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11. Entre los grandes poetas contemporáneos de Quevedo cabe citar a Rodrigo Caro, autor de la bella elegía A las ruinas de Itálica; a Juan de Jáuregui, traductor de Aminta, de Tasso; a Esteban Manuel de Villegas, renombrado por sus poesías amatorias; y al deconocido autor de la Epístola moral,que se supone sea Fernández de Andrada.

12. La poesía épica en el Siglo de Oro.- Mucho menos importante que la lírica es la poesía épica en este período. Corresponde el primer lugar entre los poemas épicos a La Araucana, de Alonso de Ercilla (1533-1564), cuyo asunto es la insurrección de los indios araucanos capitaneados por su caudillo Caupolicán, contra los conquistadores españoles. En segundo término figura el Bernardo o victoria de Roncesvalles, original de Bernardo de Balbuena (1568-1627), poeta que vino muy niño a la Nueva España, que aquí se educó, y que a la ciudad de México cantó en un hermoso poema: La Grandeza Mexicana.

13. La lírica en el declinar del siglo de Oro.- Sor Juana Inés de la Cruz.- Una turba de estériles versificadores infesta a España -así a la Vieja como a la nueva- durante la segunda mitad del siglo XVII y hasta bien mediado el XVIII. Sólo la voz de un gran poeta se escucha entonces en el mundo de habla española; es una voz de mujer: la de Sor Juana Inés de la Cruz.

Juana Inés de Asbaje nació en alquería de San Miguel Nepantla, Jurisdicción de Amecameca, el 12 de noviembre de 1651. A los ocho años pasó con sus padres a México. Su precocidad era extraordinaria: niña aún, inicia el aprendizaje del latín y adquiere cultura literaria y científica rara en su tiempo. Abraza el estado monástico cuando todavía no cumplía los dieciséis años, ingresando en el convento de Santa Teresa la Antigua, para abandonarlo poco dspués en virtud de no soportar las rigideces de la regla, y encerrarse, ya definitivamente, en 1669, en el de San Jerónimo, consagra al estudio y a la oración pasa el resto de su vida hasta morir el 17 de abril de 1695. Su aparición en aquella desastrosa época literaria tuvo algo de sobrenatural. Rasgos distintivos de su personalidad eran la inquietud de su espíritu, tan ávido siempre de conoser e investigar; la universalidad de su cultura; el brío de su ingenio, la desbordante fantasía, y el sentimiento que, por incontenible y ardiente, sólo podía hermanar con la sinceridad. Sus versos amorosos no tienen par; son adorables sus villancicos. No ajena siempre la poesía de Sor Juana a la afectación; tendiendo amenudo a ingeniosidad complicada y sutil que la acerca al conceptismo, hay en ella, sin embargo, fuera de toda escuela y como expresión individual y ínica, composiciones de "valor poético duradero y absoluto" -como expresa Menéndez y Pelayo- que hacen de la monja mexicana el más alto poeta de su época, y que la colocan entre los mejores de lengua castellana.

Sus poesías, profanas unas y de carácter religioso otras, publicáronse de 1689 a 1700. Compuso, además, dos comedias: Los empeños de una casa y Amor es más laberinto -bellísima la primera de ellas-, así como algunos autos.
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