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" Todas las generaciones me llamarán Bienaventurada "

Dedicamos este sitio a la divulgación de la Catequesis Mariana de la Iglesia Católica, y a contemplar con María el rostro de Cristo, en el Año del Rosario.

 
San Alfonso María de Ligorio. 1 de agosto

Obispo y Doctor de la Iglesia

Alfonso María nació en Nápoles, en 1696. Fue primero un eminente abogado que abandonó esta profesión para ordenarse sacerdote a los 30 años. Se dedicó al apostolado entre gente marginal de barrios periféricos de  Nápoles y fundó la Congregación del Santísimo Redentor, conocido como Redentoristas.

Escribió importantes obras de teología moral, ascética y espiritualidad, y por eso es considerado el patrono de los confesores y de los profesores de teología moral. Murió en 1787.

Una de sus obras más conocidas es VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO, A MARÍA SANTÍSIMA Y A SAN JOSÉ.

En la introducción a esta obra, y respecto a las Visitas a María Santísima, nos dice San Alfonso:

En lo que hace a las visitas a María Santísima,  célebre y comúnmente admitida es la sentencia de san Bernardo: "que Dios no dispensa gracia sino por manos de María".     Por esto,  según afir­ma Suárez,  es hoy sentir universal de la Iglesia que la intercesión de María no sólo es útil,  sino también necesaria para conseguir las gracias.   

 Gran apoyo da a esta opinión el observar que la santa Iglesia aplique a María y ponga en sus labios las palabras de la Sagrada Escritura: "Ve­nid a mi todos,  que yo soy la esperanza de todo vuestro bien".     Y luego añade: "Bienaventurado el que me escucha y es diligente en venir cada día a las puertas de mi intercesión poderosa,  porque hallándome a mí hallará la vida y la salvación eterna".   

 Con razón,  pues,  quiere la Iglesia que la salu­demos todos llamándola nuestra esperanza: "Salve,  esperanza nuestra”.     Por esta razón san Bernardo,  que llegó a llamar a María toda la razón de su esperanza,  dice: "Busquemos y busquémos­la por medio de María".     Pues,  en sentir de san Antonino,  si pidiéramos la gracia sin su interce­sión,  intentaríamos volar sin alas y no lo obtendríamos.   

 Se lee en el libro de los Afectos recíprocos,  del padre Auriemma,  las gracias sin cuento que la Madre de Dios ha otorgado a cuántos practican la utilísima devoción de visitarla a menudo en sus iglesias o imágenes; los favores que en estás visitas dispensó a san Alberto Magno y al abad Ruperto y al padre Suárez,  alcanzándoles princi­palmente el don de entendimiento,  con que tan célebres fueron después en la Iglesia por su gran saber; las mercedes que dispensó a san Juan Berchmans,  de la Compañía de Jesús,  protestando renunciar a todos los amores mundanos,  para no amar,  después de Dios,  más que a la santísima Virgen,  en testimonio de lo cual tenía escritas al pie de la imagen de su amada Señora estás palabras: “No descansaré hasta que no haya lo­grado un tierno amor para con mi Madre".   

 Las gracias que concedió a san Bernardino de Siena,  quien,  siendo tan joven,  iba todos los días a visitarla en una capilla que estaba junto a una de las puertas de dicha ciudad,  diciendo que aquella Señora le había robado el corazón,  por lo que la llamaba su amada,  y aseguraba que no podía por menos de visitarla con frecuencia,  y por su medio consiguió después la gracia de abandonar el mundo y llegar a ser tan gran santo y apóstol de Italia.     

Procurad también vosotros añadir cada día a la visita de Jesús sacramentado la de María Santísima,  en una iglesia o siquiera en vuestra casa,  delante de alguna imagen suya.     Y si lo hacéis con afecto y confianza,  serán innumerables los dones que de esta agradecidísima Señora recibiréis.     Pues,  como advierte san Andrés Cretense,  acostumbra dispensar grandes mercedes a quien le ofrece el más pequeño obsequio.   

     ¡Dulce María,  esperanza mía!   

   ¿Quién olvidarse podrá de ti?   

   ¡Ten,  oh gran reina,  piedad de mí!    

