de unos susurros que no surgen; nuestras manos no encuentran la comodidad que ansían;
nuestros labios se humedecen del ambiente que nuestra lengua les propicia; nuestra mente se alerta en busca de unos gestos
que no aparecen.
En pocos minutos el parabrisas se va cubriendo de vaho, dejándonos ciegos de nuestro rededor que dejó de tener importancia
en cuanto se silenció el motor y se apagaron las luces. Sobre nosotros sólo el cielo estrellado, limpio tras una fría tarde lluviosa.
Nadie dice nada. Nadie. Ni tu ni yo. Ni tus manos ni mis manos. Ni tus ojos ni mis ojos. Miradas que evitan cruzarse.
Parecemos dos extraños que se encuentran por primera vez, que desde la distancia saben el uno del otro, pero que abocados
al encuentro nadie se atreve al dar el primer paso. Por unos momentos tú eres mas tú y yo soy mas yo, y el eco de nuestras
respiraciones choca con los cristales, como queriendo escapar de esa vítrea fortaleza, queriendo romper el silencio con dardos
de aire. Ese aliento cálido preso del frío cristal de un ambiente de mediados de otoño, ese aliento cálido expulsado de nuestros
pulmones, esa exhalación húmeda, esa respiración, intransigente a la temperatura se libera de su calor y se condensa en las
ventanas, creando una cortina infinitamente delgada. Un biombo nacido de la espontaneidad, de la celeridad de nuestro pulso.
La mirada perdida en un punto indefinido del cristal, mente liberada de ninguna distracción, de toda interacción. Estruendoso
silencio sólo roto por la señal horaria de las siete de la mañana, de aquel reloj digital que una vez más me demuestra que nunca
debí haberlo comprado.
Estamos a gusto, compartimos tiempo, compartimos lugar, compartimos dimensiones, compartimos respiraciones,
compartimos sensaciones, lo compartimos todo. Ninguno se atreve a modificar esa situación por temor a que se rompa,
ninguno se atreve a apostar, a jugar a doble o nada, ninguno se atreve a mover un peón tan solo en busca de una posición más
favorable. Un par de adictos al jaque mate jugando a no jugar.
Los primeros rayos de la mañana amenazan a nuestro biombo, condensan en gotas esa fina capa que se formó a ritmo de
sensaciones. Se acumulan, millones de átomos se suman a los otros, se cogeneran y crean una gota que por su propio peso,
sometido a la misma gravedad que el uno sobre el otro no nos atrevimos a desafiar sobre este asiento que se inventó para no
dormir, cae describiendo un sendero tortuoso, corredores errantes del parabrisas para acabar terminando en el salpicadero.
Pozo de las Nieves, Octubre 1998
Fernando G.Plata
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