Núm 29, II Época  - Enero 2001 - Edita FE-JONS  -  La Falange  


La acción directa

Julio Ruiz de Alda

El mando

Los carteles

Imagen y Prensa

  Los 10 mandamientos para hablar con los periodistas

LOS COMUNICADOS DE PRENSA

LA RUEDA DE PRENSA

NORMAS PARA UNA CAMPAÑA DE PRENSA

EL DEBATE RADIOFONICO

Existe una variedad muy amplia de métodos o formas de actuación que no implican  la utilización de la violencia. Se dividen en cuatro clases: la protesta, la persuasión, la no cooperación y la intervención. En general, los métodos de protesta son simbólicos en su efecto, y producen una conciencia de la existencia de una disensión dentro del cuerpo social; su impacto, en determinadas circunstancias, puede ser muy grande. Los métodos de protesta incluyen las marchas y manifestaciones, los encartelamientos, la siembra de octavillas, las pintadas...

                Los métodos de persuasión componen el núcleo central de lo que denominamos Agit-Prop, es decir, inundar e intoxicar el cuerpo social de ideas de la alternativa al Sistema. Su objetivo es doble. Por un lado, deslegitimar el poder restándole adhesiones; por otro, legitimar y fortalecer la rebeldía al Sistema y la necesidad del cambio revolucionario. Para ello se utilizan las publicaciones, los carteles, los medios de comunicación, las pancartas, los mítines, las asambleas...

        Los métodos de no cooperación, si se llevan a cabo por un número respetable de gente, pueden producir serias dificultades al adversario para mantener el funcionamiento de su poder. Estos métodos incluyen los boicots sociales y económicos, las huelgas, la desobediencia civil,...

     Los métodos de intervención representan una confrontación directa con el régimen político que queremos subvertir, que se verá situado delante de hechos consumados y un enfrentamiento inevitable. La intervención provoca desgraciadamente la represión, por lo que los riesgos han de ser cuidadosamente calculados. Podemos incluir en este apartado las ocupaciones de centros de estudio, centros de trabajo, instituciones oficiales; los saltos; las sentadas y obstrucciones; los cortes de carreteras y vías de comunicación; los piquetes; etc.

   ¿Qué efectos tiene la acción directa?

     En todos estos métodos se dan, sintetizando, tres mecanismos que ocasionan un cambio. Son: conversión, acomodación y coerción. Por conversión entendemos que el poder, como resultado de las acciones, llega a tener un nuevo punto de vista que abarca los fines de la subversión. En la acomodación, el adversario, a pesar de no estar “convertido”, decide acceder a las peticiones de los participantes en la acción. La situación social en la que se mueve ha sido alterada por la acción tanto como para verse obligado a cambiar su posición en el conflicto, tal vez porque crea que la cosa no merece todo el trastorno causado por la lucha, o tal vez porque prevé una derrota y decide retirarse a tiempo. La coerción puede tener lugar en una de estas tres circunstancias: el desafío llega a ser demasiado amplio y masivo para que el poder pueda controlarlo por la represión, el sistema social y político puede paralizarse, o el desafío puede disminuir la capacidad de represión de las mismas fuerzas que defienden el sistema. La coerción se hace posible cuando los que están realizando la acción subversiva consiguen contener, directa o indirectamente, las fuentes básicas del poder político.

 La respuesta del poder: violencia y represión

      No podemos ser tan ingenuos de pensar que un poder que se enfrenta con una oposición no violenta vaya a renunciar de golpe a su capacidad de violencia. Ante esto, la subversión puede responder a esa violencia de tal forma que pierdan su equilibrio en una especie de judo político. En lugar de enfrentarse a las fuerzas del orden con el mismo tipo de fuerzas, los participantes en una acción responden indirectamente a los agentes de la represión. Su objetivo es el de mostrar que la represión es incapaz de acobardar a la gente, y privar al adversario de apoyos desprestigiándole por el uso de la violencia, minando así sus recursos. Además, la utilización por parte del poder de la violencia represiva legitimará socialmente la violencia revolucionaria.  Lejos de significar el fracaso de una acción, la represión ayuda a menudo a hacer patente la crueldad del sistema político contra el que se lucha. La represión es, muchas veces, una forma de reconocer, por parte del poder, que la acción subversiva constituye una seria amenaza para su régimen. 

El éxito de las acciones no violentas contra el  Sistema depende de la persistencia de los participantes en luchas con sus propios métodos, y en oponerse a todas las presiones, sean causadas por una hostilidad emocional a las brutalidades, tentaciones o ventajas momentáneas sobre el adversario, o por agentes provocadores utilizados por el régimen. Toda violencia por parte nuestra contrarrestará muchísimo la acción y justificará, para muchos, una severa represión, reduciendo las simpatías y el apoyo de la opinión pública. 

                Ante las provocaciones no se tiene que hacer nada “bueno” ni nada “malo”. Conservar la sangre fría y comportarse con calma, aunque la situación pueda llegar a parecer ridícula. Someterse a la disciplina colectiva y no perder los nervios, ya que eso es precisamente lo que quieren. Seguir las órdenes de los que dirigen la acción. A menudo es bueno cantar a coro ya que desconcierta al adversario y anima al grupo. Observar y tomar nota de la actitud de los espectadores ya que puede ser de importancia capital para interpretar mejor los efectos sobre el público.

Principios fundamentales de la acción directa

    El principio fundamental es la no-colaboración. Se basa en el siguiente análisis: si las injusticias están tan profundamente enraizadas en las sociedades es porque se benefician de la complicidad y de la colaboración de la mayoría de los miembros de estas sociedades. La estrategia de toda acción debe consistir en romper esta colaboración con la injusticia y ejercer de esta forma una presión social sobre el poder a fin de hacerlo ceder.

      En una primera fase esta no-colaboración podrá organizarse en el marco de la legalidad. Se tratará de agotar todas las posibilidades ofrecidas por los medios legales. Pero cuando éstas se revelen inoperantes entonces será necesario entrar en la desobediencia civil. Esta se fundamenta en el reconocimiento del hecho demasiado tiempo ignorado, de que la obediencia a la ley implica la responsabilidad del ciudadano y su complicidad con el orden establecido y que, por consiguiente, el que se somete a una ley acepta una parte de responsabilidad con la injusticia que ampara la legalidad vigente. 

    La estrategia fundamental de la acción directa consiste en escoger un punto preciso del Sistema que permita hacerlo caer con la utilización de una palanca. Este punto preciso será la “llave”. Hace falta pues, buscar la llave, el punto débil del Sistema, aquel punto en que tendrá menos ventajas, el punto de desequilibrio, aquél que será más fácilmente atacable, el punto en que el abuso del poder será más claro, más clamoroso y más molesto.

Curso Alejandro Salazar, Cudillero 1994