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Una señora muy honorable, cuyo esposo era un exitoso
comerciante, acostumbraba desde hace varios años acercar
cada tanto su donación a la academia de estudios de Torá
(Ieshivá). Solo que ponía una condición por su
contribución: que los alumnos de la Ieshivá reciten
kadish (es la plegaria que se estila recitar por los
difuntos) para todas aquellas almas que abandonaron este
mundo y no tienen quién recite por ellos kadish. Y la
Ieshivá designó un muchacho que se ocupe
especialmente de esta tarea en beneficio de estas almas
solitarias.
Cierto
día, el marido de esta señora abandonó este mundo, y por
cuanto que él dirijá los negocios conjuntamente con su
esposa, su desaparecimeinto perjudicó las empresas, hasta
que finalmente se produjo la quiebra de la señora que
quedó en una situación económica muy precaria.
Al
cabo de un tiempo, además de esta mujer tener que soportar
ahora la pobreza en la que se hallaba inmersa, se le sumó
una nueva carga: sus dos hijas habían llegado a la edad de
contraer enlace, y el dinero para casarlas ¿de dónde?. Sin
emmargo, la señora afrontó el destino que le había tocado
con amor y no protestó por su suerte.
Solo
había una cosa a la que no podía rehusar, y su corazón
estaba angustiado por esto y le dolía en gran manera, se
trataba del asunto del kadish por las almas solitarias que
al haber cesado sus contrubuciones a la Ieshivá para este
fin, indefectiblemente se interrumpiría.
Decidió
con su alma llena de amargura, dirigirse a los directivos
de la Ieshivá y solicitarles que pese a que ahora no
puede continuar aportando los fondos necesarios para que
se continúe con el recitado del kadish por las almas
solitarias, que de todos modos prosigan con esto hasta que
Hashem le otorgue nuevamente dinero para poder proseguir
con la obra.
Los directivos de la
Ieshivá se conmovieron en gran manera por la integridad
de corazón y el alma maravillosa que lleva en su interior
esta señora viuda, y le aseguraron que guardarían de
hacer como su voluntad, es decir, continuar con el
recitado de kadish por las almas solitarias. Estas
palabras llenaron su alma de felicidad, y con sus ojos que
parecían emanar como centellas relampagueantes por
su dicha, se despidió de los dirigentes. Mientras
regresaba a su casa, cuando hubo salido a la calle, se
apareció frente a ella un anciano desconocido de barba
blanca como la nieve que la saluda y comienza a
interiorizarse en sus asuntos y la situación de sus hijas. La
señora suspiró y relató al anciano su amarga suerte que
se hizo presa de ella, y la estrepitosa caida de su
situación económica. Pasar de ser una mujer rica y caer
hasta llegar a una posición catastrófica. Además sin
tener los medios necesarios para ocuparse del casamiento
de sus hijas que ya llegaron a edad de contraer enlace. El
anciano le preguntó: "¿Cuánto necesitas para casar
atus dos hijas?" "¿Para
qué deseas saber?" - pregunta la mujer con sorpresa
y le dijo cual era la suma requerida. El
anciano extrajo un papel y escribió una orden para el
banco local, que le abonen a la señora la suma que fijada.
Solo que antes de firmar, pidió que por tratarse de una
cifra muy elevada, es conveniente que testigos presencien
el momento de la firma, y que ellos también firmen en el
documento. Totalmente
conmovida, la señora subió a la Ieshivá y pidió a dos
de los jovenes que allí estudiaban que la acompañen. Cuando
el anciano los vio, les indicó que presten suma atención
en el momento que estampa su firma en el documento. Y para
mayor seguridad, solicitó a los jovenes una hoja de papel
y estampó allí su firma para que comprueben que la que
escribirá ahora en el documento es la suya. Luego
ordenó a la mujer que vaya a buscar la suma al banco a la
mañana del día siguiente. Todo
esto pareció a la mujer que estaba anonadada, raro y
extraño. Pensó: "¿Qué vio este anciano extraño
en ella para hacerle todas estas bondades, a tal punto de
cubrir completamente los gastos del casamiento de sus dos
hijas?". De
todos modos, aguardó hasta el día siguiente con su
corazón agitado hasta la apertura del banco y probar
suerte con el papel que el anciano le había entregado. Cuando
el empleado bancario recibió la orden de pago, dirigió
su mirada hacia la mujer una y otra vez, miraba la orden
nuevamente, y parecia desconcertado. Pidió
a la señora que aguarde e ingresó con la orden a la
ofician del director del banco que además era su dueño. Y
aquí ocurrió algo dramático, al ver la orden, el dueño
del banco cayó de su silla y se desmayó. Los
empleados del banco escucharon lo que sucedió, y
encerraon a la mujer en una de las salas laterales y
pusieron un guardia para que cuide que no se escape,
pensando que podía haber aquí algún acto de estafa o
algo similar. Cuando
se hubo recuperado el director del banco, pidió ver a la
mujer que trajo la orden de pago. cuando
esta hubo ingresado a su despacho, el dueño le pregunta
"¿Como y cuando consiguió esta orden?" La
dama responde: "Ayer la recibí de un judío
honorable de una larga barba blanca, y hay dos muchachos
de la ieshivá que pueden atestiguar, ya que vieron como
quién escribió la orden firmó sobre la misma". El
director del banco le preguntó: "¿Podría reconocer
al anciano si le muestro una foto?" Respondió
la señora: "Seguro que si! y no me cabe ninguna duda
que también los dosmuchachos de la Ieshivá lo pueden
identificar!"
El dueño del banco ordenó traer fotos de su padre. Y
cuando extendió las fotografías delante de la señora,
lo señaló como el hombre que le entregó la orden. El
dueño del banco ordenó que le paguen lo que dice en la
orden y que la dejen ir. Cuando
la mujer se hubo retirado, relató a los presentes acerca
de lo que había sucedido ante sus ojos: "El anciano
que le entregó la orden no es sino su padre (del dueño
del banco) que abandonó este mundo hace ya diez años" La
noche anterior a este suceso, se presentó mi padre en
medio del sueño y me dijo: "Has de saber que desde
el momento que te apartaste del camino recto y te casasate
con una no judía, y dejaste de cuidar el recitado del
kadish, mi alma no hallaba descanso, hasta que vino la
señora viuda (aquí mencionó el nombre de ella) y
ordenó recitar kadish por las almas que no tienen quién
recite kadish por ellas. Y tuve el mérito que me alcanzó
ese kadish que recitaron en la Ieshivá por orden de la
mujer, y eso provocó que mi alma se eleve y halle reposo.
Mañana por la mañana, se presentará esa señora en tu
banco con una orden donde escribí un asuma que costeará
los gastos de casamiento de otrei amén"sus dos hijas". "Cuando
me desperté - relata el dueño del banco - exaltado por
el sueño, lo conté a mi mujer que se burló de todo este
asunto. Pero desde el momento en que se presentó la mujer
con la orden sepe que el sueño era verdad" Al
finaliazar este relato el Rab Zonenfeld dice: "¿Saben
quiénes eran los dos muchachos que presenciaron el hecho
e hicieron las veces de testigos?: Yo y mi amigo, el Rab
Grinvaldt" Finalmente,
el dueño del banco volvió en teshubá (retomó la buena
senda), y su esposa se convirtió al judasimo de acuerdo a
las leyes de la Torá, y tuvieron el mérito de construir
una casa fiel a la Torá y sus mandamientos. Este
relato se puede apreciar en el libro "Ish al hajomá"
y fue transcripto en "Notrei amén"
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