Poesía cortesana: Los cancioneros
(El renacimiento)
1. Casi toda la poesía del sigloXV está contenida en antologías llamadas cancioneros. Encierran éstos,
por lo regular sin otro orden que el capricho del compilador, composiciones casi todas líricas, y por ellos se conoce a la mayor parte de los
poetas de dicho siglo y de principios del siguiente: Algunas de tales colecciones comprenden las obras de un solo autor y
datan de aquella época; otras, de formación reciente, han agrupado con este mismo título las que pertenecientes por manera
exclusiva a determinados poetas de entonces, hallábanse esparcidas. Los más, sin embargo, de los cancioneros, comprenden
numerosas poesías de diversos autores.
2. He aquí los principales:
a) El Cancionero de Baena, formado por Juan Alfonso Baena, aqui lo dedicó a Juan II en 1445. contiene
576 composiciones de 54 poetas designados por sus nombres y 35 poesías anónimas. Considérasele de capital importancia para el
estudio de la lírica, sobre todo de medoiados del siglo.
b) El Cancionero de Stúñiga, compuesto, a lo que se cree, en Nápoles, con posterioridad a 1458, por Lope
de Stúñiga. Comprende sobre todo versos de poetas aragoneses de la corte de Alfonso el Magnánimo.
c) El Cancionero de Londres, formado hacia 1471. Trae 357 Poesías de 79 autores, desde Juan II hasta los
Reyes Católicos.
d) El Cancionero General, de Hernando del Castillo (1511), que complementa al de Baena y es el más rico
de todos, pues encierra alrededor de 964 composiciones de 200 poetas, muchas de ellas de la época del reinado de los Reyes
Católicos.
e) El Cancionero de Resende (Lisboa, 1516), casi todo él formado con producciones de poetas
portugueses; pero valioso dentro de la lírica castellana por contener las de 29 autores que escribieron en nuestra lengua.
3. Carácter de esta poesía.-Entre los poetas de los cancioneros, el valor no corresponde al número: en su
mayoria son versificadores de ocasión, grandes señores letrados o protegidos suyos que, en la domesticidad de la aristocracia, perdían
la ingenuidad, la savia y el vigor populares. Su arte es por lo común cortesano, artificial; propende su poesía a ser elegante y
refinada, por lo que resulta artificiosa y carese de naturalidad, de sinceridad, de variedad.
Una triple influencia recibió: la de los provenzales; la italiana, que más y más habrá de acentuarse en
virtud de cada vez mayor contacto de los españoles con Italia; en fin, la de la antigüedad clásica, cuyas obras inmortales se popularizaban a
medida que comenzaon a imprimirse en las postrimerías del siglo XV.
Los grandes poetas de los cancioneros.- De la turbamulta de versificadores de los cancioneros se
destacan, no obstante, algunos verdaderos y aún grandes poetas. Señalemos a cuatro:
4. Santillana.-Don Iñigo López de Mendoza, marques de santillana (1398-1458), es el más grande poeta
español del siglo XV. Sus escritos son numerosos: poco los en prosa (Refranes que dicen las viejas tras el fuego, Prohemio o carta al
condestable); los más en verso. Entre éstos mencionemos La Comediata de Ponza, el Centiloquio el Diálogo de Bías contra
fortuna, la Querella de Amor. Por sus Sonetos endecasílabos al itálico modo, fué el primero en introducir en nuestra lengua
esta combinación métrica. Sus mejores poesías, empero, son las que se nutren de la inspiración popular; entre ella, y muy
especialmente, las serranillas -famosísimas es la de la Finojosa-, donde llevó a su más íntima perfección el encantador
poemilla inventado por el Arcipestre de Hita. Toda la poesía popular de Santillana rebosa frescura y es por completo ajena a
la afectación que constituyó el principal vacio de su tiempo.