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A continuación transcribimos de la obra mencionada las 31 visitas a María Santísima, para orar durante un mes seguido diariamente, con un pensamiento, una jaculatoria y la oración final común:

Oración para finalizar la visita diaria

 ¡Inmaculada Virgen y Madre mía santísima!     A ti,  que eres la "Ma­dre de mi Señor",  la Reina del mundo,  la abogada,  la esperanza y el refugio de los pecadores,  acudo en este día yo,  que soy el más,  nece­sitado de todos.   

 Te alabo,  Madre de Dios y te agradezco todas las gracias que hasta ahora me has hecho,  especialmente la de haberme librado del infierno que tantas veces he merecido.     Te amo,  Señora y Madre mía,  y por el amor que te tengo te prometo  servirte siempre y hacer todo lo posible para que seas también amada de los demás.     En ti pongo mi esperanza y mi eterna salvación.      

Madre de misericordia,  acéptame por tu hijo y acógeme bajo tu manto,  y ya que eres tan poderosa ante Dios,  líbrame de las tentacio­nes y dame fuerza para vencerlas hasta la muerte.     

Te pido el verdadero amor a Jesucristo.     De ti espero la gracia de una buena muerte.     Madre mía,  por el amor que tienes a Dios,  te ruego que siempre me ayudes,  pero mu­cho más en el último momento de mi vida.     No me desampares mientras no me veas a tu lado en el cielo,  bendiciéndote y cantando tus misericordias por toda la eterni­dad.      Así sea.    

Visita 1

Otra fuente para nosotros muy preciosa es nuestra Madre María,  tan rica de bienes y gracias,  dice san Bernardo,  que no hay hombre en el mundo que no participe de su abundancia.     Dios llenó de gracia a María Santísima,  como se lo reveló el Ángel diciéndole: "Dios te salve llena de gracia".     Pero no fue sólo para ella,  sino también para nos­otros,  a fin de que según advierte san Pedro Crisólogo,  de aquel te­soro de gracias hiciese participes a todos sus devotos.   

 Jaculatoria: Causa de nuestra alegría,  ruega por nosotros.   

 Oración final

Visita 2

Lleguémonos al trono de la gra­cia para encontrar misericordia en el momento oportuno.     María es,  en sentir de san Antonino,  ese tro­no,  desde el cual dispensa Dios to­das las gracias.     Reina amabilísima,  ya que tanto deseas ayudar a los pecadores,  ve aquí a un gran pe­cador que a ti recurre.     Ayúdame con tu poder y ayúdame pronto.   

 Jaculatoria:    ¡Refugio único de los pecadores,  apiádate de mi!    

 Oración final

Visita 3

"Sus lazos son ligadura de sa­lud".     Nos dice el devoto Pelbarto que la devoción a María es señal de predestinación.     Supliquemos,  pues,  a nuestra Madre bendita que con amorosos lazos nos asegure siempre y cada vez más apretadamente en la confianza de su protec­ción.   

 Jaculatoria:    ¡Piadosa y dulce Virgen María,  ruega por nosotros!   

 Oración final

Visita 4

"Yo soy la madre del amor her­moso",  dice María,  es decir,  del amor que hermosea las almas.     Vio santa María Magdalena de Pazzi que iba María santísima distribu­yendo un licor dulcísimo que no era sino el amor divino.     Don éste que sólo María dispensa; pidámos­lo,  pues,  a María.   

 Jaculatoria: Madre mía,  Esperan­za mía,  hazme todo de Jesús.   

 Oración final

Visita 5

Virgen María,  san Bernardo te llama "robadora de los corazones".     Dice que con tu belleza y con tu bondad andas robando los corazones.     Roba,  te lo pido,  este corazón mío y toda mi voluntad.     Yo te la entrego.     Unida a la tuya,  dásela a Dios.   

 Jaculatoria: Madre amabilísima,  ruega por mí.   

 Oración final

Visita 6

"Como olivo hermoso en los campos".     Yo soy,  dice María,  el hermoso olivo del que se extrae siempre aceite de misericordia,  y estoy en campo abierto a fin de que todos me vean y puedan acu­dir a mí.   

