SUPLEMENTO JOVEN DE PAGINA 12
DE AMOS, ESCLAVOS VIOLENCIA Y MENTIRAS

Nadie sabe cómo ni por qué, pero pasa. Y cada vez más seguido.
Una excursión para ver a los Redondos adonde sea termina casi siempre en reporte de guerra o algo parecido.
Mientras la policía y Crónica TV se relamen –cada una en lo suyo–,
pibes que son de verdad no future tiran trompadas a la oscuridad
y la banda se encierra en su propio y a esta altura inexplicable hermetismo;
las bandas, esos desangelados que son los descamisados de la era menemista,
insisten en este amor incondicional que cada vez se vuelve más peligroso.
Todo un palo, ¿no?

FERNANDO D’ADDARIO

El fin de semana largo y ricotero empieza y termina con la misma imagen, convertida en postal por la escenografía de la estación de trenes de Constitución: la guardia de infantería de la Policía Federal despidiendo y dándoles la bienvenida a los fans de los Redondos. A cuatrocientos kilómetros o a cuatrocientos metros del lugar donde debe concretarse el verdadero ritual de Patricio Rey, se verifica otro muy distinto, el de una realidad que excede largamente el rock, y que se convierte en un círculo vicioso sin salida aparente. Medio millar de detenidos, un chico que podría quedar ciego, otro que corre peligro de quedar parapléjico, un centenar de jóvenes con balazos de goma, un sargento herido de bala, un par de autos incendiados, otro par de negocios saqueados, “Crónica TV”, Duhalde, el intendente Aprile, son engranajes de un viaje alucinado, motorizado a través de una peligrosa química que incluye una mística inexplicable, dosis de frustración, violencia irracional (pero no gratuita) y una pizca de rocanrol auténtico.
“Ahí, en el 504, van los últimos mohicanos”, dice Víctor Estancate, inspector del tren que sale de Constitución el sábado a la 1 de la mañana. Se refiere al último vagón, clase turista, donde nadie (ni él, ni la policía privada contratada especialmente para el asunto) se atreve a entrar. La salida del tren divide al mundo entre la buena gente y los ricoteros. Los primeros, alarmados por la cercanía del aluvión zoológico, se refugian en los pullman, que tienen calefacción y perfume a desprevenidos turistas de fin de semana largo. Un cartón de vino barato, una remera rockera y/o la piel morena son los carnets involuntarios que utilizan los gendarmes del tren para ubicarlos. Del vagón 401 al 504, territorio tomado. ¿Qué pasa allí? Todo. ¿Y por qué no? Mauro, de 22 años, Berazategui, dice que todo empezó antes de la salida del tren anterior. “Acá estamos todos tranquilos, pero en el de las once y media de la noche había pibes que porque los veían con un cartón de vino les pedían documentos y como no tenían se los querían llevar en cana. Otros querían colarse en el tren. Pintó la infantería y empezó el quilombo. Yo estoy acá desde las diez, otros vinieron después y tratamos de no hacer bardo hasta poder subir al tren.” El viaje parece consumirse en cánticos interminables, vapores dulzones y alcoholes duros. Un par de grafitis en las paredes de uno de los vagones dan testimonio del momento que se vive: La vida sin los redondos es matar el tiempo a lo bobo, o Redondos, mi único héroe en este lío.
El tren llega a Lezama, un pueblo casi fantasma, donde debe cruzarse con otro vehículo que viene de Mar del Plata. Algunos bajan al andén. El lugar es un páramo, mucho más a las cuatro de la mañana. “Si nos obligan a bajar acá, es peor que caer en cana”, dice uno de los pibes. “No, todo bien, acá me quedo a vivir, estás todo el día fumado y chau”, le contestan con brutal honestidad. Mientras discuten alternativas, el tren arranca. Un maquinista alterno cuenta que quiso pasar por el andén 502 y un par de mujeres le robaron ropa y dinero. Sus compañeros lo gastan, mientras toman un café en la confitería convenientemente cerrada al paso de las huestes de Atila. El mismo maquinista cuenta también que le avisaron que cuando llegara el tren a la zona de Viboratá, se fijara si no había algún cuerpo tirado en las vías. “Es que en el tren anterior parece que tiraron a uno, pero yo no vi nada”, informa. Uno de los policías privados advierte, entre risas ajenas: “La próxima vez, los metemos a todos en trenes de carga, y para que se diviertan les damos garrafas con kerosene, seguro que van a viajar más felices ...”
Mar del Plata los espera. El resto de los fans y la policía también. El frío duele, hay fogatas en La Rambla, en las plazas. Los pibes se juntan en las esquinas. Son muchos. Algunos manguean unas monedas para el vino. Otros no. Simplemente están. Y esperan. Un grupito de cuatro espera al lado de una panadería. Entran dos y “toman prestado” una torta de chocolate y una tarta que parece ser de ricota. Las comen en la esquina. Ya habrá tiempo para correr. En La Rambla, otro grupo de chicos canta. Unotiene una guitarra vieja. “Yo me vine a Mar del Plata sin una moneda, pero no de mala onda. Vine así porque no tengo una moneda, y lo único que me cabe es ver a Patricio Rey y a Quilmes. Soy HIV (sic), y ni voy a ver laburos porque sé que no me van a tomar y aparte sé que soy un poco bardo. Y si te digo que estoy sin una moneda es así, nada, ¿eh? Me colé en el tren, acá la piloteamos para comer y esas cosas y después en el show voy a ver qué onda. Si no puedo entrar no importa, yo a los Redondos los sigo a todos lados ...”, cuenta Claudio, que dice tener 17 años y parece un par más. Pronto se acercan sus amigos. “¿A vos no te mandará la yuta, no?” pregunta uno de ellos al cronista.
