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longevidad
 

 
 

Longevidad

 
 

 

   
 

longevidad, cuales son las razones por la cual aumenta la longevidad

Cuanto más mejor

El dato empieza a obsesionar a los científicos especialistas en envejecimiento que se preguntan cuáles son las razones de este aumento de la longevidad. Sobre todo, porque algunos descubrimientos recientes permiten suponer que llegar a los 100 años significa algo más que, simplemente, vivir mejor que quien vive 80. ¿Cómo es posible?

 

Una de las máximas autoridades en gerontología de centenarios, geriatra de la Universidad de Boston, reconoce que “en la facultad de medina le enseñaron que la incidencia de las enfermedades crónicas, desórdenes inutilizantes y demencias crecía inexorablemente con el paso de los años. Sin embargo, dice que en su práctica clínica descubrió que las personas que llegan a superar los 90 años, generalmente conocidos como los “viejos más viejos”, suelen ser más saludables y ágiles que los ancianos de 80.

Esta idea, hoy contrastada científicamente, hace pensar a los gerontólogos que las personas centenarias son un grupo de población saludable y generalmente poco comprendido.

Valga, como nuestra, un ejemplo de la longevidad. Hasta los años 90 del siglo pasado, los estudios sobre la prevalencia del Alzheimer mostraban unas cifras muy consistentes; la enfermedad afectaba al 40 por ciento de las personas mayores de 85 años y algunas estadísticas referían un 50 por ciento de casos en mayores de 90. Pero la mayoría de los trabajos no incluían a individuos mayores de 95 años. Cuando en 1991 se realizó la primera muestra sobre centenarios en el Centro Hebreo de Rehabilitación de Ancianos de Boston, saltó la sorpresa : sólo el 25 por ciento de quienes habían llegado a cumplir el siglo sufrían demencia.

Este tipo de datos sugiere que los mayores que más tiempo sobreviven están más preparados para superar las enfermedades propias de la edad. Se trataría por lo tanto, de una especie de “supervivencia del más fuerte”; por algún motivo desconocido, algunos individuos resisten mejor que otos el paso del tiempo. ¿Qué factores genéticos o ambientales están detrás de este fenómeno de longevidad?

 

Longevidad en el hombre o mujer

La genética nos descubre algunos datos curiosos. Por ejemplo, y de manera sorprendente, parece ser que, como grupo, los hombres nonagenarios suelen tener mayor salud mental que las mujeres de esa edad. La razón es que ellas tienden a vivir con su demencia mientras que los hombres suelen “morir de ella”. Las mujeres llegan a mayor edad sea cual sea su grado de salud mental mientras que los varones que mayoritariamente sobreviven son aquellos que gozan de una mente sana. Lo mismo ocurre con la salud física. Dado que los varones sufren más infartos y accidentes vasculares entre los 60 y los 70 años, aquellos que sobreviven más de 90 son los que mejor salud física han acumulado y, por eso, el promedio de bienestar a esa edad es favorable para ellos.

¿Estas diferencias, se deben a los genes o a los hábitos de vida? Se sabe, por ejemplo, que existen localidades como la japonesa Okinawa con una elevada proporción de ancianos centenarios. Los científicos atribuyen este fenómeno a motivos ambientales; en Okinawa los ancianos suelen hacer mucho ejercicio físico y mental, la dieta de la población mayor cuenta con un alto grado de respeto social y, además, los ciudadanos locales practican una proverbial frugalidad a la hora de comer.

Algunos estudios con gemelos educados en ambientes distintos parecen demostrar que la longevidad es una cuestión de hábito más que de genes. Pero otros experimentos siembran la duda al respecto. Parece evidente que los “súper mayores” disfrutan de una magistral combinación : un contenido extra de genes protectores contra los fenómenos oxidativos de la vejez y una relativa escasez de genes productores de daños. Un ejemplo de estos últimos es cualquier de las variantes comunes de genes que dirigen la síntesis de la apolipoproteína E (apo-E) relacionada con la aparición del Alzheimer. Los ancianos centenarios estudiados demuestran que entre los 72 y los 100 años de edad se registra un descenso de la prevalencia de estos genes en un 50 por ciento, es decir, los que alcanzan mayor edad son los individuos peor dotados de estos genes dañinos.

Superóganos

Los genes juegan, entonces, un papel determinante en la longevidad, sobre todo porque afectan a dos cualidades físicas : la capacidad adaptiva y la reserva funcional. La primera se refiere a la habilidad de un órgano para recuperarse de un daño. La segunda no es otra cosa que la “cantidad de órgano” que es necesaria para un correcto funcionamiento. En otras palabras, cuán debilidad debe estar, por ejemplo, un corazón para que deje de latir.

Parte de esta capacidad de resistencia parece estar unida a los genes responsables de la producción del antígeno de leucocitos; humanos (ALH)), localizados en el cromosoma 6, que se relacionan con la aparición de enfermedades autoinmunes como el lupus, la artritis reumatoide y la esclerosis múltiple. Se ha descubierto que los ancianos centenarios de Okinawa comparten una variante común de estos genes, y rasgos similares también aparecen en estudios realizados entre ancianos centenarios de EE.UU.

Plus de resistencia

No es fácil reproducir estos datos de longevidad en otras poblaciones y, por el momento, la ciencia desconoce cuál es el factor de protección que esta herencia genética otorga, pero quizá sirvan para explicar por qué hay personas que llegan a edades muy avanzadas a pesar de haber mantenido hábitos de vida muy poco saludables; consumo excesivo de alcohol, tabaquismo dieta desequilibrada… ¿Existen genes que ofrecen un plus de resistencia al organismo frente al maltrato al que algunos humanos lo someten? ¿Los portadores de estos genes son una especie de longevos de nacimiento casi invulnerables? Cuando se respondan estas preguntas podremos saber si los ancianos “nacen” o “se hacen”, aunque lo más probable es que la repuesta esté entre ambas posibilidades.

Senil

Hasta no hace mucho, ésta parecía ser la palabra fetiche de los médicos a la hora de enfrentarse a las enfermedades propias de la edad. La demencia, la fatiga, la falta de apetito, la disminución del tono muscular, el dolor… eran “seniles”, si se cronificaban a partir de los 65 años. De este modo, la medicina venía a reconocer su impotencia a la hora de abordar estos males : se trataba de achaques propios de viejos; poco menos que inevitables.

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