 "Recordad ‑diremos con san Bernardo‑,  piadosísima Virgen María,  que jamás se ha oído decir que haya sido de ti desamparado ninguno de cuántos se han acogido a tu socorro".     No sea yo el primer desventurado que,  acudiendo a ti,  Madre,  quede sin amparo.   

 Jaculatoria: María,  concédeme la gracia de recurrir siempre a ti.   

 Oración final

Visita 7

Señora mía amabilísima,  la Igle­sia toda te proclama y saluda: Es­peranza nuestra.   

 Ya que eres la esperanza de todos,  sé también mi esperanza.     San Bernardo te llamaba toda la razón de su esperanza,  y añadía: "En ti espere el que desespera".   

 Esto es lo que yo quiero decirte: Madre mía,  tú salvas hasta a los desesperados.     En ti pongo toda mi esperanza.   

 Jaculatoria: Madre de Dios,  ruega a Jesús por mí.   

 Oración final

Visita 8

"Quien sea pequeñuelo venga a mí”.     María llama a todos los pe­queñuelos que no tienen madre,  con el fin de que acudan a ella,  como a la más cariñosa de todas las madres.   

 Dice el padre Nieremberg que el amor de todas las madres es som­bra y nada en comparación con el amor que María nos tiene a cada uno de nosotros.   

 Madre de mi alma,  que tanto amas y deseas mi salvación más que nadie,  después de Dios,  mues­tra que eres mi madre.   

 Jaculatoria: Haz,  Madre mía,  que siempre me acuerde de ti.   

 Oración final

Visita 9

Toda semejante a Jesús es su Madre María,  que,  siendo Madre de misericordia,  goza socorriendo y consolando a los miserables.   

 Y es tanto lo que desea está Ma­dre dispensar sus gracias a todos,  que,  según san Bernardino de Bus­to,  más desea ella hacerte bien y concederte gracias que tú deseas recibirlas.   

 Jaculatoria: Dios te salve,  vida y esperanza nuestra.   

 Oración final

Visita 10

Nos dice la Reina de los cielos: "En mi mano están las riquezas para enriquecer a los que me aman".   

 Amemos a María si queremos ser ricos.     Raimundo Jordán la lla­ma "tesorera de las gracias".     Bienaventurado el que con amor y confianza invoca a María.     Madre mía,  esperanza mía,  tú puedes ha­cerme santo: de ti espero está gracia.   

 Jaculatoria: Madre de amor,  rue­ga por mí.   

 Oración final

Visita 11

"Bienaventurado el que vela a mis puertas todos los días y aguar­da a los umbrales de mi casa".     Di­choso el que,  como los pobres que están a la puerta de los ricos,  pide solícito limosna a las puertas de la misericordia de María.     Y más feliz aún el que cuida de imitar las vir­tudes que ve en María,  pero en es­pecial su pureza y su humildad.   

 Jaculatoria: Ayúdame,  Esperanza mía.   

 Oración final

Visita 12

"Los que se guían por mi no pe­carán.     El que trata de obsequiarme ‑dice María‑ alcanzará la perse­verancia.     Los que me glorifican tendrán la vida eterna".     Y los que trabajan en hacer que los demás me conozcan y amen serán predes­tinados".   

 Promete,  pues,  hablar siempre que puedas,  pública o privadamen­te de las glorias y de la devoción de María.   

 Jaculatoria: Quiero alabarte en todo momento,  Virgen María.   

 Oración final

Visita 13

Nos exhorta san Bernardo a que busquemos la gracia y la busque­mos por medio de María.   

 Ella,  dice san Pedro Damiano,  es la tesorera de las divinas misericordias: puede y quiere enriquecer­nos,  que por eso nos invita y llama diciendo: "Quien sea pequeñuelo venga a mí".   

 Señora amabilísima,  noble y amable,  mira a este pobre pecador que a ti se encomienda y que confía enteramente en ti.   

 Jaculatoria: Bajo tu amparo nos acogemos,  santa Madre de Dios.   

 Oración final

Visita 14

"Nadie se salva ‑dice san Ger­mán,  hablando con María santísima‑,  sino por ti,  nadie se libra de sus males sino por ti,  a nadie se concede gracia alguna sino por tu intercesión".   

