DEJANIRA
La muerte de Heracles

Terminados así sus doce trabajos, en los que invirtió otros tantos años, se despidió, Heracles, de Euristeo y se marchó a recorrer el mundo, con la intención de hacer el bien a los hombres, poniendo a su disposición su fuerzo prodigiosa y matando a sus enemigos. Realizó muchas empresas gloriosas, y los oprimidos se alegraban, mientras temblaban los poderosos y los tiranos.

 

En su recorrido, llegó a Etolia, donde reinaba el rey Eneo, que tenía una hija llamada Dejanira. La doncella, apenas vio al bellísimo héroe, se enamoró de él, y también Hércules amó a la princesa. Después de algunas peripecias, los dos jóvenes pudieron al fin casarse y partieron en el carro del héroe.

Al llegar a orillas del río Eveno, como no pudieran vadearlo, acudieron a los servicios del centauro Neso para que pasara a la joven; pero el monstruo, que era como todos los de su raza, mitad hombre, mitad caballo, prendado de ella, quiso raptarla. Más Heracles, al darse cuenta de ello desde la otra orilla, lo mató con sus flechas.

En los últimos momentos de su agonía, Neso pensó en la venganza y dijo a Dejanira, que estaba cerca de él:

-Si quieres que Heracles te ame siempre, cuando yo haya muerto, baña esta túnica en mi sangre y haz que se la ponga. ¡Verás cómo su amor hacia ti aumenta y dura eternamente!
 
Dejanira, que amaba tiernamente a su esposo, creyó en las engañadoras palabras del centauro, y cuando lo vio muerto, empapó en su sangre la túnica que Neso le había dado. Después, hizo que se la pusiera el héroe. ¡Jamás lo hubiese hecho! Al contacto con aquella sangre envenenada, un grito de dolor salió del pecho del héroe, que sintió que todo su cuerpo ardía consumido por un fuego devorador. En vano intentó arrancarse la túnica fatal: cada vez le penetraba más en la carne y le provocaba sufrimientos terribles.
Loco de dolor, aullando como una fiera, comenzó a correr desesperadamente, subió a la cima del monte Eta, y llevado de su furor, arrancó pinos enormes e hizo con ellos una gran pira. Después se arrojó entre las llamas; prefirió morir de ese modo antes que en los tormentos de aquel fuego que le abrasaba lentamente.

Mientras su cuerpo estaba envuelto por las llamas y sus ojos se cerraban para la eternidad, bajó del cielo una nube de oro que envolvió la pira y apagó el incendio. De la nube, salió Zeus, el padre de los dioses y de los hombres, quien cogió el cuerpo inanimado del héroe, que al contacto divino volvió por encanto a la vida, y lo llevó consigo a las altas esferas del Olimpo, donde le hizo don de la inmortalidad, le concedió la mano de su hija Hebe (la Aurora) y le permitió vivir en los felices palacios de los dioses.

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