De
"Poemas sin libro"


De la sección "Héroes"

El mariscal Von Hindenburg
observa el rango de un cañón dieciochesco
con el brillo con que miran
dos ojos a punto de quedar ciegos.
Canturrea unos versos
que oyó a su abuela en la tina de baño.
Está a punto de llorar.
Cree, a su pesar, que se ha perdido el honor
de la lucha cuerpo a cuerpo.
Cree, también, en la historia como arma.
El mariscal se acerca a la boca del cañón
con la frente nublada por presagios.
Introduce la mano, luego el brazo,
una pierna, el cuerpo entero.
En su fetalidad de hierro se siente
una virgen casta, y sueña.
Un ave ha rozado el cuello
de su abrigo con el pico.
La mira
y el ave sonríe
con el rostro de su abuela
y le aconseja llevar echarpe,
guantes y calzado forrado.
Von Hindenburg llora.
Su abuela lo contiene con los ojos.
El ave desaparece
uniéndose a la bandada.
El mariscal guarda
sus juguetes más queridos
en una bolsita y
penetra en la batalla.



Corpus Christi

No tengo ideas.
No siembra en mí su algarabía
el mundo celebrado.
No baja el cielo santo a prosternarme.
El agua ya no aclara
mis manos de sequía.

El fuego me ha quemado.
La noche ha consumido mis banderas.

No estoy tranquilo
sino agotado.

Tengo las manos abiertas para nadie.

¿Qué viento ha dejado de empujarme?
¿Qué abandono de Dios
me crucifica?

Yo
que contengo la fe de lo que existe
no tengo ideas.

Y no hay penitencia que devuelva la pasión.

Hace falta un
corazón para estar vivo.



Nocturno

El cielo está armado.
La tierra está armada.
El fuego.
El agua viva.
Aquí está tu coraza.
Mi espalda de timbales.
Aquí la noche líquida
incandescente
oscura.
Aquí mi corazón:
en la batalla.
Y tú
como mi suerte
estás echada.



Agua bebida
A Irene Gruss

No sé hablar.
Me despierto alejado.
Trastabillo en mis pasos.

Inadecuado espejo de lo que podría
soy los que soy:
no me reparto.

Hasta aquí llegan luces
de horizontes oscuros.
Letanías de lobos.
Aullidos de luna llena.

Por aquí pasó alguien
a mojarme los ojos.

Pero no sé decirlo.

Dentro de mí hay una agua,
un silencio de campana.

 

La raya muerta
A Raúl Mileo

En su ademán inmóvil suspendida,
aparición en el alud de espuma,
esperando ya no,
desesperada,
la raya muerta.

Encadenada a su espejo de arena
como los astros a su elipse, quieta,
cielo de bocas entreabiertas,
la raya muerta.

Muerta sin fin, sin alas, ciega.
Pájaro de tierra.
El mar la cubre y la descubre. Juega
con esa niña sin muñecas.


Para la luz del sol.
Para una catedral de luz desierta.
Para la vida sin la vida. Huella.
Vuelo de hondura de la raya muerta.
Raya no de diálogo.
De fin.
Página suelta.


Rumor de mar.
Amores en América
desaparecen de su puerta.
Brilla el frío solar y apaga el cielo.
Abre los ojos la raya muerta.

No raya de pasión.
No de quimera.
Ni de alegría ni de esperma.
Virtud del agua que en el agua queda.

A su salud postrera,
el ojo del crepúsculo se incendia.


Raya sin alas.
Pájaro de guerra.
Murió de un pescador que vive en pena.
En el fondo del mar
la vida late.
Pero es del aire lo que vuela.

 

Poemas del libro "Mujeres"


Cosas -dijo-
cosas que pasan.
Se abotonó el tapado y los cuchillos
del viento le tajearon la cara.
Respiró el hielo súbito y
se armó de valor.
Hay que ir de compras -dijo-:
comprar un corazón.

 

Tomó la hostia
con la punta de la lengua
y la empujó adentro de la boca.
Frescura
le daba el deshacerse
del cuerpo santo
y honda garganta
la mística luna.
Bajó la cabeza
y entre todos
caminó por la nave central.
El órgano en el aire
celebraba
su cálida epopeya.



Besó
hacia un lado la boca y echó
la sombra dentro.
Frutal
como una lámpara
de labios entreabiertos.
Entregada al goce de temer.

No es ella quien jadea:
es su ventrílocuo.

 

Ella está sentada
frente a la ventana de su pieza de niña
y mira el jardín,
cualquier jardín de sus ojos,
para entrar en el verde.
No comprende aún,
en su inocente juego,
que alguna vez tendrá en su mano
la riqueza deslumbrada,
y se abandona a su deleite de sol,
a sus colores.
Está sentada pero vuela,
y el cielo es un silencio de sus ojos.
El viento es su guarida, porque sopla,
y lo que sopla no deja de vivir.
Cuando se cansa de tanta compañía,
ella desciende de sus tigres,
le da cuerda al reloj
y mira lejos,
donde no alcanza la mirada.



Ella se hace merecer.
Deja la bolsa en la vereda y se maquilla
con un mínimo espejo
que refleja fragmentos
de su cara.
Se hace desear por sí misma
porque busca
un labio cuando quiere una ceja.
No llega nunca a verse entera.
El resultado es la incógnita,
la entera seducción.
Recoge luego la bolsa y camina
segura del impacto.
Si le rozan el codo comienza
una conversación.



Partió una nuez y entró
en el mínimo cerebro
con fruición oleosa.
Toda la boca le tembló en el contacto
seco de la fruta.
Saboreó
ese unísono coral del europeo
en la piel áspera
en la pulpa crocante y
acaso húmeda.
Se deshizo en llanto.
Ella y la nuez en comunión.
El fruto ya
convertido en silencio.
La nuez es el aceite del olvido
-dijo
con una música que sonó irreal.

 

Poemas del libro inédito
"Extracción del agua de la niebla"


XXXIX

Es un día de fuego.
Estalla en los ojos
el sol de la cúpula
y es un incendio de odio la campana.

Cantan los fieles una fe que se apaga.
San Cayetano tiene la espiga marchita.

Pero bailan como alambres
las filas de fidedignos,
las columnas encendidas de la grey.

Es un día de fuego
porque hay fuego en los ojos
porque es de fuego el rostro que confía.

Es de fuego y tiene hambre.
La sombra no se come.

Ya no se bendice el agua.
Dios no tiene perdón.

El que está sin amor
o el que está sin trabajo
abandona la fila de creyentes
y camina junto a las paredes
escritas por los herejes.



XXXV

El sin trabajo huele a quemado.
Su aspecto de sí mismo
lo descubre ante el mundo.
Ha pateado la calle
y en la calle latas,
tapitas sin botella,
cartas
que algún despechado hizo bolitas.
Como el amor se come con champán,
el sin trabajo no piensa enamorarse.
Pero vivaces
sus ojos se despiertan
cuando huele en el aire.
El sin trabajo cree en el humo
de las gomas encendidas.