 De suerte,  Señora y esperanza mía,  que si no me ayudas estoy perdido y no podré llegar a bende­cirte  en el paraíso.     Pero sé muy bien lo que dicen los santos,  que no desamparas a quien recurre a ti y que sólo se pierde quien no te in­voca.     Yo,  pobrecito,  acudo a ti y en ti pongo toda mi esperanza.   

 Jaculatoria: “Esta es toda mi confianza,  ésta es la razón de mi esperanza" (san Bernardo).   

 Oración final

Visita 15

Déjame,  dulcísima Virgen María,  que te llame,  con tu siervo san Bernardo,  "toda la razón de mi es­peranza".     Y que te diga con san Juan Damasceno: "En ti he puesto toda mi confianza".   

 Tú me has de alcanzar el perdón de mis pecados,  la perseverancia hasta la muerte y verme libre del purgatorio.   

 Por ti logran la salvación los que se salvan.     Tú,  Madre mía,  me has de salvar.     "Quien tú quieras se sal­vará,  dice san Bernardo.     Quiero salvarme,  y me salvaré.     Y como das la salvación a cuántos te invo­can,  te invocaré diciendo:

 Jaculatoria: "Salvación de los que te invocan,  sálvame" (san Bue­naventura).   

 Oración final

Visita 16

Dijiste.     Virgen Santa,  a santa Brígida: “Por mucho que haya pe­cado el hombre,  si verdaderamente arrepentido se vuelve a mí,  yo estoy pronta a acogerlo.     No miro la muchedumbre de sus culpas,  sino la disposición con que a mí viene.     Ni me desdeño de poner bálsamo en sus llagas y curárselas; porque me llaman,  y soy en verdad,  Madre de misericordia".   

 Ya que puedes y deseas curarme,  a ti acudo,  Médica celestial,  para que cures las innumerables llagas de mi alma.     Con solo una palabra que digas a tu Hijo  quedaré cu­rado.   

 Jaculatoria: María,  Madre mía,  ten piedad de mí.     

Oración final

Visita 17

Reina mía dulcísimo,  cuánto me agrada este hermoso nombre con que os invocan vuestros devotos: "Madre amable".   

 Si,  Señora mía,  te encuentro,  a la verdad,  toda amable.     Tu belleza enamoró a tu mismo Señor.     "El Rey deseó tu belleza".   

 Dice san Buenaventura que es tan amable vuestro nombre para los que os aman,  que sólo al pro­nunciarlo o al oírlo pronunciar sienten que se inflama y acrecienta el deseo de amaros.     Dulce,  compa­siva,  amabilísima María,  no es po­sible nombrarte sin que se encien­da y recree el afecto de quien te ama.     Justo es,  pues,  Madre del todo amable,  que yo te ame.     Mas no me contento solo con amarte, sino que deseo ahora en la tierra y después en el cielo ser,  después de Dios,  el que más te ame.     Y si tal deseo es atrevido en demasía,  cúlpese a tu amabilidad y al especial amor que me has demostrado.     Si fueses menos amable,  menos de­searía yo amaros.   

 Acepta,  Virgen bendita,  este mi deseo,  y en prueba de que me lo has aceptado,  consígueme de tu Je­sús este amor que te pido,  ya que tanto agrada a Dios el amor que te tenemos.   

 Jaculatoria: Madre mía,  te amo con toda mi alma.    

 Oración final

Visita 18

Así como los enfermos pobres,  que por su miseria se ven desampa­rados de todos,  hallan su único re­fugio en los hospitales públicos,  así los pecadores más desamparados,  aunque de todos sean despedidos,  no se ven desamparados de la mi­sericordia de María,  a quien Dios puso en el mundo con el fin de que fuese el refugio y hospital público de los pecadores,  como dice san Basilio.     Y por esto san Efrén la lla­ma "asilo de los pecadores".   

 Por eso,  si acudo a ti,  Reina mía,  no puedes desecharme por mis pe­cados; antes bien,  cuanto más des­amparado me encuentro,  más mo­tivo tengo para ser acogido bajo el manto de tu protección,  ya que Dios quiso crearte para que fueras el socorro de los desgraciados.     A ti recurro,  María,  y me pongo bajo tu manto.     Tú,  que eres el refugio de los pecadores,  sé mi refugio y la esperanza de mi salvación.     Si tú me desechas,     ¿a dónde acudiré?   

