Continuación de "ALGO DE MI VIDA" :

Ocho meses estuve en la más lastimosa situación física. La necesidad de regresar a la plena normalidad me hacía pensar en los ejercicios que haría una vez me quitara la camisa de piedra que tanto me limitaba y atormentaba. Me daba envidia ver a mis amigas salir con sus novios. Quería moverme, bailar, ser como cualquiera otra y no podía. Y como esa era la situación, entonces me dediqué a pintar, a leer, a hacer un semestre de filosofía y letras y a echar globos; globos que por lo demás tenían que ver con todo lo que iba a hacer para recuperarme al ciento.

Dibujo de lo que iba a ser, hecho por MR

Entre otras curiosidades propias de esos afanes, recuerdo que me obsesioné con que ya libre del yeso tenía que alcanzar una silueta que contrastara con la forma física que hasta esos días me acompañaba. Tenía yo diecisiete años y nunca mi cuerpo había representado la edad que en ese momento le correspondía. Entonces pinté la figura que, según el reto que me trace en ese momento, me propuse tener al llegar a los veinte, Y fue así que, con esa meta, fui contando los días que me quedaban para volver a soltar de felicidad sin ninguna atadura.

Finalmente llegó la fecha. El doctor Gersaín me examinó el día que había señalado para retirarme el yeso; seguidamente, hizo una pausa breve para comentar que la tortura duraría un mes más. La noticia casi me mata. Mi desconsuelo fue total. Al doctor Rojas se le aguaron los ojos y agregó inmediatamente que se trataba tan solo de una broma.

Feliz abandoné mi yeso.

Por primera vez pude ver que me había quedado una cicatriz que corría desde la mitad de la espalda hasta el coxis; pero bueno, pensé, se trataba de un mal menor. Lo único que quería saber en ese momento era cuándo podría comenzar a hacer gimnasia y punto; fue lo primero que le pregunté a mi médico. Esto, no sólo por la obsesión que ya confesé, sino porque al verme en el espejo me aterré de la manera como había quedado: el torso super-flaco; superdelgada. No tenía formas. Todo caído, todo fuera de orden.

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El médico me dijo que no podía hacer gimnasia, Y yo, para mis adentros, lo oía pero lo contradecía, "Me muero de la pena con usted, doctor - pensaba yo -, pero la palabra reposo no la admito". No podía olvidar mi reto.

Comencé a hacer algunas travesuras de manera lenta y pausada pero segura. En el edificio donde vivía en aquel entonces había una piscina en el primer piso. Bajaba del apartamento, me metía al agua con mucho cuidado y, mientras me agarraba de un borde, me estiraba hasta lograr colocarme en posición horizontal. Siempre recordando que con la columna no se puede jugar, pero con la seguridad de que tampoco la plena quietud es aconsejable.

Una vez en la piscina, daba mis pataditas. A escondidas. Poquitas al comienzo; después me puse metas. Pasé a cincuenta patadas, luego a setenta y cinco, a cien, a doscientas; pronto llegué a los quinientas. Y pasaron los días y me sentí bien; muy bien. Con el tiempo, me sentí fuerte.

Algunas semanas habían transcurrido desde la fecha de mi debut en la piscina cuando, también a escondidas, sin que nadie lo supiera, resolví visitar un gimnasio. Fue mi primer encuentro con las máquinas para endurecer el cuerpo. Los recuerdo como unos aparatos más bien viejos; pero me sirvieron para empezar lo que terminaría siendo un hábito: el ejercicio.

Más tarde tomé clases de aeróbicos; de los sencillos. Nada espectacular. Buscando siempre mejorar mi condición física sin traumatizar el cuerpo y recordando todas las veces la situación frágil de la que había arrancado. Fui encontrando mis debilidades y mis puntos fuertes, inicialmente me preocupé por fortalecer las piernas y la cola; esto por los complejos que había desarrollado por cuenta de la pobreza estética de esas partes de mi cuerpo. Entonces, los dediqué la mayor atención. Prácticamente desde un comienzo y durante casi cinco años, repetí diariamente un ejercicio que consiste en colocarse en "cuatro patas" (manos y rodillas) a fin de mover en esa posición cada pierna hacia atrás y hacia arriba, con pesas atadas a los tobillos. Al comienzo logré levantarlas pocas veces; pasados los meses llegué a levantar cada una hasta quinientas veces al día.

