ALCURNIAS ANDALUSÍES


EL REGRESO

Volvían escarmentados. Los hermanos musulmanes no habían sido tan fraternales. Volvían callando. Algunos se enteraron de que podían volver de mil amores a sus pueblos, sobre todo cuando eran señoriales, eso sí, sin que nadie de fuera se enterara. Hasta las justicias (los guindillas de la época) disimulaban. Así debieron de volver muchos de los de Aragón, que continuaron su vida en la tranquilidad de los campos con su turbante (cachirulo) en la cabeza, o los de las Cinco Villas del Campo de Calatrava, como valientes moscas, echados y regresados y vueltos a echar y finalmente regresados (Domínguez Ortiz y Vincent); o los del Bajo Segre y el Bajo Cinca, o los de Tortosa, en el Delta del Ebro, a quienes protegió el obispo; o los del Valle de Ricote, en Murcia, que no quisieron irse a Berbería, porque eran buenos cristianos, sino a Francia y Alemania, y que se alejaban una y otra vez, mientras algún funcionario celoso hacía estragos entre ellos (azotes, galeras), hasta que se quedaron, "sin más causa que por el amor de su patria", como dijo el Marqués de los Vélez; o los de Talavera de la Reina, en Toledo; o los de Almadén, por mor de las necesidades acuciantes de mercurio para las minas de plata de América; o los muchos que consiguieron quedarse en las casi despobladas tierras de Almería (Padre Tapia), especialmente en la Baja Alpujarra; ¿qué pasó en Chiprana, cerca de Caspe, lugar famoso de conversos?; ¿será verdad que en Ugíjar se quedaron algunas familias de estirpe morisca?; verdad era que en Loja había muchos pobres buscavidas, esclavos moriscos. Otros muchos sabían que no podían dejarse ver por sus lugares de origen, donde no serían tan bienvenidos, por si eran reconocidos: pero había otras posibilidades: los caminos, como arrieros; las calles de Sevilla como pícaros; la compañía de los gitanos, en los mismos caminos, donde algunos se mezclaron con ellos, o en el barrio de San Ildefonso de Granada (según Eduardo Molina Fajardo), donde puede ser que se fraguara el flamenco, con los melismas moriscos; los portales de las iglesias como mendigos que en el verano se iban a los cortijos como jornaleros; la Corte, que ya era la Corte de los Milagros, con sus muchedumbres de ganapanes y de mozas de buen vivir (que solían llevar la cara tapada, dejando ver sólo un ojo); los tercios de Flandes o de Italia; la Armada; las Indias. Aragón, Talavera la Real, Campo de Calatrava, Ricote, Tortosa, la tierra de Almería, Loja, la ciudad de Granada: puede hacerse una verdadera geografía de los moriscos permanecidos después de la expulsión, y enlazar los nombres propios con el caos de los caminos o las fragosidades de los montes.

Estos miles de pícaros, mendigos, arrieros, mozas, soldados o marineros de fortuna (Rodrigo de Triana había sido, cien años antes, uno de ellos) dan lugar a otra España que es la más España, situada al sur de las severidades castellanas y leonesas, que va desde Madrid y desde Zaragoza hasta Algeciras, curiosamente los territorios más propios del antiguo Al Andalus.


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Kim Pérez F.-Fígares


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