Sitio web dedicado a la recopilación e investigación de la obra de Sebastián Salazar Bondy.
 
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DRAMA HUACHAFO.
(Publicado en octubre de 1942 en el N° 18 del Semanario Clímax.)

Romualdo tenía una cita.
Era la segunda vez que iba a ver a aquella muchacha.
La esquina de Peña Horadada, aquella esquina olorosa a tradición y limeñidad iba a ser testigo de su aventura.
Había salido de la oficina con sus últimos setenta centavos.
En su casa había planchado su pantalón, había derramado en su cabeza de zambito blanquecino un poco de goma y había salido.
Había salido alegre y sonriente.
El callejón entero lo miró con admiración.
Al menos... a él le pareció así.
En la esquina lo esperaba la dama.
Un sombrerito minúsculo, un saco rojo, una falda azul, medias de vidrio prestadas a la vecina y zapatos con suela de goma.
Él nunca había leído "El Burlador de Sevilla" pero sin embargo se sentía un Don Juan.
Una miradas y una sonrisa.
Ella adoptó la misma actitud de una artista cinematográfica.
Saludó con un gesto imperceptible de nariz.
Él extendió la mano y retuvo la de la amada entre la suya un minuto.
Ella aceptó.
(Romualdo comenzó a intuir su triunfo.)
Y comenzaron a pasearse.
La conversación daba vueltas alrededor del clima.
Las disquisiciones meteorológicas se agotaron al fin.
Hubo un silencio.
Romualdo trataba de buscar otra conversación.
¡Y habló de los horrores de la guerra!
Habló como un Informativo, como un Noticiario.
Caminando, llegaron a la puerta de un cine.
Romualdo acarició los setenta centavos que dormían en su bolsillo.
Ella miró los anuncios.
Para disimular, Romualdo se dedicó a mirar las marcas de los automóviles.
Ella siguió mirando los anuncios.
Romualdo no sabía cómo evitar la fascinación que el Cine producía en la muchacha.
Miró el precio:
Damas, veinte centavos; caballeros, cuarenta centavos.
¡Función femenina!
Estaba con las "justas" pero alcanzaba.
La invitó a pasar, sacó las entradas e hizo su entrada triunfal en la sala.
La sala estaba como comúnmente están los ómnibus.
Repleta.
Una rumba dislocante se entraba por los oídos.
Un ambiente completamente nicotinizado llenaba la sala.
Unos chicos jugaban a la "pega" al mismo tiempo que una criatura de meses entonaba un profundo alarido de hambre.
Los "cazueleros" escupían a la platea.
Los de la platea se encolerizaban.
Todo el público sudaba, reía, hablaba y gritaba.
Romualdo se sentó junto con su pareja mientras se preparaba para una gran función y mentalmente se enorgullecía de la suerte de tocarle Lunes Femenino.
Ella, haciéndose la disimulada, le contaba los incidentes domésticos, mientras él, con los ojos caídos, contemplaba la carita de la muchacha.
Unos labios pintados al "duco", unas pestañas largas embarradas de una pasta negra, dos chapas artificiales, un lunar de contrabando y dos cejas rectilíneas que se pedían por las sienes.
Al cabo de mucho tiempo de esperar y durante el cual ella le relató todas las incidencias de sus 18 años confesados, comenzó la función.
Se apagaron las luces, invitaron a las damas a quitarse los sombreros, cosa que ninguna obedeció, a los caballeros que dejaran de fumar, motivo para que los que no fumaban se acordaran del cigarro y lo prendieran, y se inició un corto musical.
En la oscuridad, Romualdo aprovechó para acercarse un poco más a su amada y dijo algo que había leído en el "Epistolario del Amor".
Ella le respondió que todos decían lo mismo.
(Todos los que por veinte centavos tienen un "Epistolario del Amor".)
La película avanzaba.
Romualdo también.
La chica no contra-atacaba.
Las luces se prendieron iniciando el intermedio y deteniendo la acción armada de Romualdo.
Un chocolatero uniformado como un gendarme de la Gestapo se acercó a la pareja.
Romualdo tembló de pies a cabeza.
Ella miró los chocolates como un caníbal.
El chocolatero intuyó el hambre de la muchacha, cogió un chocolate de a sol cincuenta y se lo puso en las manos.
Romualdo miraba al chocolatero, al chocolate, a la muchacha y a su bolsillo.
Ella comenzó a pelar el chocolate con aires de distraída, mientras que Romualdo aparentaba buscar una cartera.
Un sudor frío recorría en viaje de ida y vuelta la médula espinal.
Ella peló el chocolate y le pegó un mortal mordizco.
Romualdo seguía buscando, el chocolatero lo miraba con cara de comisario y la muchacha destrozaba el chocolate con sus dos filas de dientes ordenaditos y blancos.
Romualdo no tuvo otra solución que decir lo que todos decimos en día de colecta:
¡Me he olvidado de la cartera!
Al decir esto, se sintió insignificante, pueril, pequeñísimo, vio que el mundo se le caía encima. En ese momento deseó la muerte.
Y volvió a repetir:
¡Me he olvidado de la cartera!
Ella, al oír estas palabras, volvió la cara, admirada.
¡Pero ése era el hombre que momentos antes le había dicho que ganaba veinte libras, que si abría la puerta del establecimiento era por ayudar al portero a quien protegía, y que pronto lo ascenderían? Lo miró largo rato.
Una cara de sentenciado a muerte era la de Romualdo.
Ella metió la mano al bolsillo y pagó.
El chocolatero rio sádicamente.
Él trató de sonreír.
En lugar de sonrisa le salió un quejido.
Apagaron las luces de nuevo.
Toda la función estuvo mudo, au ataque truncado por el segundo frente abierto por el chocolatero. Terminada la función, acompañó a la dama hasta su casa y se retiró.
¡El chocolatero, mientras tanto, se preparaba para vender en la función nocturna unos cuantos chocolates más de a sol cincuenta!

 
El artículo en revista Clímax.
 
       
   
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