En 1983, después de haber terminado mis estudios de bachillerato, pasé una larga temperada en Nueva York. Allí, durante seis meses, estudié inglés en el Hunter College y puse a prueba toda mi inclinación por los ejercicios y me inicié en el trote. Al comienzo, así, "a la bulla de los cocos", sin ninguna técnica y sin los zapatos adecuados; pero con buenos resultados. Mi cuerpo respondió; me sentía muy orgullosa de las metas alcanzadas y recordaba con nostalgia la figura escuálida de la "alabastrina y pálida Musmé". Comencé entonces a lograr los rasgos que hacía mucho tiempo había imaginado y que había pintado en un papel.

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Los días pasaban y mi fiebre por la gimnasia aumentaba. Aún a las horas más raras, si no había hecho mis ejercicios, les dedicaba sagradamente el tiempo necesario. Algunos amigos se burlaban y pensaban que estaba loca cuando veían o les contaba que en ocasiones, allá en Nueva York, hacía mi rutina a las dos o tres de la mañana. Desde la semana en que me quitaron el yeso, el máximo tiempo que he dejado de hacer ejercicio han sido tres días.

A los diecinueve años, en 1984, ya de nuevo en Colombia, me propusieron participar en el concurso de la modelo del año. Para mí, la sola invitación a competir en ese evento, fue un hecho de mucha importancia porque entendí que todo el trabajo físico realizado con tanto sacrificio comenzaba a darme frutos totalmente inesperados. Se imaginarán mi felicidad cuando me anunciaron que había ganado.

modelando

En el mismo año fui escogida para representar a mi departamento en el Concurso Nacional de Belleza en Cartagena. Allí logré conquistar la corona de virreina. Pero lo que yo quiero recordar no es sólo la alegría que sentía cada vez que me destacaba de alguna manera en esos certámenes, sino el hecho de que mi preparación para competir estaba ligada totalmente a los ejercicios.

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La de la derecha, saltando, en el reinado

 

Mi mamá, por ejemplo, siempre ha sido una belleza natural. Para la fecha en que conquista la corona de reina nacional de la belleza, nunca había hecho ningún ejercicio. Además, entonces no existía la preocupación que para mantener el cuerpo sano y en forma fuera necesario desarrollar ese tipo de disciplina. Mamá, por razones genéticas o simplemente naturales, tenia una figura perfecta. Ella se inició en el deporte y la gimnasia después del nacimiento de mi hermana Adriana. Mi caso es diferente. Mi cuerpo, hasta hoy, es el producto de un trabajo constante; es, de alguna manera, lo que yo he cincelado con mucha dedicación y paciencia. Naturalmente, agregándole a mi rutina de ejercicios algo de pesas y una dosis de sentido común a la dieta que acompaña todo ese trabajo. Lo que trato de evidenciar es que no es cierto que solo se pueda alcanzar una figura aceptable si se nace con ella. Eso no es así. En los más de los casos, uno es físicamente Io que quiere ser; tal como ocurre en el terreno intelectual y profesional. El cuerpo se puede moldear. Se requiere trabajo y así; se obtienen los resultados. Y éstos se sienten por dentro y por fuera. Mi experiencia me convence, todos los días más, de que el principio "poco a poco se puede todo' es un axioma útil paro quien quiera alcanzar metas que en ocasiones parecen lejanas y poco probables.

Disfrazada de  India Catalina, en el reinado

El segundo puesto alcanzado en el reinado nacional me Ilevó a una cantidad de pueblos y ciudades del país. Generalmente viajaba con Adriana y siempre acompañada de las pesas para las piernas. Las pesas se convirtieron en parte de mi vestuario y mis ejercicios en algo connatural; como hablar, comer o dormir. Antes o después de los desfiles, ¡zas!, comenzaba automáticamente a hacer mi gimnasia. Tanto, como para que en algunas ocasiones mis compañeras, maquilladas, entaconadas y listas para subir a la pasarela o para ir a una reunión, me sorprendieran ensimismada con mis pesas y completamente desarreglada, viéndome en dificultades paro alcanzarlas y no quedar mal con los compromisos.