5. Juan de Mena.- Tal vacio, así como el de obscuridad, lo padecio Juan de Mena (1411-456), verdadero
percursor de Góngora por este concepto. Aunque gozó de singular renombre e influyó no poco en sus contemporáneos, pese a lo
vigoroso de concepción y forma, ahora resulta casi ilegible. Ardió en Mena el sentimiento patriótico y por eso se le considera
como a un gran poeta nacional; Tubo la visión de España una, entera y gloriosa, tal como salió del crisol romano. Afirma
Menéndez y Pelayo que de Juan de Mena podría repetirse lo que Ennio escribió de Quintiliano: "Venerémosle como a la vieja
encina de un bosque sagrado, que infunde majestad y reverencia, aunque no traiga los ojos con su hermosura". Sus principales
obras son El Laberinto de fortuna, alegórica visión de perfil dantesco, y La Coronación, poema que es un homenaje a
Santillana.
6. Jorge Manrique.- Poeta que tubo en momento, un solo pero maravillozo momento de iluminación
poética, sin la cual no habría pasado con grandeza a la posteridad, Jorgq Manriqque(1440-1478) es el autor del poema ocaso más admirado y
admirable entre de los siglos XV: las coplas A la muerte maestre de Santiago Rodrigo Manrique, su padre. Por la hermosura
del pensamiento, por la perfección del lengua y la diáfana pureza del estilo, estas coplas -de las que Lope de Vega dijo que
merecían estar escritas con letras de oro- pasan justamente pór ser uno de los monumentos de la lírica castellana.
7. Gómez Manrique.- Caballero de lustre linaje, poeta de la misma sangre, del mismo apellido y de la misma
inspiración que del anterior -que era su sobrino y cuya fama hubo de opacarle ante la posteridad-, Gómez
Manrique (1412?-1490), es la figura que hay que colocar al lado de Santillana y Juan de Mena en la lirica del siglo XV. Fué abundante su poesía,
así de carácter lírico como didáctico, y magistral en muchos respectos; y aun puede considerársele como dramático, en el modo
y forma de su tiempo, por su Representación del Nacimiento de Nuestro Señor, que tiene la austera sencillez de un pequeño
drama litúrgico.
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El siglo de oro
Llámese así al período más brillante de la literatura española, el cual se extiende -en realidad por
cerca de dos siglos- desde el advenimiento de Carlos V (1516) hasta el principio del reinado de Carlo II o aún más allá: hasta la
muerte de Calderón de la Barca (1681).
En el orden político, la edad áurea de las letras españolas comprenden la culminación de la grandeza
y poderío y también el declinar de España; y, para nosotros los mexicanos, encierra un hecho capital: el de la conquista y la colonización.
Nace entonces la Nueva España. Sobre las ruinas de la antigua Tenoxtitlan comienza a alzarse la ciudad de México en 1521.
Iníciase la tarea de incorporar a los aborígenes a la civilización hispánica. Paladines sobresalientes en ella son los
misioneros. Evangelizando, amparan y enseñan. Con el estudio de las lenguas de los indios y con el de sus orígenes y
costumbres, nacen la historia y la filología americanas. El impulso civilizador se amplía. Funda Fr. Pedro de Gante la
primera escuela. En México se establecen, asimismo, la la primera universidad y la primera imprenta que hubo en américa.
Tiene la literatura sus primeros balbuceos. No sólo:_ dentro de la época, Néxico da a las letras castellanas dos figuras
insignes. Con la obra civilizadora y con el mezclarse y fundirse de las dos razas, está gestación un nuevo pueblo: el
mexicano.
Pero volvamos a España.
