CUENTISTA

Yosmar Lorena Pineda Monroy

Lago de Maracaibo, edo.Zulia

LAS PARRANDAS DE DON FERNANDO

Durante mi corta vida de soltero, conservé una inquebrantable lealtad hacia mis compañeros de estado civil; jamás traicioné a los célibes y acaso esa lealtad personalista fue una de las circunstancias que me obligaron a casarme. Pero no estoy dispuesto a conservar para mis nuevos colegas los casados la misma libertad acrisolada que mantuve para los solteros. Soy nuevo en este oficio y guardo, como prenda de noble remembranza, los últimos jirones del pabellón celibatario que acabo de traicionar.

Por eso, y como gaje postrero de adhesión a los que fueron mis camaradas de la vieja guardia, he prometido no guardar fe de pactos con los corifeos de la escoba. Y he de empezar el cumplimiento de semejante promesa con denuncios concretos.

Por regla general, las señoras creen que a sus maridos los corrompen los amigos; es raro el caso de la que conviene en que su marido puede corromper a los demás. Por eso, cuando los maridos salen parranderos, las esposas comienzan por odiar a los amigos.

Pero, también por regla general, siempre hay un amigo del marido que le inspira a la esposa un respeto especial. Cuestión de fisonomía o de fama, lo cierto es que siempre hay alguien de quien se guarda respetuoso concepto, hasta el punto de que la señora desearía siempre que el marido prefiriera reunirse con él. Y por regla general, como he venido diciendo, ese tipo que de tan alto concepto goza, resulta ser un sinvergüenza.

Bien recuerdo los días de mi vida de San Fernando de Apure; y ese recuerdo me trae a la memoria un caso que pudiera ser ejemplo de cuanto he dicho. En el grupo de los casados jóvenes estaba Cesar Rizo. Su gentil y honorable esposa desconfiaba de todos los amigos de Cesar y procuraba evitar que el virtuoso cónyuge se reuniera con ellos, porque no fuera a corromperse. Pero la señora de Rizo guardaba un alto concepto por mi gran amigo Tulio Vásquez Calzadilla. El aspecto severo de Tulio, sus anteojos de gruesos cristales, su empaque y su vestir, siempre impecable, le sugerían a voces la convicción de que Tulio era un hombre serio. Y cada vez que Cesar la llamaba para decirle que se quedaría a almorzar con Tulio, la señora respiraba tranquila, convencida de que Cesar estaba en buenas manos.

Un buen día de aquellos días amables, bailábamos en la hospitalaria casa de don Félix Fernández; Cesar y Tulio andaban, no se sabe por dónde, desde tempranas horas, y su esposa cuando le preguntábamos por el marido, respondía tranquila:
- Está con Tulio.

Y al hilo de las seis de la tarde se presentaron Tulio y Cesar. Algo en la voz o en el andar del marido hizo vacilar un poco la generosa fe de la señora en la intachable autoridad de Tulio. Y un poco tímidamente interrogó:

- César, mi amor, ¿dónde estabas?
- Estaba conmigo, señora -repuso Tulio, cual si fuera criminal toda duda.
- No, claro está, pero... dime, Cesar, ¿a qué no dices un tigre, dos tigres, tres tigres?

Y entonces, Tulio, realmente ofendido, al ver que se ponía en tela de juicio su reputación tutelar, se dirigió severamente a Cesar y le dijo:
- César ¡No diga ningún tigre!

¿Por qué ha de venir a cuento esta sabrosa anécdota de dos viejos honestos amigos? Pues viene a cuento, a propósito de la triunfal permanencia en Caracas de mi insigne amigo don Fernando de los Ríos. Casos y cosas de su presencia en Venezuela me han traído el recuerdo del salado episodio. Pero bueno es hacer constar que el caso de don Fernando no es exactamente igual; en otras palabras, don Fernando juega en las nuevas ocurrencias un papel contrario al que jugara Tulio en la ocurrencia vieja. Del texto de un ejemplo se estimará mejor ese papel.

Desde que don Fernando dejó oír su voz noble, se apoderó de los espíritus. Respira austeridad y grandeza la palabra del orador soberano. Y no fueron los maridos los últimos en enterarse ni los últimos en valerse de tan preclara ocasión. De manera que en estos días han menudeado las llamadas telefónicas domésticas, formuladas desde el club a la hora del almuerzo o de comida:

- Mi amor, no voy a almorzar. Estoy con don Fernando...
- Magnífico, mi vida. ¡Qué buen rato vas a pasar!
- Mira, nena, no me esperes a comer. Comeré con don Fernando...
- Ay, qué suerte, mi negro. ¡Aprovecha para que te hable bastante!

Y las señoras encantadas confían en la buena suerte del marido que está con don Fernando.

Pero viene a ocurrir que esos maridos han ido presentándose a sus casas después de esos almuerzos o comidas, a las cinco de la mañana, con los zapatos en la mano y en el clásico andar de atajar pollos. Y lentamente, como río que crece, la reacción de las casadas ha ido tomando cuerpo en confidencias mutuas:

- ¡No, hija, mi marido está perdido! Tiene tres días comiendo con don Fernando y presentándose aquí en el último estado...
- ¿Así es la cosa?. Pues el mío también. Se la pasa comiendo con don Fernando...

Y la sentencia final ha llegado, en la voz de una hermosa apasionada:
- ¡Cuándo se irá ese don Fernando! ¡Hipócrita! ¡Ese hombre va a acabar con los hogares de Caracas! ¡Se la pasa emborrachándonos a los maridos! ¿Hasta cuándo durarán las parrandas de don Fernando!

Pero hace pocos días, un marido de zapatos en mano y plenitud alcohólica llegó a su casa en el momento de llegar los periódicos matinales. Su joven costilla tenía precisamente en las manos un diario en el que leía la noticia de que don Fernando estaba en Maracaibo. Al llegar el marido le preguntó:
- ¿Dónde estabas?

El marido entre dos luces, intrigado por la insistencia con que la señora le señalaba la noticia periodística, la leyó meditó un rato y respondió resueltamente:
- Pues, estaba por Maracaibo...

Y ya se explican ustedes cómo don Fernando de los Ríos, que no prueba el licor y apenas nos acepta una modesta Cocacola, ha servido desde Maracaibo, para que los inocentes casados caraqueños asocien a don Fernando con la historia de San Fernando.

Blanco, Andrés Eloy. "Humorismo 2". Pórtico: Jesús Rosas Marcano/Aníbal Nazoa. Ediciones Centauro 76. Caracas, 1976.

El Ensayista


El Dramaturgo


El Humorista


El Orador y el Político


El Periodista

 

Pág.Principal| Moldeando las palabras| Cita con escritores| Efemérides| Atico Literario| Deja tus Huellas|