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A finales de 1985, viajé a Londres para participar en el concurso de Miss Mundo. Los días que anteceden a la coronación están llenos de compromisos. Citas, cócteles, comidas, desfiles, ensayos, en fin, cosas que de una u otra forma, si bien pueden considerarse ligeras o incluso triviales, copan el día, desestiman la más mínima rutina y golpean el sistema nervioso; trasnochábamos todos los días. No obstante, yo continuaba con mis ejercicios. Especialmente el de las "cuatro patas".

Durante el reinado compartí con la representante de Chile la habitación del hotel donde nos hospedábamos las concursantes. La habitación era de tamaño especialmente reducido; esto, agregado al desorden reinante a causa de los afanes y de la cantidad de equipaje, hacía la convivencia, hasta cierto punto, todo un desastre: maletas y vestidos en el suelo y encima de la cama, maquillajes por todos los lados y apenas el campo mínimo para que nos pudiéramos mover de un lado a otro. La chilena, agotada por el trajín y por la situación en general, se cargaba de tigre de vez en cuando; especialmente si yo, al llegar ambas tarde en la noche hacía mis ejercicios. Y alguna vez, pues ¡quién dijo Troya! Mi amiga no aguantó más y se puso furiosa; yo me quedé más bien tranquila y opté porque en adelante esperaría a que ella se durmiera para hacer mi rutina. Luz apagada y todo.

A mi mamá siempre le pareció extraño mi comportamiento. Que yo no pudiera pasar un día sin usar las pesas o simplemente sin hacer ejercicios, le parecía anormal. Además, cuando viajaba con ella, hacía lo mismo que lo del cuento de la chilena. "Eso debe ser una enfermedad", me decía mi mamá. Mientras, yo pensaba que la culpa la tenían el zapato de plataforma y el yeso.

En Londres vine a quedarme más de seis meses. Estudié francés y portugués, quise trabajar en modelaje para lo que visité varias agencias sin ningún tipo de éxito. Entonces aproveché quitarme de encima toda la presión que acompaña los reinados de belleza y la propia competencia. No más tacones, no más maquillaje, no más uñas pintadas; estas me las corté lo máximo posible. El cambio fue radical que, pasado un tiempo, hasta la misma dieta comenzó a quedar de lado. Los chocolates y los dulces atacaron hasta que se convirtieron en una auténtica debilidad, así y todo mantuviera mi fidelidad a los ejercicios. Comencé a engordarme. Los bluyines me cerraban con dificultad y la preocupación comenzó a hacer mella.

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Aprendí, por cuenta de la anterior experiencia, que las dietas no son intuitivas ni se improvisan. Hasta aquel momento, mi dificultad estaba en comer y la gordura me era totalmente desconocida. Ahora las cosas eran al revés. Y eso que en Londres trataba de verdad. Con todas las de la ley; con los zapatos adecuados y durante tiempos relativamente largos.

Alarmada porque me pudiera engordar de verdad, resolví bajar de peso. Pero equivocándome de nuevo. Sin embargo, seguí comiendo lo que me gustaba: chocolates en abundancia y dulces. Y eliminé lo que me estorbaba: las carnes y casi todas las harinas. Me pasé a los cereales: cornflakes por la mañana, al mediodía y por la tarde, acompañados de más chocolates y más dulces. Conclusión: me seguía engordando a pesar que mi debilidad era total. Y aunque continuaba con los ejercicios, no me ayudaron para nada; el cansancio me agobiaba y hasta el pelo se me empezó a caer.