En verdad que por algo señálase a esta época como la edad áurea. Habiendo alcanzado Castilla la
preponderancia política, constitúyese en el foco de la civilización española. Adquiere el castellano su forma definitiva y conviértese
oficialmente en la lengua nacional; formulan los gramáticos las reglas del idioma; brioso, impetuoso, el castellano se difunde
por el mundo. Se cultivan más que en ningun otra época las ciencias. Tienen nuevas y originales manifestaciones las artes:
arquitectura, pintura, escultura, música. Prospera el humanismo, esto es, el conocimiento de las lenguas y literaturas
clásicas. Con él alterna la boga de los modelos italianos. Se enriquece la métrica española incorporando nuevas formas. El
espíritu nacional las asimila, y se impone y resplandece con mayor vigor que nunca en genuinas creaciones. Los romances y
las viejas crónicas nutren un original teatro. Rivalizan los poetas españoles con los modelos latinos e italianos. Florecen los
misticos, dando a las letras una bella expresión. Llega a su esplandor la novela en definitiva magnificencia, Nunca había
reunido España un más prodigioso núcleo de escritores. Alzase , en fin, irradiando en el firmamento del arte, uno de los más
luminosos de que la humanidad se gloríe...
Estamos, a no dudarlo, en la edad de oro de España. Coinciden en un punto de culminación del
périodo político y el deslumbramiento del pensar español. A poco se iniciará el descenso. El vasto imperio del que pudo decirse que jamás en sus
dominios se ponía el sol, llevaba consigo los germenes de su propia disgregación.
1. La reforma italiana.- Señalense los comienzos de la lírica en este périodo por una doble corriente de
imitación: la de los modelos grecolatinos, aun más difundidos y estimados que en el precedente; y, muy especialmente, la de la poesía
italiana que entonces, habiendo alcanzado su máxima perfección, constituía tentador modelo tanto más digno de seguirse
cuanto que se sentía la necesidad de una renovación literaria.
Esa doble imitación, si bien en su principio dañó a la espontaniedad y al vigor, dió margen a que se
introdujeran nuevas formas poéticas, al par que se perfeccionaban las ya existentes, y fué, a la postre, saludable.
2. Boscán.- Quien llevó a cabo una verdadera revolución en la lírica introduciendo los procedimientos
italianos, fué el barsolonés Juan Boscán (nacido hacia fines del siglo XV y muerto en 1542). Si no tubo gran estro, sí tubo buen gusto; "ingenio
mediano, pero, con toda su medianía, personaje de capital importancia en la historia de las letras", es a juicio de Menéndez y
Pelayo. La colección póstuma de sus versos comprende, en el primer libro, las poesías que escribió a la usanza española, y, en
el segundo y tercero, las que compuso "al itálico modo". Introdujo combinaciones métricas que harían fortuna: la canción, la
octava rima, el terceto, el soneto y el verso suelto: amén de haber fijado la acentuación regular del endecasílabo. Contribuyó,
asimismo, al enaltecimiento de la prosa, con su traducción tersa y elegantísima de El Cortesano, de Castiglione.
3. Garcilaso de la Vega (1503-1536) haría posible, con su genio, el triunfo de la reforma iniciada por
Boscán, el cual publicó en el cuarto libro de sus propias obras las de este joven poeta, muerto en la flor de la vida, salvándolas así del olvido.
Breve es la producción de Garcilaso; breve y exquisita. Se reduce a tres églogas, cinco canciones, dos elegías, una epístola y
treinta y ocho sonetos; todo lo cual, sobre ser admirable de destreza técnica y de inspiración, júzgase como de lo más puro,
delicado y armonioso que se haya escrito en lengua castellana.
Como italianizantes figuran al lado de los anteriores Francisco Saa de Miranda, Hernando de Acuña, y, en primísimo término Gutierre de Cetina
-el autor del famoso madrigal-(El Jardíín de las letras), cortesano y soldado que, en plena juvemntud, y y siendo ya descollante poeta, vino de la
Nueva España en 1536 y aquí encontró trágica muerte.
4. La oposición española: Castillejo.- Devoto fiel de las antiguas formas métricas castellanas y rudo
opositor de la escuela italiana, muéstrase Crisóbal de Castillejo (nacido en las postrimerías del siglo XV y muerto en 1550). Sus poesías,
publicadas en 1573, son, ya amorosas, ya satíricas o de carácter moral, y se distinguen por su limpidez y picaresca gracia.
Resalta su inquina antipetrarquista en la donosa sátira que dirigió Contra los que dejan los metros castellanos y siguen los
italianos.