¿Qué onda? A la tardecita, el barrio que circunda el Patinódromo parece lo que se ha visto por la tele de Kosovo. Sin la CNN, pero con Crónica TV, es decir, escabrosamente real. La secuencia es así: adentro del estadio hay cientos de chicos con entradas fotocopiadas (“en San Miguel un chabón nos cobraba tres pesos por cada entrada trucha”, dirá luego un pibe, ya adentro). Afuera del estadio hay cientos con entradas auténticas que no pueden entrar. Y unos cuantos más que no tienen entradas ni auténticas ni truchas, y que quieren entrar igual. La policía se relame. Ha llegado su turno. Responde a la primera avalancha con metralla de balas de goma y granadas de gases lacrimógenos. En la avenida Juan B. Justo todos corren: policías, fans, los autos que tuvieron la mala idea de pasar por allí. Desde los patrulleros, camionetas policiales y celulares, los vestidos de azul apuntan y tiran, al bulto. Total, son redondos. ¿Quién va a responder por ellos? ¿El Indio?
Los chicos no son santos, claro. Prenden fuego un auto, luego otro, destrozan un patrullero a botellazos. Algunos festejan, otros ni pueden ver la hazaña porque tienen los ojos enrojecidos de gas lacrimógeno. El gas obliga a correr sin ton ni son. Las balas no dejan lugar a opción. Cualquier columna, casa familiar o colectivo abandonado puede ser el mejor o el peor lugar donde guarecerse. Ahora le toca a una mueblería. Entre seis se llevan un sofá (¿?).
Como emergente de una pesadilla interminable, desde lejos se escuchan los acordes de “Queso ruso”, aquel clásico que habla de los “muchos marines de los mandarines/que cuidan por vos las puertas del nuevo cielo”. En medio de las balas y los gases, los desangelados arengan “Oh, vamos los Redo...”. Surrealismo, pero del peor. El cronista consigue entrar finalmente por una puerta alternativa, donde los empleados de seguridad no tienen escopetas pero sí palos y cinturones. Adentro del patinódromo empieza otro mundo. La gente está contenta, canta y baila. Las banderas (74, en total) lo testifican: “Vivimos temiendo despertar de este sueño”, o “Luzbel te dio la sangre/y te llamó Patricio/y nuestras almas te coronaron Rey en este infierno encantador”. ¿La banda? Una aplanadora. Cada día suena mejor. ¿Las bandas? Gritan: “Indio, Indio, Indio, huevo, huevo, huevo”, como si el Indio fuera Giunta. O Chicho. Son dos horas de show. Sube Willy Crook. Los pibes lo aplauden porque lo presentó el Indio. Se escucha “La bestia pop”, “Vamos las bandas”, “Criminal mambo” (impresionante Skay, como en todo el concierto) y “Ji ji ji”, todo de un saque. Parece increíble que semejante fiesta tenga su contracara en la realidad que se vive afuera, como si fueran dos mundos distintos. “Cuídense en la calle”, es la escueta despedida-consejo del cantante.
En la calle, precisamente, la policía (que estuvo un rato tranquila porque se le habían acabado las balas, cosa que se pudo comprobar en el momento del “reabastecimiento”) tira un par de tiros, por inercia nomás. Los fans están exhaustos de tanto sueño y pesadilla. Una parada en algún autoservicio y a dormir, en la calle o en la playa. O directamente en el tren, mientras llegan de Buenos Aires los contingentes ricoteros de recambio. La estación está llena de cadáveres. Algunos se pierden el tren porque no están en condiciones de despertarse. Una señora, convenientemente instalada en el pullman, le pregunta al guarda: “¿Usted está seguro de que no pasarán?” Le juran que no, que están encerrados ensus jaulas clase turista. “¡Bajen las persianas, que van a empezar a tirar piedras!”, grita otra mujer cuando el tren ya salió de la ciudad. “Señora, ¿quién va a tirar piedras, si los ricoteros están adentro del tren?”. Pregunta sensata. Caza de brujas: “Ojo que estos dos también son de los redonditos ricoteros (sic)...” cruzan información las señoras. En el viaje de vuelta no hay tiros. Sí, mucha resaca. En Constitución está otra vez la Infantería, a la caza de otra guerra, que no se produce, quizá porque ya es demasiado tarde (6 de la mañana) o demasiado temprano. No se sabe. La escena se repite hasta el final del día, a medida que llegan más trenes.
Hay demasiadas cosas que no se saben ni se explican cuando algún inquieto lanza la preguntita del millón: “Che, ¿por qué se arma quilombo en los shows de los Redondos? ”

Maxi Diego

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