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La Princesa encantada del
Palacio de las Veletas
Cáceres
era una gran fortaleza árabe. Los árabes habían hecho su plaza fuerte,
llamándola, precisamente por eso Cazires. Muchos fueron los intentos de
reconquista, pero todos fueron inútiles hasta el reinado de Alfonso IX.
Aún para este monarca la empresa se convertía casi en imposible. Hubiera
sucedido lo mismo que en otros intentos a no mediar la ayuda de una dama
cuyo nombre se ha perdido para siempre. Para todos era, sencillamente, la
Princesa.
Gobernaba la villa
un Kaid soberbio y arrogante, que apoyada su poderío en las singulares
defensas que le rodeaban. Estaba la villa formada por diversos alcázares
y mansiones de caudillos o caciques agarenos. Se comunicaban entre sí por
galerías subterráneas. Varias de ellas tenían salidas ocultas fuera de
las murallas. Entre ellos había una famosa galería llamada Mansaborá,
la cual avanzaba tortuosa, soterrada, obstruida y va a dar , después de
describir un ángulo recto a la ronda de las huertas. No son pocos los que
por esa zona han sentido el espíritu de la mora por encima de las
murallas, convertida en gallina con polluelos de oro. ¿Qué había hecho
esta mujer para ser castigada de aquella manera?. Nada, simplemente ser
bella, ser mujer y ser enamorada.
Alfonso IX de
León se había empeñado en extender la Reconquista a las tierras que se
decía de nadie. Había que borrar el recuerdo del primer fracaso. Para
conseguirlo llamó a sus mejores capitanes. Quería convencer al Kaid de
los Alcázares de que el empeño era definitivo. Destacó una embajada que
pidió ser recibida por el señor Alkaide de la fortaleza. La presidía un
notable, aguerrido y apuesto capitán. Cuando llegó al palacio pudo
contemplar a la bella agarena, la hija única, y por eso más querida del
Kaid. Fue bastante un encuentro, sin mediar palabras, para que el
capitán, ante el fracaso de la rendición del padre, se compensara con el
enamoramiento de la hija. Cuando cruzaba la sala y se despedía, una dama
obsequió al capitán leonés con un pañuelo, recuerdo de su visita. En
aquellos tiempos era una contraseña bastante socorrida. Cuál no sería
su sorpresa, cuando al llegar a su tienda encontró dentro del pañuelo
una misiva que decía: "Acude todas las noches a la calleja de Mansa
Alborada, y una dama te acompañará hasta mi presencia". El capitán
pensó siempre en una trampa, pero el corazón le hablaba de un amor que
podía ser el comienzo de un sueño de ventura. Y fue. Cuando menos lo
esperaba, entre la maleza, una gentil aya moruna le invitó al aposento de
su señora. Qué sorpresa, después de recorrer la galería pudo
contemplar la belleza singular de la mujer que le había cautivado. Los
encuentros se repitieron, y el mancebo cristiano subía todas las noches a
satisfacer la sed de amor de la agarena.
Pasaban los días
y el cerco seguía en el mismo estado. El enamorado doncel, valiéndose
del ascendiente que había logrado sobre el corazón de su enamorada
princesa, obtuvo las llaves de la entrada a la galería. Había jurado
insistentemente que sólo las utilizaría para sus visitas de amante. Y
así fue en sus propósitos iniciales. Pero en aquellos momentos de asedio
inútil pesaban demasiado sus responsabilidades de capitán y caballero.
Pensó incluso que si lograban tomar la ciudad y él se significaba por su
especial aportación le sería más fácil atraerse la recompensa de su
Rey, y con ella sacralizar los amores, que por ocultos, tanto le venían
agobiando.
El animoso
capitán logró que se aprobara su plan: las mesnadas alfonsinas
simularían un ataque a las murallas por los lados opuestos de la
población. Él seguido de un grupo de peones, se presentaría en los
salones del alcázar, sembrando el terror y el desconcierto. Las cosas
resultaron demasiado fáciles. El Kaid descubrió la causa de su derrota.
Indignado por la responsabilidad de su hija fulminó contra ella y sus
valedores un anatema más tremendo que la muerte misma: La lanzó con su
aya y con sus damas al subterráneo que iba a dar a la calleja de Mansa
Alborada, donde en castigo de su traición permanecerían hasta que los
hijos del Profeta volviesen a reconquistar la plaza perdida por su culpa.
Para que nadie pueda rescatarlas, la entrada y salida de la galería
desaparecieron a la vista de los simples mortales.
Y allí
permanece la encantada y a la vez maldita princesa enamorada, acompañada
de su aya fiel y sus doncellas jóvenes, por el conjuro poderoso del Kaid,
convertidas sus quejas en piar de gallinas y polluelas, no tienen otro
rato de expansión que el que a casi todos los seres encantados depara la
noche de San Juan: Salen entonces a dar una vuelta por los contornos y
lanzan hondos suspiros, plañideros píos, esperando el día de su
desencanto.
FUENTES: Miguel Muñoz de San
Pedro, Conde de Canilleros, "Extremadura la tierra donde nacían los
dioses"
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