¡Queridos
hermanos y hermanas!
1. Estamos llegando al final del mes de octubre, el mes del santo
Rosario. Como sabéis, los próximos meses, hasta octubre de 2003,
constituyen un «Año del Rosario» especial. De este modo, he deseado
poner mi vigesimoquinto año de pontificado bajo el signo de esta oración.
El motivo más importante para volver a proponer la práctica de Rosario
es el hecho de que constituye un medio válido para favorecer entre los
fieles ese compromiso de contemplación del rostro de Cristo, al que he
invitado al concluir el gran Jubileo del año 2000.
2. Modelo insuperable de contemplación cristiana es la Virgen María
(Cf. carta apostólica «Rosarium
Virginis Mariae», 10). Desde la concepción hasta la resurrección
y ascensión al Cielo de Jesús, la Madre ha mantenido la mirada de su
corazón inmaculado fija en el Hijo divino: mirada sorprendida, mirada
penetrante, mirada dolorida, mirada radiante (cf. ibídem). Cada uno de
los cristianos y la comunidad eclesial hace precisamente propia esta
mirada mariana llena de fe y de amor al recitar el Rosario.
Para «potenciar el significado cristológico del Rosario» (ibídem,
19), la carta apostólica «Rosarium
Virginis Mariae», integra los tradicionales tres ciclos de
misterios --el de la alegría, el del dolor, el de la gloria-- con un
nuevo ciclo: los misterios de la luz que afectan a la vida pública de
Cristo.
3. Como toda oración auténtica, el Rosario no aleja de la realidad,
sino que ayuda a vivir en ella unidos interiormente a Cristo dando
testimonio del amor de Dios. Este documento mencionado exhorta, por
ello, a descubrir la belleza del rezo del Rosario en familia. «La
familia que reza unida, permanece unida» (ibídem, 41).
El Rosario, además, es una «oración orientada por su propia
naturaleza a la paz». En este Año del Rosario, los cristianos están
llamados a dirigir su mirada a Cristo, Príncipe de la paz, para que en
los corazones y entre los pueblos prevalezcan pensamientos y gestos de
justicia y de paz.
Invoquemos hoy, en particular, la intercesión de la Virgen, tan amada
por el pueblo ruso, que en estos últimos días tanto ha sufrido.
Mientras rezamos por las víctimas de la reciente y dolorosa vicisitud,
pidamos a la Virgen Santa que no se repitan hechos semejantes.
«María, que pones en nuestras manos el Santo Rosario, enséñanos a
rezarlo convirtiéndonos, siguiendo tu escuela, en auténticos
contemplativos y testigos de Cristo.
S.S.
Juan Pablo II
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]