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El
milagro de la Misa
El ofertorio
Después de la liturgia
de la palabra viene la segunda gran parte de la Santa Misa, quizás la más
importante, que comienza con el acto de las ofrendas.
Esta parte nos invita a reflexionar, en primer lugar, sobre la necesidad
de ser nosotros mismos una ofrenda para Dios nuestro Señor. Dios puede
actuar como quiera, cuando quiera, y con los instrumentos que quiera,
pero ordinariamente se vale de la colaboración libre de los hombres
para realizar sus designios. Así ocurre con el sacramento de la
Eucaristía. El ofertorio no es el ofrecimiento de Cristo sino el
nuestro. Tomamos los elementos que hemos recibido de Él y los llevamos
al altar para que, a partir de ellos, Dios logre el milagro de la
eucaristía. Nuestra ofrenda es indispensable, sin ella Dios nunca podría
realizar la consagración. Si el pan y el vino no estuvieran en el altar
Dios no podría hacerse hombre nuevamente, no podría volver a realizar
su muerte y su pasión delante de nosotros. El necesita nuestra ofrenda,
necesita que llevemos el pan y el vino.
Es impresionante contemplar en este sentido, cómo Dios nuestro Señor,
“ata” Su libertad a la nuestra, cómo Él deja de ser libre para que
nosotros lo seamos. Él se “esclaviza” para darnos la libertad. Y
esto no sólo sucede en la eucaristía. En la medida en que nosotros nos
prestemos a Dios, en esa medida Él podrá encarnarse en nosotros haciéndonos
verdaderos apóstoles, verdaderos educadores de los hijos, verdaderas
manifestaciones del amor de Dios hacia nuestro cónyuge. De igual modo
para que Cristo pueda hacerse cuerpo y sangre sobre el altar, necesita
que hagamos la ofrenda del pan y del vino, respeta nuestra libertad y
quiere que con y por amor seamos nosotros quienes nos ofrezcamos.
El Ofertorio nos invita, asimismo, a reflexionar sobre la desproporción
que existe entre nuestra ofrenda y los beneficios, el intercambio que
hace Dios nuestro Señor. Nosotros ofrecemos un pedazo insignificante de
pan, con él sería imposible alimentarnos (ni siquiera físicamente) y,
sin embargo, con esa ínfima materia Dios logra el gran milagro de
hacerse presente, de bajar del cielo y hacerse nuevamente realidad en
este mundo. Logra el gran milagro de venir como Dios a nuestra alma. Es
la desproporción entre la pequeñez del hombre y la grandeza de Dios,
nosotros no podemos ofrecerle más que pequeñas cosas, Él sin embargo,
nos entrega todo lo que Él es, la totalidad de su poder, de su fuerza,
la grandeza de su dignidad.
Actitud ante el ofertorio
Partiendo de la necesidad de ser nosotros una ofrenda y de la
desproporción en el intercambio que Dios hace se siguen dos
consecuencias prácticas:
Debes convertir tu vida, todo tu día, en una ofrenda, no te contentes
con poner sobre el altar sólo el pan y el vino, ofrece en ese momento
tus pequeños sacrificios, tus incomodidades, esas obligaciones que te
cuestan o que haces con ilusión; tu esfuerzo por vivir la caridad, la
humildad y todas las virtudes; entrégate a Dios en el ofertorio, tus
oraciones y tu apostolado consciente que desde tu pequeñez y con tu
esfuerzo Él hará grandes cosas. Ten confianza, el fruto de tu
apostolado será grande, el fruto espiritual de tu oración será
inmensurable. Dios lo habrá multiplicado porque tú, sin abandonar la
lucha, supiste dejarlo todo en sus manos.
El momento del ofertorio no es nada más la procesión de las ofrendas,
unida al canto que suele hacerse, sino que es, sobre todo, esa actitud
de poner mis pequeñas cosas de todo el día en manos de Dios, en esa
patena, con la certeza de que Él me lo va a multiplicar en una grandeza
de frutos espirituales y apostólicos.
Pon todo tu día en la santa misa y haz, asimismo, una misa de todo el día.
Convierte cada minuto de tu vida en una ofrenda. Alegría, sorpresa,
emoción, asombro, dolor o amargura confiados en el corazón de Cristo
se tornan en eslabones de santidad. Si tú sabes ofrecer al Señor una
pena, un momento de soledad o de aflicción, Él no sólo aliviará la
carga sino que hará que, a través de ella, tu alma se purifique y
vaya, poco a poco, a su lado, alcanzando la santidad. Por eso, no sólo
pongas tu día en la misa sino haz de todo el día una misa. Ten la
certeza de que por pequeño que sea lo que ofrezcas lo recibirás
multiplicado por Dios, redoblado en grandeza. Ésta es siempre una
característica de su intercambio.
1-Acto
Penitencial
2-Liturgia
de la Palabra
3-Ofertorio
4-Prefacio
Eucarístico
5-Consagración
6-Las
Peticiones 7-La
Aclamación Cristológica 8-Preparación
para la Comunión 9-La
Comunión Vivencia
de la Santa Misa Ordinario
de la Misa |