PUNTA TOMBO
Vida y pasión de los Pingüinos

De pronto, miles de ellos surgen del mar e invaden un sector de la costa Chubutense defendido por Lobos y Petreles.
Es el asalto de una especie en trance de sobrevivir.
Mientras esperan la llegada de su pareja, reubican los antiguos nidos, y cuando llegan los huevos, machos y hembras se turnan para incubarlos.
Los Cormoranes de la zona, pacientemente, esperan el descuido de los pingüinos para darse un banquete con sus crías.

A fines de agosto, una hormigueante marea se desprende del océano para adueñarse de Tombo, reserva faunística del Chubut.
Son centenares de miles de pingüinos machos que, respondiendo al llamado del instinto, vuelven a tierra para cumplir el rito de perpetuación de la escepecie.
Mientras seperan a las hembras, reubican sus antiguos nidos -proeza que la ciencia aún no desentraña- y los acondicionan para la futura familia.
Luego viene el cortejo, período signado por vibrantes llamadas de amor, sangrientas luchas y momentos de gran dulzura.
Así se van formando las parejas que se mantienen a lo largo de toda la temporada.
La vida conyugal no tarda en verse conmovida por el arribo de los huevos.
Normalmente dos, que macho y hembra incuban alternadamente durante cuarenta días.
Hacia la primera semana de noviembre se rompen y los pichones entran en escena.
Poe casi tres meses, su vida depende de la protección y del alimento que les traen sus padres.
Una banda de gaviotas, palomas antárticas, zorritos, zorros y peludos acecha la nidada en pos del segundo de distracción que permita arrebatar un pichón, como antes lo hizo con los huevos.
Por esa razón ambos padres se turanan en ese trabajo y ninguno se mueve del nido hasta que no sea reemplazado por su compañero, que vuelve alimentado y con comida para los pichones.
Aquí es cuando interviene el hombre: ¿hasta qué punto la alteración del ambiente que sin quererlo producimos investigadores, fotógrafos o turistas, influye en el delicado equilibrio matrimonial y provoca qu el pingüino que dejó el nido no retorne a él?.
El padre que quedó cuidándolo probablemente lo abandonará para limentarse él mismo y así salvarse para las próximas temporadas.
Entre fines de enero y rpincipios de febrero, llega la emancipación.
Con su nuevo plumaje, que los protege del agua, las crías se dan una zambullida.
Los adultos, entonces, se dedican a reponer energías en compañia de los jóvenes nacidos en la temporada anterior.
Mientras tanto, lobos marinos y petreles gigantes montan guardia con la esperanza de engullir algún holgazán demasiado confiado.
El ciclo terrestre de los pingüinos magallánicos termina a mediados de abril, cuando retoman su periplo océanico hacia latitudes brasileñas.
Hasta la próxima temporada, las 210 hectáreas de la reserva quedan en poder de otras especies: Cormoranes, Ostreros, Patos Vapor no voladores, Chorlos y Gaviotines.
Tales presencias consagran a Tombo como una de las colonias de aves marinas más importantes de Sudamérica.
Pero esas maravillas son poco conocidas.
La mayoría de quienes fatigan los 113 kilómetros que separan la ciudad de Rawson de la reserva lo hacen movidos por un deseo excluyente: ver los pingüinos.
Las regulaciones del área protegida permiten espiar la intimidad de estas criaturas que, según la leyenda aborigen, son hombres que, para sobrevivir al Diluvio, se transforman en aves marinas.