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EL HERALDO
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nA
PROPÓSITO |
Por Fredy Maldonado Cordero |
Por favor... ¡No me abandonen!
En mayo, junio,
agosto, diciembre o cualquier otro mes de año, es oportuno que permanentemente
reconozcamos LA MATERNIDAD como una de las vocaciones más importantes y
privilegiadas de la mujer, aunque esa maravillosa determinación es a veces poco
valorada, mínimamente reconocida y hasta olvidada.
Hemos de confirmar el hecho de que a una MADRE no se le puede rendir honor y
agradecimiento con la simpleza de los regalos materiales, pues lo que cada una
de ellas ha depositado en sus hijos, va mucho más allá de la conceptualización
humana y terrenal, es decir, es tan profundamente misterioso, como misteriosa es
la concepción de la vida. De esa cuenta, no es justificable desde ningún punto
de vista el que los hijos fácilmente echen en el costal del olvido: Sacrificios,
desvelos, lágrimas, esfuerzos, humillaciones, preocupaciones, agónicos instantes
y tantos otros aspectos inherentes a la maternidad, que unidos al dolor del
alumbramiento se fusionan en el inigualable sentimiento del amor. Solo una madre
es capaz de anteponer el corazón a cualquier vergüenza, al inminente peligro, al
desprecio y a la falta de visión de vida de cualesquiera de sus hijos. Solo una
madre es capaz de seguirlo siendo, aún visitando a su retoño en la prisión, en
el hospital, o buscándolo en los bajos mundos de los vicios y de vida
desordenada, en la persecución y cualquier otra calamidad. Es la madre el único
ser, que en medio de la desintegración de su familia, sin miramientos se echa al
hombro la responsabilidad del cuidado, educación y preparación de sus hijos, a
pesar de tener que multiplicar esfuerzos y quizá, sobrellevar instantes de
desesperación, pobreza, hambre y cuánto no más. Sin embargo, ante esta hermosa y
auténtica verdad, hay quienes, diluyendo ese amor de su propio corazón, se
atreven a abandonar, olvidar o simplemente “encerrar” en los asilos a madres
ancianas que en vez de merecer reconocimiento y retribución a su dadivosa
existencia, llegan a suponer “estorbo”, “molestia” o “complicación” a la hora de
que ostentan el total derecho de cosechar lo que han sembrado, a pesar de su
vejez.
Es meritorio
agradecer a Dios que a muchos les conceda el “regalo” de tener a su lado a su
madrecita por muchos años y mucho más meritorio es permitirle a esa valiente
mujer, el derecho a segar lo que siempre soñó y que en su mente permanece
latente: “EN TI SEMBRÉ AMOR, PARA COSECHAR AMOR”.
No seamos ingratos.
Los asilos son efectivamente, una buena opción para quienes no tienen otra
alternativa, pero teniéndola, qué derecho se tiene de encerrar a esa santa
viejecita tan solo porque ha esperado sentirse amada como a cada uno de nosotros
nos hizo sentir en su oportunidad y que hoy solo espera vivir sus últimos años
de vida, gozándose en el producto de todo lo que en cada uno de nosotros derramó
y que la hace meritoria de una retribución multiplicada al mil por ciento. ¿No
lo cree así usted?
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