Los Cuentos de La_familia Mexicana
la_familia | Cocina Mexicana | Dedicatoria | Página Principal www.soloporgracia.com.mx Como se habrán dado cuenta, nuestra página irá creciendo poco a poco,
y como ya les habíamos comentado, incluiremos muchas cosas que puedan
mostrar a nuestro México a todo el mundo de muchas maneras: a través de
su cocina, de sus bebidas, de información turística y también ¿por qué
no? a través de sus escritores no conocidos. En esta sección incluiremos algunos cuentos, relatos, escritos y demás
de los mexicanos que no han podido editar sus trabajos y que de buena
manera nos los están prestando para darlos a conocer. Bueno, pues empecemos, los dos ensayos que presentamos a continuación
son de una escritora y pintora potosina, su nombre Teresa Moreno,
ella procede de una familia netamente artística, su padre, Felipe Moreno
y su abuelo, Isidro Moreno, fueron pintores y son reconocidos, por lo
menos en San Luis Potosí y ella ha tratado de seguir sus pasos, no solo
con la pintura sino además escribiendo. Bueno posteriormente escribiré
más sobre ella, ahora vayamos a sus ensayos:
MicaelaMicaela, joven y guapa mujer, terminó de moler el último montón de nixtamal,
su espalda morena le ardía como si miles de hormigas correteasen por ella,
se levantó encorvada, dio unos pasos y descolgó una bolsa de ixtle,
hurgando
en ella vio con pesar que dentro de ella no quedaba ni un solo grano de
maíz, se sentó en el piso angustiada pensando en que su problema consistía
en cómo conseguir mas alimentos; esto no puede seguir así, "¿qué les daré
a mis hijos?". El marido de Micaela nada podía hacer, quedó invalido desde aquel día
en que fue arrastrado por unas mulas, se sentaba en un taburete, colocaba
sus telas en un caballete de madera, pintaba paisajes fantásticos dejando
salir la impotencia que sentía al no poder hacer nada por su familia,
eran la única familia en el pueblo que podían jactarse de tener un hombre
en casa, ya que ni la leva quiso cargar con él. Micaela llamó a sus hijos, salió a la calle, el aire soplaba enfermo
de sequía, el cielo ausente de nubes. Llegó hasta las vías del ferrocarril,
brillantes, pulidas por el constante paso de los trenes cargados de tropas,
el color dominante en ese paisaje era siena quemada, no había ni un solo
trazo de hierba verde, sus ojos se posaron sobre una máquina de color
negra o de humo, no estaba sola, ya que la acompañaban unos vagones de
color rojo almagre; Micaela recordó que los hombres que subían los cereales
al tren dejaban escapar algo del alimento con la esperanza de socorrer
a la gente que sufría los efectos de aquella lucha fraticida llamada revolución,
no lo pensó más, tomó unas bolsas y emprendió el camino, a su lado trotaban
sus hijos, niños de piel cetrina y seca, cuando llegaron a las vías, sus
poros lloraban sal, los rieles de la vía se le antojaban serpientes de
fuego, Micaela miraba a sus hijos con tristeza, como a través de vidrios
empañados; caminaban como perros asoleados que siguen el rastro de las
liebres. Micaela les hizo una señal silenciosa a sus hijos, quienes reptando
como culebras se acercaron al tren y aunque los vagones estaban cerrados,
entre los durmientes y ruedas se encontraba algo de cereal, poco a poco
sus morrales quedaron ventrudos, de pronto una voz ruda rompió el silencio.
- ¿Qué busca vieja mugrosa? Micaela sintió que una ola de frío y calor la bañaba, con voz quebrada
por el susto respondió: -Nada señor, solo juntábamos un poco de maicito. El hombre que la amenazaba denotaba tipo de campesino, pero en ese momento
asumía el papel de feroz soldado, interpretándolo a la perfección y amenazándola
con un Mauser le ordenó con voz de trueno. -¡Regrese lo que se lleva! Los niños se habían quedado mudos de terror, Micaela se estremeció de
vergüenza, dolor e impotencia, uno de los chamacos al ver a su madre en
peligro, despertó de su marasmo, abalanzándose sobre el hombre con sus
flacas fuerzas golpeó al hombrón, al mismo tiempo gritaba "¡A mi mamá
no. No se acerque a ella maldito!" El hombre cubierto de ira estrelló su arma contra las piernas del muchacho,
quien con un aullido de dolor se arrastró como pudo lejos de ahí, en tanto
su hermano abrazaba a la madre tratando de darle protección. Tablas rajadas y carcomidas formaban un improvisado cuartel, barracas
color ceniza se mimetizaban con la tierra que lo circundaban, de ahí salió
una voz autoritaria y varonil, ordenando se dejara marchar a la mujer
y sus hijos, los ojos de aquella voz la siguieren con piedad y algo más.
Micaela no supo como regresó a su casa, aprisionaba su morral repleto,
las piedras y tierra del camino los vieron correr como el viento cuando
sola entre los árboles, ella pensaba "Desde que comenzó la bola todo va
de mal en peor, tengo que hacer algo pronto o moriremos de hambre". Micaela sentada en la puerta de su casa miró como los días pasaban, como
aquellas hojas que arrancó el viento del árbol seco; en su casa nunca
volvieron a conocer el hambre, su marido seguía pintando sueños,
fantasías
y por que no, cuadros realistas; por lo que a Micaela no le causó extrañeza
saber que un apuesto y joven general mandara pintar un retrato de su hermoso
caballo, tampoco se sorprendió cuando en pago del retrato llevaron costales
de maíz y fríjol, los cuales parecían soldados alineados en la pared.
Los ojos de Micaela miraban la lejanía, con un brillo como de estrellas en invierno, sintió que algo le raspaba el corazón, produciéndole un dolor cuando miraba el retrato del galano corcel, el que a su vez la miraba con aquellos ojos que tenían un no se que de malicia, el retrato quedó abandonado, esperando que su dueño lo recogiera algún día.
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