En el bando de Castillejo se agruparon poetas tales como Antonio de Villegas y Gregorio Silvestre
Rodríguez de Mesa; oscilaron otros como Jorge de Montemayor, entre los gustos nuevos y las viejas formas; y hasta no faltó quien, como
don Diego Hurtado de Mendoza, representara una transacción entre ambos. Con todo, carente de un escritor genial que la
justificara, la campaña contra la reforma italiana resolvióse de hecho fusionándose la antigua tradición española con el nuevo
procedimiento.
Apogeo de la lírica.- La lírica llega a su apogeo en la segunda mitad del siglo XVI con dos escuelas de
poesía: la salamantina, que se caracteriza por la sobriedad de la forma y la hondura del pensamiento; y la Sevillana o andaluza, por su
brillantez y pujanza. Representativos de tales escuelas son los grandes poetas: Fray Luis de León y Fernando de Herrera.
5. Fray Luis de León (1527-1591) representa a la primera. Fué religioso agustino y catedrático insigne de
Salamanca. Maestro incomparable en la prosa y en el verso, considérasele como uno de los más excelsos líricos que en el mundo han sido,
y, sin disputa, como el primero en nuestra lengua. Realiza la perfcción ideal; el perfecto equilibrio entre fondo y forma.
Nutrido en la poesía latina, nadie ha infundido como él en las formas clásicas el espíritu moderno, ni trasladado a nuestro
idioma la majestad de la poesía hebraica, según se ve en sus traducciones e imitaciones. Pero aún más que en éstas, la grandeza
de Fray Luis hay que admirarla en sus versos originales. De extremada sobriedad y sencillez, así como profundamente
espiritual, la poesía de Fray Luis es -conforme expresa Menéndez y Pelayo- "una mansa dulzura que penetra y embarga el
alma sin excitar los nervios, y le abre con una sola palabra los horizontes del infinito". Léanse sus odas Noche serena, vida
retirada; la dedicada A Francisco Salinas (¿Cuándo será que pueda...?), y la de carácter religioso que se intitula En la
Ascensión.
6. Antítesis de la de Fray Luis es la poesía del sevillano Fernando de Herrera (1534-1597), que caracteriza a
la escuela andaluza y que se distingue por la grandilocuencia, por la sonoridad del verso, el brío de la imaginación y la abundancia
dscriptiva. Influencia de latinos e italianos hay en él, singularmente de Petrarca. Compuso numerosas poesías eróticas. Sus
composiciones heroicas -la Canción por la victoria de Lepanto, la dedicada A Don Juan de Austria, y la no menos famosa Por
la pérdida del rey don Sebastián- son, con todo, de lo suyo, lo más notable.
7. Entre los poetas conteporáneos de estos dos grandes líricos cabe señalar a Baltasar de Alcázar, a
Francisco de la torre y a Vicente Espinel, inventor este último de la décima octasilábica que lleva su nombre: la espinela.
8. Góngora y el gongorismo.- El cordobés don Luis de Góngora y Argote (1561-1627) es famoso así como
poeta cuanto por llavar su nombre un funesto vicio literario. Habiéndose iniciado con la imitción de Herrera, su obra poética
comprende dos distintas y aún opuestas maneras: pertenecen a la primera los romances y letrillas burlescas, algunas de sus
canciones y sonetos, en que sobresale por la frescura de la inspiración, por la elegancia y nitidez de la forma, y, a menudo,
por lo gracioso y picaresco; a la segunda, las composiciones del llamado estilo oculto, que resalta por su alambicamiento y
obscuridad, por su extravagancia y pedantería, y que pueden considerarse no ya del mal gusto, sino francamente insufribles.
Para comprender estas antítesis que nos muestra que hay en la persona de Góngora un poeta maravilloso,
y también un catastrófico poeta, compárense el romance Servía en Orán al rey, la letrilla Ande yo caliente, el romancillo La más
bella niña, el soneto que empieza: Mientras por compartir con tu cabello... -todos ellos de la primera manera-, con algunos
trozos de la Fábula de polifemo y Galatea o de las soledades, que son de la manera culterana o gongoriana y que
presumiblemente datan de las crisis de alienación que el poeta tuvo.