 Jaculatoria: María,  refugio mío,  sálvame.   

 Oración final

Visita 19

Dice el devoto Bernardino de Busto: "Pecador,  quienquiera que seas,  no desconfíes.     Recurre a la Virgen con la certidumbre de ser socorrido,  y la hallarás con las ma­nos colmadas de misericordia y de gracias".     Y "sabe ‑añade‑,  que más desea esta piadosísima Reina hacerte bien que tú el ser socorrido por ella".   

 De contínuo doy gracias a Dios,  Virgen Santa,  porque hizo que yo te conociera.     Pobre de mí si no te hubiera conocido o si me olvidase de ti: gran riesgo correría mi salva­ción.     Pero.    yo,  Madre mía,  te ben­digo,  te amo y confío tanto en ti,  que en tus manos pongo mi alma.   

 Jaculatoria: María,  dichoso quien te conoce y en ti confía.   

 Oración final

Visita 20

Me infunde una grata esperanza san Bernardo cuando acudo a ti,  mi dulce Reina.     Me dice que no os detenéis en examinar los méritos de los que recurren a tu misericor­dia,  sino que te ofreces a auxiliar a cuántos te invocan.     De suerte que si te pido alguna gracia,  tú me es­cuchas benignamente.     Esto es lo que te pido: soy un pobre pecador que merece mil infiernos; pero quiero mudar de vida,  quiero amar a mi Dios,  a quien tanto he ofen­dido.   

 A ti me ofrezco por esclavo; a ti me entrego,  indigente como soy.     Salva,  te diré,  a quien es tuyo y ya no se pertenece.     Virgen mía,     ¿me has oído?     Espero que me escuches y atiendas favorablemente.   

 Jaculatoria: María,  Madre mía,  tuyo soy    ¡Sálvame!   

 Oración final

Visita 21

Llama Dioniso Cartujano a la Santísima Virgen "abogada de to­dos los pecadores que a ella acuden".   

 Madre de Dios,  ya que es oficio tuyo defender las causas de los reos más delincuentes que a ti re­curren,  aquí estoy a tus pies.     A ti recurro diciéndote con santo To­más de Villanueva: "Abogada nuestra,  cumple tu oficio".     Sí,  cúm­plelo encargándote de mi causa.     Es cierto que he sido reo de gravísimos delitos a los ojos del Señor y que le he ofendido grandemente a pesar de tantas gracias y beneficios como me ha concedido; pero el mal está ya hecho y tú me puedes salvar.     Basta que le digas a Dios que tú me defiendes,  y El me per­donará y me salvará.   

 Jaculatoria: Madre mía amantísi­ma,  tú me tienes que salvar.   

 Oración final

Visita 22

Dulcísimo Señora y Madre mía,  yo soy un vil rebelde a tu excelso Hijo; pero acudo arrepentido a tu clemencia para que me consigas el perdón.     No me digas que no pue­des,  pues san Bernardo te llama "la dispensadora del perdón".   

 A ti,  Madre,  corresponde ayudar a los que están en peligro,  que por eso te denomina san Efrén "auxilio de los que peligran".     Y    ¿quién,  Reina mía,  peligra más que yo?     Perdí a mi Dios y he estado ciertamente condenado al infierno; no sé todavía si Dios me habrá perdonado,  y puedo perderle de nuevo.     De ti, que puedes alcanzarlo todo espero todo bien: el perdón,  la perseve­rancia,  la gloria.     Espero ser en el reino de los bienaventurados uno de los que más ensalcen tu misericordia,  Virgen Madre,  salvándome por tu intercesión.   

 Jaculatoria: Las misericordias de María cantaré eternamente,  eterna­mente las cantaré.   

 Oración final

Visita 23

Virgen querida,  san Buenaventu­ra os llama "Madre de los huérfa nos,  y san Efrén,  "Refugio de los huérfanos".   

