(Viene de la página 5)
antigüedad -clásica y pagana- pudiese borrar el carácter bautismal. El Renacimiento no podía ser totalmente pagano"; o como diría mi amigo Jorge en el andén de Richieri una "época extraña". Tiempo de transición que arbitrariamente podríamos demarcar en la centuria que va del 1450 al 1550. Retorno y sujeción a los clásicos pero también proyección al porvenir no solo en las manifestaciones artísticas sino también en la teoría política y otros ámbitos del pensamiento. La prensa de la imprenta multiplica sus giros inmortales. Savonarola aturde con sus "Sermones". Boticelli desplaza la exquisitez de su pincel en el "Nacimiento de Venus". Widmar inventa los signos + y - y la brújula pretende decirnos a dónde ir cuando Maquiavelo nos desayuna que es El Príncipe quien ha de decidir esa cuestión. Tiempo de artes y descubrimientos; genialidades y miserias. Son los días en que Francois Villon irá de posada en posada huyendo del frío y los lobos componiendo esos versos entre delicados y groseros. Manucio imprime a Aristóteles, los Tudor van y vienen y la Gioconda sonríe nadie sabe bien por qué. Al frente: el premio de la Reconquista; un mundo nuevo que se descubre: América y la esperanza de un hombre mejor. Atrás un mundo viejo que se quiebra: Lutero y la amarga herida de una gran separación.
Contradicción y paradoja dijimos. En este marco, el papel de Inglaterra no es poca cosa, casi que forma parte de su esencia. Pasamos de la tierra y su estática, al urbecentrismo y su dinámica; de vivir en y para la eternidad, a un mundo de monos relojeros; de la calidad a la cantidad; de las proporciones jerárquicas a la perspectiva; de la obra al artista; un mundo donde bulas o ducados cotizan en las mesas de los poderosos y donde las renovadas pretensiones grecolatinas habrían de convivir a la sombra infinita de una cúpula gótica. En este paisaje el movimiento humanista teje redes invisibles gracias al triunfo del género epistolar.
Moro: Hombre de un reino.
"...pues no me preocupa gran cosa de lo que de mí se diga, con tal que Dios apruebe mis acciones." Carta a Erasmo
Moro fue un hombre de su época. Época como admitimos de crisis y transición. Pero en él se observa un crecimiento lineal, producto sin duda de una magnanimidad capaz de retener la Gracia. Gracia santificante y ordenadora que lo convierte en un cristiano que se vale de la paradoja; en un mundo paradójico que suele valerse de lo cristiano. Ahora bien, a diferencia de Checke, Elyot, Lily u otros
(Continúa en la página 7)
|