Fer.
Febrero 99.



26.2.99


- Si. - Respondí.

- No, no lo se. – Contesté de nuevo.

- A veces. – continué con mis respuestas.



Esta vez no sabía que decir. Levanté casi instintivamente los hombros y antes de que mi contertulio se diera cuenta los bajé disimuladamente. No tenía respuesta. No sabía que decir. No me valía mi ya requerido no lo se, ya lo utilicé en su momento. No podía perder este conflicto, esta batalla dialéctica. No podía, pero, ¿por qué no podía?. Quien lo sabe pero no podía. Tanto juego me estaba agotando. Toda la noche jugando. Toda la tarde jugando. Todo el día jugando. Todos los días jugando. Un eterno juego cientos de veces repetido. Toda la vida jugando. El otro día leí en el metro; si en el metro, en ese tren subterráneo que riega las tripas de la ciudad y que a veces uso. Bueno pues en el metro leí; vaya si hasta hay cultura en una simple estación de metro me dije, bueno a lo que iba leí en lo alto, en un ángulo visible pero que si no te fijas no se ve que haya escrito nada. De hecho creo haber pasado por allí cientos de veces, y no creo que estas letras hayan amanecido de la noche a la mañana, deben llevar lo mismo que la estación, desde el 95. A lo que iba, ponía algo así como que el que la vida sea un juego no se da uno cuenta hasta que se hace mayor. Añadía algo más, algo así como que se pasó toda la juventud intentando cargarsela, o a lo mejor otra cosa, no se, pero el caso es que toda la juventud se pasó haciendo algo con su vida. Bueno supongo que sería con la suya.

Lo primero que se me vino a la mente es que yo no debo ser mayor porque sigo jugando. ¡Ventiséis años y jugando que osadía!. De hecho sigo jugando. Reflexionando sobre ello, pensé en si me daría cuenta de que ya terminó el juego. Pero bueno no me preocupa, no me ocupó demasiado tiempo el olvidar esta idea. Mirando atrás, cosa que nunca me ha gustado, por eso he mirado de refilón. Sólo de refilón. Pues eso que sí que juego. Que no puedo decir que haya vivido sino que he jugado. Jugué en el colegio, jugué en el instituto, incluse jugué a estudiar, y cosas que pasan, mal jugué en la universidad, pasé por allí y todo. Bueno... mal pasé. Jugué desde niño hasta niño. No me hice mayor porque sigo jugando. No sólo jugué en aquellos centros de acogida para despreocupar a los padres y recoger a los críos, también jugué fuera de ellos. Jugaba en casa, jugaba en la calle, incluso jugué a perseguir chicas. Todo era un juego. No me sé las reglas pero era un juego. ¿Hay reglas?. Un gran juego sin reglas. Nunca competí, nunca me atrajo el colgarme una medalla, o que me dieran una palmadita en la espalda diciendome mira que niño tan aplicado, tan diestro o tan bueno. Mírale que majo. Nunca competí. Recuerdo que cuando había que dar tres vueltas al colegio para ver simplemente quien era el niño más rápido del curso, yo salía a correr, y corría, y no se me daba mal, pero no competía. Me daba mis tres vueltecitas y nada más. Y había quien incluso me decía al terminar que yo corría mucho más que el que había ganado. No se si esto era así. Yo en mi quinto, o sexto, o vigésimo lugar estaba contento. Lo mismo porque sabía que era más rápido que el que se colgó la medalla o lo mismo porque me daba vergüenza que todos me felicitaran por haber sido primero. Si es cierto, yo era de los que no llevaba caramelos al colegio el día de su cumpleaños porque le daba vergüenza repartirlos, aunque ahora que lo pienso me alegro de que fuera así. Bueno pues eso que no competía por lo que fuera, lo mismo era cierto y yo sólo podía ser vigésimo, es igual, pero no luchaba por quedar por encima del vigésimo. De mi vida escolar recuerdo poco, o casi nada. No se como transcurrió. El caso es que no hacia nada. Sólo jugaba. Cuando ya las notas servían para algo, vamos que para estudiar o para ir a la universidad en vez de repartirnos por apellidos como solían hacer con las clases, las notas que nos imponían o ponían es igual, hacian media y esas cosas, es entonces cuando ya estudié algo. Pero mi motivación no era competir. Mi motivación era el llegar a casa y enseñar el boletín con las notas sin que mi padre me regañara. Única motivación. Por vergüenza otra vez. Recuerdo que por aquel entonces yo ya no daba tres vueltas al colegio, por aquel entonces me dio por jugar con una pelota. Así que perseguía una pelota por una cancha. Y alli en la grada viendo mis habilidades estaba mi padre. Que desastre de hijo tenía. Nunca me dijo nada. Y yo jugaba, y jugaba, no competía, me divertía. Esto se ha prorrogado hasta ahora, juego en los mismos sitios, a lo mismo, pero ya no tengo a nadie en la grada. Lástima. Y me divierto. Mientras todos discuten y se lamentan cuando perdemos, yo me rio de lo mal que he jugado, mientras me cachondeo de mis errores. Pasé por la universidad y no competí. En cada prueba solo tenía que ser el vigésimo, y no llegar el trigésimo porque ahí estaba el corte. Vamos que buscando a cincuenta que supieran menos que yo me podía olvidar de esa asignatura. Es triste pero es así. No evalúan conocimientos. Validan gente.



Y ahora estoy validado. Mi firma al parecer tiene valor. No fui el primero, lo mismo ni el vigésimo, a lo mejor sólo era el quinientos catorce, pero es igual, se terminaron las tres vueltas al colegio.



No se a que tendré que darle tres vueltas ahora, pero se las daré jugando.



Sigo jugando, y sigo divirtiéndome. El día que deje de divertirme probablemente dejaré de jugar. Ese día perderé la ilusión. Por eso admiro a la gente que da ilusión, que no sólo tiene juego sino que da juego. Y yo nunca seré mayor. No quiero ser mayor.



- ¿Cómo dice joven?. – Respondí. Al menos gané algo de tiempo antes de quedar vigésimo.



Fernando.
Majadahonda 26.2.99.

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