 Estos pobres huérfanos son los desventurados pecadores que han perdido a su Dios.     Por tanto,  a ti acudo,  Virgen santísima,  aquí me tienes: perdí al Señor,  mi Padre.     Pero tú,  que eres mi Madre,  haz que vuelva a encontrarlo.     En está inmensa desgracia te llamo en mi ayuda.        ¿Quedaré sin consuelo?     No,  que Inocencio III me dice de ti: "   ¿Quién la invocó y no fue por ella socorrido?    " Y    ¿quién ha orado ante ti sin que le hayas escuchado y fa­vorecido?        ¿Quién se ha perdido que a ti haya recurrido?     Sólo se pierde el que no acude a ti.     Por ello,  Madre mía,  si quieres que me salve,  haz que siempre te invoque y en ti ponga mi confianza.   

 Jaculatoria: María,  Madre mía,  haz que en ti ponga toda mi con­fianza.   

 Oración final

Visita 24

Virgen poderosa,  cuando me asalta algún temor acerca de mi eterna salvación,     ¡cuánta confianza siento con solo recurrir a ti y con­siderar,  de una parte,  que tú,  Ma­dre mía,  eres tan rica en gracias,  que san Damasceno te llama "el mar de gracia"; san Buenaventura,  "la fuente de donde brotan todas las gracias"; san Efrén,  "el manantial de la gracia y de todo consuelo'; san Bernardo,  "la plenitud de todo bien".     Y ver,  por otra parte,  que eres tan inclinada a dispensar mercedes,  que te crees ofendida,  como dice san Buenaventura,  de quien no te pide gracias.   

 Clementísima Reina,  ya sé que tú,  conoces mejor que yo las necesi­dades de mi alma y que me amas más de lo que yo puedo amarte.   

     ¿Sabes,  pues,  qué gracia te pido?     Otórgame aquella que creas más conveniente para mi alma.     Pídesela a Dios por mí,  y así quedaré plena­mente satisfecho.   

 Jaculatoria: Jesús mío,  concédeme la gracia que María te pida para mí.   

 Oración final

Visita 25

Dice san Bernardo que María es el arca celestial en la que cierta­mente nos libraremos del naufra­gio de la eterna condenación,  si en ella nos refugiamos a tiempo.   

 Figura fue de María el arca en que Noé se salvó del universal naufragio de la tierra.     Pero nota Esi­quio que María es un arca más fuerte y más poderosa.     Pocos fueron los hombres y animales que aquella amparó y salvó,  pero esta nuestra arca salvadora recibe a cuántos se acogen bajo su manto y a todos seguramente los salva.     Po­bres de nosotros si no tuviésemos a María.     Con todo,  Reina mía,     ¡cuántos se pierden!        ¿Y por qué?     Porque no recurren a ti,  pues    ¿quién se perdería si a ti acudiese?    

 Jaculatoria: Virgen Santa,  haz que todos te invoquemos.   

 Oración final

Visita 26

En ti,  Madre nuestra,  hallamos remedio a todos nuestros males; en ti,  dice san Germán,  tenemos el sostén de nuestra flaqueza; en ti exclama san Buenaventura,  la puerta para salir de la esclavitud; en ti nuestra segura paz; en ti,  como decía san Lorenzo Justinia­no,  encontramos el auxilio en las miserias de la vida; en ti,  finalmen­te,  la gracia divina y el mismo Dios,  porque por ello san Buena­ventura os llama "trono de la gra­cia de Dios",  y Proclo,  "puente fe­licísimo" por donde Dios,  a quien nuestras culpas alejaron,  pasa a habitar con su gracia en nuestras almas.   

 Jaculatoria: María,  tú eres mi fortaleza,  mi libertad,  mi paz y mi salvación.   

 Oración final

Visita 27

Es María aquella torre de David de la cual dice el Espíritu Santo en el Cantar de los Cantares que está edificada con baluartes y tiene mil defensas y armas para socorro de los que a ella acuden.   

 Tú eres,  Virgen María,  la defen­sa fortísima de cuántos se hallan en el combate.        ¡Qué asaltos me dan continuamente mis enemigos para privarse de la gracia de Dios y de tu protección,  Madre mía amabilísima!     Pero tú eres mi forta­Ieza y no te desdeñas,  según decía san Efrén,  de combatir por los que en ti confían.     Defiéndeme y lucha por mí,  que en ti deposito toda mi confianza.   

