HELLKNIGHT
-CAPÍTULO 3-
Regresé a Demon Sea en estado de shock. Dolphin me dejó
descansar, y pasé varios dias en mi habitación, tumbado en mi
cama, mirando el techo y sumido en mi propio mundo. No hablé, no
bebí ni comí nada, e ignoré todos los intentos de hablar
conmigo por parte de los habitantes de Demon Sea.
Pudo transcurrir una eternidad, o
más tiempo aún, no me hubiese percatado de nada. Todo fuera de
mi mente era irreal para mí.
Hasta que comencé a sentir voces
diferentes. Alguien acababa de llegar, alguien a quien yo no
conocía. Tuve una sensación extraña con respecto a esa voz:
era como si la conociese sin conocerla. Era una voz femenina
aterciopelada, muy dulce, pero con un toque de genuina maldad.
Y entró en mi habitación.
Por primera vez en mi vida la vi.
Ella, junto a Xelloss y exceptuando a los Dark Lords, la primera
Mazoku. Llevaba su traje ceremonial, de color azul oscuro,
ceñido al cuerpo por su cinturón dorado. Su piel,
extremadamente pálida. Su cabello, rojo como el fuego del
infierno, y sus ojos verdes revelando su sabiduría. Portaba un
báculo que la identificaba, pues estaba rematado con el símbolo
de Mei Ou Sama. Era Fibrizzo no Miko, la sacerdotisa de Mei Ou.
Dechala.
Quedé fascinado cuando la vi. No
irradiaba un aura tan potente como la de Deep Sea Dolphin, pero
era grandiosa. Y sentí que algo en ella me llamaba.
Me incorporé de la cama y me
planté frente a ella. Era mas baja que yo, y no aparentaba mas
de dieciséis o diecisiete años, mas o menos como yo. Pero, al
mirar a sus ojos, podía comprobarse que tenia un milenio a sus
espaldas.
-Ihsan...-Tomó mi rostro entre sus
manos y me sonrió con dulzura-ha llegado la hora de que vayas a
casa.
Me estremecí ante su roce, una
sensación al tiempo placentera y aterradora. No sabía qué
hacer, estaba bloqueado.
Me dejé llevar, ante la
sorprendida mirada de Dolphin, que no creía posible que mi
cuerpo me respondiera, tal era mi estado. Dechala me guió hacia
la puerta del palacio, ya que en el interior no se podían hacer
conjuros normales de teleportación, para evitar sorpresas
desagradables.
Allí me tomó suavemente de la mano, mientras enarbolaba su cetro y recitaba las sílabas que desencadenarían el conjuro. Observé cómo su báculo actuaba de potenciador del conjuro, que apenas debía recurrir a ninguna otra fuente para ejecutar el hechizo, y deduje que ese era un artefacto muy poderoso. Una esfera de luz, o eso me pareció a mí, comenzó a envolvernos, y quedé cegado. Y desaparecimos de allí.