

CONTINUACION...
Pero es el reino de las apariencias, como dije. Las resinosas que adoraba vivían en Miraflores o San Isidro, se bañaban todos los días y su promiscuidad no era reflejo de confusión o angustia sino su simple y corriente Servicio Ruquero Obligatorio que toda (y todo) adolescente en este país que no postule para frígida(o) o monja(e) atraviesa. Sí, esas pastrulas que fumaban scanes en el fondo sólo vivían sus hormonitas curiosas, sin desesperación, sin nada que las joda o las asuste de verdad. No exploraban, simplemente vivían el narcisismo de ser chibolas, ricas y con un cuerpo que podía darles placer y multiplicidad de opciones sexuales antes de convertirse en chicas serias, estables que deseaban un futuro, una casa y un huevón con autoridad y suficiente billete como para hacerlas sentirse seguras y protegidas. Conciencia de clase le decían antes.
Pero así como las seudosubtes
y artistitas poseras lorchas decepcionaron a este fanzinero lo mismo fue con
las "alternativas" gringas y sus actitudes fáciles, su sexualidad
demasiado evidente, su feminismo cortachulapi demasiado infantil y revanchista.
Entonces volvía a escuchar el Exile in Guyville.
Sí, Liz era una chica de clase media, con todas las fantasías,
obsesiones y caprichos que una burguesita que quiere ser linda puede tener,
pero que podía ver más allá de ellos y que planteaba
su insatisfacción, su incomodidad. Lo bueno de Liz era que el mundo,
los hombres, la sexualidad le jodían pero a la vez la excitaban; le
creaban problemas, preguntas pero también inquietudes, placeres.
Llega un momento en que tú puedes optar por ser un cínico (o
cínica) o hijo de puta (o grandísima puta) y aceptar el mundo
y cumplir todas las pichuladas que éste y sus convenciones te exigen
para que puedas disfrutar sus placeres. La otra es convertirte en un outsider,
alguien sin lugar, indefinible, un marginal. Pero el dolor que implica ser
"especial" no es muy atractivo que digamos. Digan lo que digan es
estúpido ser un yuppie, pero lo mismo es ser un subte resinoso que
no tiene plata ni para comprarse discos ni calzoncillos ni poder cuidar a
la mujer a la que uno quiere hacer feliz. Lo difícil es cómo
"aparentar" ser normal y compartir los deseos y rituales (estudios,
chambas, compromisos) de la gente "normal" y "estable"
sin convertirte en un descerebrado o un cojudo o un prepotente.
TANTAS VECES LIZ: ROCKER / RUCA
Liz puede ser esa chica normal que puede estar a tu lado en la chamba, lateando por la calle, comprándose ropa, toneando en el Blue Buda, jameando un Bembos. Pero con la diferencia de que ella no ha maquillado sus obsesiones con el miedo a lo desconocido o la búsqueda de la seguridad o la comodidad. Liz desea lo que toda mujer desea: placer. Pero también ir más allá de ese placer. No se trata de encontrar tu yuppie pingón con billetera. Tampoco de tu poeta mocho con pájaros en la cabeza. Se trata de lo que aún no se conoce, el fantasma del deseo, el amor que como dijo un poeta broca: "es una pregunta cuya respuesta nadie sabe".
Liz podría ser la mujer de tu vida
no sólo porque quiere mamarte la chulapi como una reina, tirarte hasta
dejártela azul o hacerte el perrito en tu jato ("I wanna fuck
you like a dog/take you home and make you like it"). Sino porque te va
a exigir ser un hombre, no una fantasía. Y te lo va a pedir sin pelos
en la lengua.