En parte, corregí lo anterior disciplinándose entre semana; me alimentaba de manera relativamente normal, pero los sábados y domingos arrasaba con los mostradores de los supermercados de la ciudad. Aunque el resultado fue muy superior al logrado con el sistema anterior, la abundancia del fin de semana borraba de un solo tajo cualquier intento por lograr el equilibrio. Mucho tiempo después, con la experiencia, el estudio del tema y luego de darme contra el mundo, logré comprender cómo cada organismo descubre su propia dieta. Así llegué a diseñar la correcta combinación de los alimentos que hoy consumo, balanceados para mis necesidades; lo cual, combinado con el ejercicio bien ejecutado y científicamente preparado, logra lo que mis lectores y yo aspiramos a tener y mantener como figura y contenido corporal: una mente despejada, un físico apto para lo que en ese terreno se tenga que afrontar dentro del espacio que a cada uno cual señalan sus propias limitaciones, y una salud a toda prueba. Y obviamente, recuerden: todo con cero de cigarrillo.

Corría el mes de abril cuando me invitaron a trabajar en la Vuelta a España en bicicleta. Me pareció interesante aceptar; además era la oportunidad para conocer ese lindo país.

Mi trabajo era sencillísimo, pero también de mucho trajín. Con unos franceses servíamos café colombiano. Estábamos encargados de un camioncito equipado con unas grecas. Madrugábamos muchísimo, repartíamos tinto a todo el mundo, y después de que partían los corredores, viajábamos a gran velocidad por carreteras diferentes a las de la competencia, de tal forma que siempre llegábamos a las metas antes que los ciclistas. Una vez allí, repartíamos más y más café. Esto duró algo más de un mes. Eso sí, haciendo mis ejercicios religiosamente todos los días.

Regresé a Londres sin los ánimos de antes. Recuerdo que una de las primeras cosas que hice al llegar fue llamar a mi papá para comentarle que comenzaba a sentir la necesidad de viajar a Colombia. Feliz de que yo volviera antes de lo esperado, planeamos mi regreso a la universidad, esta vez en Bogotá, con el propósito de adelantar estudios de comunicación social.

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No alcancé a colgar el teléfono cuando Clara María Ochoa – aquella amiga caleña que me había vinculado con la película "Tacones"- , me llamó par decirme que estaba pensando en que yo podía hacer el papel de la "Niña Mencha" en la serie de televisión "Gallito Ramírez", que Caracol comenzaría a rodar por esas mismas semanas. "Consúltelo con la almohada –me había dicho- y hablamos mañana.

Cuando a primera hora del día siguiente conversé de nuevo con Clara María, yo ya había empacado mis maletas. Por la noche me encontraba en un avión rumbo a Bogotá.

"Gallito Ramírez" será siempre una de esas experiencias que jamás olvidaré. Me puso de tal forma en contacto con el público de mi país, como para que siempre me sienta confundida afectivamente con él. Desde entonces, no sólo por gratitud sino por convicción, llevo a Colombia muy en alto en todo lo que yo haga.

Carlos Vives, César Luna y Margarita Rosa

Conocí a Carlos Vives recién llegué a Bogotá. Su papel en la serie nos acercó mucho desde un comienzo. Carlos era un buen trotador y, por lo demás, tenía que ir al gimnasio a aprender algunas técnicas de boxeo y a hacer entrenamiento relacionado con ese deporte, dado el personaje que interpretaba en la telenovela. Yo lo acompañaba con frecuencia a El Salitre, donde entrenan los peleadores profesionales. Allí observé algunas técnicas y modalidades de ejercicios que se aplican para fortalecer y dar movilidad a la cintura, y terminé practicando la famosa "sombra" que hacen los pugilistas. De igual manera, viendo a Carlos y a los boxeadores, aprendí a saltar lazo como lo hacían ellos.

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Al terminar mi trabajo en "Gallito", regresé a la universidad y me vinculé al noticiero nacional de televisión 24 horas.

Para entonces, ya había perfeccionado mi propia rutina de ejercicios. Cometí, sí, el error de dedicarme por un tiempo a la dieta vegetariana, descuidando el equilibrio alimenticio que mi trabajo físico demandaba, máxime cuando me ocupaba asistiendo a un gimnasio en el que me ocupaba más del fisiculturismo que de cualquier otro aspecto del entrenamiento que ya, en mí, era habitual. Granola y una que otra fruta era el menú de todos los días. La debilidad me invadió de nuevo, a tal punto que una noche me fui de bruces por física dejadez. Definitivamente, improvisar una dieta o hacerla por el simple capricho sin tomar las precauciones del caso es lo más peligroso del mundo.