El gongorismo, cultismo o culteranismo no es sino la degeneración de la poesía. Dentro de un completo
vacío en cuanto a ideas y sentimientos, consiste en el alambicamiento de la forma, y se distingue por el abuso de vocablos latinos y
griegos, por el significado caprichoso que se da a las palabras, por la dislocación de la sintaxis, la profusión de alusiones
mitológicas y el exceso de tropos incoherentes, así como de hipérboles y antítesis descabelladas; todo ello encaminado al
propósito de hacerse ininteligible. Creíase de ese modo hablar en culto y para los cultos, de suerte que no lo entenderia el
vulgo. En realidad, no lo entendía nadie; bien que el culteranismo, acogido al surgir con el interés que las novedades despiertan,
y asociado después al conceptismo, se extendiera y difundiese, inficionando las letras españolas. No sin ruda oposición,
empero, el culteranismo se impuso. Mofábanse los poetas de él en los tiempos mismos de Góngora; y Góngora, por
supuesto, ni tardo ni remiso, contestaba los ataques y defendía su escuela.
Señalemos como sobresalientes líricos entre los que florecen en la época de Góngora, bien que sin haber
pertenecido nunca a la escuela culterana, a Lope de Vega, a los hermanos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, y a Juan de
Arguijo.
10. Quevedo y el conceptismo.- Don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) fué una personalidad
poliédrica. Lo que de vario y tumultuoso tiene su vida, lo tiene también su obra. Cultivó todo los géneros. Su
vasta producción en prosa comprende obras ascéticas, filosóficas, políticas, de crítica literaria, satírico-morales y festivas, amén de
una novela picaresca. Compuso en verso algunos entremeses y comedias, y copiosísimas en su obra lírica. Entendimiento
hondamente cultivado, buen humanista, ingenio agudísimo; en fuerza de crear en todo y de todo, no llegó a la suprema
creación. Es, a no dudarlo, una de los más grandes prosistas en la lengua castellana; y, por la índole de su sensibilidad, nuestro
primer satírico: el satírico por exelencia. Su sátira es amarga y cruel; en ocaciones tétrica. Caricaturesca, antes que cómica.
Despertaría risa franca, si no susitara dolor. En acerba sátira pinta y fustiga Quevedo los vicios de sus contemporáneos, y
tiénesele, por íntimamente enlazado a su época, como "la encarnación del siglo XVII" españaol.
Como satírico, la obra suprema de Quevedo son Los sueños.
Mas no sólo fué Quevedo gran prosista y sin par maestro en la sátira, sino asimismo, extraordinario y
fecundo poeta lírico. A veces emplea el tono serio y elevado, más amenudo -y como concordante con su manera de ser- el jocoso y satírico.
Predomina en él el intelecto sobre la emoción. Es sentencioso, a las veces crudo y prosaico. Lo mejor de su poesía son los
romances y las letrillas satíricas, singularmente aquellas famosas de poderoso caballero es don Dinero. No obstante haber
sido uno de los más enconados opositores al culteranismo, Quevedo cayó en otro vicio poético no menos funesto: el
conceptismo. El conceptismo es el pensamiento o concepto, lo que el culteranismo o gongorismo a la palabra. Es -diríamos- el
conceptismo algo interior; mientras que el gongorismo lo es exterior. El primero afecta al "alma"; el segundo a la "vestidura".
Consiste el conceptismo en la grandeza, en la rebusca de pensamientos finos, brillantes, expresados de modo inesperado,
merced a asociaciones de palabras, a antítesis y retruécanos que permiten al autor mostrar extremada sutileza a expensas del
buen sentido.
Ya que perseguían un mismo fin: la obscuridad el apartamiento de lo natural y comprensible en pos de una
originalidad estrafalaria, ambos vicios acabaron por fundirse, originando la decadencia de las letras españolas,
que sobreviene al declinar el siglo XVII.
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