¿CÓMO ES ESO DE CHUCHOCÉNTRICA, OYE COMPADRITO?
Hay discos que se convierten en algo más que una cuestión de placer, se convierten en une necesidad, alimentan tu vida y sus imágenes y sonidos aparecen en cada momento intenso y definitivo. Patti Smith alucinándose Rimbaud conmueve mi orejita pero su cómputo beat y de artista newyorkina no me ayuda a conocer a ninguna de las mujeres que me rodean (traten de decirle a alguna mujer que quieran que se alucine Patti Smith y van a ver al monstruo que van a crear). La PJ Harvey y su cómputo de amante maldita y desesperada tampoco. Pero el Exile in Guyville sí me ha descubierto más cosas de las mujeres y de mis deseos y fantasías con ellas y de lo que éstas esperan de mí que cualquier otro disco femenino. Sus historias de parejas que se rompen, de mameys a forro, de confusión y extravío son las más honestas y conmovedoras que he escuchado a una mujer. "Divorce song" podría haber sido un cuento de Carver y es tan profundo como uno de ellos. "Flower" es la canción más arriola que he escuchado en mi vida, "Fuck and run" ha conmovido a casi todas mis amigas y "Glory" es la mejor canción que se ha hecho sobre una sopa con lengua y harta saliva.
Después del
Exile in Guyville Liz sacó Whip-Smart,
disco en una clave más pop y que agregaba una actitud más contemplativa
y astuta sobre su sexualidad. Lo bueno de este disco, a veces irritante en
su pendejada, es que Liz sigue sintiéndose jodida y conflictuada. Actitud
que parece haber abandonado en Whitechocolatespaceegg,editado
el año pasado y que quiere ser una reflexión sobre el matrimonio,
la maternidad, la música como industria, pero que se resiente en su
hiperconciencia, su premeditado rockerismo (ha desaparecido esa marca lo-fi
y de música de dormitorio que convertía a Exile en una maravilla).
La madurez de Liz no me inquieta, su astucia e inteligencia son interesantes
pero han perdido ese filo y empatía con lo frágil y el dolor
que convertía a Liz en algo más que una rockerita lujuriosa.
Vuelve a verla. Son las apariencias y son frágiles, en cualquier momento.
Su belleza puede desvanecerse y de acuerdo con sus deseos tú puedes
ser un monstruo, un hombre. Ahora miras a las chicas que están en la
calle y ves su maquillaje y la ropa que se aprieta a sus cuerpos y las ves
bailar y pedirte que nunca les hagas promesas y tú has aprendido a
no hacer promesas, a "cachar y correr", como si te diera miedo que
te descubieran y sonríes porque es hermoso ser ligero, frívolo
y besar a una muñeca a la que no le interesa que estés tratando
de tocar post-rock o hacer la novela que Carver nunca hizo, y en el fondo
ella pudo haber sido la mujer de tu vida, y escuchas de los labios de Liz
"yo te deseo, pero también deseo aquello que aún desconozco"
y tú dices, tienes razón, Liz, pero yo soy todavía, escucha
bien esto mi amor, algo desconocido para ti.
Nota: La Phair
amenaza inaugurar el milenio editando An evening with...
nuevo material
forjado en las innumerables fechas de la gira de apoyo de Whitechocolatespaceegg
que incluye temas estilísticamente variados, como
"Love/hate transmission", evocación de sus pajazos
juveniles. ¿Qué come la muchacha?
¿Ceviche?

Una noche una amiga me dijo, mientras bailábamos, una frase que era digna de Liz Phair: "es que, Chapa, a mí en la cama me gusta que me traten como una perra, pues"; mi amiga, a quien no considero ninguna perra, dijo algo que es muy cierto. Todos, si somos honestos, estamos insatisfechos (sexual, vital, intelectualmente, lo que chucha sea) y la única forma de que esa insatisfacción no nos joda la vida es inventarnos fantasías: puede ser que esta noche necesites que alguien te diga (o te haga) alguna cochinada en la cama y sentirte la puta más grande de la Avenida Arequipa o el ruquero más canchero (y cachero) de toda La Marina. Pero son juegos, o como la propia Liz, toda maternal ella, dice en una canción: "Voy a decirle a mi hijo que se una al circo para que vea que la muerte no vale nada/y que los juegos son otra forma de vida/voy a decirle a mi hijo que sea un profeta de errores/porque detrás de cada verdad hay un millón de mentiras".
¿Por qué Liz vuelve el sexo en algo tan fascinante, tan rico en significados como las chupetas de Cassavettes o los cuentos de Carver? Podría ser por lo difícil que me es encontrar alguien que explore su identidad sexual y no le tema al miedo, al dolor, al egoísmo, a la confusión. Liz no es una mujer ideal, a veces es cruel, otras tierna, otras una hija de puta, otras una simple puta. Pero que una mujer acepte en voz alta y sin afectaciones ni poses que a veces ha sido puta (aceptar que uno es puto o ruco es motivo de orgullo entre los patas) es algo que me conmueve y que me devuelve la fe en que el juego sexual de hombres y mujeres todavía puede ser un espacio de búsqueda, solidaridad, creatividad y placer; y no ese ritual de conveniencias y cálculos y temores de desclasamiento que generalmente es (ver nomás a tanta secre arribista, tanta perra con calculadora, tanto uso del sexo como ascenso social me da un asco).
En estos momentos tomo el disco en mis
manos. En la carátula sale Liz disfrazada como una puta y una freak.
Maquillada y llena de joyas, Liz tiene la boca abierta como para embutirse
todo tu salchichón, y el vestido sin cerrar de forma que se le ve la
punta de la teta. Es la imagen y la fantasía que todos hemos tenido
de "La Perra", así con mayúsculas, porque estamos
hablando de un arquetipo y de una caricatura y un personaje. En la contratapa
vemos a Liz sin maquillaje. Pankuka ella, vecinita, doméstica y para
colmo en Polaroid. "La Liz real". Lo que Liz es de verdad y lo que
los hombres quisieran ver en ella y ella acepta hacer ver. La propia Liz ha
dicho que ella estaba jugando con la idea masculina de la mujer y la puta
y de cómo habíamos separado ambas imágenes en nuestra
imaginación y deseos; pero la portada es además una parodia
de los freaks de circo que Robert Frank usó
en la portada del Exile on Main Street, el clásico
de los Stones, disco falocéntrico y que
el Exile in Guyville trata de comentar canción
por canción, a manera de contrapunto, de recreación, de crítica
y perversión femenina -y chuchocéntrica- del original.
