|
El
milagro de la Misa
La consagración
La consagración es el
momento central, el culmen de la santa misa. Son tres las reflexiones
que podríamos realizar sobre ese misterio.
Fomentar la fe
En primer lugar fomentar la fe ante el misterio que se obra delante de
nosotros. Corremos el peligro de acostumbrarnos, de ver como normal el
milagro que se realiza todos los días en manos del sacerdote.
Escuchamos unas palabras, vemos que levanta la hostia, que levanta el cáliz
y tal vez en nuestro interior sentimos algo de fervor, cierto
recogimiento, pero qué difícil es llegar a sentir y profundizar en la
realidad que se realiza en ese momento. Esa realidad que es todo el
misterio del Calvario: ¡Cristo vuelve a morir! Ahí está lo difícil
de entender. Ese “vuelve”, no es un recordar; no es un repetir, no
es escenificar teatralmente un hecho histórico. Lo realizado en el
Calvario hace dos mil años es un hecho único y eterno que regresa al
tiempo cada vez que se realiza la consagración. De este modo, la
liturgia nos presenta realmente a Cristo que muere por nosotros, a
Cristo levantado en la cruz, a Cristo que experimenta el abandono igual
que hace dos mil años en el Calvario. Y eso se hace delante de
nosotros, por cada uno de nosotros.
Nunca vamos a poder entender y a sentir totalmente este misterio. Es por
eso muy importante pedirle al Señor en ese momento fe. Para ello, puede
ayudar, en el momento de la consagración, la expresión de fe de santo
Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Señor soy consciente de que eres
Tú el que está aquí, eres Tú el que está viniendo. Es todo un Dios,
ese Dios que invade el mundo, que inunda todo el universo, el que baja a
esta capilla, el que baja sobre este altar.
El Espíritu Santo actúa en la consagración
En segundo lugar, conviene darse cuenta de que esa acción es realizada
por el Espíritu Santo. Antes de la consagración se dice la siguiente
oración: “Por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión
de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros cuerpo y sangre de
Jesucristo nuestro Señor”. La Iglesia pide al Espíritu Santo que
realice esa transformación, que realice ese cambio, que realice el
milagro de que nuevamente Cristo pueda morir y pueda quedarse en el pan.
No nos olvidemos que en la actualidad es el Espíritu Santo el que obra
toda la vida de la Iglesia, el que actúa en la Iglesia.
Valorar la fidelidad de Dios
La tercera reflexión consiste en valorar la fidelidad de Dios. El
sacerdote en el momento de la consagración habla en primera persona,
(el resto de la misa se expresa en tercera persona, como una oración a
Dios): “Esto es mi cuerpo ... éste es el cáliz de mi sangre”. Es
Cristo realmente el que actúa. Es un Dios fiel que al darse cuenta de
las necesidades que tienes el día de hoy, al percibir tus angustias,
tus problemas y tus deseos de mejorar, te dice: “veo que no puedes sólo,
voy a morir por ti para que tu alma pueda superarse, para que tu alma
tenga la fuerza de seguir adelante en este día”. Es una fidelidad de
día con día. Dios hoy muere por ti, se compromete hoy por ti. No es un
fideicomiso que creó Cristo hace dos mil años y del cual te sigues hoy
beneficiando; no, es Cristo quien vuelve a morir porque se da cuenta que
tú necesitas de Él.
Conclusiones prácticas
De estas tres ideas podemos sacar tres conclusiones prácticas para
nuestra vida. En primer lugar fomentar la fe en la misa y en toda
nuestra existencia. La acción de Cristo sobre nuestra alma es real.
En segundo lugar, prestar atención a la acción del Espíritu Santo en
nuestra alma. Igual que el Espíritu Santo es el que obra la consagración,
así el Espíritu Santo es quien obra también la transformación de tu
alma. Escúchalo, pídele que siempre actúe en tu interior.
Y en tercer lugar, renovar nuestra fidelidad cada día. Si Cristo todos
los días, dándose cuenta de tu situación, muere por ti, haz tú también
lo mismo por Él: “yo, Señor, dándome cuenta de la necesidad que tú
tienes de ser amado, de la necesidad que tienes de ser conocido, hoy
también me entrego a ti, hoy también quiero que mi alma esté centrada
en ti”. Que tu fidelidad sea igualmente, una fidelidad nueva, del día
de hoy, que no viva de una renta, por inercia, de una entrega que
decidiste algún lejano día, sino que en cada mañana se renueve con la
ilusión y el entusiasmo de una entrega que no conoce la palabra ayer.
1-Acto
Penitencial
2-Liturgia
de la Palabra
3-Ofertorio
4-Prefacio
Eucarístico
5-Consagración
6-Las
Peticiones 7-La
Aclamación Cristológica 8-Preparación
para la Comunión 9-La
Comunión Vivencia
de la Santa Misa Ordinario
de la Misa |