
que no paraban de gritar que, a ver,
oiga, que venga el encargado, que con nosotras se han equivocado
y que a estas horas teníamos que estar en el Infierno, que habíamos quedado
con unos colegas y añadían por lo bajini
que mira, si cuela, cuela, y que de haberlo sabido antes nos
hubiéramos portado peor, porque para esto, la verdad...
Total, que me tomé un par de
con ellas, me dieron su teléfono y me despedí
hasta otra vida (o sea: "hasta otra, vida").
Y ya, por probarlo todo, me decidí a darme un voltio por el Cielo, aunque no os podéis ni imaginar lo que puede llegar a pesar un cepillo de dientes cuando lo llevas sujetando un diván, un buen montón de libros y un arpa...
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