
Tres autores, por
Eduardo Mileo
Beatriz Vallejos
Jorge Leonidas Escudero
Francisco Madariaga
Beatriz Vallejos
La hermana
¿Yendo íbamos?
charcos de lluvia
descalzas yendo íbamos
de cielo
pies de arenal hilos
de las islas aire
cruzando desvaídos lilas
íbamos
Llovizna
De los naranjos llovizna
al azahar, como entonces.
¿Tan brevemente así?
como entonces, y cerca
sobre las tumbas
todo parece igual
Mejor así
Mejor así si brota
en una ciudad tan grande.
Balancea el farol su esquina,
pasan alas
de universo en su roce.
¿De veras estamos solos?
Palabra por palabra
Acomodar la humildad
regar su tiesto.
Jorge Leonidas Escudero
Guanaco relincho
Paró pata en la cumbre reinadora
y miró por el tiempo de sus hembras;
copó al viento, le puso contraseñas
y lo volcó en las cuestas azulinas.
De cogote cruzado con las nubes estuvo,
antojo de ser luz, pegado al cielo.
Corazón de algo grande parecía
diminuto en la mano de una peña.
Del alto nacedero de sus ojos, la nieve
colgaba derritiéndose para formar los ríos;
loa pastos amarillos caían de su pecho
saltando las quebradas rumbo a las vegas verdes.
Y enhorquetó de pronto un eco en las orejas:
entre los farallones la piedritas movida.
Dio una vuelta en redondo, avizoró de frente
y así entró por el ojo de la carabina.
Lanzó un relincho azul, morado y negro;
le chispeó en el codillo abierto rosa;
sorprendido en secretos con su ángel
entró al revolcadero de la sombra.
Huyeron las guanacas por las crestas;
hilaron con su lana los abismos;
y la cumbre quedó sin corazón arriba,
como un grito en la nada, sólo piedra.
Minero Riquelme
El bar de La Alcaparrosa
y un largo llanto en la puerta.
En estas piedras el río
¡qué va a decir otra cosa!
Vistas a la cordillera
el bar de La Alcaparrosa.
Riquelme entra.
Le dan un valle remoto
adentro de una botella,
la sombra de una mujer
copada por agrio tiempo.
Joven se hizo minero
y andando el mundo adelante
se vino como ha venido,
solo en caballos de piedra.
Metido en las lumbreras
se le rajaron las manos;
craneando volver al pago
se le hizo arrugas la frente.
Por tanto amor que le deben
trae unos vales ahí, para vino.
Con tanta dicha que espera
él sigue como dormido.
Él vive a cuerpo de sombra
mientras arriba
el oro claveteado asoma en primavera
sobre los yuyos,
los arroyos dan vetas de alfalfa malaquita
y el cielo entre sulfuros atardece de cobre.
Y apura un vaso el minero.
Se estira como un gusano
para formar mariposa.
Pone los ojos en blanco
rumbo a la noche de adentro
y un golpe de tos lo encoge sobre la mesa.
Tanto golpear en la cuña
tendrá que abrirse la vida, Riquelme.
Hay un caballo blanco esperándote.
El agua subterránea sacará un espejo
donde tu cara charqui
reencontrará el asombro y la sonrisa.
En un profundo derrumbe
del bar de La Alcaparrosa
está Riquelme apretado
y afuera el río lo llora.
Destino
Ayer cuando venía de no sé dónde
se me cruza mujer como otras veces y dice
salite
de andar entre los buscadores de no encontrar.
Fue triste que hermosa mujer esa me diera
tal consejo de madre, porque aunque es verdá
no puedo bedecerla pues me pasé la vida
en intentar lo desconocido y ahora
¿qué hago con la costumbre de no encontrar?
Di la espalda, cabeza
bajé y la bella consejera otra vez
se sintió defraudada.
¿Pero es que qué culpa tengo yo si
al revés de lo que opina tanta gente
me complace buscar lo que no encuentro?
Francisco Madariaga
Lágrimas de un mono
Yo quiero cautivar tu desesperación, oh
mono
adiós.
Tiemblas tanto en tus islas negras, oh mono
adiós.
En los embarcaderos el color encendido en tus
ojos tiene tanta fe.
Oh mono, retén el equilibrio de tu asombro.
Yo ya tiemblo en tus islas, mono adiós.
Tu odio virginal es idéntico a cuando se cruza
mi alma con el mundo.
Los poetas oficiales
¿Amoldáis vuestra esfera a lo más
íntimo del
porvenir?
Perros enanos entecos, tenéis a vuestro
servicio
los escribientes nacionales, pajarracos de
la patria?
Canasteros de los frutos del odio, no estoy
arrepentido de tener a mi servicio las joyas
y los frutos del deseo.
Principitos destronados de toda sangre de
composición en la naturaleza.
Eugenios, Equis, Clauditos, perritos de ceniza.
Llegada de un jaguar a la tranquera
Desciende, agua criolla.
Paraje, desciende, ¡pero muy bien montado!,
con apero del oro de las guerras
y los rodeos en llanuras gateadas.
Espartillo, áspera y delicada cabellera
del
terror correntino,
canta tu canción de hada de llanura.
Desciende, palmeral del borde del estero,
para beber la luminaria caída de la tormenta
de la raza.
Entrégate, oh el antiguo, ex guerrero, ahora
cuatrero, vengador de la estancia delicada,
solitaria en el llano del llanto,
llano del aguacero,
y pon tu estribo de oro y de reserva
para bajar a beber miel y estero:
Que ha llegado un jaguar a la tranquera.