En esos meses trabajé con especial atención las sentadillas y los abdominales. Igualmente, me dediqué a ensanchar los hombros un poco. Esta experiencia me llevó a comprobar de nuevo que uno puede perfilar su propio físico, si se lo propone.

Simultáneamente le resté intensidad e introduje algunas variaciones al famoso trabajo de "cuatro patas", pues confirmé que si se acostumbra el músculo, no importa cuál, a la misma rutina, sin introducirle modificaciones, pasado un tiempo se progresa menos y, aún más, en un momento dado se comienza a no producirse el efecto que se busca.

Juanita de Hinojosa

La filmación de "Los pecados de Inés de Hinojosa" fue otra oportunidad para enriquecer mi repertorio de ejercicios. Disciplinada como la que más, trabajaba concienzudamente mi rutina con la ventaja de que ahora comía de todo. Recuerdo que para lograr hacer las sentadillas en forma, utilicé dos trozos de cemento y un tubo encontrado en las locaciones en donde se rodó la novela. Me divertí de maravilla.

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Me casé con Carlos Vives el 20 de Agosto de 1988, aprovechando unos días en que todo el elenco que integraba la "Hinojosa" debió permanecer en Bogotá.

El matrimonio tuvo lugar en Cali y la luna de miel en la Florida, más precisamente en Disney World. Allí tampoco interrumpí mis ejercicios. Por el contrario, Carlos y yo utilizamos esas cortas vacaciones para hacer toda clase de deportes al aire libre. Particularmente el trote se nos convirtió en un reto especial.

arrodillados

Terminada la filmación de los "Pecados de Inés de Hinojosa", por razones del trabajo de Carlos, nos trasladamos a San Juan de Puerto Rico. En esta ciudad me dediqué a la música, la lectura y la gimnasia y me posesioné de mi nuevo oficio: el de ama de casa. Sin embargo, el gimnasio siguió siendo mi entretención favorita. Y fue particularmente en ese momento cuando resolví perfilar la totalidad de los músculos sin llegar a convertirme en una fisiculturista. Nunca se ha tratado de eso; pero confieso que me parece bien que de alguna manera se me marquen los músculos después de tantos años de haber luchado por superar las limitaciones físicas de la niñez.

San Juan funciona como el Ph.D. en mi vida de ejercicios. Fue el sitio en donde me autogradué pasando horas enteras en el gimnasio; hasta callos me salieron en las manos de tanto agarrarme de manijas y de barras. Y con Carlos, cuando su trabajo se lo permitía, trotaba larguísimo hasta considerarme toda una fondista. En ocasiones le dábamos vuelta a un enorme lago que forma una entrada de mar en la propia ciudad y aprovechábamos la playa para extendernos hasta cuando considerábamos que era una exageración proseguir. Fue en Puerto Rico en donde alcancé el dominio de los aspectos más importantes de mi rutina de ejercicios. Desde las técnicas de calentamiento hasta las de estiramiento; pasando por la utilización de pesas y el manejo de diversas máquinas que fortalecen las partes del cuerpo que se quieran trabajar.

Al culminar mi participación en "Calamar", serie para la televisión colombiana, me propusieron escribir este libro sobre las experiencias relativas a mi preparación física. Inmediatamente me sentí pintando el célebre dibujo; vino a mi memoria la burla de algunos de mis compañeros; recordé mi cicatriz con todos y cada uno de sus cuarenta y cinco centímetros, la incipiente joroba, la escuálida "Musmé", mis dietas locas y mi deseo de superación; las tantas horas de trote, gimnasio, máquinas, frustraciones y éxitos. Convencida de que mi experiencia puede servir a quien quiera adentrarse en ella, a la manera del que penetra en una dura pero prodigiosa aventura, dije que sí. Aquí estoy, entonces, narrando este trozo de mi vida como vivencia de un reto, con la seguridad de que quien quiere puede.

 Leyva Durán Editores, Bogotá, Colombia, 1990.

 

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