 Jaculatoria: María,  vuestro her­moso nombre es la defensa mía.   

 Oración final

 Visita 28

Cuanto alivio siento en mis miserias y cuanto consuelo en mis tri­bulaciones y qué esfuerzo recibo en la tentación no bien pienso en ti e imploro tu socorro,  dulcísima Ma­dre María.    

 Razón tenéis,  santos del cielo,  en llamar a la Virgen "puer­to de atribulados",  como san Efrén; "alivio de nuestras miserias y con­suelo de los desgraciados",  como san Buenaventura; "remedio de nuestro llanto",  como san Germán.   

 Consuélame,  Madre mía,  pues me veo lleno de pecados,  cercado de enemigos,  tibio en el amor de Dios.     Consuélame,  pero que la consolación que me des sea el ha­cerme empezar una vida nueva que verdaderamente agrade a tu Hijo y a ti.    

 Jaculatoria: Conviérteme,  trans­fórmame,  Madre mía,  que tú pue­des hacerlo.   

 Oración final

Visita 29

San Bernardo llama a María "ca­mino real para hallar al Salvador y la salvación".     Si es cierto,  Reina mía,  que eres,  como el mismo dice,  quien conduce nuestras almas a Dios,  no esperes que yo vaya a Dios si no me llevas en tus brazos.     Llévame,  si; y si resisto,  llévame a la fuerza.   

 Con los dulces atractivos de tu amor fuerza cuanto puedas a mi alma,  a mi rebelde voluntad,  para que deje a las criaturas y busque sólo a Dios y su voluntad santísima.     Muestra a los cielos cuán po­derosa eres; muestra,  entre tantos prodigios,  esta otra maravilla de tu misericordia uniendo enteramente con Dios a quien tan lejos de El está.   

  Jaculatoria: María,  puedes ha­cerme santo; de ti lo espero.   

 Oración final

Visita 30

La caridad de María para con nosotros,  según nos lo afirma san Bernardo,  no puede ser ni mayor ni más poderosa de lo que es.     Por lo cual se compadece siempre gene­rosamente de nosotros con su cariño y nos socorre con su poder.   

 Siendo,  por tanto,  purísima Reina mía,  rica en poder y rica en mi­sericordia,  puedes y deseas salvamos a todos.     Te diré,  pues,  hoy y siempre,  con el devoto Blosio: "María santísima,  en esta gran ba­talla que con el infierno tengo em­peñada ayúdame siempre,  y cuando veas que me hallo vacilante y próximo a caer,  tiéndeme enton­ces,  Señora mía,  más pronto tu mano y sostenme con más fuerza".   

    ¡Dios!    ,     ¡cuántas tentaciones ten­dré que vencer hasta la hora de mi muerte!     María,  esperanza,  refugio y fortaleza mía,  no permitas que pierda la gracia de Dios,  pues pro­pongo acudir siempre a ti en todas las.     tentaciones,  diciendo:

 Jaculatoria: Ayúdame,  María; María,  ayúdame.   

 Oración final

 Visita 31

Dice el beato Amadeo que la bienaventurada Reina María está continuamente ejercitando en la presencia de Dios el oficio de abo­gada nuestra e intercediendo con sus oraciones,  que son para con Dios poderosísimas.     Porque como ve nuestras miserias y peligros,  la clementísima Señora se compadece de nosotros y nos socorre con amor de Madre.   

 De suerte que ahora mismo,  Madre y Abogada mía,  ves las miserias de mi alma y los peligros que me rodean y estás rezando por mí.     Ruega y ruega y no dejes nunca de hacerlo hasta que me veas salvo y dándote humildes gracias en el cielo.   

 Dice el devoto Blosio que tú,  dulcísima María,  eres,  después de Jesús,  la salvación segura de vues­tros siervos fieles.     Yo te pido hoy esta gracia: concédeme la dicha de ser tu siervo hasta la muerte,  para que después de esta vida vaya a bendecirte en el cielo,  seguro ya de que jamás habré de apartarme de tus pies mientras Dios sea Dios.   

 Jaculatoria: María,  Madre mía,  haz que sea yo siempre tuyo.   

 Oración final

 
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